01 julio, 2026

Raindance '26 - Parte 5: Miradas LGBTQIA+

Cada año surgen las mismas preguntas y los mismos comentarios en torno a la celebración del Día del Orgullo y las diferentes manifestaciones del Pride. Para quienes argumentan que ya se han conseguido suficientes derechos para la comunidad LGBTQIA+ o los trogloditas que hacen bromas sobre cuántas letras se van a incorporar a las siglas que representan la diversidad de género, que claramente no consiguen entender la necesidad de una integración y de una coexistencia de muchas variedades de identificaciones personales, algunos datos pueden ser relevantes. En el último estudio efectuado anualmente por la asociación norteamericana GLAAD sobre la representación de la comunidad queer en las series y películas durante 2025, se destacaba que casi la mitad de los personajes LGBTQIA+ estaban a punto de desaparecer debido a la cancelación o final de algunas series destacadas, y que el 61% de los personajes transexuales estarían ausentes de las plataformas de streaming y canales tradicionales. A pesar de que los personajes queer aumentaron un 4% en la temporada 2024-2025, las estimaciones de cara a este año eran mucho menos optimistas, en parte por la adaptación de plataformas como Netflix o Disney+ a las políticas reaccionarias de negación de la diversidad de género que ha venido desarrollando de una manera obsesiva la actual administración norteamericana. De forma que, al depender de estas plataformas globales, principalmente estadounidenses, el panorama mundial del audiovisual también se ve afectado por el conservadurismo actual de las grandes corporaciones. En España, el último Informe ODA presentado por el Observatorio de la Diversidad en los Medios Audiovisuales este mes de junio, señalaba que la diversidad sigue siendo una asignatura pendiente en el audiovisual español, a pesar de que somos uno de los países más progresistas en cuanto a legislación. El estudio señala que las cifras de inclusión se han estancado en ámbitos como la diversidad LGBTQIA+, la racialización o la representación de personas con discapacidad, y que en el primer caso se siguen representando a los personajes queer rodeados de estereotipos y casi siempre remarcando su identificación de género como un rasgo fundamental de su personalidad. También destaca la ausencia de determinadas identidades, señalando que por primera vez en los siete años que se realiza el estudio, se encontró representada la intersexualidad, en uno de los personajes de la serie Olympo (Netflix, 2025). A continuación, comentamos algunas de las miradas queer que se han podido ver en la programación del Festival Raindance. 

Danke für nichts (Thanks for nothing)

Stella Marie Markert

Alemania 2025 | 108' | Narrative Feature | ★★

Munich '25: Nuevo Cine Alemán

Raindance '26: Mejor Película Novel


El título del debut de Stella Marie Markert resuena directamente como uno de esos reproches que hacen las nuevas generaciones a las anteriores, en este caso reflejando cierto conflicto generacional que la directora sitúa en la era post Covid-19 entre la Generación Z y los baby boomers. Las protagonistas de esta historia son cuatro adolescentes que tienen poco que agradecer a sus familias, todas ellas viviendo en una casa de acogida por diversas problemáticas emocionales pero, sobre todo, por sentirse excluidas cuando plantean sus desafíos. Pero Danke für nichts (Thanks for nothing) (Stella Marie Markert, 2025) no se plantea como una historia de iniciación o de transformación hacia la edad adulta porque, literalmente, algunas de las protagonistas se niegan a aceptar el final de la adolescencia. Katharina (Lea Drinda) tiene la intención de morir antes de cumplir los dieciocho años, pero desde pequeña ha tenido estas tendencias suicidas: su padre abandonó a su madre por una alumna y ella ha estado en diferentes residencias precisamente por ese deseo, como si su madre quisiera quitarse el problema de encima. Ricky (Safinaz Sattar) es una joven de origen inmigrante que se enfrenta a la amenaza de la deportación cuando sea mayor de edad, habiendo sido abandonada por sus padres, que regresaron a su país después de que no funcionara un negocio, dejándola en Berlín cuando ella tenía 13 años. Victoria (Sonja Weißer) proviene de un entorno privilegiado con una buena posición económica, pero eso no evita que su familia haya preferido desatenderla y enviarla a centros de acogida debido a su personalidad bipolar. Y Malou, interpretada por la actriz española Zoe Stein, nominada al Goya por Mantícora (Carlos Vermut, 2022), también sufrió el abandono cuando la dejaron en una guardería y desde los cinco años no ha pronunciado una sola palabra. Aunque Zoe Stein habla varios idiomas con fluidez, entre ellos el alemán, su personaje permanece mudo, lo que supone también una dificultad para reflejar sus expresiones, que ella solventa con bastante acierto. Si las trayectorias de estas jóvenes pueden parecer carne de drama adolescente, Thanks for nothing se niega a ser encasillada en un género, y de hecho utiliza con inteligencia el sentido del humor y una cierta mirada rebelde, planteando la historia como una especie de relato punk que habla sobre la inmadurez asumida como protesta, más que incluirse dentro del socorrido coming-of-age cuando las protagonistas son adolescentes. Y ese tono es el que refuerza los valores de una película que, a pesar de hablar de temas como la muerte o las enfermedades mentales, está envuelta en una vitalidad permanente, que se refleja en los colores que definen a los personajes: el rosa anaranjado de Victoria, el verde de Malu, que representa esa coloración de los centros de acogida que se supone que transmiten calma, el púrpura de Ricky o el azul de Katharina las definen visualmente pero también son expresiones de sus personalidades. Es una buena decisión por parte de la directora evitar los habituales colores desaturados para representar a sus cuatro protagonistas con una expresividad colorista.   

Danke für nichts tiene la capacidad de trasladar este mundo particular en la casa de acogida en la que viven los personajes para mostrar sus propios desafíos, utilizando flashbacks en tono de comedia que a veces pueden recordar en su estilo a películas como Los Tenenbaums (Wes Anderson, 2001), pero que también está definida por la influencia declarada por parte de la directora de títulos como Trainspotting (Danny Boyle, 1996) o Yo, Cristina F. (Uli Edel, 1981). Asimismo, contribuye a esta tonalidad ambigua entre el drama y la comedia la excelente banda sonora compuesta por la artista Rosa Lee Luna, hermana de Stella Marie Markert, que aporta una mezcla de composiciones etéreas, casi de cuento, con canciones pop que tienen algo de carácter rebelde, como "This is not a movie". A pesar de reflejar el conflicto generacional, hay personajes que cumplen una función intermedia, como el desmotivado trabajador social Ballack (Jan Bülow), casi siempre vestido de blanco o beige, que al menos trata de servir como elemento de conexión con la burocracia que representa la Sra. Rottenborn (Katherine Angerer), ansiosa porque este grupo de jóvenes inadaptadas abandone la casa de acogida para dejar paso a otras. Como definición de un aparato administrativo cruel e insensible, aunque los padres de la directora fueron trabajadores sociales, el personaje parece demasiado estereotipado y unidimensional, estableciendo una barrera generacional que funciona con mayores problemas que la descripción del mundo de estas adolescentes de sexualidad fluida en su particular entorno en el que ellas mismas son su principal apoyo. Cuando Ricky debe enfrentarse al fantasma de la deportación, prefiere no decírselo a sus amigas para evitar que Katharina pueda tener una recaída y tratar de suicidarse de nuevo. Al contrario que en otros retratos habituales sobre la adolescencia, el deseo de morir del personaje no es tratado como un trauma o una forma de protesta, sino casi como una decisión personal que refleja la negación a ser adulta. A pesar del tono de comedia, Danke für nichts trata los problemas de sus personajes con seriedad, prestándoles la atención que merecen y evitando representarlos como consecuencias de sus vidas rotas, lo que aporta una mirada que resulta refrescante. Esa forma de evitar la romantización de las adolescentes depresivas retratadas en cuentos populares como Blancanieves o en películas como Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) aporta una cualidad especial a esta historia sobre la negativa a madurar. 

Let us be

Vivianne D'Avilla

Brasil, Estados Unidos 2025 | 89' | Documentary Feature | ★★

La intersexualidad es el tema principal de este documental que incide en uno de los problemas principales de la diversidad sexual: la invisibilidad y la incomprensión. A través de la experiencia de personas intersexuales en países como Estados Unidos, India y Brasil, la directora Vivianne D'Avilla ofrece un reflejo del aislamiento que sufren quienes ni siquiera son reconocidos de manera identitaria, pero también de sus esfuerzos por romper las barreras y no solo ser aceptados, sino aceptarse a sí mismos. La propuesta surgió cuando la realizadora brasileña visitó la India y conoció a miembros de la comunidad Hijra, un tercer género reconocido legalmente que incluye a personas transgénero, intersexuales y emasculados pero que, como resulta evidente en una sociedad clasista como la india, sufren el aislamiento y la marginación. Como afirma Aanandh Rajappan, se trata de una subcategoría de casta perteneciente a la comunidad Dalit, históricamente oprimida, a la que antiguamente se la conocía como "intocables". De esta forma, Let us be (Vivianne D'Avilla, 2025) se desarrolla como un retrato personal centrado en tres protagonistas principales: el mencionado Aanandh Rajappan, una persona dalit e intersexual que vive en la India; la autora y activista Hida Viloria, pionera del movimiento intersexual en los Estados Unidos; y Carolina Iara, la primera persona intersexual elegida para un cargo público en América Latina. La explicación más clara de la equivocada percepción sobre la intersexualidad que tiene nuestra sociedad la ofrece el biólogo y endocrinólogo Magnus Da Silva: "La historia de la intersexualidad es la historia de la humanidad, ha sido reinventada y resignificada a lo largo de los siglos. En la India, Ardhanareeswaran simbolizaba los principios masculinos y femeninos como inseparables; en la antigua Grecia, el mito de Hermes y Afrodita justificaba el cuerpo masculino y femenino que conviven en la misma persona, considerada como una condición divina. Pero en la Edad Media la imposición del cristianismo determinó que estas variantes eran aberrantes y pecaminosas, estableciendo una categoría binaria". Lo interesante del documental es que no exige respuestas sino que propone reflexiones, por eso sus principales protagonistas son personas que han pasado el proceso de aceptación y se encuentran en posicionamientos totalmente diferentes, aquellos que les permiten ir más allá de la reivindicación. Alyssa Ball comenzó a compartir en redes sociales su experiencia como una persona intersexual que desde sus primeros años de vida fue criada como una niña, siendo sometida a una cirugía para extirparle sus órganos masculinos subdesarrollados. Hasta que sus amigas comenzaron a tener la regla y, en una conversación con su madre, ésta le confesó que ella era intersexual. La decisión que toman los padres sobre la extirpación de unos órganos sexuales determinados acaba marcando la identidad sexual sin que la persona pueda tomar ninguna decisión, lo que acaba resultando en problemas emocionales y psicológicos una vez se descubre la realidad, generalmente en la edad adulta.

Let us be utiliza la intersexualidad para colocar un espejo que refleja la percepción binaria que predomina en nuestra sociedad, lo que resulta relevante en un momento en el que las políticas de gobiernos reaccionarios como Rusia y Estados Unidos coinciden en negar la existencia de la diversidad de género y en imponer un criterio ultraconservador y claramente discriminatorio. Pero estas políticas excluyentes no borran la realidad, y la reivindicación que encabezan nombres como Hida Viloria o Carolina Iara son el impulso claro hacia la aceptación y la visibilidad, por mucho que resulte incómoda a determinadas partes de la sociedad. Porque además no es en absoluto residual: los grupos de defensa de derechos humanos estiman que aproximadamente el 1,7 por ciento de la población estadounidense nace intersexual, lo que equivale a unas 5,6 millones de personas. El documental ofrece por tanto la posibilidad de escuchar voces que generalmente son excluidas de los debates, incluso dentro de una comunidad queer que también tiene una mentalidad binaria en muchos casos, cuando debería ser la más inclusiva. De hecho, en la propia película se presenta la confusión que existe entre la intersexualidad y la transexualidad, cuando se trata de dos experiencias completamente diferentes. Una representación clara de cómo las barreras sociales siguen siendo importantes está en la dificultad que ha tenido la directora para encontrar voces que se expresen de una manera clara sobre sus propias vivencias, porque generalmente hay un sentimiento de miedo al rechazo e incluso de vergüenza, especialmente a través del trauma de las cirugías de extirpación a las que son sometidas en sus primeros meses de vida, muchas veces bajo consejo médico. La película aborda cómo los sistemas legales, las instituciones sanitarias y las expectativas culturales siguen teniendo dificultades para comprender la diversidad humana, de manera que solo a través de la dignidad y la emancipación se pueden romper las clasificaciones de género que siguen prevaleciendo, impulsadas por la ignorancia y la educación religiosa. Como concluye el biólogo Magnus Da Silva, "La propia medicina ha asumido esta categorización binaria, a pesar de que la biología ha demostrado ser diversa y múltiple".

Our colors never fade

Jim McSherry

Ucrania, Alemania 2025 | 83' | Documentary Feature | ★★

Al final de este documental sobre la comunidad LGBTQIA+ dentro del ejército ucraniano, el director Jim McSherry lo dedica a Stephen McSherry, veterano de la guerra de Vietnam que falleció en 2025, lo que establece una conexión con etapas bélicas anteriores que también se extiende hasta la 2ª Guerra Mundial y los paralelismos entre el exterminio de disidentes y comunidades minoritarias en la Alemania nazi y las políticas de represión llevadas a cabo por Rusia contra la comunidad queer, que también han ido extendiendo fuera de sus fronteras, a aquellos países que todavía consideran satélites suyos aunque estén claramente apartados de su influencia. Comenta el director que, poco antes de la invasión de Ucrania en febrero de 2022, la embajadora de Estados Unidos, Bathsheba Nell Crocker, advirtió a las Naciones Unidas sobre la intención del gobierno ruso de asesinar a un gran número de críticos, disidentes y "poblaciones vulnerables" en Ucrania, o enviarlos a campos de concentración tras la invasión planeada, sobre todo minorías religiosas y étnicas y personas LGBTQIA+. Our colors never fade (Jim McSherry, 2025) se acerca a un grupo de entrevistados de la comunidad queer, algunos de ellos componentes de una especie de brigada LGBTQIA+ que tiene su propio símbolo para reconocerse y apoyarse mutuamente, trasladando la experiencia de militares y civiles que se han convertido en una parte importante de la resistencia ucraniana, pero con una característica que los hace más vulnerables, especialmente frente a los invasores rusos. Oleksandr Zhuhan, que antes de la guerra se dedicaba a dirigir obras de teatro en compañías independientes, comenta que a veces ha hablado con sus compañeros sobre la posibilidad de ser hechos prisioneros, y que las perspectivas de las torturas y humillaciones que pueden sufrir por ser homosexuales les hace pensar que es mejor dejarse matar que ser capturados. La sociedad ucraniana, y sobre todo el ejército ucraniano, ha aceptado por necesidad la presencia de militares de la comunidad queer, porque suponen algo más de un 3% de las fuerzas de resistencia, alrededor de 26.000 soldados que generalmente no sufren represalias, o al menos no se describen en la película. La guerra ha igualado y suavizado de alguna forma la aceptación de la homosexualidad, pero Anna Suvorova, una bióloga que estudiaba a los murciélagos antes de la guerra y ahora trabaja en la enfermería, afirma que sigue siendo más fácil para las mujeres ser aceptadas como lesbianas que para los hombres ser reconocidos como homosexuales. Pero Inna Sovsun, miembro del Parlamento de Ucrania, refleja su percepción de que la sociedad ucraniana ya estaba siendo mucho más progresista que los políticos, con una aceptación de más del 50% sobre la regulación de las parejas homosexuales a través de una unión civil, que aumentó a un 70% cuando una encuesta preguntaba sobre si estaban de acuerdo con la presencia de personas queer en el ejército. Y con una reforma de ley, que sigue sin aprobarse, que considera las agresiones contra personas de la comunidad LGBTQIA+ como delitos de odio. El documental no evita reflejar que Ucrania estaba apartándose muy lentamente de la influencia rusa en cuanto al tratamiento de la diversidad de género, y muestra algunas de las manifestaciones en contra del Orgullo que se celebraron en Kiev antes de la invasión rusa, pero también refleja cómo la intención de adherirse a la Unión Europea les ha obligado desde el punto de vista político a normalizar la diversidad. 

Jim McSherry es un empresario gay estadounidense que vive en Berlín desde hace algunos años y que se ha interesado por reflejar cómo las personas queer han experimentado esta transición desde su vida civil hasta su incorporación al ejército. Y los ejemplos de estos procesos son tan diversos como la variedad de entrevistados que aparecen en una película que está constantemente subrayada por las advertencias de las sirenas antiaéreas, reales o reproducidas, que se han convertido en una sonoridad habitual del paisaje. Anna abandonó sus estudios en Gante para incorporarse al ejército ucraniano cuando se produjo la invasión, mientras que Oleh Zhabinets luchó junto a su padre en un mismo pelotón, hasta que los mandos decidieron separarlos por desaconsejar que los familiares formen parte de un mismo grupo de soldados. Por la misma razón, Oleksandr y su pareja Antonina, ambos asignados al disparo de morteros, decidieron abandonar su relación para continuar compartiendo el mismo pelotón, porque el campo de batalla requiere que a veces se tomen decisiones difíciles. La guerra les ha convertido en soldados y les ha obligado a cambiar su dedicación: una científica es ahora enfermera, un apicultor utiliza su experiencia con la madera para construir ataúdes, y describe cómo le sorprendía el número de sarcófagos que le pedía constantemente el ejército; Olya se divertía como cualquier joven hasta que ella y su novia decidieron incorporarse al ejército cuando se produjo la invasión. Al principio le asignaron una AK47 pero el comandante decidió que se ejercitara con un fusil para ser francotiradora, describiendo cómo tuvo que aprender a usar el arma viendo videos en internet. En cierta manera, para la comunidad queer la participación en el ejército no es solo una cuestión de patriotismo y de defensa de unos valores que en Rusia se niegan, sino sobre todo una forma de reivindicación, de demostración a la propia sociedad ucraniana que la diversidad de género no supone una diferencia: "Queremos mostrar que las personas LGBT no se esconden. También luchamos. La misma sangre corre por nuestras venas: es roja y se derrama". Una de las características que también une dramáticamente a todos los entrevistados es la pérdida de las vidas de muchos de sus amigos, los de su vida civil y, por supuesto, los que les han acompañado en las trincheras: "Yo me alisté en el ejército después de que mi mejor amigo muriera", dice Eva Reuter, que trabajaba en la industria de los videojuegos antes de la guerra: "No sé si mi vida era muy feliz entonces, porque tenía muchos conflictos interiores. Ahora noto más la felicidad en las pequeñas cosas, como cuando sé que un herido ha sobrevivido". Algunos claramente reflejan que, después de cuatro años de conflicto, el ejército se ha convertido en sus vidas y que ni siquiera saben cómo van a adaptarse a la vida civil cuando la guerra acabe. 

Paul

Denis Côté

Canadá 2025 | 87' | Documentary Feature | ★★

Berlín '25: Panorama Documental

Visions du Réel '25: Highlights

Hot Docs '25: Premio Especial del Jurado


Cuando vemos por primera vez a Paul, el protagonista del último documental del director Denis Côté (1973, Canadá), presencia habitual en el Festival de Berlín, donde ganó el premio al Mejor Director de la sección Encuentros por Higiène sociale (2021), está grabando con el móvil varios planos que le muestran paseando por una habitación y una calle, y es él mismo el que se presenta a través de las redes sociales: "Me llamo Paul, tengo 34 años y peso 135 kilos. He pasado una década en estado depresivo, de forma que no tengo recuerdos de mis veinte años. Pero finalmente me presento ante vosotros, con obesidad mórbida, prediabético y aterrorizado por las relaciones sociales". Desde el principio, incluso desde el propio título nominativo de la película, Paul (Denis Côté, 2025) es un retrato que pretende ser respetuoso y al mismo tiempo ofrecer un espacio seguro para un protagonista que ha sufrido de ansiedad durante muchos años y que sigue teniendo problemas para relacionarse con las personas, especialmente con el género masculino. Finalmente, Paul ha encontrado una manera de hacer frente a ese estado depresivo a través de una actividad que le satisface: limpiar en casas de mujeres dominatrices que le someten a distintos tipos de prácticas de sumisión. Estos lugares se convierten en espacios seguros para el protagonista, y la película se adentra en unas jornadas diarias sin una perspectiva voyeurista o curiosa, sino con una mirada más cerebral hacia una cotidianeidad que puede ser sorprendente para el espectador pero se refleja con una eficaz capacidad de observación desprejuiciada, en la línea de otras películas anteriores como Ta peau si lisse (Denis Côté, 2017), que se adentraba en el entorno del culturismo, o Un été comme ça (Denis Côté, 2017), sobre un grupo de mujeres adictas al sexo. Curiosamente, sin embargo, a pesar de todos sus problemas de sociabilidad, Paul utiliza el lema "Cleaning to save my life" (limpiar para salvar mi vida) como un reclamo para la publicación en redes sociales de grabaciones en video de sus propios trabajos como limpiador, que ofrece de forma gratuita, pero estableciendo un entorno virtual que es controlado por él mismo, en el que es él quien elige las imágenes que se muestran y los límites que se establecen. Por eso resulta más sorprendente que haya accedido a que un director ruede una película sobre él, exponiéndose de alguna forma a un mundo más desconocido. Denis Côté ha afirmado en algunas entrevistas que uno de los procesos más difíciles era establecer la comunicación con Paul, que tenía generalmente una actitud apática respecto a la película. 

Después de proyectarse con éxito en festivales como Berlín (en la cuenta de Instagram de Paul publicó un video con imágenes del estreno mundial), Visions du Réel y Hot Docs, donde consiguió el Premio Especial del Jurado en la sección de Documentales Canadiense, Paul continúa su trayectoria por festivales internacionales más de un año después de su estreno, manteniendo una trayectoria destacable como una de las producciones canadienses de mayor repercusión. El director mantiene su habitual distancia respecto a los acontecimientos que retrata, siempre en una posición de cámara que pocas veces se acerca al personaje y respetando en muchos casos el anonimato de las dominatrices. La mirada que ofrece Denis Côté nos recuerda en cierto modo a la que mostraba la película En el sótano (Ulrich Sidle, 2014), en la que el realizador austríaco ofrecía una incursión dentro de los secretos que guardaban las familias en los lugares más ocultos de sus hogares, entre ellos espacios para la práctica del BDSM. Esto le permite además adoptar el punto de vista de Paul, que es capaz de crear su propia cotidianidad sin que necesariamente se incluya en determinadas categorías de identidad de género. A través de las conversaciones que mantiene en un chat ofrece su punto de vista más honesto, y aunque practica juegos de poder y sumisión, afirma no sentirse identificado con la comunidad BDSM, con la que no conecta especialmente. Es a través de estas conversaciones cuando conocemos algunas de las opiniones de Paul, que nunca se muestra hablando a la cámara, excepto cuando se introducen los videos que publica en Tik Tok para reflejar la transformación psicológica que supone haber descubierto esta faceta de su personalidad. El objetivo de estas sesiones de dos o tres horas, que se encuentran en un término medio entre la limpieza y la sumisión, no es la satisfacción sexual sino la satisfacción personal. Entre humillaciones sencillas y algunas más vejatorias, Paul mantiene charlas con algunas de sus dominatrices después de las sesiones, reflejando la comodidad que no consigue tener fuera de los entornos de sumisión. Electrocutado mientras pela granada o azotado con una máscara de unicornio después de limpiar las ventanas, se establece una dualidad entre el camino hacia el bienestar interior de Paul y la manifestación física de su experiencia como sumiso. Admirador de Alicia en el país de las maravillas (1865) de Lewis Carroll, se incluyen algunos momentos oníricos y de fantasía a través de la representación que crea una de sus amas para publicarlas en las redes sociales, que aporta un cierto tono de cuento de hadas, como en una escena inventada, que se distancia de la experiencia real de Paul, cuando debe encontrarse con una dominatrix en un bosque. La ausencia de emoción en el rostro de Paul acaba resultando entrañable, en su manera de someterse sin limitaciones a una forma de vida peculiar, pero absolutamente satisfactoria, que se refleja en su sentimiento de autoestima. 

Shadows of willow cabin

Joe Fria

Estados Unidos 2025 | 111' | Horror |


El terror elevado es una definición surgida entre espectadores no habituados al género de terror que trata definir un tipo de historias que introducen elementos de reflexión que pretenden ir más allá del simple entretenimiento, aunque realmente la mayoría de los relatos utilizan el propio género para hablar metafóricamente de aspectos sociales, humanos o incluso políticos. Pero, nos guste o no la esta definición, también ha servido como una justificación para que tanto productores como espectadores tengan un mayor interés por historias que utilizan este género como envoltura para tratar temas sociales, especialmente a través de miradas diferentes a la habitual perspectiva masculina y heteronormativa que ha predominado en el género de terror. La mirada femenina o el punto de vista queer se han incorporado al horror para mostrar explícitamente los demonios interiores de los personajes, ofreciendo interesantes acercamientos al género. Shadows of willow cabin (Joe Fria, 2025) es una película de terror, pero el tratamiento de las apariciones tiene un trasfondo más profundo que está relacionado con dos personajes heridos emocionalmente, cada uno enfrentado a sus propios traumas. La historia transcurre exclusivamente dentro de la cabaña a la que hace referencia el título, una antigua propiedad familiar de Albert (Bryan Bellomo) que hace tiempo que apenas visita porque está administrativa por una inmobiliaria que la alquila, y sobre todo porque allí se suicidó su tío. Es un profesor de literatura que a veces cita a William Shakespeare, y está casado con una mujer, pero a través de una aplicación de citas gays ha conocido a Devon (John Brodsky). Después de una relación continuada a través de la aplicación, Albert invita a Devon a pasar un fin de semana en su cabaña, donde ambos tendrán la oportunidad de conocerse en persona. El encuentro entre los dos personajes está bien desarrollado, reflejando las dudas y las vacilaciones de una interacción en persona que delimita mucho más las barreras que se pueden cruzar, especialmente en el caso de Albert, que ni siquiera se considera homosexual o bisexual, aunque se sienta atraído por Devon. La cabaña funciona como un trasfondo simbólico que refleja las inseguridades a las que se ha enfrentado Albert toda su vida, el lugar donde descubrió su atracción por los hombres con su primo, y en el que se suicidó su tío, con el que tiene más cosas en común de lo que piensa. Tiene cierta aversión por subir a la habitación superior en la que ocurrió el suicidio, que ahora está ocupada por varias camas para visitantes, y desde donde provienen algunos ruidos extraños por las noches. Pero Devon también trae su propio equipaje emocional, iniciando de nuevo una relación con un hombre casado, de esas que casi siempre acaban en frustración, perseguido por la figura de un padre abusivo. La intención del director Joe Fria, dedicado hasta la fecha a dirigir sesiones de doblaje de películas de animación, parece querer trasladar los traumas y las inseguridades de una parte de la comunidad queer a través de una historia de género, lo que es una propuesta interesante que revela un tipo de lucha que no es externa, como se muestra habitualmente, sino interna. 

La cabaña acaba siendo la chispa que enciende las vulnerabilidades a las que se enfrentan los personajes, y de hecho Shadows of willow cabin podría haber funcionado simplemente como un drama de personajes, con cierto tono teatral, en el que el encuentro entre dos hombres revela sus miedos más escondidos. Pero al introducir el terror, de una manera tan sutil como le permite su bajo presupuesto, añade una capa de interés a la propuesta. Algunos diálogos parecen algo forzados y otros rozan lo cursi, pero lo que mejor funciona es la interacción entre estos dos personajes que tienen que lidiar con sus propios demonios interiores mientras se conocen de una manera más personal de lo que permiten las redes sociales. La propia película se rodó de forma cronológica, de manera que los actores principales también desarrollaron ese conocimiento más profundo conforme se desvela la historia. El problema es que cuando se introduce el tercer acto a través de un giro de guión inesperado, y la maldición de la cabaña que acompaña a Albert se encuentra con la maldición que envuelve a Devon, da la impresión de que los temas abordados no se tratan con la profundidad que necesitan. Hay una metáfora sobre la sensación de sentirse atrapados en sus propios miedos y secretos, los que han permanecido latentes y han moldeado sus personalidades y sus fragilidades, uno con una vida heteronormativa que esconde su deseo y otro con relaciones intermitentes que nunca fructifican. Es una idea interesante, pero en Shadows of willow cabin nunca parecen tan relevantes, como si quedaran también enterradas bajo el concepto visual del género de terror. Sin poder hacer uso de efectos visuales para representar a los monstruos interiores, la película resulta efectiva a través de los efectos prácticos, y a veces el director introduce algunos recursos llamativos como dos panorámicas del interior de la cabaña que reflejan, a través del fuera de campo, los acontecimientos que suceden en el exterior usando solamente el sonido. La estructura narrativa divide la historia en cuatro días que representan cuatro etapas, desde la parte puramente romántica hasta la más oscura, que están representadas por un arco de color que se va desarrollando bajo la supervisión de Mark Todd Osborne, que ha trabajado en la gradación de color de películas como It follows (David Robert Mitchell, 2014). Una especie de chiste sobre un gato cruzando una carretera hacia el otro lado, y la doble interpretación que puede tener, apunta a un elemento que sobrevuela permanentemente sobre la historia y que se expresa totalmente en la parte final. Pero Shadows of willow cabin tiene pretensiones más sólidas que el resultado en el que se plasman, lo que acaba provocando que resulte algo frustrante. 

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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

MantícoraTrainspotting y Yo, Cristina F. se pueden ver en Filmin.
Los Tenenbaums se puede ver en Disney+, Movistar Plus y Netflix.
Las vírgenes suicidas se puede ver en Filmin y Prime Video. 
It follows se puede ver en Prime Video.