06 febrero, 2026

Rotterdam 2026 - Parte 3: Familias

Entramos en el último fin de semana del Festival de Róterdam con algunas de las películas que han formado parte de su programación a lo largo de esta larga semana de proyecciones. En nuestra crónica de hoy hablamos de títulos que se centran en la figura de las familias, a través de historias de emigración, relatos de maternidad, descubrimientos de secretos ocultos, familias escogidas cuando las propias no están a la altura de las circunstancias y lazos familiares que conectan con el pasado dentro de una pequeña comunidad. También nos adentramos en las secciones que recogen la programación de cortometrajes y mediometrajes, con dos de los títulos destacados procedentes de cineastas reconocidas por sus diferentes facetas artísticas. 

© Andreas Bastiansen

Hjem

Marijana Janković

Dinamarca, Serbia 2026 | 105' | Big Screen Competition | ★

Hace unos días se entregaban los Robert Prisen que reconocen las mejores producciones danesas de cine y televisión, en una ceremonia dirigida por la actriz y realizadora Marijana Janković (1982, Montenegro), que ahora presenta en el Festival de Róterdam su primera película, segura aspirante a los Robert Prisen del próximo año. En cierta manera, el debut en el largometraje de una actriz a la que hemos visto en series como Dia i nit (3Cat, 2022-) y Danefæ (DR, 2025), es una continuación necesaria de su cortometraje Maja (Marijana Janković, 2018), que estaba basado en su propia experiencia como una niña de seis años que comienza una nueva vida en Dinamarca junto a su familia emigrante procedente de Serbia. Algunos de los actores que participaron en aquel corto regresan para interpretar a los mismos personajes en Hjem (Home) (Marijana Janković, 2026), una ampliación de aquella historia que, aunque mantiene el punto de vista de Maja y lo extiende hasta su desarrollo profesional en la edad adulta, se centra mucho en la familia y, sobre todo, en el concepto de hogar, aquello que queda en una indefinición cuando se enmarca dentro del desplazamiento. El hogar puede ser el origen, pero también el destino, el lugar donde se nace pero asimismo aquel en el que se muere, el espacio que envuelve una vida. El primer hogar de Maja (Tara Čubrilo) es la pequeña localidad de Ivangrad (ahora Bareno) en la antigua República Federativa Socialista de Yugoslavia que se acabó disolviendo durante los años noventa. Situada en el año 1991, la historia presenta a la familia protagonista tratando de sobrevivir en una situación difícil de escasez de trabajo, dentro de una estructura tradicional patriarcal en la que el padre Marko (Dejan Čukić) realiza todo tipo de pequeñas labores profesionales, a veces siendo estafado, y la madre Vera (Nada Šargin) permanece en la casa cuidando de sus tres hijos, todavía pequeños, y de la abuela. La difícil situación económica que atraviesan llevan a Marko a tomar la decisión de seguir el consejo de su tío Jovan (Zlatko Burić), un emigrante que lleva treinta años viviendo en Dinamarca y que le sugiere que haga lo mismo con su familia: "Un hombre debe saber lo que quiere en la vida. Te marcas un objetivo y entonces trazas un plan hasta llegar allí". La resistencia de Marko a abandonar su hogar se confronta con la realidad, así que toma la decisión de marcharse, pero llevándose consigo solamente a Maja, y dejando a sus dos hijos adolescentes al cuidado de la abuela. Hjem tiene la habilidad de no presentar a esta familia emigrante como una víctima, pero también ofrece una representación acertada de la ruptura que supone esa separación entre los hijos y sus padres, lo que termina afectando a las relaciones posteriores, incluso cuando son adultos. Tampoco retrata Dinamarca como la tierra prometida que esperaban encontrarse: viven en el pequeño piso de la hermana de Marko, que emigró hace unos años, y necesitan trabajar en una empresa de limpieza para reunir el dinero para traer a sus hijos. En la realidad, Marijana Janković regresó a Montenegro a los pocos meses de marcharse con sus padres, para reunirse con sus hermanos y poco después volver todos juntos a Dinamarca. La dificultad de compaginar el cuidado de una hija con las largas jornadas en trabajos mal pagados está presente en la ficción, pero en este caso Maja permanece junto a sus padres. 

Buena parte de los actores que participan en Hjem son emigrantes serbios que han desarrollado sus carreras en Dinamarca y el director de fotografía Manuel Alberto Claro también es un reconocido profesional chileno-danés que ha trabajado con Lars von Trier en títulos como Melancolía (2011), Nymphomaniac (2013) y La casa de Jack (2017). De manera que la atmósfera de la diáspora y del desplazamiento se traslada al propio equipo de la película. Dinamarca está lejos de ser ese paraíso definido como tal por los habitantes que permanecen en la pequeña localidad de Montenegro, en parte debido a las mentiras que cuentan los emigrantes sobre su propia realidad, algo en lo que caen también Marko y Vera, retratando su situación como idílica, con una buena casa y un buen acceso al trabajo, pero lejos de la realidad de sus pequeñas incursiones en labores de limpieza durante jornadas interminables que les permiten solo pequeños ahorros y algunos momentos para disfrutar de su vida familiar. Con la ayuda de Lene (Trine Dyrholm), consiguen concertar matrimonios de conveniencia falsos para lograr los documentos legales de residencia en Dinamarca. El anciano Ejner (Jesper Christensen) se convierte en el marido de Vera, mientras la pequeña Maja tiene dificultades para entender por qué sus padres se casan con otras personas. La emigración no se plantea tanto como una lucha constante sino como un proceso de pequeñas batallas que se van ganando progresivamente, lo que elimina el carácter victimista de otras propuestas. Es el camino que ha elegido la familia de Maja y es por tanto el que debe ir construyendo paso a paso, con una adaptación más fácil para ella desde su incorporación a la escuela que dirige Jesper (Claes Bang). Los últimos veinte minutos de la película están dedicados a la edad adulta, con Maja (Marijana Janković) convertida en una artista, pero como la única de los hijos que tiene un contacto permanente con sus padres. Sus hermanos mantienen el rencor del abandono primero, y después del desplazamiento obligado a un país que no conocían. Esta permanencia del conflicto generacional quizás está poco desarrollado porque las figuras de los hermanos parecen demasiado difusas frente al retrato de los padres, tanto en la adolescencia como en la edad adulta. La dirección de Marijana Janković permanece siempre en un plano de observación, dejando espacio a los personajes para contar una historia que quizás no tiene elementos emocionales muy marcados, pero no por ello renuncia a buscar la identificación con el espectador en esa pregunta constante que reflexiona sobre el concepto de hogar. 

© Gilvan Barreto

Yellow cake

Tiago Melo

Brasil 2026 | 99' |Tiger Competition | ★

El director Tiago Melo (1984, Brasil) regresa a Róterdam tras haber sido seleccionado con su debut Azougue Nazaré (2018), que ganó el premio a la Mejor Ópera Prima, llevando su siguiente film hasta el terreno de la distopía que se encuentra a medio camino entre un futuro posible y un pasado que está muy presente. Si aquella se desarrollaba en la ciudad natal de su madre, en el caso de Yellow cake (Tiago Melo, 2026) se traslada hasta Picuí, en el estado de Paraíba, el lugar de nacimiento de su padre, que ya había abordado en su cortometraje documental Urânio Picuí (2012), que se puede considerar como el germen de esta propuesta de ficción. Allí, los residentes mayores cuentan historias sobre la llegada de los estadounidenses durante la 2ª Guerra Mundial para extraer uranio para el Proyecto Manhattan, y esta colaboración científica que se convierte en una especie de colonización es uno de los temas que propone en una historia peculiar, de escasos diálogos y de una atmósfera enrarecida marcada por la tonalidad amarillenta a la que hace referencia el título. En esta ciudad se ha establecido un campamento de científicos norteamericanos que tratan de erradicar el mortal mosquito Aedes aegypti, que provoca enfermedades como el dengue, mediante un experimento secreto llamado Yellow cake. A través del uso de uranio extraído de la región, el proyecto pretende esterilizar a los mosquitos y contener la propagación de la enfermedad. Entre ellos, la física nuclear Rúbia Ribeiro (Rejane Faria) actúa como enlace entre el mando militar brasileño y el líder del proyecto, el controvertido Bill Raymond (Spencer Callahan), empeñado en conseguir resultados positivos, aunque para ello tenga que ignorar los procedimientos de seguridad básicos. La película tiene un marcado tono de distopía casi de terror, a través de una invasión de mosquitos que tienen cuerpos fosforescentes, como si fueran extraterrestres, pero que algunos habitantes de la zona no consideran peligrosos, como la anciana Doña Rita (Tânia Maria), que representa esa sabiduría popular que también puede ser imprudente. Yellow cake funciona como una sátira sobre la relación de Brasil con las potencias mundiales que siempre han acabado aprovechándose de ella, especialmente en una región como Seridó, que es rica en las llamadas tierras raras y un suelo repleto de minerales estratégicos como el tantalio, el berilio, el litio y el uranio, todos ellos importantes para la industria tecnológica, convertidos en el maná actual de los territorios más insospechados y desérticos, pero cuyo valor cambia dependiendo de las estrategias geopolíticas. En este contexto, la presencia de Doña Rita funciona como un reflejo del tiempo, como una huella de supervivencia respecto a las explotaciones del pasado, de manera que resulta inmune a la amenaza de los mosquitos cuando el plan de controlar su expansión termina fracasando. 

El personaje tiene el rostro característico de Tânia Maria, una mujer anciana que entró en el cine por casualidad, durante el proceso de casting de la película Bacurau (Juliano Dornelles, Kleber Mendonça Filho, 2019), de la que Tiago Melo fue productor asociado, y que recientemente ha interpretado un personaje principal en El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025). El director consigue crear una mirada singular que a veces causa extrañeza porque es difícil de catalogar entre una distopía que utiliza los recursos clásicos, pero al mismo tiempo desde un perspectiva que abunda en la idea de la colonización: la humana con su carácter ensordecedor y la animal, con su presencia silenciosa. Dentro de la mezcla de géneros que propone, Yellow cake tiene el tono y la visualidad de las películas de ciencia-ficción pulp, pero también contiene una representación de la vida en medio de espacio desérticos, como una forma permanente de supervivencia. A partir de la eclosión de los mosquitos, el tono de la película se contagia de una cierta representación atmosférica que parece más interesada en transmitir sensaciones que en desarrollar una trama. Esto puede hacer perder la atención del espectador cuando incorpora la repetición de las consecuencias de la infección, que parece afectar más a los visitantes foráneos que a los habitantes de la región. Introduciendo en cierta manera reflejos de la pandemia del coronavirus como una posibilidad real de una infección global, Yellow cake se abre a la fantasía de una normalización de la infestación permanente, proponiendo un final ambiguo en el que no está claro cuál es el destino de los personajes, e incorporando en el desenlace una canción que habla de comienzos y finales, "Porque é da natureza" (1980) de la cantante Cátia de França, que hace referencia a cómo cada final es el comienzo de un ciclo nuevo. 

White lies

Alba Zari

Italia 2025 | 98' | Bright Future | 

Festival dei Popoli '25: Mención Especial

En su complejo proceso de indagación de la realidad que ha rodeado a su familia, es notable la forma en que la directora debutante Alba Zari (1987, Tailandia) se niega a aceptar los silencios como respuesta, pero al mismo tiempo mantiene una delicadeza constante al hablar, sobre todo, con su madre y con su abuela. El abandono fue solo un paso más en la difícil relación de una familia que convivió dentro de la secta Hijos de Dios, una rama de un movimiento religioso fundado en 1968 en California por el ex-pastor David Brandt Berg y que posteriormente se extendió a países como Tailandia, afrontando juicios internacionales bajo acusaciones de explotación de prostitución y pedofilia. Su madre se entregó al amor libre que propugnaba este movimiento, así que Alba nació de padre desconocido, aunque durante mucho tiempo tuvo un referente paterno. Sin recuerdos de su infancia, Alba Zari encuentra en los archivos familiares algunas respuestas a sus preguntas, pero sobre todo descubre una relación tóxica de su madre Ivana y su tío con su abuela Rosa, la mujer que quiso huir de su infelicidad cuando conoció en Trieste a Simon, un estadounidense miembro de la secta, y decidió acompañarle hasta Tailandia, introduciendo a Ivana en este movimiento cuando solo tenía trece años. Una carta de despedida que Rosa escribió a sus hijos deja entrever la ruptura de su relación, y un cierto rencor de la madre hacia la actitud de sus hijos, que decidieron romper el contacto con ella como la única forma de escapar a la abducción psicológica de la secta. En White lies (Alba Zari, 2025), tres generaciones de una familia se enfrentan a los recuerdos y la falta de ellos, a las presencias y las ausencias de unas vidas que fueron secuestradas por las consignas de un movimiento seudo-religioso, incluso aunque una parte de ellas no hubieran tenido la capacidad de decisión sobre sus destinos. Las mentiras piadosas a las que hace referencia el título de su debut en el documental son una forma de enfrentarse a los secretos de su familia, pero con una mirada amable, tratando de entender a su madre e incluso a su abuela, a la que sus hijos consideran culpable de aquella experiencia que ahora reconocen como manipuladora. Alba Zari nació en Bangkok, donde vivió hasta los ocho años, y el único recuerdo que tiene de su infancia es lo que le ha contado su madre, una escena de ella ayudándola a tender la ropa. Esta falta de memoria la abordó primero en su libro The Y (Witty Books, 2019), una narrativa que revelaba aspectos de su búsqueda continua sobre su padre (el cromosoma Y del título), y ahora se ha extendido hacia un excelente ensayo audiovisual en el que no solo son importantes los descubrimientos sobre su infancia, sino sobre todo las relaciones en el núcleo familiar, que Alba Zari se empeña en volver a reunir durante una celebración navideña en la que, inevitablemente, surgen los rencores. Es especialmente emocionante la relación de Alba con su madre, a la que diagnosticaron esquizofrenia poco después de abandonar la secta, y con la que mantiene un contacto permanente de abrazos y caricias, casi como una disculpa de la madre que se expresa a través de un cariño desmedido. Pero también hay momentos de cercanía en la relación con su abuela Rosa, en un encuentro en el que ambas se emocionan mientras leen poemas que Alba escribió cuando era joven, y que de alguna forma definen esos recuerdos que ahora no tiene.

La necesidad de esta búsqueda surgió cuando Alba Zari tenía veinticinco años y descubrió que Johnny, el hombre que ella siempre pensó que era su padre, en realidad no lo era. Una caja con antiguos videos VHS y varias cartas se convirtió en el vínculo de conexión con un pasado del que ella nunca fue consciente. Las fotografías que parecían mostrar momentos felices en la playa o en celebraciones de cumpleaños se revelaron como narrativas de felicidad que habían sido construidas por su abuela, una especie de mirada ficticia que convertía el álbum familiar en una gran mentira. White lies explora también la relación entre la memoria y la imagen, y de hecho utiliza en algunos momentos herramientas científicas para tratar de definir el rostro de su padre, alguien del que solo tiene referencias externas, que podría ser iraní. Introduciendo la investigación genética, traza mediante inteligencia artificial una posible imagen de la fisonomía de su padre a través del estudio de los rasgos faciales de Alba Zari. Pero esta imagen también muestra una perspectiva artificial, y en cierta manera complementa el alcance más humano que es realmente el elemento diferenciador del documental. La observación de la vida cotidiana de Ivana, que desde que salió de la secta nunca ha podido encontrar un encaje dentro de la sociedad normalizada, al contrario que su madre Rosa, que en cierta manera pudo pasar página, es lo que construye la narrativa más sólida de la película, porque es la más cercana y conmovedora. De alguna manera, la película refleja cómo la búsqueda del padre ausente provoca un distanciamiento de la realidad familiar, pero al mismo tiempo acaba desembocando en un acercamiento para tratar de entender la dinámica más íntima, volviendo a la familia como el núcleo principal sobre el que se construye la forma de entender su pasado. La cámara que maneja Matteo Tortone nunca se siente distanciada, sino que permanece cerca de las conversaciones entre Alba y su madre Ivana, o su abuela Rosa, en las que la emoción aparece como una forma de impotencia. El documental sirve claramente como una liberación de los traumas que permanecen a causa del silencio y los secretos, como la recuperación de unos lazos familiares rotos que posiblemente nunca se normalicen pero al menos se mantienen ligados. También es un reflejo de una relación intergeneracional en la que las decisiones tomadas por los padres pueden ser decisivas en el desarrollo de las vidas de sus hijos, pero evita cuidadosamente caer en la definición habitual que se adjudica a este tipo de obras como procesos de terapia personal. Muy al contrario, la búsqueda de Alba Zari transmite una mirada sobre las complejidades de las relaciones familiares que puede ser entendida desde cualquier otra perspectiva. 

Incontrolable (I swear)

Kirk Jones

Reino Unido 2025 | 121' | Limelight | 

British Independent Film Awards '25: Mejor Actor, Mejor Reparto

BAFTA Awards '26: 6 Nominaciones


En la progresiva inclusión de personajes no normalizados dentro de las historias que se cuentan en el cine y la televisión, el síndrome de Tourette ha tenido algunos tratamientos interesantes, que se alejan de la anécdota simple de los insultos descontrolados y los tics nerviosos para tratar de profundizar en cómo las personas que sufren este trastorno neurológico pueden convivir con él dentro de una sociedad que marca distancias insalvables, especialmente en cuanto a los conceptos de educación y de convivencia. En Incontrolable (I swear) (Kirk Jones, 2025) se remarca en varias ocasiones que el problema del síndrome de Tourette no es necesariamente el de unos síntomas tan expresivos, sino en cómo el resto de la sociedad los recibe; si la perspectiva habitual suele ser la de preguntarse cuáles son los mecanismos para adaptarse a las normas sociales, quizás la respuesta está en cambiar esa perspectiva. Es la sociedad la que debería hacer un esfuerzo por entender y aceptar. El año pasado hemos hablado de la serie belga Holy sh!t (Streamz, 2025), una comedia seleccionada en Canneseries que tiene como protagonista a una aspirante a profesora con dificultades para colmar sus aspiraciones de dar clases en una escuela, debido a los tics fónicos y espasmos que le provoca el síndrome de Tourette. Y en esta ocasión encontramos entre las películas británicas más destacadas del año, con seis nominaciones principales a los premios BAFTA, a otro protagonista que se enfrenta a un entorno más difícil y hostil, porque sus síntomas surgen en la adolescencia, en la pequeña localidad escocesa de Galashiels, durante los años ochenta, una época en la que la enfermedad era descrita en Gran Bretaña como "wild madness" (locura salvaje). El Síndrome de Gilles de la Tourette (ST) es una condición médica del sistema nervioso generalmente desconocida de la que no se sabe su origen, aunque se apuntan factores hereditarios, cuya manifestación externa se produce a través de espasmos involuntarios que pueden ser tics motores y al menos un tic fónico. Entre las personas que padecen Tourette, aproximadamente un 10% también presentan lo que se denomina coprolalia, una expresión involuntaria de palabras obscenas o comentarios despectivos. Lo que tienen en común la serie belga y esta película británica es que no caen en el habitual retrato depresivo de unos síntomas que claramente provocan dificultades para encajar en la sociedad. John Davidson, en cuya vida está basada la historia de Incontrolable, fue el protagonista, cuando solo tenía 16 años, de un reportaje de la BBC titulado John's not mad (Valerie Kaye, 1989) en el que, a pesar de las buenas intenciones de demostrar que, como dice su título, el síndrome de Tourette no es un síntoma de locura, ofrecía una imagen del joven caminando entristecido por las calles de su ciudad. Por eso es alentador que se utilice el humor para normalizar, y eso lo hace esta película con una eficacia sorprendentemente natural, sobre todo gracias a la conmovedora interpretación de Robert Aramayo, al que hemos visto en un papel totalmente diferente en el épico relato histórico Palestine 36 (Annemarie Jacir, 2025). 

Incontrolable no es solo un relato de persistencia, sino también una historia sobre cómo la familia puede convertirse en una barrera, sin estar a la altura de las circunstancias. Cuando un adolescente John (Scott Ellis Watson) no puede controlar el gesto de escupir en la comida, su padre le envía a comer delante de la chimenea, el lugar que se convertirá en una metáfora de la incomprensión que genera dentro de su propia familia, que no actúa como un espacio de protección sino todo lo contrario, a pesar de que su madre Heather (Shirley Henderson) no está retratada exactamente como una persona cruel. Pero la historia pasa rápidamente a la edad adulta, quizás para no caer en la habitual descripción depresiva de los años más difíciles, aquellos en los que el joven es castigado por el director de la escuela, que considera faltas de respeto sus espasmos y tics fónicos. En ese momento, John (Robert Aramayo) encuentra la protección de otra familia, y especialmente de Dottie (Maxine Peake), una ex-enfermera de una clínica psiquiátrica que se enfrenta a sus propios problemas de salud pero aglutina toda la comprensión que el joven necesita. Es por tanto una historia sobre familias elegidas que a veces ocupan un lugar mucho más relevante que la propia. El director Kirk Jones utiliza el humor como un vehículo de normalización, y ese es un hallazgo especial, aunque su propio guión circule por terrenos narrativos más o menos convencionales. Pero es la humanidad de sus personajes la que trasciende el relato, como en esa divertida y caótica entrevista de trabajo que tiene John con el responsable de mantenimiento de un centro comunitario, Tommy (un encantador Peter Mullan, alejado de sus recientes personajes de antagonistas). La película nunca elude los desafíos a los que se enfrenta John, como cuando consigue la necesaria emancipación en su propio apartamento, pero lo hace en un tono de comedia que resulta al mismo tiempo conmovedora. Incontrolable es una historia amable que resulta tan entretenida como educativa, y a pesar de que defiende que es la sociedad la que debería asumir la diversidad neurológica de sus habitantes, no solo respecto al síndrome de Tourette sino hacia otros espectros como el autismo, al final también revela que las investigaciones médicas pueden contribuir a que una persona que sufre estos síntomas pueda realizar actividades tan cotidianas como visitar una biblioteca, donde sus espasmos y tics no encajan con la atmósfera requerida. John Davidson se convirtió en un activista que defendió el conocimiento de los síntomas del síndrome de Tourette para aceptarlos, y sobre todo la necesidad de reunir a quienes padecen este trastorno como un vehículo para evitar la soledad y el silencio, llegando a recibir la Orden del Imperio Británico de manos de la reina Isabel II, a quien durante la ceremonia le dedicó un "¡Que se joda la Reina! Incontrolable puede ser solo una pequeña aportación, pero es tan encantadora que posiblemente resulta bastante más efectiva que muchos discursos. 

Veronique

Friedl vom Gröller 

Austria 2025 | 4' | Cortos y mediometrajes | 

La veterana fotógrafa y cineasta Friedl vom Gröller (1946, Reino Unido) se caracteriza por la fisicidad que transmiten sus retratos, bien representados en fotografías que han ocupado exposiciones en los museos más importantes del mundo, o por sus obras audiovisuales, generalmente cortometrajes que también se definen por la mirada cercana. El Festival de Róterdam ha programado algunas de sus obras como 2020 (2025), Sacrificio per la sirena (2020) y Ulrich Gregor and Heidi Kim at the W Hong Kong Hotel (2017). Entre sus obras expositivas más conocidas se encuentra "Jahresportraits" (1972), una serie que incluye las fotografías que se hizo a sí misma diariamente durante un año, enmarcadas dentro de una gran hoja de papel. Durante un tiempo cambió su apellido por el de Friedl Kubelka, al casarse con el director de cine experimental Peter Kubelka, del que se divorció en 2001, de manera que utiliza tanto el apellido de soltera como el de su primer matrimonio de forma indistinta. De hecho, en 2003 fundó la Escuela de Cine Independiente Friedl Kubelka, dedicada al cine analógico, que durante 23 años ha promovido prácticas artísticas e intercambios con reconocidos artistas cinematográficos. Realizadas y exhibidas en Super-8, 16 mm. y 35 mm., estas obras muestran un cine de expresión profundamente personal y formalmente independiente. Su último trabajo audiovisual se enmarca dentro de esa línea artística, planteado como una serie de retratos de las clientas y trabajadoras de la peluquería  de Véronique Gizard, en la esquina de la Rue de Bagnolet y la Rue Planchat, en el distrito 20 de París. A mediados de 2025 esta pequeña peluquería cerró sus puertas para dar paso a una cafetería, de manera que en Veronique (Friedl vom Gröller, 2025), un cortometraje mudo de cuatro minutos rodado con una cámara de 16 mm., permanecen los rostros de un grupo de mujeres en un espacio que el propio subtítulo del cortometraje define como "Un salón de belleza en el París de Barbieland". Quedan reflejados por tanto los perfiles de porcelana que Friedl vom Gröller observa pacientemente hasta que algunos pequeños cambios en la expresión facial y sus miradas a la cámara, revelan una transformación desde la pose artificial hasta la personalidad natural. La imagen también se detiene en el aspecto de la peluquería después de haber sido clausurada, en las fotografías de modelos perfectamente peinadas que ahora están cubiertas de polvo, y en las obras de restauración de un local que ha dado paso a otro tipo de encuentros entre clientes y trabajadores en forma de cafetería. Veronique refleja esos vestigios de una peluquería de la que todavía permanece la huella en aplicaciones de búsquedas en internet, como una figura que se resiste a desaparecer del todo, y a cuya pervivencia también contribuye esta observación en primeros planos que compone la artista austríaca. Ella será objeto de una exposición titulada Friedl Kubelka / vom Gröller. Home but Not at Home (2026), desde el 13 de febrero hasta el 7 de junio en el Museo de Arte Contemporáneo Belvedere 21 en Viena, en la que se muestra una selección de 150 pinturas realizadas con la técnica gouache, dentro de su más desconocida faceta como pintora, junto con un programa que incluye algunos de sus cortometrajes. 

Wellen wende

Josephine Ahnelt

Austria 2026 | 73' | Focus: The future is NOW | 

El IFFR contribuye en esta edición a la celebración del 60 aniversario de la fundación de NOW (Organización Nacional de Mujeres), un momento clave en la historia del movimiento por los Derechos Civiles y de la Segunda Ola del Feminismo. The Future is NOW ofrece una exploración del cine de mujeres de diferentes épocas, confrontando las primeras esperanzas con los desarrollos posteriores, a través de generaciones que conversan entre sí. Temas como la educación, las comunidades y la historia forman parte de una mezcla que también aborda cuestiones como el sexo, la religión y el propio cine. Entre los estrenos de esta sección se encuentra la última obra de Josephine Ahnelt (1987, Austria), cineasta que también está especializada en retratos y que suele utilizar formatos analógicos como Super 8 y 16 mm., creando películas de miradas íntimas que observan a las personas, los gestos y las sutilezas de la vida cotidiana. Wellen Wende (Josephine Ahnelt, 2026) se centra concretamente en el período de transformación que supone el embarazo y el posparto, a través de cinco madres primerizas a las que la directora ha grabado durante el primer año de vida de sus bebés. Es una época de transformación física, pero también psicológica, en la que algunos elementos emocionales que no estaban tan presentes se hacen más evidentes. Judith, Doris, Nina, Ludisis Caridad y Luise expresan sus reflexiones sobre cómo han recibido la maternidad desde una perspectiva personal: "Siempre pensé que todo lo que quieres lograr como mamá es simplemente una cuestión de fuerza de voluntad. Creía que podías distanciarte de cualquier ideal de maternidad simplemente haciéndolo. Y todo este componente emocional que te abruma, simplemente me negaba a aceptarlo". Surgen las ideas preconcebidas sobre ser madre y las imposiciones sobre cómo ser madre, que funcionan como un elemento de presión constante que niegan la posibilidad de aspectos como la depresión posparto. Ludisis Caridad, emigrante de origen cubano, comenta al respecto que: "Creo que la falta de sueño es la principal razón que te conduce a la depresión. Porque necesitas descansar. Tienes el cuerpo débil. Pero debes cuidar a este pequeño ser humano".  La dedicación a la cotidianidad se revela como uno de los principales logros de un documental que observa desde una mirada analógica que permite un acercamiento más íntimo. Al rodar en 16 mm., la cámara se mantiene constantemente observando las acciones de las madres mientras alimentan a sus bebés, juegan con ellos o simplemente les acarician, estableciendo un vínculo real con su dedicación. Las reflexiones revelan que la maternidad es diferente de manera individual, pero al mismo tiempo se desarrolla a través de interrelaciones y comportamientos que son comunes, al margen de los desafíos que afronte cada una, envueltas en sus propias circunstancias vitales. 


El agente secreto se estrena en salas de cine el 20 de febrero.
Incontrolable se estrena en salas de cine el 10 de abril.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

Melancolía se puede ver en Filmin y Movistar Plus+.
Nymphomaniac y La casa de Jack se pueden ver en Filmin. 

04 febrero, 2026

Rotterdam 2026 - Parte 2: Revoluciones

Llegamos al ecuador del Festival de Róterdam que se desarrolla hasta el 8 de febrero hablando de revoluciones y conflictos, uno de los temas habituales en la programación de una selección comprometida con las realidades que se viven en el mundo. Películas que abordan desde distintas perspectivas las consecuencias de la larga ocupación de Palestina, pero también de revoluciones fallidas en Portugal o frustradas en Siria. El Festival de Róterdam no es una muestra de estrellas de cine, pero entre sus invitados estuvo presente ayer la actriz Cate Blanchett, no solo para presentar la película Father Mother Sister Brother (Jim Jarmusch, 2025), que se proyecta en la sección Limelight que recoge películas relevantes del circuito de festivales, sino sobre todo en su faceta de Embajadora de Buena Voluntad de ACNUR, que junto al Hubert Balt Fund ha puesto en marcha el Displacement Film Fund (DFF), una iniciativa lanzada como programa piloto en el IFFR de 2025 y que supone la ayuda de 100.000 euros a cortometrajes realizados por cineastas desplazados. Se estrenaron en esta edición los cinco cortos subvencionados en la primera ronda, realizados por directores de Irán, Siria, Afganistán, Somalia y Ucrania, y se ha anunciado una segunda ronda de ayudas. El primer comité de selección ha estado formado por las actrices Cate Blanchett y Cynthia Erivo, la directora Agnieszka Holland, el realizador Jonas Poher Rasmussen y el solicitante de asilo LGBTQ+ Amin Nawabi (seudónimo), que inspiró su documental de animación Flee (Jonas Poher Rasmussen, 2021), la directora del Festival de Róterdam Vanja Kaludjercic, la directora Waad Al Kateab, que coridigió el documental Para Sama (Waad Al Kateab, Edward Watts, 2019) y la activista y refugiada Aisha Khurram.

Far from Maine

Roy Cohen

Francia, Italia, Hungría 2026 | 99' | Harbour | 

En un panorama que se ha degradado hasta la confrontación ideológica que no reconoce la incongruencia de responder a un ataque terrorista con una masacre genocida, cualquier propuesta que trate de construir un diálogo puede parecer un acto de rebeldía. El director Roy Cohen (1984, Israel) trata de hacerlo en un documental que está construido como un diálogo con su amigo Aseel Asleh, un joven palestino residente en Israel al que conoció en 1998 durante un campamento de la paz, llamado Seeds of Peace, que se celebró en la ciudad de Maine, en Estados Unidos, al que acudieron representando a la delegación israelí. Inmediatamente hubo una conexión entre ambos y se hicieron amigos, hasta que en 2000 Aseel Asleh fue asesinado por los soldados israelíes durante la Segunda Intifada. Far from Maine (Roy Cohen, 2026) hace referencia a ese momento de conocimiento personal, a partir del cual ambos regresaron a sus entornos familiares y llevaron vidas separadas. En el caso del director, comenzó años después una relación sentimental con un norteamericano y tuvieron una hija, pero el recuerdo de Aseel ha permanecido tan claramente que la estructura del documental se sostiene en un diálogo ficticio entre el Roy Cohen de la actualidad y el Aseel Asleh que no pudo traspasar la juventud. Esta conversación basada en cartas que se enviaron durante un tiempo es también una reflexión sobre cómo la sociedad israelí ha enfrentado todo lo que ha ocurrido desde el 7 de octubre de 2023, tras el ataque terrorista de Hamás que provocó la muerte de 1219 personas y el secuestro de 251, mayoritariamente civiles israelíes. Y una respuesta por parte de Israel en un genocidio que ha acabado con la vida de más de 72.000 gazatíes, entre ellos 20.000 niños, el desplazamiento de 1,9 millones de personas y la destrucción absoluta de Gaza, con un futuro controlado por Estados Unidos para reconvertirla en un resort de lujo. Pero la huella de la ocupación permanece inalterable, y el recorrido que efectúa Roy Cohen en su documental deja algunas cuestiones relevantes sobre los silencios y las mentiras. Él mismo es de origen árabe-israelí, pero nació en una ciudad de la que nunca supo, hasta que se hizo adulto, que había sido un asentamiento palestino ocupado por los israelíes. Quizás lo más relevante de documental es cómo expone una realidad impactante, especialmente cuando habla con una de sus hermanas, quien vivió en un kibutz cercano a la franja de Gaza, en el que hubo algunos conatos de ataques durante los atentados del 7 de octubre, y a quien se le ha ofrecido un terreno para volver a habitarlo. Entre los israelíes que apoyan las políticas genocidas de Benjamin Netanyahu y los que protestan en contra de ellas, hay una parte de ciudadanos mucho más numerosa, la de aquellos que prefieren mirar hacia otro lado y permanecer en silencio. Cuando Roy Cohen habla con una responsable de seleccionar a los jóvenes que formaron parte de la delegación israelí que fue al campamento Seeds of Peace, y le menciona el nombre de su amigo Aseel Asleh, ella también se niega a hablar de él. Desde el principio, nos cuenta el director en su narración, el joven Aseel mostraba cierta rebeldía, explicando su origen palestino y renunciando a cantar el himno de Israel. Lo que provocó que la delegación israelí se negara a volver a invitarle, mientras que la organización del campamento le invitó como representante individual. Incluso el idealismo de la convivencia pacífica que representaba el encuentro estaba envuelta en debates intensos y en algún insulto racista. 

Al mismo tiempo que establece el diálogo ficcionado con su amigo palestino, Roy Cohen conversa en Estados Unidos con algunos de los jóvenes del campamento con los que ha seguido manteniendo contacto, y que continúan participando en las manifestaciones contra el genocidio israelí. Aunque el documental no llega a capturar la persecución a la que han sido sometidos los representantes de las protestas palestinas y la desfinanciación a la que ha sometido la actual administración norteamericana a las universidades que se han alineado con la libertad de expresión. En la realidad que describe Far from Maine, antes del desembarco del fascismo, los Estados Unidos todavía eran un espacio donde expresar de manera libre y sin miedo a ser considerados terroristas por apoyar la solución de los dos Estados para el conflicto palestino-israelí. Pero lo más revelador de la película está en el interior de Israel, en el reflejo de la educación dirigida, en las huellas de las mentiras inoculadas en los jóvenes, en la permanencia del silencio y el desinterés: "No me interesa lo que está pasando allí. Apenas veo las noticias", dice la hermana de Roy Cohen, como si la invisibilidad o el negacionismo pudieran borrar la realidad. Es la indiferencia flagrante de muchos ciudadanos israelíes la que expresa con mayor profundidad los soportes en los que se sostiene la psicopatía de personajes como el ultraderechista Ministro del Interior Ben Gvir, a cuyo pasado también se hace referencia en la película. Far from Maine mezcla imágenes de archivo con las conversaciones y las reflexiones personales de Roy Cohen, que en algunos casos resulte difícil. Como cuando habla con Yousef Bashir, uno de los participantes en el campamento, quien ha guardado un libro con el casquillo de una bala incrustado en él, durante un ataque del ejército israelí a su casa, para recordarle la realidad a los que dudan sobre la violencia sistemática. "La retórica y el lenguaje que utilizan los medios israelíes es algo que no he visto nunca. Han hecho un trabajo increíble, extremadamente calculado, para asegurarse de que los israelíes piensen de una cierta manera". Entre los documentales que han hablado sobre el conflicto israelí-palestino desde que se produjo el ataque del 7 de octubre y el posterior genocidio, Far from Maine puede no resultar tan profundamente emocional como Coexistence, my ass! (Amber Fares, 2025), pero al menos ofrece una mirada desde el interior de Israel que expone claramente el grado de manipulación a la que se ha sometido a una población que seguramente también ha tenido su responsabilidad en dejarse someter. 

Palestine 36

Annemarie Jacir

Palestina, Reino Unido, Francia 2026 | 120' | Limelight | 

Oscar '26: Candidata palestina

TIFF '25: Lightbox - Premiere mundial


Desde sus cortometrajes Like twenty impossibles (2016) y Wajib (2017), seleccionados en dos ediciones consecutivas del Festival de Róterdam, la cineasta Annemarie Jacir (1974, Palestina) ha tratado diferentes aspectos de la realidad palestina y de su diáspora, pero sobre todo destacó su primer largometraje, La sal de este mar (2008), cuyo tratamiento del regreso de una mujer estadounidense-palestina que quiere residir en la ciudad de Ramallah, donde encuentra a algunos de sus habitantes esperando visas para poder salir de allí, conecta con los acontecimientos ocurridos en los últimos meses dentro del lejano camino que ha recorrido el conflicto entre árabes y sionistas. En una parte del comienzo de esa confrontación se centra su ambiciosa última película, Palestine 36 (Annemarie Jacir, 2025), que nos transporta hasta las primeras rebeldías de los habitantes árabes de una tierra que se encuentra bajo el protectorado de Gran Bretaña, quien decide poner parte de ellas al servicio del desplazamiento del pueblo judío, progresivamente expulsado de Europa en medio de un sentimiento creciente de antisemitismo que acabó derivando en una persecución cruel. El "problema judío" se desplazó hasta Jerusalén, y la solución que encuentran los diplomáticos británicos, encabezados por el Alto Comisionado Wauchope (Jeremy Irons) es dividir las tierras en dos partes sin consultar a los agricultores que las habitan, y dejando que los colonos judíos se apoderen de zonas rurales incluso de manera violenta. El anhelo de una tierra prometida en Jerusalén que ha usado el pueblo judío para justificar su ocupación no tuvo en cuenta que esa región situada entre el río Jordán y el mar Mediterráneo estaba habitada desde el paleolítico por los antecesores de los agricultores palestinos que comenzaron a expulsar. La película plantea que la ocupación de los territorios árabes fue impulsada por los propios funcionarios británicos que habían favorecido su expulsión de Europa por un antisemitismo creciente, hasta que la Comisión Peel tomó la decisión de apoyar la creación de un Estado de Israel que se asentaría en parte de las tierras árabes, lo que está planteado como la principal razón de las revueltas, aunque puede no ser históricamente correcto. Ha habido en los últimos meses algunas discusiones entre autores como Robert Cherry que niega el rigor histórico del relato, afirmando que la violencia contra los judíos fue anterior y que la directora no menciona algunas figuras clave como el líder árabe Gran Muftí Amin al-Husseini, "que instigó la violencia y eliminó a la comunidad judía del valle de Hebrón", mientras que otros autores como el periodista Jonathan Cook defienden la tesis de la historia contada por Annemarie Jacir. Ésta se centra principalmente en el joven árabe Yusuf (Karim Daoud Anaya), un granjero que mantiene una buena relación con la comunidad británica ayudando a Amir (Dhafer L'Abidine), un líder burgués que se alinea con la agenda sionista esperando mantener su estatus, y su esposa Khouloud (Yasmine Al Massri), una periodista radical que escribe bajo un seudónimo masculino. En la parte británica hay una cierta exposición más simplista: el Capitán Wingate (Robert Aramayo) es el retrato de un sionista que se refiere a los palestinos como animales, mientras que el Comisionado Thomas (Billy Howle) defiende la creación de un estado palestino libre e independiente. 

Uno de los aspectos más discutidos de la película, y también de los antecedentes históricos que propone, es el informe en el que la Comisión Peel aprobó un plan de partición en 1937 que establecía un Estado de Israel en parte del territorio árabe. Palestine 36 se centra principalmente en el período que transcurre entre la huelga general de los habitantes árabes que se desarrolló durante seis meses en 1936 y la masacre de la aldea palestina Al-Bassa que tuvo lugar en 1938. Parte del trasfondo de este acontecimiento protagonizado por las tropas británicas está representado a través de la figura de Kareem (Ward Helou) y el padre Boulos (Jalal Altawil), un sacerdote cristiano, quien enseña a su hijo el valor de la resistencia a través de un juego en el que ambos se muerden los puños: "El valor no está en quién tiene más fuerza, sino en quién es capaz de resistir más. Hay que perseverar para poder ganar". Con una cierta mirada hacia las producciones de David Lean en el retrato de una historia multifacética de personajes que se cruzan entre sí, como el trabajador portuario Khalid (Saleh Bakri), que se convierte en uno de los líderes de la revuelta, la directora Annemarie Jacir construye un reflejo histórico que se sostiene en las pequeñas experiencias de algunos de sus habitantes, una historia de resistencia y de insumisión a las  imposiciones coloniales. Puede ser a veces imprecisa y unidireccional, estableciendo a los árabes únicamente como víctimas de la violencia, no como instigadores de ella, e invisibilizando a la comunidad judía que prácticamente solo se menciona en las conversaciones, pero no tiene una representación física. En su relato que conecta con la realidad histórica, se introducen fragmentos de archivos que muestran la vida cotidiana en Palestina, donde se rodó la película, y referencias a la huelga y las revueltas que se organizaron en los años treinta. También se silencia a una parte de la población palestina que estaba de acuerdo con la partición que proponía la Comisión Peel, cuya recomendación era que la comunidad judía recibiera solo el 12% del territorio del Mandato Británico, y que la gran mayoría del resto se asignara a los habitantes árabes palestinos. Pero la candidata palestina a los Oscar, que consiguió pasar el corte de la preselección pero no ha sido nominada, en favor de la representante tunecina La voz de Hind (Kaouther Ben Hania, 2025), ofrece una perspectiva diferente al relato sionista habitual, que puede ser impreciso pero alimenta la reflexión sobre cómo el genocidio contra el pueblo palestino tiene su raíz en las consecuencias del colonialismo y el antisemitismo europeo. Y contiene dentro de su fuerte carácter de épica histórica una mirada profunda hacia el pasado como la fuente de los problemas del presente. 

© O Som e a Fúria, Tarántula

Projeto global

Ivo M. Ferreira

Portugal, Luxemburgo 2026 | Big Screen Competition | ★


Al ver la última película de Ivo Ferreira (1975, Portugal), director de títulos reconocidos como Cartas de la guerra (2016), es inevitable pensar en las incursiones que viene haciendo en los últimos años el cine brasileño en el pasado opresivo de sus dictaduras: Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024) y El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025). Ambientada en los años posteriores a la Revolución de los Claveles, se trata de una incursión en las soluciones sociales que planteaban las revoluciones socialistas, y la paranoia de la amenaza de un posible regreso de un sistema dictatorial, lo que en cierta manera actualiza su reflejo mirándose en el espejo de las sociedades actuales que se están contagiando de los discursos fascistas sin verlos realmente como una amenaza, e incluso justificándolos bajo eslóganes populistas. En 1980, la desilusión se había instalado en el rumbo que había tomado Portugal y lo que se percibía como el desmantelamiento de los logros de la revolución de abril: la reprivatización de las fábricas y el fin de la reforma agraria. Tras varios intentos de la extrema derecha por recuperar el poder (dos intentos de golpe de Estado en 1974 y 1975, y más de 600 atentados y acciones violentas entre 1975 y 1977), creció el temor al regreso del fascismo. En este clima de tensión, surge un grupo armado de extrema izquierda denominado Fuerzas Populares del 25 de abril (FP-25), que entre 1980 y 1986 convirtió al país en escenario de atentados con bombas, robos a mano armada y ejecuciones por motivos políticos. El FP-25 fue contemporáneo de otras organizaciones terroristas que actuaban en Europa, como la Baader-Meinhof, ETA, el IRA o Action Directe, pero sin una causa territorial o identitaria que los enmarcara, y causaron la muerte de al menos dieciocho personas, dejando a la sociedad portuguesa profundamente conmocionada. Ese idealismo fallido que encontró en la revolución armada un vehículo para tratar de remover la conciencia de la sociedad portuguesa es el contexto de una historia de amor de carácter triangular que forma el esqueleto principal de Projeto global (Ivo M. Ferreira, 2026), una interesante propuesta sobre las revoluciones frustradas. Como parte del FP-25, Rosa (Jani Zhao) y su pareja Jaime (Rodrigo Tomás) han iniciado un movimiento armado que intenta defender a los trabajadores y establecer una confrontación frente a los grupos de extrema derecha que han intentado hacerse con el poder. Pero es un proyecto revolucionario que no se sostiene sobre la paz de las flores colocadas en los cañones de los tanques, sino que pretende la destrucción de los sistemas autoritarios como un paso necesario para reforzar los cambios sociales que se han ido transformando en otra forma de imposición. Al mismo tiempo, Rosa mantiene una relación con Marlow (José Pimentão), un policía que pertenece precisamente al grupo que investiga las actividades criminales del FP-25, y que en algunas ocasiones consigue avisarla de las incursiones policiales contra la organización, pero sin renunciar a su intención de acabar con ella. Conforme las acciones del FP-25 se van haciendo más violentas, el trayecto de regreso resulta más difícil, y sus principales componentes, Rosa, Jaime y Queiroz (Isac Graça) deben continuar un camino sin retorno, con vidas clandestinas basadas en robos a bancos y atentados bajo la amenaza constante de la prisión o la muerte.

Projeto global no ofrece una crónica histórica sobre la organización FP-25, sino que prefiere construir un relato de ficción que pone de manifiesto la vulnerabilidad de las conexiones que se establecen entre sus miembros, y las discusiones que surgen dentro del seno de una respuesta armada en la que hay todavía una incertidumbre sobre si los mejores resultados provienen de la mayor violencia o por el contrario es aceptable algún tipo de negociación. De manera que Ivo Ferreira introduce al espectador directamente en la acción sin ofrecer un contexto histórico detallado, utilizando elementos de los thrillers de los años setenta para reforzar visualmente su propuesta. La intención es plantear un retrato de ese tipo de personajes ambivalentes que se encontraban en aquellas ficciones, filmando sin ofrecer un juicio sobre ellos y permitiendo que sea la duda la que se apodere del centro del relato, aportando al espectador elementos de reflexión. En esta incursión en los idealismos contaminados por la violencia, la cámara está en constante movimiento y acompaña a los protagonistas, con algunas secuencias logradas como el robo a un banco que termina con consecuencias devastadoras, que recuerda a los thrillers políticos italianos de de la década de los setenta y ochenta, siempre con  elementos realistas subrayando las secuencias de acción. El director se confiesa admirador de este tipo de cine, pero al mismo tiempo utiliza los clichés que les caracteriza para reconstruir una forma de acercarse a la realidad histórica desde una mirada ficcional. Lo que no consigue a veces es construir las relaciones entre los personajes de una manera que resulte lo suficientemente sólida. Funciona el trío amoroso y la dedicación del policía Jaime a terminar con la organización terrorista, aunque al mismo tiempo salvando a Rosa de sus consecuencias, pero en general éste resulta un personaje demasiado simple, envuelto en cierta levedad a pesar del dilema moral al que se enfrenta, que no beneficia a la solidez de la historia. Entre el humo de cigarrillos, la música de la época y las prostitutas que forman parte de la iconografía clásica del thriller político, hay una parte de la sociedad portuguesa que comparte sueños rotos y esperanzas inciertas.

Tell me what you feel

Łukasz Ronduda

Polonia 2026 | 100' | Big Screen Competition | 

En la esencia principal de esta película sobre el amor está la exposición de un tipo de relación que parece romper con las diferencias sociales y económicas de los amantes, pero únicamente como una ilusión de cierta normalidad que sin embargo no es real, porque las barreras permanecen para separar en cualquier momento. Habla el director Łukasz Ronduda (1976, Polonia), un habitual del Festival de Róterdam, en torno a la sobreterapia a la que se someten muchos jóvenes contemporáneos, que se representa en una mayor consciencia de las emociones y de la salud mental, pero que construye relaciones afectadas por esta percepción de la realidad. Esta historia romántica muestra simpatía por los personajes, pero al mismo tiempo ofrece una mirada crítica sobre el tipo de relación que se establece entre ellos, una conexión que se sostiene en la comprensión permanente de lo que sienten y de lo que piensan. En una escena de la película, Patryk (Jan Sałasiński) y Maria (Izabella Dudziak) intercambian sus ropas para sentirse en la piel del otro, creando una conexión emocional como si se tratara de una terapia. Él proviene de una familia de chatarreros pero se siente artista, aunque su intención de ingresar en la Academia de Arte de Varsovia es rechazada, mientras ella es una joven que ha huido de una familia adinerada pero con un padre esquizofrénico y que ha iniciado un proyecto artístico que consiste en recoger las lágrimas de personas desfavorecidas, pagándoles por el líquido acuoso y salado que fluye de sus glándulas lagrimales. Cuando Patryk pretende también ofrecer sus propias lágrimas, descubre que es incapaz de llorar. Este planteamiento puede parecer pretencioso, pero consigue resultar atractivo de manera sorprendente, envolviendo la historia en una relación peculiar que puede ser considerada romántica, pero que se sostiene en una especie de interpretación psicológica del amante, un anhelo de entender al otro desde una pretendida terapia personal que en realidad expone los propios traumas. Y también refleja una cierta masculinidad vulnerable, que está dispuesta a exponerse emocionalmente, que no recela de los sentimientos sino que los utiliza como herramienta para crear vínculos. Tell me what you feel (Łukasz Ronduda, 2026) es el nuevo largometraje de un director que generalmente suele hablar sobre la relación entre el arte y los sentimientos, en películas previas como Performer (Łukasz Ronduda, Maciej Sobieszczański, 2015) y en sus biografías inspiradas en artistas como A heart of love (2017) y All our fears (2021). El propio Łukasz Ronduda trabaja también como historiador de arte y programador de exposiciones en el Museo de Arte Contemporáneo de Varsovia, por lo que se mueve en terreno conocido. Pero en esta última propuesta hay una mayor exploración de la intimidad de los amantes, en encuentros que tienen lugar en el apartamento que comparte Patryk, rodeado de dibujos y pinturas que ocupan casi toda la pared, pero despersonalizado en el resto de una habitación casi vacía en la que los amantes se entregan a juegos sexuales que van derivando hacia inspiración artística. 

A través de esta relación Łukasz Ronduda refleja cómo se construyen las conexiones personales en una juventud que las percibe más como una forma de encontrarse a sí mismos que como una necesidad de establecer vínculos con otros, una mirada más interiorizada que un compromiso que se expone al exterior, lo que también muestra la debilidad real de esas conexiones.  A través de sus personajes, Tell me what you feel expone los conflictos y las aspiraciones de una generación que busca enfrentarse a sus vidas de una manera diferente, pero que a veces encuentra dificultades para descubrir nuevas formas de experimentar la comunicación entre ellos. De manera que construye un drama romántico que se mueve entre el romanticismo cursi del principio y la vulnerabilidad expuesta a lo largo de su desarrollo. La conexión con la pareja protagonista depende en buena medida de la cercanía que tenga el espectador con las inquietudes de la Generación Z, o con la tristeza existencial que caracteriza al joven Patryk. Pero su relación nunca se siente forzada, y la película se presenta como una historia de amor diferente en el que el director encuentra un equilibrio entre la descripción de los sentimientos de la pareja y la exposición de las ideas sobre el arte y la vida. 

Why do I see you in everything?

Rand Abou Fakher

Bélgica 2026 | 70' | Bright Future | 

Desafiando la imagen dominante de la masculinidad en la sociedad árabe, el debut de la directora Rand Abou Fakher (1995, Siria) tiene como protagonistas a dos amigos árabes que viven en el exilio. Nabil Altawil y Qusay Awad, también guionista, que han experimentado juntos la caída del antiguo régimen sirio de Assad y ahora están viviendo desde Alemania la destrucción de Gaza, comparten en un refugio momentos de intimidad y de cercanía, tocándose y acariciándose como no es habitual entre dos hombres dentro del contexto de las sociedades árabes. La directora admite querer romper con esa imagen de masculinidad que impera en ese mundo, ofreciendo no solo una mirada feminista sino también una perspectiva queer, y afirma compartir una reflexión de la artista siria Sulafa Hijazi: "Un cuerpo capaz de dar vida nunca puede decidir tomarla tan a la ligera", para intentar encontrar la explicación a la normalización de la violencia. La cercanía íntima de estos dos amigos contrasta con la perspectiva masculina que no encuentra distorsión en la imagen de un adolescente portando un arma, pero se conmociona cuando dos hombres se acarician y se tocan. Pero Why do I see you in everything? (Rand Abou Fakher, 2026) habla sobre todo del desarraigo que experimentan los dos protagonistas, comenzando con una imagen de olivos trasplantados en camiones que es una metáfora poderosa sobre el desplazamiento forzoso que han sufrido pueblos árabes como el sirio y el palestino. Los olivos aparecen como testigos de la violencia real sufrida mediante el desarraigo, el robo y la quema de árboles, mientras la ciudad de Berlín se convierte en un reflejo de Siria cuando una manifestación en contra del genocidio palestino acaba con la detención de Nabil, mientras la cámara de Qusay le sigue desde la lejanía, reproduciendo los ecos del pasado, cuando el propio Nabil fue arrestado durante seis meses en Siria cuando tenía 16 años. Hay una forma de represión que es común entre Alemania y Siria, a pesar de situarse en sociedades diferentes con protecciones legales distintas, pero solo establecer cierto paralelismo entre ambas, desde el punto de vista de quien la ha experimentado, ya supone un acto de rebeldía. Como documental híbrido, Why do I see you in everything? está rodeado de cierto aliento poético que sin embargo se dispersa en reflexiones ambiguas que parecen pretender una resonancia que no tienen, a través de frases que van desde lo personal hasta lo general sin que parezcan estar conectadas con la suficiente eficacia. De manera que se construye un relato lánguido y sinuoso que a veces tiene cierta tendencia a perderse en imágenes de pretendida profundidad metafórica que no terminan de funcionar con la relevancia que quieren transmitir. 

El regreso de Nabil a Siria se convierte en un encuentro frustrante en el que es testigo de cómo su ciudad, As-Suwayda, sufre un ataque sectario contra la comunidad drusa, un atentado que es mostrado a través de las cámaras de vigilancia silenciosas que convierten en más impactantes las imágenes que se muestran, una violencia explícita innecesaria a pesar de que la propuesta de Rand Abou Fakher quiera ser precisamente una reflexión sobre la violencia, como reconoce ella misma: "Mostrar el cuerpo de una víctima era lo último que me imaginé haciendo como cineasta", comenta en el dossier de prensa. Sin embargo, la falta de una contextualización provoca que la significación de las imágenes pierda fuerza, dando la impresión de que el planteamiento es más interesante desde una perspectiva intelectual que desde su propia propuesta visual. Why do I see you in everything? tiene los defectos del cine pretendidamente trascendente que sacrifica la comprensión en favor de la sucesión de mezclas dispersas entre imágenes de archivo, videos capturados por los propios protagonistas, reflejos de su intimidad personal y exposiciones de los efectos de las protestas ciudadanas. Quiere ser tan densa en su mirada poética que acaba resultando tediosa en su desarrollo, a lo que contribuye también una tonalidad etérea en las reflexiones personales. Conforme se acerca al final, la propuesta regresa a la idea de los olivos, que es la metáfora más interesante sobre la fortaleza de la tierra y sus raíces, cuando los dos amigos parecen haber encontrado un aliento de libertad compartiendo juntos la sombra de uno de esos olivos. 


El agente secreto se estrena en salas de cine el 20 de febrero.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

La sal de este mar y Cartas de la guerra se pueden ver en Filmin.
Aún estoy aquí se puede ver en Movistar Plus+.