03 julio, 2026

Raindance '26 - Parte 6: Más allá de la muerte

Terminamos nuestras crónicas del Festival Raindance, que se ha celebrado en Londres, ya con la mirada puesta en Fantasia, el festival de cine de fantástico de Montreal, cuya tercera ola de películas seleccionadas se presentó ayer y a la que dedicaremos una crónica previa la próxima semana. Podríamos decir que el tema al que dedicamos nuestra última crónica enlaza directamente con el cine de género, porque hablamos de películas que abordan el tema de la muerte, a través de historias directamente de terror o de fantasías que esconden tras la imaginación la verdadera crueldad de la realidad. La muerte como un deseo o como un renacimiento se convierte en el tema central de los títulos con los que cerramos nuestra cobertura del Festival Raindance. 

Ida, who sang so badly that even the dead rose up and joined her in song

Ester Ivakič

Eslovenia, Croacia 2025 | 109' | Narrative Feature | ★★

Cottbus '25: Mención Especial Jurado Ecuménico

Ljubljana '25: Premio FIPRESCI

Torino '25: Mejor Película

A través del realismo mágico, la historia de la protagonista de esta película se desarrolla en parte fuera de la realidad opresiva de la Eslovenia socialista cuando pertenecía a la ex-Yugoslavia en los años setenta. El debut como directora de largometrajes de Ester Ivakič (1992, Eslovenia) se inspira en varios de los relatos cortos recopilados en el libro Ninguna voz (2016) de la escritora y activista LGBT Suzana Tratnik (1963, Eslovenia), de la que en España solo se ha publicado su antología de cuentos Posiciones geográficas (2005, Ed. Dos Bigotes). El largo título es una descripción del personaje de Ida (Lana Marić), una joven que vive en medio de un paisaje idílico en la campiña de la región de Transmurana, envuelta en sus propias ensoñaciones, que están representadas con una tonalidad etérea, porque la realidad que la rodea se está volviendo cada vez más problemática. No solo por el trasfondo político de la imposición comunista sino porque, en su círculo cercano, la relación de sus padres Ivana (Judita Franković Brdar) y Stanko (Matej Puc) es más inestable, con continuas discusiones, su mejor amiga Terezka (Liza Muršič) parece estar entregándose al fanatismo religioso y en la escuela tiene que lidiar con una sádica profesora (Lara Maria Vouk). Su principal soporte familiar es su anciana abuela (Milena Stropnik), que sin embargo también se encuentra cada vez más debilitada, casi como si estuviera acariciando la muerte. El conjunto de relatos escritos por Suzana Tratnik ofrece una peculiar representación de estos personajes que rodean a Ida, a través de siete historias que hablan sobre la pérdida de la inocencia, como variaciones sobre los motivos del paso del tiempo y la muerte que aborda la autora en colecciones anteriores. Ida, who sang so badly that even the dead rose up and joined her in song (Ester Ivakič, 2025) traslada este universo particular con especial precisión, creando una mezcla de realidad e imaginación que construye el mundo personal de la protagonista. La joven piensa que su canto podría salvar a su abuela de la muerte, por lo que se une al coro de la escuela, pero tiene un problema: como indica el título, Ida canta tan mal que incluso los muertos se levantan para acompañarla en su canción. A la película le perjudica, sin embargo, estar basada en varios relatos que originalmente eran independientes, porque a veces las subtramas que rodean a la historia principal pueden parecer menos unificadas de lo que deberían, lo que transmite la sensación de una cierta dispersión en el relato. A veces se introducen personajes fuera del contexto de Ida, como simbologías de la llegada de la muerte, que sin embargo no están tan integrados dentro del mundo de la protagonista, y quizás se echa en falta que la película se centrara más en el personaje principal y hubiera prescindido de otras tramas que no aportan demasiado, lo que también habría reducido el metraje.

No obstante, en esta película que de nuevo aborda la religión y la juventud en medio de la imposición de los ideales socialistas, el mayor éxito es la expresividad de la protagonista, la debutante Lana Marić, y la sutileza de la descripción de su mundo interior. La fotografía de Rok Kajzer Nagode ofrece hermosas composiciones de los paisajes naturales de la región, que la directora utiliza para subrayar la soledad en la que se encuentra Ida quien, a través de un viaje con su madre, se da cuenta de que su voz desafinada es capaz de servir como elemento de comunicación con los espíritus de los muertos, percibiendo que en realidad la muerte no es algo que se pueda esquivar. Es el tratamiento de la atmósfera lo que unifica las historias que se han adaptado del libro de Suzana Tratnik, y es el reflejo de una transición desde la niñez hasta la madurez la que conforma el mejor tratamiento de la película, una ópera prima lo suficientemente sólida como para introducir a su directora en el punto de mira del panorama cinematográfico de la Europa del Este. Incluso el montaje establece una dispersión del tiempo que a veces puede resultar confusa, pero que encaja con la textura y la tonalidad de la historia. Pero Ester Ivakič consigue evadir todas las posibles trampas que le sugiere el relato: Ida no aprende a cantar y su voz no es capaz de salvar a su abuela. La muerte es una permanencia constante pero no especialmente amenazadora, sino que se propone como un proceso natural que para nada es trágico sino, simplemente, inevitable. 

The unluckiest girl in the world

Ryosuke Hayazaka

Japón 2026 | 50' | Narrative Feature | ★★


Basándose en las máquinas gacha, aquellas que dispensan una cápsula que contiene una figura o un juguete que se debe atrapar mediante una manivela, esta pequeña historia adopta su título original, que podría traducirse como Gacha Life, sobre este concepto nacido en Japón, el país del mundo con más máquinas expendedoras. La protagonista es Yamanoura (Kyōka Shibata), una empleada de Recursos Humanos que se considera a sí misma la chica más desafortunada del mundo, con una personalidad retraída y sin demasiado éxito con los hombres. Su ex prometido la abandonó al día siguiente de la pedida de mano, mientras que su actual novio es constantemente infiel. Pero ella se resiste a abandonarle por temor a que lo que venga pueda ser peor. Como la típica persona a la que siempre se le pegan en el zapato los chicles que hay en la calle, el destino de Yamanoura parece inevitablemente el de morir en un accidente de tráfico mientras cruza un paso de cebra, lo que efectivamente sucede. Pero el más allá es algo diferente de lo que la protagonista de The unluckiest girl in the world (Ryosuke Hayazaka, 2026) habría imaginado. Encontrándose con una versión más extrovertida de sí misma, ahora tiene la oportunidad de elegir entre cualquiera de sus ex amantes mediante una máquina gacha, extrayendo una cápsula que la enviará directamente a la vida que habría podido tener con el prometido que huyó o con un influencer online demasiado narcisista. El viaje personal lleva a la protagonista a revivir los fracasos amorosos de su vida, en un proceso en el que comienza a dudar si la mala suerte que la ha acompañado ha sido fruto del destino, de la casualidad o de decisiones que ella acabó tomando, y que la condujeron hacia estos hombres. La idea de una máquina gacha en la que el usuario confía en la suerte para conseguir el regalo más valioso, se traslada de una manera divertida a la vida de una joven que reflexiona sobre su pasado reviviendo los errores cometidos. Es un concepto que mezcla la conciencia de la vida pasada, como en Cuento de Navidad (Brian Desmond Hurst, 1951), con la repetición continua de las decisiones tomadas, como en Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993). Pero en este caso es Yamanoura la que, entre todos los amores fracasados que ha tenido, debe elegir con quién pasará su nueva vida. Sin ser una película de empoderamiento femenino, The unluckiest girl in the world no deja a los hombres en buen lugar, pero en este caso no porque los describa en general como aprovechados o poco comprometidos, sino porque Yamanoura ha terminado conformándose con los peores amantes. 

Presentada en un formato de 1:1, que en cierta manera puede representar esa realidad en la que la protagonista se ha visto atrapada, y con una duración de solo 50 minutos, la película se beneficia pero también se perjudica de una propuesta de bajo presupuesto que nunca termina de desarrollar del todo a sus personajes, como un mediometraje que plantea una historia original y sencilla en la que predomina el concepto visual por encima de la trama. Hay una mirada divertida y burlona que contradice la idea del destino y el azar para determinar que nuestras vidas dependen de las decisiones que tomamos, no de la suerte que tengamos. A lo largo de las relaciones recuperadas, también se establecen comentarios irónicos sobre las redes sociales, el matrimonio, o el mercantilismo de una sociedad en la que incluso las relaciones personales pueden convertirse en reclamos publicitarios. Con una estructura narrativa que pasa de una historia a otra, la película se puede sentir demasiado episódica, lo que afecta a la cohesión de la trama principal. Mientras que la actriz y DJ Kyōka (1999, Japón), a la que hemos visto en títulos como Goodbye, bad magazines (Shoichi Yokoyama, 2022), ofrece una interpretación divertida dentro de las limitaciones que tiene un personaje que no está lo suficientemente desarrollado. La propuesta surrealista que hace el director y montador Ryosuke Hayazaka puede tener algunos problemas de estructura, pero ofrece una corta y entretenida historia que reflexiona sobre el destino, las citas online, la suerte y las decisiones que marcan nuestro futuro. The unluckiest girl in the world quizás no consigue responder demasiadas preguntas, pero dentro de su excentricidad y su carácter lúdico, plantea algunas cuestiones bastante relevantes.

Tokyo nightfall

Yuto Shimizu

Japón 2026 | 79' | Narrative Feature | ★★


En la corta trayectoria del director Yuto Shimizu, que vive entre Tokio y Los Angeles, fundando su productora cinematográfica Arct'4 Film para el estreno de sus cortometrajes y de su primera película, My fireworks (2025), hay una idea presente en torno al suicidio como una decisión personal que también puede expresar un deseo real de seguir viviendo. Pero es quizás en su segundo largometraje, Tokyo nightfall (Yuto Shimizu, 2026), donde desarrolla más un tema que puede resultar especialmente incómodo, sobre todo si se aborda desde una perspectiva sin connotaciones negativas. En todo caso, el suicidio es también reflejado como una consecuencia de la profunda soledad en la que grandes urbes como Tokio y Los Angeles pueden sumir a sus habitantes. El protagonista es Anemashi (Iori Abe), un repartidor de comida a domicilio al que los clientes a los que lleva los pedidos ni siquiera le miran a la cara cuando abren la puerta, y que sobrevive envuelto en los recuerdos de su hermana Anna (Utano Aoi), quien sufrió un shock emocional cuando fue testigo del suicidio de su mejor amiga (literalmente la vió caer desde el balcón de su apartamento). A partir de entonces el carácter alegre de Anna cambió radicalmente y se sumió en una profunda depresión que desembocó en un desenlace trágico. Los videos caseros de Anna y sus amigos comunes Hattori (Taiga Hironaka) y Nozu (Kosuke Tanaka) en una época anterior despreocupada y alegre vuelven continuamente a la pantalla, como un contraste con la existencia triste y solitaria de Anemashi. Cuando él decide inscribirse en una fiesta clandestina que parece tener como finalidad un suicidio colectivo, Hattori y Nozu se introducen en el local para tratar de evitar que su amigo tome una decisión drástica. A través de un tema tan complejo como controvertido, la película sin embargo explora otras ideas, especialmente el dolor y el duelo, pero también el sentimiento de culpa que Anemashi tiene por considerar que no estuvo realmente presente cuando su hermana lo necesitaba, dándole una distancia que quizás no era lo más apropiado. En las grabaciones de video, Anna juega a hacer preguntas recurrentes a sus amigos: "¿Cuál es tu recuerdo más feliz? ¿Cuál es tu recuerdo más triste?", con algunas respuestas sorprendentes, cuando uno de ellos no tiene absolutamente ningún recuerdo feliz. Tokyo nightfall no solo habla de personajes marcados por la tragedia como Anemashi y Anna, sino que ofrece una mirada melancólica hacia la juventud japonesa, la que habita una gran ciudad en la que la soledad y la tristeza acaban siendo lugares emocionales habituales. Hay una repetición en la estructura de las grabaciones caseras que en cierta manera funciona como un ritual de despedida y de duelo, convirtiendo a sus protagonistas en figuras fantasmales. 

De hecho, en la utilización de los colores azulados para el exterior nocturno de Tokio o de rojos intensos para el interior de la discoteca en la que se celebra la fiesta, también se transmite una sensación de que estamos viendo una historia de fantasmas. Tokyo nightfall no es una película fácil de ver en el sentido de que no ofrece un juicio sobre las decisiones tomadas por algunos personajes o por los invitados a una rave que es una celebración de la muerte elegida. También se plantea como una escapatoria a vidas sin sentido, a soledades asumidas y a existencias frustradas, a través de un grupo de jóvenes que parecen sentir que no le importan a nadie. Hay una estructura circular en el principio y el final de la película, con un plano cenital de la azotea de la discoteca que se va alejando progresivamente hasta conformar un laberinto de calles que revelan esa soledad de la arquitectura milimétrica de Tokio. "Si supiéramos lo que piensan todos, la vida no sería tan difícil. Todos estamos llenos de contradicciones. Pensar demasiado es perder el tiempo", dice Hattori. En el espacio confinado donde jóvenes marcados por la desesperación han decidido morir juntos, los personajes protagonistas intentan escapar, mientras las emociones que habían mantenido ocultas comienzan a mostrarse, tanto respecto a sus relaciones personales, como con la propia Anna. Tokyo nightfall, que se estrena el próximo 31 de julio en Japón, es una película que reflexiona sobre la sensación de malestar de una juventud, pero también sobre la fortaleza de la amistad y la necesidad de compartir el dolor para hacerlo más soportable. 
 

The trek

Meekaaeel Adams

Sudáfrica 2026 | 105' | Horror | ★★

Fantasporto '26: Premio Especial del Jurado

Fantaspoa '26: Mejor Fotografía


Situada en 1846 en el desierto de Kalahari que necesita atravesar un grupo de colonos blancos, The trek (Meekaeel Adam, 2026) se sitúa en un terreno medio entre el terror y el género del oeste para romper con las narrativas tradicionales de ambos e introducir elementos del folclore sudafricano. La familia neerlandesa-afrikáans formada por el granjero Karel (Morne Visser) y su esposa Jakoba (Trix Vivier), embarazada de nueve meses, y su hija adolescente Karolina (Leah Lindeque) tiene la oportunidad de conseguir un rancho en propiedad si logran escoltar al engreído inglés Blake (Rob van Vuuren) a través del Kalahari. Pero un accidente con la escopeta de éste espanta a los caballos y quedan varados en mitad del desierto. Con la ayuda del misterioso cazador Atshumao (Maurice Carpede), un nombre que solo se menciona en los títulos de crédito, su expedición se torna cada vez más tensa a medida que el hambre, el agotamiento y la desconfianza se apoderan de ellos, mientras dos espíritus del desierto, figuras del folclore sudafricano, acechan su viaje y observan cómo su aparente sentido del orden comienza a desmoronarse. Cuando Blake es arrastrado por una fuerza invisible, los límites entre la realidad y la imaginación se hacen cada vez más frágiles, estableciendo sus visiones como una especie de sentimiento de culpa por su participación en una masacre racista años atrás. El director Meekaaeel Adam (1988, Sudáfrica), que también ejerce como director de fotografía, subvierte la tradicional mirada hacia la conquista de la tierra haciendo que ésta no sea solamente un espacio vacío sino que esté viva, introduciendo elementos relacionados con la memoria, la resistencia y las consecuencias del pasado. Atshumao cuenta a la joven Karolina una leyenda sobre dos hermanos gemelos, la tierra y la lluvia, enfrentados y separados. Aunque no se ofrece una explicación concreta, estas dos fuerzas parecen surgir como guías, pero también como representación de las diferencias raciales entre blancos y negros que han marcado la historia de Sudáfrica. La película, entre sus elementos de género, surge como una reflexión sobre la propiedad, el colonialismo y la necesidad de comprender el pasado. La diferente percepción de la raza se presenta como uno de los temas principales a través de la separación entre tierra y lluvia que hacen los afrikaners blancos y la percepción de que son dos elementos inseparables por parte del cazador. La mitología de los pueblos Khoen entrelaza la vida, la tierra árida y la lluvia, y sus mitos divinizan los elementos meteorológicos para sobrevivir en las zonas más secas del desierto.

La propuesta del director Meekaaeel Adam consigue construir un viaje, al que hace alusión el título, que acaba siendo más profundo y psicológico que los que se ofrecen en este tipo de historias, actuando en el retrato del paisaje árido y el comportamiento de los personajes en un plano más metafórico que real. La película rompió la ausencia de cine sudafricano en el reconocido festival Fantasporto, donde se convirtió en su pasada edición en la primera producción del país que era seleccionada en su Sección Oficial, consiguiendo el Premio Especial Manoel de Oliveira, mientras que en el festival brasileño Fantaspoa también fue reconocida por su fotografía, una expresiva representación de la vasta extensión del desierto que el propio director presenta también como un recurso simbólico. Por el camino, hay algunas interpretaciones demasiado exageradas como la del actor sudafricano Rob van Vuuren, que interpreta al inglés Blake con demasiada tendencia al histrionismo, especialmente en una parte en la que parece haber sido poseído, mientras que Morne Visser ofrece un contraste más mesurado a través de un personaje que, sin embargo, también está cargado por la responsabilidad del objetivo de conseguir una propiedad en suelo africano que su esposa no parece estar muy segura de que sea lo suficientemente fértil como para sobrevivir. The trek ofrece elementos de terror en algunos pasajes, con una especial capacidad para crear momentos de suspense y una sensación amenazadora constante que surge directamente de la tierra por la que transcurre el recorrido de la caravana. El tercer acto, sin embargo, deriva hacia una mezcla de elucubración, visiones y realidad que se apoya sobre todo en la imagen en cámara lenta, haciendo referencias al pasado, para crear una atmósfera desasosegante, pero también confusa y demasiado alargada. Resulta más interesante la exploración de las diferentes percepciones generacionales representadas en el personaje de la adolescente Karolina, que incluso se presenta como menos inocente de lo que pudiera parecer, estableciendo una mayor identificación con el cazador Atshumao. El viaje que propone el director, una de las voces más interesantes de la nueva generación de cineastas sudafricanos, es irregular pero consigue una mezcla de géneros inusual que plantea una reflexión sobre las consecuencias del colonialismo histórico. 

Pinocchio: Unstrung

Rhys Frake-Waterfield

Reino Unido 2026 | 82' | Horror | ★★

BIFFF '26: Competición Méliès


La estrategia de los cineastas Rhys Frake-Waterfield (1991, Reino Unido) y Scott Jeffrey Chambers, actor de series como Malpractice (ITV, 2023-), a través de su productora Jagged Edge Productions, de tomar personajes infantiles de dominio público para incorporarlos a historias de terror ha tenido mejores resultados en taquilla que en la traslación a la pantalla. Así ha surgido lo que se denomina como el universo Twisted Childhood (Infancia Retorcida) que en realidad ha sido una estrategia para desarrollar producciones de bajo presupuesto dentro del género que mejor se presta a ello. Pero ha conseguido una notable popularidad con títulos como Winnie the Pooh: Miel y sangre (
Rhys Frake-Waterfield, 2023) y su secuela Winnie the Pooh: El bosque sangriento (Rhys Frake-Waterfield, 2024), y posteriormente Peter Pan: Pesadilla en Nunca Jamás (Scott Chambers, 2025) y Bambi: La venganza (Dan Allen, 2025). En preparación se encuentran una tercera entrega de Winnie the Pooh y una película que unirá a algunos de los personajes de este particular universo. Pero, entre todas ellas, la última entrega por el momento, Pinocchio: Unstrung (Rhys Frake-Waterfield, 2026) consigue utilizar con habilidad los elementos más conocidos del cuento de Carlo Collodi para ofrecer una muestra de cine de terror con muñeco revivido que no solo resulta convincente y bastante entretenida, sino que también es extremadamente violenta, tanto que la versión cuyo estreno está previsto a finales de julio en Estados Unidos sufrirá la censura de una de las escenas de muerte (no se ha especificado cuál, pero quizás la que implica a una niña), obligados por la MPAA para conseguir al menos la calificación R para menores de 17 años acompañados. También es cierto que se trata de la producción con mayor presupuesto de las que se han estrenado hasta el momento, pasando de los 50.000 euros de la primera entrega de Winnie the Pooh a alcanzar los 500.000 euros en esta última, lo que presenta una atmósfera mucho más turbia y ofrece la posibilidad de representar al personaje de Pinocho a través de un logrado trabajo de marionetas, una decisión acertada que evita los efectos visuales digitales para utilizar efectos prácticos. La historia principal sigue el camino del cuento original, trasladándola a la actualidad, con el joven James (Cameron Bell) viviendo en la mansión de su abuelo Gepetto (Richard Brake), tras perder a sus padres y en poco tiempo a su mejor amigo, víctima de un cáncer. Gepetto decide construir un muñeco de madera llamado Pinocho (voz de Jude Evan Lloyd), cuya conciencia le permite hablar y moverse, como una especie de sustitución del amigo y los padres que ha perdido James. A pesar de que Gepetto advierte a su nieto de que nunca lleve a Pinocho fuera de la casa, porque la confrontación con el mundo real puede hacerle perder su inocencia, evidentemente hace lo contrario. Y Pinocho, después de observar una sucesión de hechos fortuitos que parecen sacados de la saga de Destino final (James Wong, 2000), comienza a darse cuenta de la crueldad del mundo y, empujado por la conciencia representada en Cricket (voz de Robert Englund) decide convertirse en un niño humano, aunque sea extirpando los órganos necesarios a sus víctimas.

La habilidad del guión de esta película que parece distanciarse del resto de propuestas que tenían un objetivo principal centrado en el entretenimiento, es que conecta la historia de Pinocho con una cierta referencia a la obra Fausto (1808, Ed. Alianza Editorial), de Goethe, presentando al personaje de Gepetto como una especie de figura con aspiraciones casi divinas: "Tenía razón cuando pensé que la vida del alma, la energía vital, o como quieran llamarla, no permanece después de la muerte y puede ser aprovechada. Esto podría conducir a una especie de renacimiento que nos permitiría burlar a la muerte", dice en una grabación encontrada De esta manera, exceptuando al protagonista James, casi todos los personajes de la película tienen un componente maléfico, especialmente Grillo, al que interpreta el mítico Robert Englund, que en vez de ser la voz de la conciencia de Pinocho, adquiere un carácter mefistofélico, sugiriendo al muñeco de madera las peores perversiones violentas para adquirir forma humana. Pinocchio: Unstrung no tiene problemas en ofrecer escenas muy sangrientas, con especial énfasis en los ojos y las dentaduras de las víctimas, lo que presenta algunos momentos bastante truculentos. Curiosamente, aunque tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine Fantástico de Bruselas (BIFFF '26) y se estrena el 24 de julio en Estados Unidos, la película está ausente del festival Fantasia, la próxima cita con el fantástico que cubriremos también, y no sabemos aún si se podrá ver en Sitges. No es difícil percibir que de alguna manera la historia es más deudora de películas como Muñeco diabólico (Lars Klevberg, 2019) que del propio cuento original, sobre todo a partir del segundo acto en el que Pinocho asume su necesidad de adquirir forma humana. También porque la empresa de Todd Masters, que tuvo bastante éxito con la utilización de animatrónica en aquella revisión de la original Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988), se ha encargado de todos los elementos relacionados con el personaje de Pinocho, y se refleja su experiencia en este terreno, dándole al mismo tiempo a esta nueva versión un cierto aire de cine de terror de los ochenta. El tercer acto, más desenfrenado, también introduce algunos elementos de humor con referencias a películas clásicas como Tiburón (Steven Spielberg, 1975) o E.T. El extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), lo que muestra cuál es el reflejo en el que se mira el director. El guión se siente a veces demasiado superficial en el desarrollo de los personajes, pero algunas ideas interesantes que retuercen el sentido original del cuento y las dosis de violencia extrema acaban conformando la más destacable de todas las películas estrenadas dentro del universo de la Infancia Retorcida. 

_____________________________________
Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

Cuento de Navidad se puede ver en Filmin, Plex y Prime Video.
Atrapado en el tiempo se puede ver en Movistar Plus.
Winnie the Pooh: Miel y sangre se puede ver en Planet Horror, Prime Video, Rakuten y Tivify.
Winnie the Pooh: El bosque sangriento se puede ver en Planet Horror y Tivify. 
Peter Pan: Pesadilla en Nunca Jamás se puede ver en Planet Horror.
Destino final se puede ver en Movistar Plus.
Muñeco diabólico (1988) se puede ver en MGM+ y Tivify.
Muñeco diabólico (2019) se puede ver en AMC+.
E.T. El Extraterrestre se puede ver en Prime Video y Tivify. 

01 julio, 2026

Raindance '26 - Parte 5: Miradas LGBTQIA+

Cada año surgen las mismas preguntas y los mismos comentarios en torno a la celebración del Día del Orgullo y las diferentes manifestaciones del Pride. Para quienes argumentan que ya se han conseguido suficientes derechos para la comunidad LGBTQIA+ o los trogloditas que hacen bromas sobre cuántas letras se van a incorporar a las siglas que representan la diversidad de género, que claramente no consiguen entender la necesidad de una integración y de una coexistencia de muchas variedades de identificaciones personales, algunos datos pueden ser relevantes. En el último estudio efectuado anualmente por la asociación norteamericana GLAAD sobre la representación de la comunidad queer en las series y películas durante 2025, se destacaba que casi la mitad de los personajes LGBTQIA+ estaban a punto de desaparecer debido a la cancelación o final de algunas series destacadas, y que el 61% de los personajes transexuales estarían ausentes de las plataformas de streaming y canales tradicionales. A pesar de que los personajes queer aumentaron un 4% en la temporada 2024-2025, las estimaciones de cara a este año eran mucho menos optimistas, en parte por la adaptación de plataformas como Netflix o Disney+ a las políticas reaccionarias de negación de la diversidad de género que ha venido desarrollando de una manera obsesiva la actual administración norteamericana. De forma que, al depender de estas plataformas globales, principalmente estadounidenses, el panorama mundial del audiovisual también se ve afectado por el conservadurismo actual de las grandes corporaciones. En España, el último Informe ODA presentado por el Observatorio de la Diversidad en los Medios Audiovisuales este mes de junio, señalaba que la diversidad sigue siendo una asignatura pendiente en el audiovisual español, a pesar de que somos uno de los países más progresistas en cuanto a legislación. El estudio señala que las cifras de inclusión se han estancado en ámbitos como la diversidad LGBTQIA+, la racialización o la representación de personas con discapacidad, y que en el primer caso se siguen representando a los personajes queer rodeados de estereotipos y casi siempre remarcando su identificación de género como un rasgo fundamental de su personalidad. También destaca la ausencia de determinadas identidades, señalando que por primera vez en los siete años que se realiza el estudio, se encontró representada la intersexualidad, en uno de los personajes de la serie Olympo (Netflix, 2025). A continuación, comentamos algunas de las miradas queer que se han podido ver en la programación del Festival Raindance. 

Danke für nichts (Thanks for nothing)

Stella Marie Markert

Alemania 2025 | 108' | Narrative Feature | ★★

Munich '25: Nuevo Cine Alemán

Raindance '26: Mejor Película Novel


El título del debut de Stella Marie Markert resuena directamente como uno de esos reproches que hacen las nuevas generaciones a las anteriores, en este caso reflejando cierto conflicto generacional que la directora sitúa en la era post Covid-19 entre la Generación Z y los baby boomers. Las protagonistas de esta historia son cuatro adolescentes que tienen poco que agradecer a sus familias, todas ellas viviendo en una casa de acogida por diversas problemáticas emocionales pero, sobre todo, por sentirse excluidas cuando plantean sus desafíos. Pero Danke für nichts (Thanks for nothing) (Stella Marie Markert, 2025) no se plantea como una historia de iniciación o de transformación hacia la edad adulta porque, literalmente, algunas de las protagonistas se niegan a aceptar el final de la adolescencia. Katharina (Lea Drinda) tiene la intención de morir antes de cumplir los dieciocho años, pero desde pequeña ha tenido estas tendencias suicidas: su padre abandonó a su madre por una alumna y ella ha estado en diferentes residencias precisamente por ese deseo, como si su madre quisiera quitarse el problema de encima. Ricky (Safinaz Sattar) es una joven de origen inmigrante que se enfrenta a la amenaza de la deportación cuando sea mayor de edad, habiendo sido abandonada por sus padres, que regresaron a su país después de que no funcionara un negocio, dejándola en Berlín cuando ella tenía 13 años. Victoria (Sonja Weißer) proviene de un entorno privilegiado con una buena posición económica, pero eso no evita que su familia haya preferido desatenderla y enviarla a centros de acogida debido a su personalidad bipolar. Y Malou, interpretada por la actriz española Zoe Stein, nominada al Goya por Mantícora (Carlos Vermut, 2022), también sufrió el abandono cuando la dejaron en una guardería y desde los cinco años no ha pronunciado una sola palabra. Aunque Zoe Stein habla varios idiomas con fluidez, entre ellos el alemán, su personaje permanece mudo, lo que supone también una dificultad para reflejar sus expresiones, que ella solventa con bastante acierto. Si las trayectorias de estas jóvenes pueden parecer carne de drama adolescente, Thanks for nothing se niega a ser encasillada en un género, y de hecho utiliza con inteligencia el sentido del humor y una cierta mirada rebelde, planteando la historia como una especie de relato punk que habla sobre la inmadurez asumida como protesta, más que incluirse dentro del socorrido coming-of-age cuando las protagonistas son adolescentes. Y ese tono es el que refuerza los valores de una película que, a pesar de hablar de temas como la muerte o las enfermedades mentales, está envuelta en una vitalidad permanente, que se refleja en los colores que definen a los personajes: el rosa anaranjado de Victoria, el verde de Malu, que representa esa coloración de los centros de acogida que se supone que transmiten calma, el púrpura de Ricky o el azul de Katharina las definen visualmente pero también son expresiones de sus personalidades. Es una buena decisión por parte de la directora evitar los habituales colores desaturados para representar a sus cuatro protagonistas con una expresividad colorista.   

Danke für nichts tiene la capacidad de trasladar este mundo particular en la casa de acogida en la que viven los personajes para mostrar sus propios desafíos, utilizando flashbacks en tono de comedia que a veces pueden recordar en su estilo a películas como Los Tenenbaums (Wes Anderson, 2001), pero que también está definida por la influencia declarada por parte de la directora de títulos como Trainspotting (Danny Boyle, 1996) o Yo, Cristina F. (Uli Edel, 1981). Asimismo, contribuye a esta tonalidad ambigua entre el drama y la comedia la excelente banda sonora compuesta por la artista Rosa Lee Luna, hermana de Stella Marie Markert, que aporta una mezcla de composiciones etéreas, casi de cuento, con canciones pop que tienen algo de carácter rebelde, como "This is not a movie". A pesar de reflejar el conflicto generacional, hay personajes que cumplen una función intermedia, como el desmotivado trabajador social Ballack (Jan Bülow), casi siempre vestido de blanco o beige, que al menos trata de servir como elemento de conexión con la burocracia que representa la Sra. Rottenborn (Katherine Angerer), ansiosa porque este grupo de jóvenes inadaptadas abandone la casa de acogida para dejar paso a otras. Como definición de un aparato administrativo cruel e insensible, aunque los padres de la directora fueron trabajadores sociales, el personaje parece demasiado estereotipado y unidimensional, estableciendo una barrera generacional que funciona con mayores problemas que la descripción del mundo de estas adolescentes de sexualidad fluida en su particular entorno en el que ellas mismas son su principal apoyo. Cuando Ricky debe enfrentarse al fantasma de la deportación, prefiere no decírselo a sus amigas para evitar que Katharina pueda tener una recaída y tratar de suicidarse de nuevo. Al contrario que en otros retratos habituales sobre la adolescencia, el deseo de morir del personaje no es tratado como un trauma o una forma de protesta, sino casi como una decisión personal que refleja la negación a ser adulta. A pesar del tono de comedia, Danke für nichts trata los problemas de sus personajes con seriedad, prestándoles la atención que merecen y evitando representarlos como consecuencias de sus vidas rotas, lo que aporta una mirada que resulta refrescante. Esa forma de evitar la romantización de las adolescentes depresivas retratadas en cuentos populares como Blancanieves o en películas como Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) aporta una cualidad especial a esta historia sobre la negativa a madurar. 

Let us be

Vivianne D'Avilla

Brasil, Estados Unidos 2025 | 89' | Documentary Feature | ★★

La intersexualidad es el tema principal de este documental que incide en uno de los problemas principales de la diversidad sexual: la invisibilidad y la incomprensión. A través de la experiencia de personas intersexuales en países como Estados Unidos, India y Brasil, la directora Vivianne D'Avilla ofrece un reflejo del aislamiento que sufren quienes ni siquiera son reconocidos de manera identitaria, pero también de sus esfuerzos por romper las barreras y no solo ser aceptados, sino aceptarse a sí mismos. La propuesta surgió cuando la realizadora brasileña visitó la India y conoció a miembros de la comunidad Hijra, un tercer género reconocido legalmente que incluye a personas transgénero, intersexuales y emasculados pero que, como resulta evidente en una sociedad clasista como la india, sufren el aislamiento y la marginación. Como afirma Aanandh Rajappan, se trata de una subcategoría de casta perteneciente a la comunidad Dalit, históricamente oprimida, a la que antiguamente se la conocía como "intocables". De esta forma, Let us be (Vivianne D'Avilla, 2025) se desarrolla como un retrato personal centrado en tres protagonistas principales: el mencionado Aanandh Rajappan, una persona dalit e intersexual que vive en la India; la autora y activista Hida Viloria, pionera del movimiento intersexual en los Estados Unidos; y Carolina Iara, la primera persona intersexual elegida para un cargo público en América Latina. La explicación más clara de la equivocada percepción sobre la intersexualidad que tiene nuestra sociedad la ofrece el biólogo y endocrinólogo Magnus Da Silva: "La historia de la intersexualidad es la historia de la humanidad, ha sido reinventada y resignificada a lo largo de los siglos. En la India, Ardhanareeswaran simbolizaba los principios masculinos y femeninos como inseparables; en la antigua Grecia, el mito de Hermes y Afrodita justificaba el cuerpo masculino y femenino que conviven en la misma persona, considerada como una condición divina. Pero en la Edad Media la imposición del cristianismo determinó que estas variantes eran aberrantes y pecaminosas, estableciendo una categoría binaria". Lo interesante del documental es que no exige respuestas sino que propone reflexiones, por eso sus principales protagonistas son personas que han pasado el proceso de aceptación y se encuentran en posicionamientos totalmente diferentes, aquellos que les permiten ir más allá de la reivindicación. Alyssa Ball comenzó a compartir en redes sociales su experiencia como una persona intersexual que desde sus primeros años de vida fue criada como una niña, siendo sometida a una cirugía para extirparle sus órganos masculinos subdesarrollados. Hasta que sus amigas comenzaron a tener la regla y, en una conversación con su madre, ésta le confesó que ella era intersexual. La decisión que toman los padres sobre la extirpación de unos órganos sexuales determinados acaba marcando la identidad sexual sin que la persona pueda tomar ninguna decisión, lo que acaba resultando en problemas emocionales y psicológicos una vez se descubre la realidad, generalmente en la edad adulta.

Let us be utiliza la intersexualidad para colocar un espejo que refleja la percepción binaria que predomina en nuestra sociedad, lo que resulta relevante en un momento en el que las políticas de gobiernos reaccionarios como Rusia y Estados Unidos coinciden en negar la existencia de la diversidad de género y en imponer un criterio ultraconservador y claramente discriminatorio. Pero estas políticas excluyentes no borran la realidad, y la reivindicación que encabezan nombres como Hida Viloria o Carolina Iara son el impulso claro hacia la aceptación y la visibilidad, por mucho que resulte incómoda a determinadas partes de la sociedad. Porque además no es en absoluto residual: los grupos de defensa de derechos humanos estiman que aproximadamente el 1,7 por ciento de la población estadounidense nace intersexual, lo que equivale a unas 5,6 millones de personas. El documental ofrece por tanto la posibilidad de escuchar voces que generalmente son excluidas de los debates, incluso dentro de una comunidad queer que también tiene una mentalidad binaria en muchos casos, cuando debería ser la más inclusiva. De hecho, en la propia película se presenta la confusión que existe entre la intersexualidad y la transexualidad, cuando se trata de dos experiencias completamente diferentes. Una representación clara de cómo las barreras sociales siguen siendo importantes está en la dificultad que ha tenido la directora para encontrar voces que se expresen de una manera clara sobre sus propias vivencias, porque generalmente hay un sentimiento de miedo al rechazo e incluso de vergüenza, especialmente a través del trauma de las cirugías de extirpación a las que son sometidas en sus primeros meses de vida, muchas veces bajo consejo médico. La película aborda cómo los sistemas legales, las instituciones sanitarias y las expectativas culturales siguen teniendo dificultades para comprender la diversidad humana, de manera que solo a través de la dignidad y la emancipación se pueden romper las clasificaciones de género que siguen prevaleciendo, impulsadas por la ignorancia y la educación religiosa. Como concluye el biólogo Magnus Da Silva, "La propia medicina ha asumido esta categorización binaria, a pesar de que la biología ha demostrado ser diversa y múltiple".

Our colors never fade

Jim McSherry

Ucrania, Alemania 2025 | 83' | Documentary Feature | ★★

Al final de este documental sobre la comunidad LGBTQIA+ dentro del ejército ucraniano, el director Jim McSherry lo dedica a Stephen McSherry, veterano de la guerra de Vietnam que falleció en 2025, lo que establece una conexión con etapas bélicas anteriores que también se extiende hasta la 2ª Guerra Mundial y los paralelismos entre el exterminio de disidentes y comunidades minoritarias en la Alemania nazi y las políticas de represión llevadas a cabo por Rusia contra la comunidad queer, que también han ido extendiendo fuera de sus fronteras, a aquellos países que todavía consideran satélites suyos aunque estén claramente apartados de su influencia. Comenta el director que, poco antes de la invasión de Ucrania en febrero de 2022, la embajadora de Estados Unidos, Bathsheba Nell Crocker, advirtió a las Naciones Unidas sobre la intención del gobierno ruso de asesinar a un gran número de críticos, disidentes y "poblaciones vulnerables" en Ucrania, o enviarlos a campos de concentración tras la invasión planeada, sobre todo minorías religiosas y étnicas y personas LGBTQIA+. Our colors never fade (Jim McSherry, 2025) se acerca a un grupo de entrevistados de la comunidad queer, algunos de ellos componentes de una especie de brigada LGBTQIA+ que tiene su propio símbolo para reconocerse y apoyarse mutuamente, trasladando la experiencia de militares y civiles que se han convertido en una parte importante de la resistencia ucraniana, pero con una característica que los hace más vulnerables, especialmente frente a los invasores rusos. Oleksandr Zhuhan, que antes de la guerra se dedicaba a dirigir obras de teatro en compañías independientes, comenta que a veces ha hablado con sus compañeros sobre la posibilidad de ser hechos prisioneros, y que las perspectivas de las torturas y humillaciones que pueden sufrir por ser homosexuales les hace pensar que es mejor dejarse matar que ser capturados. La sociedad ucraniana, y sobre todo el ejército ucraniano, ha aceptado por necesidad la presencia de militares de la comunidad queer, porque suponen algo más de un 3% de las fuerzas de resistencia, alrededor de 26.000 soldados que generalmente no sufren represalias, o al menos no se describen en la película. La guerra ha igualado y suavizado de alguna forma la aceptación de la homosexualidad, pero Anna Suvorova, una bióloga que estudiaba a los murciélagos antes de la guerra y ahora trabaja en la enfermería, afirma que sigue siendo más fácil para las mujeres ser aceptadas como lesbianas que para los hombres ser reconocidos como homosexuales. Pero Inna Sovsun, miembro del Parlamento de Ucrania, refleja su percepción de que la sociedad ucraniana ya estaba siendo mucho más progresista que los políticos, con una aceptación de más del 50% sobre la regulación de las parejas homosexuales a través de una unión civil, que aumentó a un 70% cuando una encuesta preguntaba sobre si estaban de acuerdo con la presencia de personas queer en el ejército. Y con una reforma de ley, que sigue sin aprobarse, que considera las agresiones contra personas de la comunidad LGBTQIA+ como delitos de odio. El documental no evita reflejar que Ucrania estaba apartándose muy lentamente de la influencia rusa en cuanto al tratamiento de la diversidad de género, y muestra algunas de las manifestaciones en contra del Orgullo que se celebraron en Kiev antes de la invasión rusa, pero también refleja cómo la intención de adherirse a la Unión Europea les ha obligado desde el punto de vista político a normalizar la diversidad. 

Jim McSherry es un empresario gay estadounidense que vive en Berlín desde hace algunos años y que se ha interesado por reflejar cómo las personas queer han experimentado esta transición desde su vida civil hasta su incorporación al ejército. Y los ejemplos de estos procesos son tan diversos como la variedad de entrevistados que aparecen en una película que está constantemente subrayada por las advertencias de las sirenas antiaéreas, reales o reproducidas, que se han convertido en una sonoridad habitual del paisaje. Anna abandonó sus estudios en Gante para incorporarse al ejército ucraniano cuando se produjo la invasión, mientras que Oleh Zhabinets luchó junto a su padre en un mismo pelotón, hasta que los mandos decidieron separarlos por desaconsejar que los familiares formen parte de un mismo grupo de soldados. Por la misma razón, Oleksandr y su pareja Antonina, ambos asignados al disparo de morteros, decidieron abandonar su relación para continuar compartiendo el mismo pelotón, porque el campo de batalla requiere que a veces se tomen decisiones difíciles. La guerra les ha convertido en soldados y les ha obligado a cambiar su dedicación: una científica es ahora enfermera, un apicultor utiliza su experiencia con la madera para construir ataúdes, y describe cómo le sorprendía el número de sarcófagos que le pedía constantemente el ejército; Olya se divertía como cualquier joven hasta que ella y su novia decidieron incorporarse al ejército cuando se produjo la invasión. Al principio le asignaron una AK47 pero el comandante decidió que se ejercitara con un fusil para ser francotiradora, describiendo cómo tuvo que aprender a usar el arma viendo videos en internet. En cierta manera, para la comunidad queer la participación en el ejército no es solo una cuestión de patriotismo y de defensa de unos valores que en Rusia se niegan, sino sobre todo una forma de reivindicación, de demostración a la propia sociedad ucraniana que la diversidad de género no supone una diferencia: "Queremos mostrar que las personas LGBT no se esconden. También luchamos. La misma sangre corre por nuestras venas: es roja y se derrama". Una de las características que también une dramáticamente a todos los entrevistados es la pérdida de las vidas de muchos de sus amigos, los de su vida civil y, por supuesto, los que les han acompañado en las trincheras: "Yo me alisté en el ejército después de que mi mejor amigo muriera", dice Eva Reuter, que trabajaba en la industria de los videojuegos antes de la guerra: "No sé si mi vida era muy feliz entonces, porque tenía muchos conflictos interiores. Ahora noto más la felicidad en las pequeñas cosas, como cuando sé que un herido ha sobrevivido". Algunos claramente reflejan que, después de cuatro años de conflicto, el ejército se ha convertido en sus vidas y que ni siquiera saben cómo van a adaptarse a la vida civil cuando la guerra acabe. 

Paul

Denis Côté

Canadá 2025 | 87' | Documentary Feature | ★★

Berlín '25: Panorama Documental

Visions du Réel '25: Highlights

Hot Docs '25: Premio Especial del Jurado


Cuando vemos por primera vez a Paul, el protagonista del último documental del director Denis Côté (1973, Canadá), presencia habitual en el Festival de Berlín, donde ganó el premio al Mejor Director de la sección Encuentros por Higiène sociale (2021), está grabando con el móvil varios planos que le muestran paseando por una habitación y una calle, y es él mismo el que se presenta a través de las redes sociales: "Me llamo Paul, tengo 34 años y peso 135 kilos. He pasado una década en estado depresivo, de forma que no tengo recuerdos de mis veinte años. Pero finalmente me presento ante vosotros, con obesidad mórbida, prediabético y aterrorizado por las relaciones sociales". Desde el principio, incluso desde el propio título nominativo de la película, Paul (Denis Côté, 2025) es un retrato que pretende ser respetuoso y al mismo tiempo ofrecer un espacio seguro para un protagonista que ha sufrido de ansiedad durante muchos años y que sigue teniendo problemas para relacionarse con las personas, especialmente con el género masculino. Finalmente, Paul ha encontrado una manera de hacer frente a ese estado depresivo a través de una actividad que le satisface: limpiar en casas de mujeres dominatrices que le someten a distintos tipos de prácticas de sumisión. Estos lugares se convierten en espacios seguros para el protagonista, y la película se adentra en unas jornadas diarias sin una perspectiva voyeurista o curiosa, sino con una mirada más cerebral hacia una cotidianeidad que puede ser sorprendente para el espectador pero se refleja con una eficaz capacidad de observación desprejuiciada, en la línea de otras películas anteriores como Ta peau si lisse (Denis Côté, 2017), que se adentraba en el entorno del culturismo, o Un été comme ça (Denis Côté, 2017), sobre un grupo de mujeres adictas al sexo. Curiosamente, sin embargo, a pesar de todos sus problemas de sociabilidad, Paul utiliza el lema "Cleaning to save my life" (limpiar para salvar mi vida) como un reclamo para la publicación en redes sociales de grabaciones en video de sus propios trabajos como limpiador, que ofrece de forma gratuita, pero estableciendo un entorno virtual que es controlado por él mismo, en el que es él quien elige las imágenes que se muestran y los límites que se establecen. Por eso resulta más sorprendente que haya accedido a que un director ruede una película sobre él, exponiéndose de alguna forma a un mundo más desconocido. Denis Côté ha afirmado en algunas entrevistas que uno de los procesos más difíciles era establecer la comunicación con Paul, que tenía generalmente una actitud apática respecto a la película. 

Después de proyectarse con éxito en festivales como Berlín (en la cuenta de Instagram de Paul publicó un video con imágenes del estreno mundial), Visions du Réel y Hot Docs, donde consiguió el Premio Especial del Jurado en la sección de Documentales Canadiense, Paul continúa su trayectoria por festivales internacionales más de un año después de su estreno, manteniendo una trayectoria destacable como una de las producciones canadienses de mayor repercusión. El director mantiene su habitual distancia respecto a los acontecimientos que retrata, siempre en una posición de cámara que pocas veces se acerca al personaje y respetando en muchos casos el anonimato de las dominatrices. La mirada que ofrece Denis Côté nos recuerda en cierto modo a la que mostraba la película En el sótano (Ulrich Sidle, 2014), en la que el realizador austríaco ofrecía una incursión dentro de los secretos que guardaban las familias en los lugares más ocultos de sus hogares, entre ellos espacios para la práctica del BDSM. Esto le permite además adoptar el punto de vista de Paul, que es capaz de crear su propia cotidianidad sin que necesariamente se incluya en determinadas categorías de identidad de género. A través de las conversaciones que mantiene en un chat ofrece su punto de vista más honesto, y aunque practica juegos de poder y sumisión, afirma no sentirse identificado con la comunidad BDSM, con la que no conecta especialmente. Es a través de estas conversaciones cuando conocemos algunas de las opiniones de Paul, que nunca se muestra hablando a la cámara, excepto cuando se introducen los videos que publica en Tik Tok para reflejar la transformación psicológica que supone haber descubierto esta faceta de su personalidad. El objetivo de estas sesiones de dos o tres horas, que se encuentran en un término medio entre la limpieza y la sumisión, no es la satisfacción sexual sino la satisfacción personal. Entre humillaciones sencillas y algunas más vejatorias, Paul mantiene charlas con algunas de sus dominatrices después de las sesiones, reflejando la comodidad que no consigue tener fuera de los entornos de sumisión. Electrocutado mientras pela granada o azotado con una máscara de unicornio después de limpiar las ventanas, se establece una dualidad entre el camino hacia el bienestar interior de Paul y la manifestación física de su experiencia como sumiso. Admirador de Alicia en el país de las maravillas (1865) de Lewis Carroll, se incluyen algunos momentos oníricos y de fantasía a través de la representación que crea una de sus amas para publicarlas en las redes sociales, que aporta un cierto tono de cuento de hadas, como en una escena inventada, que se distancia de la experiencia real de Paul, cuando debe encontrarse con una dominatrix en un bosque. La ausencia de emoción en el rostro de Paul acaba resultando entrañable, en su manera de someterse sin limitaciones a una forma de vida peculiar, pero absolutamente satisfactoria, que se refleja en su sentimiento de autoestima. 

Shadows of willow cabin

Joe Fria

Estados Unidos 2025 | 111' | Horror |


El terror elevado es una definición surgida entre espectadores no habituados al género de terror que trata definir un tipo de historias que introducen elementos de reflexión que pretenden ir más allá del simple entretenimiento, aunque realmente la mayoría de los relatos utilizan el propio género para hablar metafóricamente de aspectos sociales, humanos o incluso políticos. Pero, nos guste o no la esta definición, también ha servido como una justificación para que tanto productores como espectadores tengan un mayor interés por historias que utilizan este género como envoltura para tratar temas sociales, especialmente a través de miradas diferentes a la habitual perspectiva masculina y heteronormativa que ha predominado en el género de terror. La mirada femenina o el punto de vista queer se han incorporado al horror para mostrar explícitamente los demonios interiores de los personajes, ofreciendo interesantes acercamientos al género. Shadows of willow cabin (Joe Fria, 2025) es una película de terror, pero el tratamiento de las apariciones tiene un trasfondo más profundo que está relacionado con dos personajes heridos emocionalmente, cada uno enfrentado a sus propios traumas. La historia transcurre exclusivamente dentro de la cabaña a la que hace referencia el título, una antigua propiedad familiar de Albert (Bryan Bellomo) que hace tiempo que apenas visita porque está administrativa por una inmobiliaria que la alquila, y sobre todo porque allí se suicidó su tío. Es un profesor de literatura que a veces cita a William Shakespeare, y está casado con una mujer, pero a través de una aplicación de citas gays ha conocido a Devon (John Brodsky). Después de una relación continuada a través de la aplicación, Albert invita a Devon a pasar un fin de semana en su cabaña, donde ambos tendrán la oportunidad de conocerse en persona. El encuentro entre los dos personajes está bien desarrollado, reflejando las dudas y las vacilaciones de una interacción en persona que delimita mucho más las barreras que se pueden cruzar, especialmente en el caso de Albert, que ni siquiera se considera homosexual o bisexual, aunque se sienta atraído por Devon. La cabaña funciona como un trasfondo simbólico que refleja las inseguridades a las que se ha enfrentado Albert toda su vida, el lugar donde descubrió su atracción por los hombres con su primo, y en el que se suicidó su tío, con el que tiene más cosas en común de lo que piensa. Tiene cierta aversión por subir a la habitación superior en la que ocurrió el suicidio, que ahora está ocupada por varias camas para visitantes, y desde donde provienen algunos ruidos extraños por las noches. Pero Devon también trae su propio equipaje emocional, iniciando de nuevo una relación con un hombre casado, de esas que casi siempre acaban en frustración, perseguido por la figura de un padre abusivo. La intención del director Joe Fria, dedicado hasta la fecha a dirigir sesiones de doblaje de películas de animación, parece querer trasladar los traumas y las inseguridades de una parte de la comunidad queer a través de una historia de género, lo que es una propuesta interesante que revela un tipo de lucha que no es externa, como se muestra habitualmente, sino interna. 

La cabaña acaba siendo la chispa que enciende las vulnerabilidades a las que se enfrentan los personajes, y de hecho Shadows of willow cabin podría haber funcionado simplemente como un drama de personajes, con cierto tono teatral, en el que el encuentro entre dos hombres revela sus miedos más escondidos. Pero al introducir el terror, de una manera tan sutil como le permite su bajo presupuesto, añade una capa de interés a la propuesta. Algunos diálogos parecen algo forzados y otros rozan lo cursi, pero lo que mejor funciona es la interacción entre estos dos personajes que tienen que lidiar con sus propios demonios interiores mientras se conocen de una manera más personal de lo que permiten las redes sociales. La propia película se rodó de forma cronológica, de manera que los actores principales también desarrollaron ese conocimiento más profundo conforme se desvela la historia. El problema es que cuando se introduce el tercer acto a través de un giro de guión inesperado, y la maldición de la cabaña que acompaña a Albert se encuentra con la maldición que envuelve a Devon, da la impresión de que los temas abordados no se tratan con la profundidad que necesitan. Hay una metáfora sobre la sensación de sentirse atrapados en sus propios miedos y secretos, los que han permanecido latentes y han moldeado sus personalidades y sus fragilidades, uno con una vida heteronormativa que esconde su deseo y otro con relaciones intermitentes que nunca fructifican. Es una idea interesante, pero en Shadows of willow cabin nunca parecen tan relevantes, como si quedaran también enterradas bajo el concepto visual del género de terror. Sin poder hacer uso de efectos visuales para representar a los monstruos interiores, la película resulta efectiva a través de los efectos prácticos, y a veces el director introduce algunos recursos llamativos como dos panorámicas del interior de la cabaña que reflejan, a través del fuera de campo, los acontecimientos que suceden en el exterior usando solamente el sonido. La estructura narrativa divide la historia en cuatro días que representan cuatro etapas, desde la parte puramente romántica hasta la más oscura, que están representadas por un arco de color que se va desarrollando bajo la supervisión de Mark Todd Osborne, que ha trabajado en la gradación de color de películas como It follows (David Robert Mitchell, 2014). Una especie de chiste sobre un gato cruzando una carretera hacia el otro lado, y la doble interpretación que puede tener, apunta a un elemento que sobrevuela permanentemente sobre la historia y que se expresa totalmente en la parte final. Pero Shadows of willow cabin tiene pretensiones más sólidas que el resultado en el que se plasman, lo que acaba provocando que resulte algo frustrante. 

_____________________________________
Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

MantícoraTrainspotting y Yo, Cristina F. se pueden ver en Filmin.
Los Tenenbaums se puede ver en Disney+, Movistar Plus y Netflix.
Las vírgenes suicidas se puede ver en Filmin y Prime Video. 
It follows se puede ver en Prime Video.