10 diciembre, 2011

Lecciones de "democracia"

El cine y la televisión han sabido retratar con acierto en numerosas ocasiones los claroscuros resortes de la política. Algunos ejemplos recientes ponen de manifiesto una vez más que quienes eligen a los líderes políticos no son precisamente los votantes. 

Que Goldman Sachs haya sido en buena medida una de las causantes de la actual crisis económica mundial, y que quienes lideran la posible solución a la crisis sean secuaces de Goldman Sachs no es nada tranquilizador. Mario Draghi, director del Banco Central Europeo, fue vicepresidente de Goldman Sachs en Europa entre 2002 y 2005; Mario Monti, sucesor de Silvio Berlusconi en Italia (sin referéndum de por medio) es uno de los asesores internacionales de Goldman Sachs desde 2005 y miembro del Grupo Bidelberg que, según muchos, controla la economía mundial; Lukás Papadimos, sustituto de Papandreu en Grecia (sin referéndum de por medio) fue uno de los "maquilladores" del déficit griego desde su posición de gobernador del Banco Central de Grecia con el apoyo de Goldman Sachs. 

Así las cosas, la reflexión nos lleva hacia historias que transmiten precisamente la fortaleza de la corrupción política y económica. Una de las más clarificadoras es, también, una de las series más brillantes de la temporada. Boss, producida por Gus Van Sant, encargado también de dirigir el episodio piloto, ha logrado dos cosas casi impensables: demostrar un estilo propio que se mantiene al margen de la estética habitual televisiva y ofrecer a Kelsey Gramer la posibilidad de deshacerse de una vez por todas de esa etiqueta cómica que tanto éxito le dio con Frasier y tanto daño le ha hecho en su carrera posterior. En buena medida, su renacimiento como actor se produjo en la nueva versión con Broadway del musical La jaula de las locas que protagonizó el año pasado. Pero Kelsey Gramer ya no es Frasier Crane, se ha convertido en el perspicaz, sereno, mordaz, patético y cabronazo alcalde de Chicago. Tom Kane no solo actúa como representante político de los ciudadanos, sino como dueño y señor de una ciudad que mantiene a raja tabla con todo lo que sea necesario, ademanes de mafioso incluidos. La realidad que presenta la serie muestra a un líder encumbrado gracias a su bragueta y al apoyo de los seniles marionetistas económicos. 

En cierto modo, Tom Kane es un reflejo actual de Nucky Thomson, el gestor del alcohol ilegal que circula por Atlantic City interpretado por Steve Buscemi en Boardwalk Empire. Igual que aquél, éste acaba siendo traicionado por quienes le llevaron a lo más alto. La segunda temporada de esta serie producida por Martin Scorsese y Mark Whalberg consigue mejorar a la primera (igual que ha ocurrido este año con otra serie de culto, Justified). Con más ritmo, una trama de traiciones mucho más atractiva, casi shakesperiana, mayor sordidez y mayores dosis de violencia (algunos episodios son brutales en este sentido), Boardwalk Empire lanza a su protagonista hasta lo más profundo del infierno. Pero ¿es Nucky Thompson capaz de sobrevivir? Los que seguimos la serie no tenemos la más mínima duda.

Aunque hemos hablado de ficciones que más o menos puedan tener cierto reflejo en la realidad pasada o presente, el escalofrío nos entra con documentales como Casino Jack and the United States of Money (2010), de Alex Gibney. La película describe el auge y caída de Jack Abramoff, recaudador de dinero para la causa republicana que acabó creando una trama de corrupción y estafa en torno a altos cargos del partido, e incluso llegó a producir películas como Red scorpion (1988), protagonizada por Dolph Lundgren, para promover sus ideas anti-comunistas. Su historia de posicionamiento a base de regalos, puterío y viajes a políticos republicanos se convirtió también en película de ficción: Casino Jack (2010), de George Hickenlooper, que contaba también su historia en tono de comedia, con Kevin Spacey dando vida al estafador. 


Curiosamente, a pesar de que destacadas personalidades del partido republicano (y alguno del demócrata) estuvieron claramente implicados en la trama corrupta, el senador John McCain, encargado de la comisión de investigación (y por cierto, apoyado en su defenestrada carrera hacia la candidatura republicana a la Casa Blanca por Kelsey Gramer), se las ingenió para dejar la investigación justo en el punto en el que corrían peligro sus amigos puteros. Como en Boss o Boardwalk Empire, simplemente se trata de una cuestión de fidelidades, traiciones e impudicia.

18 noviembre, 2011

Documentales (I): La realidad supera a la ficción

Los documentales de los que hablamos a continuación nos descubren aspectos insólitos de una realidad que nos rodea. Historias que podrían convertirse en ficción si no fuera porque resultan más interesantes contadas tal como son. 

Tabloid (2010)
Errol Morris
El gurú del cine documental estadounidense, el mismo que desvelaba las más dramáticas fisuras en el sistema judicial norteamericano en The thin blue line (1988), el que revelaba los entresijos de la guerra fría en The fog of war (2003) o el que se adentraba en las torturas de Abu Ghraib en Standard Operating Procedure (2006), nos acerca ahora a una historia que es fascinante y divertida gracias a su protagonista. Tabloid se centra en una joven modelo enamorada de un mormón que, cuando éste la abandonó (al parecer motivado por sus creencias religiosas), decidió secuestrarle y vivir un fin de semana de lujuria con él. Y de camino reflexiona sobre cómo la prensa (los tabloides) construyen mitos de papel rosa a base de cheques en blanco. Aunque la incursión en los medios de sociedad se queda un poco en la superficie, la entrevista a la protagonista, eje central del documental, no tiene desperdicio. La película, al final, es un perfecto complemento a la serie de HBO Enlightened, o cómo algunas personalidades, digamos, histriónicas, no terminan de encontrar su espacio en nuestra sociedad. 

The people vs. George Lucas (2010)
Alexandre O. Philippe
A través de entrevistas con algunos de los fans más acérrimos de la obra de George Lucas, este divertido documental muestra la relación de amor-odio entre los aficionados a La Guerra de las galaxias (1977) y su creador. Especialmente tras la versión restaurada que publicó en 1997, sustituyendo escenas e incorporando nuevos efectos digitales, pero sobre todo impidiendo que nunca se vuelva a ver la versión original. Y por supuesto, tras el estreno de La amenaza fantasma (1999), auténtica pesadilla para muchos seguidores de la saga. Lo más interesante, al margen de las entretenidas entrevistas, es la pregunta que plantea esta película sobre la verdadera autoría de una obra una vez que ha sido absorbida por sus fans, y hasta qué punto el autor se puede permitir el lujo de modificarla cuando, aun siendo suya, forma parte ya de la iconografía visual. Pero, aunque en su mayor parte nos propone acercarnos a los aficionados, también hay una visión irónica sobre el fenómeno geek y ese obsesivo seguimiento a un personaje, una obra, un género... como si se tratara de una auténtica religión. 

Cave of forgotten dreams (2010)
Werner Herzog
El director alemán está últimamente en una etapa fructífera de producción, llegando a rodar hasta dos y tres películas en un solo año, especialmente documentales. Si bien sus incursiones recientes en el cine de ficción no han terminado de encontrar el favor de la crítica (ahí están su deficiente e innecesaria versión de Teniente corrupto (2009) y su ciertamente interesante aunque no redonda incursión en la locura criminal My son, my son, what have ye done (2009), con Michael Shannon en su salsa). Pero sus documentales son otra cosa. Dotados de una estructura clásica que incluye la voz en off del propio cineasta, que narra sus aventuras con cierta ironía, Herzog ha realizado últimamente espléndidas incursiones en el alma humana. Entre ellas, Cave of forgotten dreams, que se presentó en la pasada Berlinale, una incursión en el pasado a través de una cueva situada en el sur de Francia que esconde dibujos del paleolítico perfectamente conservados gracias a las condiciones climáticas de la zona. Werner Herzog habla con fascinación de aquel pasado remoto, y nos la transmite también, tratando de descifrar el significado de cada uno de esos dibujos. Y él mismo con sus imágenes, crea un retrato emocionante en torno a aquellos hombres que habitaron esas cuevas hace millones de años, especialmente en las secuencias finales, en las que la magnífica música de Ernst Reijseger (colaborador habitual de Herzog en sus últimas películas) se funde con los trazos de aquellas figuras del pasado.

Si en Pina, de Wim Wenders, el uso del 3D resultaba impactante y encontraba cierto equilibrio y justificación, en el caso de este documental no termina de convencer y parece más una estrategia para encontrar cierta repercusión comercial que una propia decisión artística.

10 noviembre, 2011

"Inni": El oído hipnótico de Sigur Rós

La banda islandesa, ya separada, publica un doble album en directo que viene acompañado por un documental hipnótico que desgrana con imágenes fascinantes el concierto celebrado en el Alexandra Palace de Londres. 

En 2010, Jonsí Birgisson anunció que la banda que lidera se iba a tomar un "descanso indefinido". Casi un año después publican, como una especie de testamento musical, su primer album en directo. Inni se grabó en 2008, en el impresionante escenario del Alexandra Palace, uno de los iconos del Norte de Londres, rodeado de la mejor vista de la ciudad. Como suele ser habitual en los álbumes de Sigur Rós, éste no es un disco más que recopila lo mejor de la banda islandesa, sino que viene acompañado por un documental que recoge también este concierto londinense. 

Sigur Rós es una de esas bandas que ha encontrado siempre una proyección audiovisual contundente a través de trabajos cinematográficos de gran calidad. El documental Heima (2007), una de las más impresionantes películas en torno a una banda de música, les acompañaba en el tour que realizaron por lugares recónditos de la espectacular geografía de Islandia. Ahora, Inni (2011) se acerca de nuevo a la banda, pero centrándose más en el propio concierto, sin construir una narración contextual en torno a la sociedad islandesa, como hacía aquél.

El director canadiense Vincent Morisset se ha encargado de realizar este filme, tras destacar en trabajos audiovisuales como el documental Miroir noir (2008) con la banda Arcade Fire, o el curioso proyecto interactivo Bla bla (2010), un cortometraje para ordenador que desarrolla la participación activa del espectador: http://blabla.nfb.ca. 

En Inni, Vincent Morisset plantea una visión casi mágica del concierto de Sigur Rós, con imágenes entrecortadas en un blanco y negro cuya intensidad y profundidad solo se puede apreciar realmente en bluray, que conforman un trabajo documental cercano a esas producciones musicales que el propio director siempre ha confesado que le han atraído: los videos musicales de hace años, dotados de ese aire hipnótico que también se desgrana en esta película. Todo ello mezclado con material de archivo (alguna breve entrevista, algún episodio musical de la banda en sus inicios...), que aporta esa condición de ilustración del adiós de una de las formaciones musicales más fascinantes de los últimos años.

Aunque los diálogos son breves, es una lástima que no se haya lanzado una edición con subtítulos en varios idiomas, y tengamos que conformarnos con la que nos da la opción única de elegir subtítulos en japonés. Pero los apuntes "biográficos" de Sigur Rós son escasos. Aquí lo que importa es la música (soberbia, claro) y las imágenes (esos primeros planos, esos juegos de luces, esa niebla constante, esa suciedad impoluta que acompaña a los componentes de la banda...). Inni es, como lo fue Heima en su momento, una de las más interesantes uniones entre la música y las imágenes que hemos visto en estos años. Y el doble album incluye auténticas joyas como la versión de 15 minutos del mítico "Popplagid", que ya fue utilizado también como impresionante final de Heima, y el tema instrumental inédito "Lúppulagid" como bonus track.

30 octubre, 2011

Halloween en la casa de los horrores

American Horror story es una de las nuevas propuestas de la temporada que arriesga en su narrativa adulta. Y quizás sea una de las series más interesantes del momento. 

De entre todas las series que se vienen emitiendo en esta temporada televisiva, la que mejor podía adaptar su trama a la noche de Halloween es, sin duda, American Horror Story. Esta incursión de Ryan Murphy y Brad Falchuck (responsables de Glee y Nip/Tuck, dos series que nunca han llamado mi atención) en el género del terror psicológico está siendo una de las apuestas más curiosas de la temporada, y el especial Halloween dividido en dos entregas nos trae más de una sorpresa. 

American Horror Story tiene a una vieja mansión como protagonista, con la particularidad (previsible) de que por ella pululan los fantasmas de aquellos que han sido asesinados en sus amplias habitaciones a lo largo de décadas. De forma que, cuando el matrimonio en crisis formado por Dylan McDermott y Connie Britton llega a la casa, digamos que no están todo lo solos que a uno le gustaría estar cuando se compra una mansión. La realidad es vista con distintos ojos por cada uno de los habitantes vivos, mientras el resto, los muertos, tratan de encontrar su sitio en el inframundo.

Hay que reconocer que en cada episodio las sorpresas son constantes, pero también que uno no acaba de enterarse bien de qué está pasando. Pero no importa. Ese cierto aire surrealista que acerca la historia al universo de David Lynch es precisamente lo más atractivo de esta producción, que tiene en su reparto nada menos que a la espléndida Jessica Lange en un papel desquiciado pero impactante. Y también son de agradecer sus habituales referencias a películas como La semilla del diablo, Carrie, El resplandor... incluso usando fragmentos musicales de Con la muerte en los talones o Drácula de Bram Stoker, que acaban convirtiendo a la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuck en una continua fuente de guiños cinéfilos que resulta entretenida. 

Alguien ha definido American Horror Story como una mezcla entre una película de terror y un videoclip de Nine Inch Nails. Acertada descripción. Quizás le sobra algo de autocomplacencia en su intento por crear una propuesta diferente, aunque no termine siendo especialmente novedosa. Quizás le falta ajustar con claridad sus tramas secundarias, tratando de eliminar cierta confusión que actualmente juega en su contra. Pero su mezcla de terror bizarro, oscuro y grotesco la convierten en una serie que acaba dejándote con ganas de más al final de cada episodio. Aunque no te hayas enterado una mierda de lo que te han contado.

23 octubre, 2011

"Margin call": Esparcir la mierda

Se estrena una de las descripciones más inteligentes sobre el nacimiento de la crisis. Margin call se nos presenta como una película de catástrofes en toda regla. 

La actual crisis económica es, posiblemente, la que ha revelado con mayor claridad sus causas y sus causantes. No ha habido en las anteriores crisis tanta información sobre sus orígenes (aun siendo provocadas como en el caso de 1929) que la que hay en la actualidad. Tampoco ha habido nunca tantos culpables que hayan mantenido sus puestos de responsabilidad. El documental Inside job ya revelaba que algunos de los "gestores" de la crisis habían sido nombrados asesores económicos de la administración Obama. De ahí que la lectura de algunos analistas pase por renombrar la crisis como una "reorganización" del pastel financiero de las sociedades occidentales. La burbuja ha explotado y ahora hay que poner en su sitio a quienes disfrutaron del estado del bienestar. No porque no sea sostenible, sino porque ya no beneficia a unos pocos. Las grandes entidades financieras no han recortado su poder, sino que han eliminado competidores. Es evidente que el control financiero está ahora más concentrado. El resto no importa. Los políticos que falsearon las cuentas en países como Grecia y Portugal siguen manteniendo sus cuotas de poder, aunque en la oposición; los especuladores que mantuvieron en el mercado bonos basura ahora asesoran sobre cómo salir de la crisis (clarificadora paradoja sobre la situación).

Margin call tiene la capacidad de mostrarnos con perspicaz claridad cómo y de dónde surge esta crisis. Pero sobre todo consigue huir de esos maniqueismos que vienen quitando efectividad a los mensajes de los últimos movimientos sociales, para retratar con astucia las entrañas humanas de unas oficinas que se dedicaban a comprar y vender humo hasta que el humo se convirtió en fuego. La premisa es clara: la crisis surge de una serie de grandes cagadas, y cuando determinadas fuentes de especulación se vieron con la mierda hasta el cuello se dedicaron a esparcirla por todo el mercado, con la ayuda, por supuesto, de esas mismas agencias de calificación que todavía siguen marcando las tendencias del mercado, y que en última instancia deciden quién es un chico bueno y quién merece un castigo.

El director y guionista J.C. Chandor, desprovisto de los tics habituales de los cineastas debutantes, logra traducir a lenguaje de la calle lo que el documental Inside job, otro de esos referentes imprescindibles para entender la gran cagada económica, mostraba a veces con cierta confusión. Y lo hace con una decisión inteligente: sustraer del mensaje todos los números y cifras. En una escena, en la que vemos la cara horrorizada de los protagonistas ante lo que se les viene encima, el espectador no ve en ningún momento esos gráficos que vaticinan el fin de la economía. En una de las frases más certeras del guión, el tiburón Jeremy Irons dice a un subalterno: "Explícame la situación como si yo fuera un niño o un perro. No he llegado hasta aquí gracias a mi inteligencia". 

Margin call recuerda en su forma a Glengarry Glen Ross, esa brutal descripción de la venta de seguros que creó como obra teatral David Mamet. Como aquella, a pesar de la inmundicia que les rodea, logra extraer dosis de humanidad de sus personajes. Curiosamente, Kevin Spacey era uno de los protagonistas de la versión cinematográfica dirigida por James Foley, aunque en Margin call su personaje se parece más al que interpretaba Jack Lemmon en aquélla.

A lo largo de la historia, un joven broker obsesionado con el dinero pregunta continuamente cuánto ganan sus jefes, comparándolo con sus "escasos" 250.000 dólares al año. Son cifras astronómicas, increíbles, irritantes. Muchos de los estafadores que controlan las principales entidades financieras en España, por ejemplo, también tienen primas y pensiones astronómicas, increíbles, irritantes, algunas de ellas adjudicadas durante la crisis económica.

Más que un "thriller" económico, como se la ha calificado, Margin call se nos antoja una auténtica película de catástrofes, aunque en este caso los destrozos vienen desde el interior. Tiene todos los ingredientes habituales: un reparto de primera clase, un gabinete de crisis, una estructura "in crescendo"... El problema es que aquí no hay nadie que quiera salvar el mundo. Todos tratan de salvarse a sí mismos. Sin embargo, lo más aterrador está en otro de esos monólogos precisos que Jeremy Irons suelta con la naturalidad de un gran actor: "Esta crisis es cíclica, va y viene. Y vendrán otras crisis. Lo que hay que hacer es saber ganar dinero con ellas". O lo que es lo mismo: no tenemos escapatoria.

16 octubre, 2011

Sitges 2011

El Festival de Sitges cierra sus puertas tras protagonizar la actualidad cinematográfica con algunas de las producciones más destacadas dentro y fuera del género fantástico. Repasamos algunas de las películas que han brillado especialmente o han obtenido premios en esta última edición.

Concluido el Festival de Sitges, los resultados parecen contradictorios. Por un lado, se reivindica un buen momento para el género fantástico; por otro, se nos presenta una muestra, considerada como de las más interesantes del panorama, que a tenor de sus premios parece no estar a la altura. Que películas pasables como Red State y producciones de entretenimiento decentes, pero poco más, como Attack the block sean las máximas galardonadas en Sitges no dice mucho en favor del festival ni del género. Seguramente, entre las no premiadas debe haber alguna joya escondida. O eso esperamos, porque si no, Sitges habrá perdido definitivamente el buen prestigio que logró hace años.

Red State, de Kevin Smith
Mejor Película, Mejor Actor (Michael Parks)
La penúltima película de Kevin Smith antes de su anunciado retiro es quizás una de las más ambiciosas en cuanto a contenido, reuniendo eso sí algunos de los temas habituales de su cine: la religión tomada como algo incoherente, el sexo como catalizador de la historia, la mirada irónica hacia las supuestas fuerzas del orden... Red State parece querer tomarse en serio todo lo que Kevin Smith nos había mostrado en forma de comedia impertinente, hasta que su carrera acabó zozobrando en productos ínfimos. No es que Red State nos devuelva al mejor Kevin Smith, porque resulta ingenua en su pretendido lenguaje políticamente incorrecto y errática en su desarrollo, aunque hay que reconocer que el trabajo de dirección es consistente. Pero sí es la menos mala de sus últimas películas; y eso al menos es un consuelo. Pero si éste es el mejor título que ha programado Sitges, entonces es que el festival tiene poco fondo.

The yellow sea, de Na hong-jin
Mejor Director
Ya comentada en nuestro blog (ver aquí), esta nueva producción del director que nos sorprendió con la fuerza de las imágenes de The chase, repite también protagonistas, pero en papeles muy diferentes a los de su anterior película. Aquí nos presenta una historia que también se zambulle en el thriller, pero con un trasfondo más dramático-social, que tiene a un taxista envuelto en una trama mafiosa como elemento principal. Sin llegar a ser tan contundente como la anterior, a pesar de sus dos horas y media The yellow sea, presentada en el pasado Festival de Cannes, vuelve a demostrar la pericia de su director para construir escenas de acción que guardan bien el equilibrio entre la espectacularidad y la verosimilitud, aunque a ciertos personajes y a la trama en sí les falte algo de definición. No resulta incoherente el premio al director, porque es en su labor en la que se apoyan buena parte de los resultados positivos de la película. 

Attack the block, de Joe Cornish
Premio Especial del Jurado, Premio de la Crítica, Premio del Público, Mejor Banda Sonora
En esta sucesión de películas de género fantástico revisionistas del cine de los ochenta que nos visita de vez en cuando este año, podemos decir que esta propuesta calificada como una mezcla de Gremlins y Los Goonies, pero que se nos antoja más cercana a Critters, es la más entretenida. Vale que no tiene los medios ni la impresionante escena inicial de Súper 8, pero resulta infinitamente más divertida. Que un ataque alienígena tenga la mala suerte de acabar en un barrio marginal de Londres repleto de hoodies (jóvenes encapuchados que iniciaron los disturbios del pasado verano) ya es un punto de partida cachondo. Que la trama, en su sencillez y formato de serie B, mantenga un ritmo trepidante y ocurrente durante sus ochenta minutos, es todo un logro. Attack the block es un producto de entretenimiento; y desde luego lo consigue. Pero tampoco deja de ser una película de puro artificio, aunque éste funciona a la perfección. Por eso sorprende que haya conseguido poner de acuerdo al jurado, la crítica y el público. La premiada banda sonora, de Steven Price, logra su cometido funcional destacando cuando aborda algunas sonoridades que directamente nos recuerdan a esas producciones de los ochenta a las que homenajea el debutante Joe Cornish.

The woman, de Lucky McKee
Mejor Guión
Como retrato algo desquiciado de una familia "atípica" americana esta película funciona mejor que Red State. La podredumbre moral que se esconde detrás de las apariencias se ve aquí reflejada en la metáfora de una mujer salvaje que representa para el protagonista, un aparentemente modélico padre de familia, todos los temores y odios que siente hacia el sexo femenino. O lo que es lo mismo, The woman se perfila como una certera mirada hacia el machismo latente en una sociedad enferma. Cierto es que el guión valorado por el jurado no desemboca en una conclusión del todo lograda, y que al director se le acaba yendo la mano en el tercer acto, hacia una innecesaria y gratuita bacanal sangrienta. Pero encontramos en esta película de modesto presupuesto una de visión perturbadora del "american way of life". Y solo por eso merece la pena. Magníficas por cierto las canciones que aporta Sean Spillane en una banda sonora inteligentemente usada.

Melancholia, de Lars von Trier
Presentada fuera de concurso, la última película del director danés ha vuelto a recordarnos por qué nos gustó en su momento. Dedicado en los últimos años a una inmadura obsesión por la polémica (a través de gestos y declaraciones infantiles y con bodrios como Anticristo), von Trier presenta en Melancholia todo un ejercicio de maestría cinematográfica, tanto a nivel narrativo como de dirección. Mucho se ha hablado y se hablará de esta película, en muchos casos desvelando elementos que mejor sería mantener ocultos hasta verla. Magistral en su concepción visual, perfecta en el trabajo de los actores (maravillosas Kirnsten Dunst y Charlotte Gainsbourg), es una de las visiones más pesimistas que se han rodado sobre el ser humano, pero al mismo es uno de los más hermosos testamentos vitales sobre la raza humana.

Troll hunter, de André Øvredal
Otra de las películas que hemos comentado ya en nuestro blog (ver aquí). Este mockumentary que interpreta el mito de los trols a través de una inteligente revisión en clave de documental ficticio con bastante sorna es uno de los títulos más interesantes del año, aunque no pueda evitar resultar repetitivo en el desarrollo de la trama. Pero la propuesta de hacer una especie de Bruja de Blair con una de las tradiciones más populares de los países nórdicos resulta apasionante y divertida. Y la inteligente utilización de los recursos (escaso presupuesto) para hacernos creíbles las sorprendentes apariciones de los monstruos juega en buena medida a su favor. Pocos "documentales" resultan tan creíbles como éste, a pesar de sus elementos fantásticos.