Si en nuestra anterior crónica de Fantasia Festival ofrecíamos algunos títulos desde la mirada asiática, en esta nueva crónica nos centramos en otra de las características principales de la programación del festival canadiense: el cine independiente y las producciones de bajo presupuesto que utilizan los géneros de terror y de ciencia-ficción para ofrecer comentarios sociales, algunas de ellas desde perspectivas queer. Esta selección de títulos sirve para mostrar la presencia de un cine independiente provocador, pero también interesado en plantear preguntas sobre nuestra sociedad, lo que en una época en la que se dan verdades como asumidas sin reflexionar sobre ellas, resulta especialmente estimulante.
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GodheadMark H. RapaportEstados Unidos, Gran Bretaña 2026 | 99' | Underground | ★★★★☆
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En el plano final de esta película, vemos una iglesia aislada pero reconocible, una manera de establecer la cotidianidad que rodea a la historia, el carácter mundano de un relato que sin embargo aborda temas tan sórdidos como la pedofilia, el incesto, el control coercitivo y la imposición del dogma como una forma de opresión. Mark H. Rapaport (1970, Nueva York) es un cineasta conocido en Fantasia Festival tras el estreno de sus cortometrajes y de su primer largometraje, Hippo (2023), un coming-of-age bastante peculiar que tiene temas comunes a su segunda película y también estaba rodado en blanco y negro, un estilo que acerca a sus films a una tonalidad cercana al cine clásico. Pero en Godhead (Mark H. Rappaport, 2026) la inquietud que provoca la historia es mucho más intensa, abordando directamente el tema de la fe cristiana y conectando con la educación del director dentro de una comunidad religiosa, haciéndose preguntas sobre las incongruencias entre la moralidad y el dogma. En la iglesia que vemos desde el exterior en la última escena, sin embargo ocurren muchas cosas que en cierta manera contradicen las reglas morales de la fe cristiana, empezando por un sacerdote (Al Warren) que se flagela con una cadena y que al mismo tiempo es protector y opresor de un niño (Luke Speakman) que vive en una habitación de la parroquia. La utilización de ángulos forzados que parecen deformar la imagen cuando vemos por primera vez su cuarto indica la naturaleza distorsionada del mundo en el que vive, y este recurso estilístico es utilizado por Mark H. Rappaport en varias ocasiones a lo largo de la película, como un reflejo de la psicología de los personajes. Cuando el sacerdote se encuentra limpiando la iglesia, aparecen dos hermanos que se hacen llamar a sí mismos Primogénita (Sarah Coffey) y Segundogénito (Kimball Farley), presentándose como una especie de profetas que han sido enviados para que el párroco elija cuál de ellos es merecedor de transformarse en el Espíritu Santo. Sin embargo, el elegido debe morir para poder ascender al cielo, una misión supuestamente divina que enfrenta al sacerdote a su propia fe. Godhead plantea por tanto un dilema moral a un personaje cuya moralidad ya se ha presentado como bastante dudosa, lo que resulta uno de los hallazgos más interesantes de la película. Aunque la parte central del relato se encuentra en la forma en que el sacerdote se enfrenta a esta decisión a la que los hermanos no le permiten ninguna otra salida, la presentación ambigua del personaje dota de una mayor incomodidad a la mirada del espectador. Conforme se desarrolla la historia, el paralelismo entre la forma en que han vivido el niño y Segundogénito, un joven que parece tener un trastorno psicológico, controlado por las decisiones de su hermana, se hacen cada vez más evidentes, mientras sus protectores en realidad han ejercido una forma de aislamiento sobre ellos.
La película se hace preguntas sobre los límites difusos entre la fe y el fanatismo, sobre la hipocresía de la religión cuando se establece como dogmática, con personajes claramente deformados por sus propias creencias. A través de una puesta en escena que utiliza la simbología y una cierta irrealidad formal, el director construye un entorno familiar que sin embargo se siente como inquietante y desconocido, lo que resulta mucho más desasosegante. El horror de Godhead no está en los sucesos que ocurren, sino en la naturaleza profundamente pervertida de sus protagonistas, estableciendo a los personajes más inocentes como los únicos que pueden alcanzar ese estado de liberación que persiguen los demás. Con un tercer acto deliberadamente ambiguo, la historia establece las aspiraciones que se prometen a quienes forman parte de una comunidad religiosa, la promesa de que lo que viene es mucho mejor que lo que se está experimentando, esa vaga idea de salvación que se sostiene en un futuro no sucedido. Y cómo esta promesa de salvación se convierte en herramienta de control y de manipulación. Un elemento destacado es la fotografía en blanco y negro de William Babcock, que aporta una cierta irrealidad al mismo tiempo que una ligera cotidianidad, y que acerca la textura de la imagen a películas como Cabeza borradora (David Lynch, 1977), pero también al cine negro clásico con elementos religiosos. También destacan las interpretaciones de Al Warren como el sacerdote, de Kimball Farley como el hermano menor, que ya protagonizó Hippo, y del niño Luke Speakman, quien a pesar de su corta edad ya ha trabajado en varias películas anteriores como Weapons (Zach Cregger, 2025). Godhead se establece así como una historia sobre fanatismos desde una perspectiva alegórica, que funciona gracias a la complejidad de unos personajes bien construidos y que plantea dilemas éticos a los que se enfrentan los protagonistas, pero que también estimulan al espectador, sin que se sienta que pretenda ser solo provocativa.
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Our effed up worldAlice Maio MackayAustralia 2026 | 67' | Underground | ★★★☆☆Frameline Festival '26: Selección Oficial |
Otro de los nombres más que habituales en Fantasia Festival es el de la directora Alice Maio Mackay (2004, Australia), una prolífica cineasta que desde T Blockers (2023) ha estrenado sus películas en el festival, como Carnage for Christmas (2024) y The serpent's skin (2025), abordando diferentes subgéneros del cine fantástico y de terror, pero aportando su habitual mirada queer y su divertida perspectiva irónica. En el caso de Our effed up world (Alice Maio Mackay, 2026), que también se estrenó el pasado fin de semana en Frameline Festival, la muestra de cine LGBTQ+ de San Francisco que se está celebrando estos días, se adentra directamente en el género de ciencia-ficción y concretamente en el de invasiones alienígenas, pero solo como una metáfora de las debilidades de nuestro planeta. Al fin y al cabo, el título de la película hace referencia a nuestro mundo tan jodido. Y aporta también una conexión particular con otro de los títulos que forman parte de la programación de Fantasia Festival, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Jane Schoenbrun, 2026), última propuesta de la directora de El brillo de la televisión (2024), que en este caso ejerce como productora, en su primera colaboración con Alice Maio Mackay. La directora australiana se plantea qué pasaría si una invasión alienígena llegara en el peor momento emocional de una joven, Sheri (Sara Thompson), quien al principio de la historia tiene que lidiar con el suicidio de su abuela Grace (Kerry Armstrong), sin encontrar demasiado consuelo en su padre Hank (Scott Major), un astrónomo. Por el contrario, es la relación con su mejor amiga Poppy (Annapurna Sriram) y con otras dos jóvenes de su círculo de amistades, Ash (Karis Oka) y Finn (Jess McLeod, quien también participa en Campamento Miasma), la que le distrae de su estado emocional. Las cuatro se reúnen habitualmente en un videoclub que ha heredado esta última, una especie de refugio que en la película no solo tiene una función nostálgica, sino que también desarrolla elementos emocionales de los personajes. Entre películas antiguas a las que hace referencia la directora, especialmente títulos de serie B como Los payasos asesinos del espacio exterior (Stephen Chiodo, 1988) o series como Las supernenas (HBO Max, 1998-2005) en cuanto al espíritu positivo que transmite la amistad femenina, esta historia funciona especialmente bien cuando describe la relación entre las amigas, con diálogos frescos escritos por Alice Maio Mackay y su colaborador Benjamin Pahl Robinson, que podrían haber establecido una dramedia sobre la amistad de gran eficacia. En cierta manera, lo sigue siendo, porque la invasión de un alienígena funciona como un elemento de desconexión de la realidad pero al mismo tiempo como una forma de representación de las propias incertidumbres de Sheri. Cuando las amigas se enfrentan a la llegada de este extraterrestre de serie B, envuelto en el característico sentido del absurdo que suele aportar la directora, Sheri se pregunta si merece la pena actuar para salvar a un mundo que ya está condenado y realmente jodido.
A pesar de que la contribución de Jane Schoenbrun (1987, Nueva York) pueda haber aportado un mayor presupuesto, y de que la película se siente como un paso adelante en la madurez como cineasta de Alice Maio Mackay, lo cierto es que los elementos de terror que suelen estar rodeados de aspectos extravagantes, aportando una perspectiva propia a su cine, funcionan con menos acierto en esta historia. Pero de alguna manera está compensado con una descripción de la amistad entre las protagonistas como una herramienta mucho más eficaz para acabar con la amenaza alienígena que las armas o las estrategias científicas. Mientras el mundo se dirige hacia la perdición, consumido por el hambre energética que tiene un extraterrestre que se ha estrellado en nuestro planeta, las jóvenes se convierten en salvadoras a su pesar, enfrentándose a esta invasión con algunas actitudes más cotidianas que las de simples personajes heroicos. Desde el sentido del humor irónico hasta una actitud pasiva que prefiere dejar pasar los acontecimientos, el guión no convierte a los personajes en héroes inmediatamente, como suelen hacer las películas de invasiones extraterrestres, sino que les enfrenta a esta situación extraña con una incertidumbre cotidiana, sin saber exactamente qué hacer. El escenario de un videoclub de películas VHS que solo alquila un cliente, la representación del alienígena con aspecto de película de serie B, las descripciones farragosas de Hank como un astrónomo que trata de encontrar una solución científica, son elementos simbólicos que se sitúan como barreras entre la amistad de las protagonistas, quienes solamente unidas pueden hacer frente a la amenaza exterior, aunque eso suponga algún sacrificio. Our effed up world se pregunta si merece la pena salvar un mundo tan desastroso como el nuestro, y aunque responde que hay sentimientos que merecen ser salvados, también deja una duda sobrevolando el desenlace. Aunque a nivel de género fantástico es una de las propuestas más desequilibradas de la directora, esta historia funciona como una mirada mucho más madura hacia unos personajes mejor elaborados. Quizás sea el momento de que Alice Maio Mackay se atreva a contar una historia sin elementos de género que la rodeen.
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Tight lettuceHarrison HoudeCanadá 2026 | 95' | New Flesh | ★★★★☆
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En algunas ocasiones, cuando comentamos documentales que abordan las problemáticas familiares de los directores, a veces retratando la lucha de sus padres con las adicciones, se tiene habitualmente una sensación de incomodidad, como si hubiera algo de deshonesto en mostrar las debilidades de una persona cercana que quizás no está en las condiciones adecuadas para entender el proceso de grabación. En la película Tight Lettuce (Harrison Houde, 2026), que ha sido estrenada mundialmente en la sección Les Fantastiques Week-ends du Cinéma Québécois y participa en la nueva competición New Flesh, el protagonista Joel (Dakota Bulby) está grabando un documental sobre su padre Bodo (Emmanuel Bilodeau), un hombre adicto al fentanilo y la heroína que necesita un cierto tipo de rescate por parte de su hijo, malviviendo y con comportamientos erráticos que le llevan a no encontrar un trabajo estable. Joel se convierte en un cuidador que está siempre pendiente de su padre, pero al mismo tiempo es también un cineasta que convierte en tema de su próximo documental a Bodo. La historia está basada en la realidad (al final de la película vemos imágenes de los dos protagonistas reales) y surgió de una petición que hizo un amigo al director Harrison Houde para llevar su historia a la pantalla, pero en un formato de ficción, lo cual en cierta manera parece una decisión más honesta y respetuosa que la de reflejar su experiencia desde una mirada documental. Sin embargo, es interesante que el planteamiento de la historia sitúe a Joel como un director amateur que está haciendo una película sobre su padre, porque en los momentos en los que realiza la primera edición de las imágenes en su ordenador adopta la mirada distanciada de un espectador que en la interacción que tiene con su padre no capta. Esta mirada exterior también está representada a través de los personajes femeninos de la película, como la ex-pareja de su padre, Lucy (Maxim Roy) o la novia de Joel, Taylor (Christie Burke), quienes no entienden la decisión del joven de acudir siempre que Bodo le necesita, aunque habitualmente le perjudique. Lo que contrasta con la confianza en que en algún momento Bodo encuentre la fuerza para terminar los procesos de tratamientos de rehabilitación que siempre abandona, no solo por parte de Joel sino también de su abuela (France Castel). El guión ha sido co-escrito por el actor principal, Dakota Bulby y el director Harrison Houde, que llevan algunos años escribiendo y produciendo cortometrajes como Keelhaul (Edgar Cortés Campoy, 2025), que compitió en el Festival de Sitges, o Term (Chadrick Preuss, 2026), que se estrena también en esta edición de Fantasia Festival, con Dean Norris como protagonista. Y consigue mantener el equilibrio entre un cierto tono de comedia negra y un drama familiar que reflexiona sobre si la atención a los adictos puede ser una forma de contribuir a esas mismas adicciones, con la crisis de los opioides que se ramifica en toda Norteamérica de una manera incontrolable.
Al invertir el propósito de los personajes desde el habitual retrato de un padre que quiere salvar a su hijo de las adicciones, para convertirlo en una historia sobre un hijo que quiere salvar a su padre, Tight lettuce también consigue adoptar un tono tragicómico, porque habitualmente los jóvenes enfrentados a las adicciones parecen más vulnerables que un hombre ya maduro que ha tenido varias oportunidades para salir del infierno de las drogas. Pero también refuerza un cierto carácter egoísta de Bodo, quien prefiere mantener su independencia, sabiendo siempre que Joel estará presente en cualquier momento que le necesite. Es fácil identificar las idas y venidas que experimenta el entorno familiar de un hombre adicto, los intentos por acogerle bajo condiciones, los ingresos en clínicas de rehabilitación, la esperanza de que algún día se producirá esa transformación que despierte su conciencia, y la película lo hace de una manera sutil pero precisa y acertada. También hay momentos conmovedores que tienen relación con la impotencia que los familiares experimentan, y buena parte de la virtud de aportar toques de comedia sin que parezca que está desatendiendo la seriedad del tema que trata, se sostiene en las dos interpretaciones principales: el veterano actor Emmanuel Bilodeau, premiado en el Festival de Locarno por Curling (Denis Côté, 2010), ofrece un retrato cercano de un hombre que, a pesar de las adicciones, se mueve casi siempre en un tono desenfadado y despreocupado que le hace simpático, mientras que Dakota Bulby entiende al protagonista como un personaje que, de una manera más tenue, se enfrenta a la reflexión sobre si tratar de ayudar constantemente a su padre está suponiendo una barrera para su propia vida familiar. Como si la dependencia que tiene Bodo en él se transmitiera también como una forma de dependencia cruzada, reforzada aún más por la necesidad de grabar imágenes para su propio documental. Hay un diálogo entre la realidad y la ficción al final de la película que puede parecer casi metanarrativo, al ofrecer imágenes reales de Bodo grabadas por su hijo, una decisión algo discutible porque esta conexión con la realidad no era necesaria para subrayar que la historia está inspirada en ella.
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Big breakIan FariaEstados Unidos 2026 | 87' | Horizon | ★★★★☆
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Últimamente hemos visto cómo han surgido cineastas de otros medios como YouTube que han abordado el terror como si se consideraran a sí mismos los renovadores del género, por lo que resulta refrescante que un grupo de comediantes haya decidido salir de su zona de confort de sketches, cortometrajes y espectáculos teatrales para acercarse también a este género, pero sin tomárselo tan en serio. Los componentes del grupo de comedia neoyorquino Simple Town son Ian Faria en la dirección, y Felipe Di Poi, Sam Lanier, Caro Yost y Will Niedmann como escritores e intérpretes de numerosos videos cortos que se han hecho virales en redes sociales y un espectáculo mensual de sketches en un teatro independiente de Brooklyn. Pero han decidido dar el salto al largometraje con Big break (Ian Faria, 2026), que se estrena en Fantasia Festival, y que en cierta manera traslada su propia realidad a la pantalla. La historia comienza cuando un antiguo grupo de cómicos vuelve a reunirse después de que uno de ellos, Sam (Sam Lanier) hubiera provocado su separación al lanzarse en solitario a dirigir la película Gummy Bears, convertida en un éxito de Hollywood. Sus antiguos compañeros, Caroline (Caros Yost), Felipe (Felipe Di Poi) y Will (Will Niedmann) guardan cierto rencor por no haber sido invitados a formar parte del reparto, pero al mismo tiempo tienen la esperanza de convencer a Sam de que les incluya en la secuela que está escribiendo. Así que deciden aceptar su invitación para permanecer un fin de semana en su aislada mansión, uno de los beneficios del éxito conseguido con la película. El único detalle es que, al mismo tiempo, las noticias están hablando de un posible asesino en serie que está actuando en la zona, y poco después de su llegada, comienzan a perder la cobertura de sus móviles. Para su debut en el cine, los componentes de Simple Town se han rodeado de un grupo de productores destacados del cine independiente, como Richie Doyle, productor de Si pudiera, te daría una patada (Mary Bronstein, 2025), Connor Hannon, productor de The people's joker (Vera Drew, 2022) o Sarah Wilson, productora de Dad & step-dad (Tynan DeLong, 2023). Pero también conocen sus limitaciones y la película se desarrolla casi exclusivamente dentro de la casa de Sam, adoptando una textura anamórfica que la acerca a las películas de terror de los años noventa y, según ellos mismos describen en las notas de prensa, vistiendo a sus personajes como si fuera la pandilla de Scooby-Doo. Su experiencia en los sketches de humor les permite tener un dominio del ritmo de la comedia, pero abordando los momentos de suspense y violencia explícita con la suficiente seriedad, de manera que la mezcla funciona casi tan bien como lo hace en series como Inside N. 9 (Filmin, 2014-2024), a la que nos recuerda bastante el tono de esta película. Asimismo, su experiencia como autores e intérpretes les permite construir personajes que son ambiguos, que se enfrentan con decisiones absurdas a situaciones extremas y que a veces ni siquiera tienen el suficiente sentido del ridículo como para pensar en lo que están haciendo.
Esto también provoca que jueguen constantemente con los tropos habituales del género, sin que resulte exactamente una parodia, al mismo tiempo que se desvelan las personalidades ocultas de los personajes, a veces no tan inocentes como parecen, lo que desemboca en situaciones imprevisibles que mantienen el ritmo y el tono de comedia negra en todo momento. También es una buena decisión que en su incursión en el cine los autores no adopten el formato de sketches para construir las escenas, sino que construyan arcos de personajes lo suficientemente sólidos como para que resulten creíbles, incluso en las decisiones más descabelladas. Hay varios giros de guión a lo largo de la película que la hacen adictiva y sorprendente en algunos momentos, y la convierten posiblemente en una de las comedias de terror más divertidas de este año. El tono de los momentos de humor incómodo también puede recordar a otras películas independientes como Baghead (Jay Duplass, Mark Duplass, 2008), una primera incursión del subgénero mumblecore en el cine de género, con situaciones que provocan cierto desasosiego, pero más por el ridículo que están haciendo los personajes que por el terror que puede provocar la escena. Alguna persecución en concreto de alguien que quiere matar a alguien resulta cómica por la forma realista en la que está descrita, y la relación personal que tienen ambos personajes, aunque la intención sea la de asesinar. Y el reflejo de los componentes de Simple Town en una ficción que se presenta como un espejo deformado de la realidad, en la que los actores casi interpretan versiones de sí mismos, porque incluso utilizan sus propios nombres para los protagonistas de la película, ofrece una sutil reflexión sobre la fama y los vaivenes de la industria del entretenimiento, sobre todo cuando el éxito aparece de forma desequilibrada entre los miembros de un mismo grupo, y es necesario tomar decisiones drásticas. La banda sonora de Kyle Rodriguez, compositor de origen latino afincado en Los Angeles y nominado al Emmy el año pasado por la serie documental La vida secreta de los animales (Apple tv+, 2024), se sitúa en un plano eminentemente de terror, de manera que establece siempre el tono de tensión que necesita la película para que no funcione solo en el terreno de la comedia. Big break es lo suficientemente inteligente y adecuadamente imprevisible como para que resulte equilibrada en una mezcla de géneros que funciona con especial precisión.
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Dance freakRobby Rackleff, Alan ResnickEstados Unidos 2025 | 99' | Underground | ★★★☆☆
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Con un presupuesto mínimo de 40.000 dólares, apariciones de comediantes alternativos, fotografía en blanco y negro y un tono de comedia surrealista, Dance freak (Robby Rackleff, Alan Resnick, 2025) es el tipo de película que define la programación de un festival como Fantasia, siempre atento a las propuestas más independientes y también más extravagantes. Alan Resnick (1986, Nueva York) es un comediante miembro del colectivo Wham City y fundador del grupo Wham City Comedy, y durante varios años sus cortometrajes fueron estrenados a través de la productora Adult Swim, como la parodia surrealista de los comerciales de televisión Live Forever as You Are Now with Alan Resnick (Alan Resnick, Ben O'Brien, 2013) o la muestra de terror analógico This house has people in it (Alan Resnick, 2016), co-escrita junto al actor Robby Rackleff, junto al que ahora estrena su primer largometraje. Dance freak se presenta como otra propuesta surrealista que también reflexiona sobre un mundo desastroso, cuya estética remite a numerosas influencias, desde el cine de Guy Maddin hasta el recurrente David Lynch, creando una película en blanco y negro que se adentra progresivamente en una representación cada vez más caótica de su propia historia. Un pequeño pueblo con estética apocalíptica en el que se está celebrando la campaña electoral a la alcaldía, a la que se presenta la candidata Dorty (Megan Koester), se establece como escenario de la representación del caos que rodea a nuestra sociedad, y sobre todo de la pérdida progresiva de valores sociales. De hecho, Dorty presenta su campaña describiendo al pueblo como un desastre del que solo ella es capaz de salvarle, pero asumiendo que necesita medidas drásticas. Mientras tanto, su pareja Obie (Robby Rackleff) es un treintañero sin trabajo que trata de sobrevivir, un hombre fracasado que deambula por una ciudad que en algunas zonas está controlada por una banda de delincuentes que se hacen llamar Salad Boys, uno de cuyos componentes está interpretado por la comediante Sarah Sherman (1993, Nueva York), de Saturday Night Live. Al mismo tiempo, también parece caminar sin ningún propósito concreto un bailarín extravagante, Dance Freak (Robby Rackleff), que tiene el mismo aspecto físico que Obie, y que puede ser interpretado como una representación de una parte de sí mismo, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o simplemente como un personaje que se parece a otro. El guión de Robby Rackleff no ofrece demasiadas explicaciones de nada, y quizás esa es una de sus principales virtudes, su capacidad para exponer una realidad de tono surrealista que no tiene por qué ser explicada, que está abierta a la interpretación de cada espectador. Su asombroso parecido con Dance Freak, y el daño que su baile caótico y eléctrico está causando a su alrededor, conducen a Obie a investigar su origen junto a Dorty y la Dra. Dilly Gorgul (Sheila Mears), una científica que rastrea al bailarín al estilo de las películas de ciencia-ficción de serie B.
Hasta su segundo acto, Dance freak puede tener una trama más o menos narrativa, impregnada de elementos surrealistas, pero conforme se desarrolla se adentra en terrenos cada vez más opacos y en representaciones más inquietantes. Como hemos visto, a lo largo de la película aparecen algunos comediantes de la escena norteamericana alternativa (no los que suelen tener programas en Netflix): Conner O'Malley (1986, Chicago) interpreta a Sleep Freak, otro personaje extraño con el que Obie se encuentra en la cárcel, y de cuyos cortometrajes en los que interpreta a un personaje maniático y obsesivo podemos encontrar también elementos de conexión con esta historia; Stavros Halkias (1989, Baltimore) interpreta a Mr. Megaman, uno de los jefes de Obie; mientras que Nate Varrone y Rachel Kally también aparecen en pequeños personajes, como un hombre enfadado y como una prostituta, respectivamente. El carácter extravagante de la película, y su fotografía granulada en blanco y negro puede recordar a aquellos primeros títulos independientes de los años noventa, como Clerks (Kevin Smith, 1994) e incluso se ha llegado a comparar esta película con Pi, fe en el caos (Darren Aronofsky, 1998). Pero aunque no se compartan del todo estas similitudes, lo cierto es que Dance freak consigue mantener una estética coherente dentro de su propio universo e invita al espectador a mirar con una actitud abierta a la interpretación de lo expuesto y lo opuesto, estableciendo una forma de abordar la historia bajo una perspectiva provocativa. Y sin embargo mantiene la esencia de una especie de comentario social que tiene más profundidad de lo que establecen sus imágenes caóticas, sobre todo a través de la representación del mundo de la política y de la descripción de un pueblo controlado por una banda que obliga a los ciudadanos a comerse sus bolsas de plástico. La película se siente muy cercana a las comedias extravagantes que ha estrenado Adult Swim a través de su plataforma desde hace años, pero también se siente como excesivamente alargada hasta casi 100 minutos que parecen demasiados para soportar tanto caos y tantas situaciones absurdas. En algunos momentos funciona como una comedia alocada que mira directamente hacia nuestra sociedad ridícula, pero en demasiados momentos también se siente como una propuesta a la que sus responsables no han sabido poner freno.
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Frecuencia macabra (Pontypool)Bruce McDonaldCanadá 2008 | 93' | Fantasia Retro | ★★★★☆Premios Genie '10: 3 nominaciones: Dirección, Guión adaptado, Actor (Stephen McHattie)
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La trilogía de Pontypool que publicó el escritor Tony Burgess (1959, Canadá) entre 1997 y 1999 se convirtió en un éxito de la literatura de terror canadiense, desarrollando una historia sobre una especie de virus que controlaba la mente de las personas. El mismo escritor se encargó de trasladar a la pantalla el segundo libro, Pontypool changes everything (1998) en la película Pontypool (Bruce McDonald, 2008), adoptando un desarrollo de la historia sin que realmente veamos durante la mayor parte del metraje las consecuencias de este parásito psicológico, puesto que transcurre exclusivamente dentro de una emisora de radio que está transmitiendo los acontecimientos que ocurren en el exterior, sin tener tampoco demasiada información sobre lo que está pasando. La mañana comienza de una manera extraña para el locutor de radio Grant Mazzy (Stephen McHattie), porque cuando está aparcando ve a una mujer repitiendo la misma palabra todo el tiempo junto a la ventanilla de su coche. Una anécdota que él mismo utiliza para plantear una pregunta a los oyentes de su programa, dedicado a entrevistas y noticias locales, planteándoles si ellos hubieran llamado a la policía en el caso de que se encontraran con esa extraña situación. Mazzy es un provocador con un estilo irreverente que no gusta especialmente a la productora del programa, Sydney (Lisa Houle), que intenta ser siempre políticamente correcta, entre otras cosas porque la emisora de radio está situada en un espacio cedido por la iglesia del pueblo. Mientras que la joven técnico de sonido Laurel Ann (Georgina Reilly) parece entender mejor la agudeza provocativa del locutor. A lo largo de la emisión, comienzan a recibirse noticias de altercados y ataques violentos en algunos lugares de Pontypool, e incluso reciben una llamada de la BBC británica que quiere entrevistarles para que confirmen si la intervención del ejército canadiense tiene alguna relación con un posible conato independentista. Describiendo los acontecimientos solo desde el punto de vista de la emisión del programa radiofónico, Pontypool tiene un paralelismo con la transmisión de radio La guerra de los mundos (1938), que Orson Welles llevó a cabo sobre la novela de H.G. Wells. Lo más interesante de la propuesta es el componente de terror psicológico que se subraya con el hecho de que como espectadores solo sabemos lo que ocurre en el exterior a través de las descripciones que hacen algunos oyentes o colaboradores del programa, lo que provoca una inquietud y un suspense notables. Y a lo largo de casi toda la película esta sensación se mantiene con la suficiente fortaleza, quizás menos contundente en la resolución, cuando los acontecimientos de fuera irrumpen en el interior de la emisora de radio.
Pero Pontypool no es exactamente una película de zombis, y el director Bruce McDonald prefería utilizar la descripción de los afectados por el virus como "conversacionistas". A pesar de que la película fue un relativo éxito, que pasó por festivales como Toronto o SXSW, y de que se mencionó que el autor también estaba trabajando en una adaptación de las otras dos novelas, lo cierto es que nunca han llegado a realizarse, y solo se estrenó diez años después un spin-off protagonizado por el personaje de Grant Mazzy, titulado Dreamland (Bruce McDonald, 2019), que no se basaba directamente en los libros y fue recibido con malas críticas. Frecuencia macabra, título adoptado en el estreno español de la película, presenta una realidad en la que el lenguaje se convierte en el transmisor del virus, aunque se especifica que solamente la lengua inglesa, por lo que los personajes acaban comunicándose en francés (privilegio canadiense), y son las palabras las que circulan como infecciones virales que distorsionan las mentes de los habitantes del pequeño pueblo de Pontypool hasta hacerlos destructivos y autodestructivos. La película también aborda algunas distorsiones de la realidad, como la de Ken Loney (Rick Roberts), un reportero que habitualmente informa desde el exterior de la emisora, del que se comenta entre el locutor y la productora que suele simular el sonido de un helicóptero para hacer creer a los oyentes que está informando mientras sobrevuela el pueblo de Pontypool, cuando en realidad se encuentra cómodamente en su casa situada en lo alto de una colina. De forma que adquiere sentido que la narración de la historia se desarrolle solo a través de las palabras que escuchamos en la radio, a veces envueltas en dudas y rodeadas de mentiras, siendo el lenguaje la auténtica bacteria que infecta las mentes, pero también el único antídoto posible cuando se le despoja de las distorsiones a las que es sometido constantemente. Es una propuesta interesante que quizás funciona mejor en un texto escrito que en una representación visual, pero no obstante Frecuencia macabra consigue mantener el suspense durante buena parte de su metraje y plantea una reflexión muy apropiada sobre el ruido que rodea las conversaciones (hay constantes yuxtaposiciones entre las palabras del locutor que salen al aire y las instrucciones que le indica la productora por la transmisión interna). La película incluyó una escena post-créditos para aclarar un final que muchos espectadores consideraron demasiado confuso en relación con el destino de los protagonistas, y de hecho el posterior spin-off Dreamland surgió como una continuación de esa escena.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se estrena en España el 9 de octubre.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):
Cabeza borradora se puede ver en Filmin y Mubi.
Weapons se puede ver en HBO Max y Movistar Plus.
T Blockers y Carnage for Christmas se pueden ver en Blood Stream.
Los payasos asesinos del espacio exterior se puede ver en MGM+ y Tivify.
Si pudiera, te daría una patada se puede ver en Movistar Plus.
The people's joker se puede ver en Filmin.
Dad & step-dad se puede ver en Plex.
Frecuencia macabra se puede ver en Dizi.
Dreamland se puede ver en Fubo.
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