02 febrero, 2026

Rotterdam 2026 - Parte 1: Relaciones

El Festival de Róterdam se presenta como la primera gran cita cinematográfica en Europa, iniciando una agenda de festivales particularmente intensa que abre el camino hacia la gran cita de Berlín, pero con una programación que está más abierta a las iniciativas vanguardistas y a la pluralidad de voces, formatos audiovisuales y narrativas diversas. Y con un planteamiento de apoyo a los cineastas a través de diferentes iniciativas que se han consolidado en el panorama internacional, como el mercado de coproducción CineMart, el Fondo de ayudas Hubert Bals, el Rotterdam Lab y otras actividades de la industria. Como es habitual, nos acercamos durante esta semana a la programación que despliega el Festival de Róterdam, que este año se desarrolla entre el 29 de enero y el 8 de febrero, y que iniciamos con una serie de películas que hablan sobre las relaciones personales.

Butterfly

Itonje Søimer Guttormsen

Noruega, Reino Unido, Alemania, Suecia 2026 | 117' | Big Screen Competition | 

Festival de Gotemburgo '26: Nordic Competition

Una de las cineastas más peculiares de la pequeña pero relevante industria cinematográfica noruega es Itonje Søimer Guttormsen (1979, Noruega), quien debutó en el largometraje con aquella visión sobre la búsqueda de la libertad creativa y personal que fue la estupenda Gritt (2021), seleccionada en la Tiger Competition del Festival de Rotterdam, después de que previamente también hubiera concursado con su cortometraje Retrett (2016). Pero su segunda película, Butterfly (Itonje Søimer Guttormsen, 2026), que se estrena casi simultáneamente en los festivales de Gotemburgo y Rotterdam, llega con unas expectativas que parecen colisionar con el carácter más independiente de la directora, en parte por su propia consolidación profesional y en buena medida por estar protagonizada por la que es la actual gran estrella internacional del cine noruego, Renate Reinsve, ganadora del premio de interpretación en Cannes por La peor persona del mundo (Joachim Trier, 2021) y este mismo año nominada al Oscar y al BAFTA por Valor sentimental (Joachim Trier, 2025). De manera que encontrarla en una película tan mística y esotérica como ésta, en medio de los paisajes canarios que evocan la búsqueda de una mirada filosófica sobre la trascendencia humana, puede resultar un impacto sorprendente, pero al mismo tiempo fascinante. Butterfly tiene en su título la clave de su contenido, la idea de una metamorfosis como la que se produce en las mariposas a lo largo de sus cuatro etapas, desde el huevo hasta la mariposa adulta, pasando por las formas de oruga y de crisálida. La historia se centra en dos hermanastras, Diana (Helene Bjørneby) y Lily (Renate Reinsve), quienes crecieron en un resort para turistas en Gran Canaria, viviendo en un ambiente de libertad mientras su madre Vera (Lillian Müller) trabajaba como camarera, pero que en su edad adulta decidieron marcharse y llevar caminos separados. Mientras Diana trabaja en una guardería de un pequeño pueblo de Noruega, Lily ha tenido una carrera como modelo pero ahora trabaja en el ambiente artístico independiente de Hamburgo. Tras la repentina muerte de Vera, ambas vuelven a reunirse en Gran Canaria para poner en orden la herencia de su madre, pero se encuentran con algunas dudas sobre su fallecimiento, especialmente en torno a la relación que estaba manteniendo Vera con Chato (Numan Acar), una especie de gurú que ha desaparecido coincidiendo con la muerte de Vera. El encuentro entre las dos hermanas que siempre han sido muy diferentes se convierte en una colisión de caracteres y de objetivos: Lily quiere vender rápidamente las propiedades de su madre, mientras que Vera trata de entender las circunstancias de su muerte. La película traza un viaje emocional paralelo al de sus protagonistas, comenzando desde una planificación más estática de los ambientes turísticos rodeados por instalaciones artificiales como el resort en el que trabajaba Vera, hasta una mayor fluidez y libertad conforme se adentra en las montañas, de atmósfera mucho más espiritual y etérea. Lo que también supone un regreso a las raíces, a los orígenes poblacionales de la isla de Gran Canaria, con la llegada de los bereberes que colonizaron el territorio y que posteriormente fueron colonizados por los españoles, pero de los que hay vestigios en las cuevas que han permanecido a lo largo de los siglos, especialmente en los alrededores de Moya. 

Parte del trayecto que llevan a cabo las dos hermanas se desarrolla en la localidad de Arguineguín, conocida por ser una especie de paraíso noruego en el que los turistas y buena parte de sus habitantes se sienten como en casa, como una especie de colonización pacífica que la ha convertido en un territorio donde conviven en armonía el idioma escandinavo con el español y el inglés. Hay diferentes tipos de colonización que conviven en una historia sobre el descubrimiento personal de dos hermanas que miran con asombro un video promocional en el que su madre presenta su nueva filosofía de vida, alejada del alcoholismo y abrazando la espiritualidad, que no puede evitar provocar una risa incómoda en Lily. Cuando debe recoger la firma de todos los copropietarios de un lugar de retiro que estaba preparando su madre para poder vender la propiedad, es cuando Lily comienza a entender la auténtica esencia de la nueva vida de su madre. Pero este viaje emocional del personaje no termina de trascender más allá de la puesta en escena, marcada por una estética colorista y extravagante para describir una especie de equilibrio armónico. En el proceso de escritura, el trabajo de Itonje Søimer Guttormsen está más relacionado con las sensaciones que con las palabras, especialmente con actores no profesionales como José (José Vizcaíno Alonso), que ha creado una especie de santuario para su familia que acoge a personas de todos los orígenes, en una convivencia peculiar con los caros y lujosos Airbnb que ocupan la isla. Este juego de contrastes es permanente a lo largo de una película que puede ser frustrante entre las tonalidades de un misticismo envuelto en danza y canciones y la mirada incrédula de las hermanas. Pero hay una mayor capacidad de atracción en las sonoridades etéreas de las voces femeninas que componen una banda sonora en la que prevalece la influencia del álbum Book of days (1990, ECM Records) de la cantante Meredith Monk (1942, Nueva York) y de Parallelograms (1970, Geffen Records) de Linda Perhacs que han inspirado al compositor Erik Ljunggren, ex-miembro del grupo A-ha. La directora también se permite algún guiño autorreferencial al introducir dentro de los personajes que encuentran las protagonistas en la isla a Gritt (Birgitte Larsen), la protagonista de su primera película, que ha ido a visitar a su madre. Cuenta Itonje Søimer que se trata de un personaje al que quiere regresar de vez en cuando como parte de otras historias, ahora encajado en el ambiente libre y espiritual de Butterfly, un viaje de transformación que no llega a convertirse en mariposa. 

Earth song

Erol Mintaş

Finlandia, Alemania 2026 | 118' | Harbour | 


Como es habitual en los festivales de cine, encontramos muchas historias sobre el sentido de pertenencia, las raíces y la diáspora, como una reflexión que parece transmitir la sensación de que es posible tener una nueva vida satisfactoria en otro país, sin que sea incompatible con la necesidad de mantenerse cerca del lugar de origen, de la llamada de la tierra a la que hace referencia el poema An Earth song del poeta afroamericano Langston Hughes (1901-1967, Estados Unidos) con el que comienza la película: "Es una canción de la tierra, un canción del cuerpo, una canción de primavera, he esperado tanto tiempo esta canción de primavera". El director Erol Mintaş (1983, Turquía) aborda en su segundo largometraje una historia que conecta con su propia experiencia como un emigrante en Finlandia que mantuvo las raíces y la lengua kurda gracias a la educación de su madre, una figura presente en su cine desde el cortometraje Snow (2010) hasta su primer largometraje Song of my mother (2014). La protagonista de su nueva película también es una mujer que se enfrenta a la inestabilidad de su matrimonio y una relación difícil con su hija, estableciendo de nuevo una vinculación con las raíces desde la dificultad de ser emigrante y al mismo tiempo extrapolar los sentimientos personales. Earth song (Erol Mintaş, 2026) tiene como personaje principal a Rojîn (Dilan Gwyn), una anestesióloga kurdo-finlandesa que dedica parte de su trabajo a colaborar con organizaciones humanitarias en diferentes países, lo que provoca unas ausencias intermitentes que empeoran su relación con su marido Ferhat (Feyyaz Duman) y especialmente con su hija adolescente Azad (Zenan Tünc), que experimenta y transmite como rechazo el permanente absentismo de su madre. Una situación más difícil desde el punto de vista de esta relación materno-filial porque Azad todavía no sabe que es adoptada, un secreto que permanece como un conflicto interior que será inevitable afrontar en algún momento. El director describe esta lucha interna de la protagonista a través de elementos externos como una enfermedad que sufre Rojîn, posiblemente heredada, que le provoca pérdidas de audición cada vez más intensas, y derivará hacia una situación aún peor según el pronóstico de los médicos. Esta sensación opresiva se intensifica con la tensión que sufre durante sus viajes a otros países para colaborar con organizaciones médicas humanitarias, lo que provoca una presión física y psicológica que se distancia de la estabilidad emocional que encontró en una Finlandia que, en contraposición, se muestra permanentemente nevada y fría. Las salidas al exterior están siempre envueltas en una ventisca constante que parece reflejar de manera palpable esa idea de la canción de la tierra que acompaña a Rojîn. 

Pero la visita inesperada de su padre Nazim (Ali Seçkiner Alici), con el que apenas ha tenido contacto aunque él vive en Suecia, remueve historias del pasado y, sobre todo, descubre un secreto del que ella nunca fue consciente, lo que la obliga también a afrontar una responsabilidad pendiente sobre la necesidad de contar la verdad a su hija. Nazim es una mirada a la represión del pueblo kurdo a través de las referencias a la prisión de Diyarbakır en los años posteriores al golpe de estado de 1980 en Turquía y la fuerte represión contra los pueblos rurales, una conexión con el pasado que provoca en Rojîn la necesidad de regresar y conocer sus verdaderos orígenes. El viaje de Rojîn ocupa solo el último tercio de la película, pero es significativo por convertirse en una conexión con su hija Azad, un improbable trayecto que contribuye a revelar algunas de las verdades que han permanecido ocultas. Pero se trata todavía de una zona militarizada, con un nuevo gobierno sirio que ha ido desplazando a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), de minoría kurda, hacia la provincia de Hasaka pero, sobre todo, con un cambio de posicionamiento de Estados Unidos, que había apoyado a los kurdos en su lucha contra el Estado Islámico (EI), pero ahora considera al gobierno de Damasco, liderado por Ahmed al-Sharaa, como un nuevo socio. El regreso de Rojîn a su hogar, aunque no lo haya experimentado nunca como tal, se produce a través de la ventanilla del coche, estableciendo una separación entre ella y la mirada exterior, casi como si se tratara de una pantalla en la que se proyectan las imágenes de una realidad distante. Pero al mismo tiempo la cámara se sitúa cerca de su rostro, enmarcando su visión de esa tierra lejana pero que también se siente cercana, y de alguna manera provoca que el personaje se sienta liberado, incluso en la relación con su hija. Con cierta tendencia al drama familiar de características comunes y conflictos latentes a través de las relaciones personales, Earth song se apoya en una radiografía de la interioridad de los expatriados y de los vínculos familiares que conectan el pasado y el presente. La película regresa a algunos temas abordados por el director, pero encuentra en los susurros de esa idea de la canción que evoca el título, algunos caminos nuevos, abiertos a la exploración de los efectos del trauma generacional en los límites de la diáspora. 

A fading man (Der verlorene mann)

Welf Reinhart

Alemania 2026 | 100' | Tiger Competition | 

La exploración de una enfermedad que difumina los recuerdos como el alzheimer se presenta en esta hermosa historia con una mirada más positiva y optimista de lo que suele ser habitual, pero sin dejar a un lado sus efectos devastadores en un desarrollo que se vuelve cada vez más melancólico. El joven director Welf Reinhart (1995, Alemania) se ha acercado a la realidad de una tercera edad constantemente amenazada en cortometrajes como Eigenheim (Rooms) (2021), en el que una pareja de ancianos se enfrentaba a la noticia del final del contrato de alquiler de su apartamento, que tiene intención de habitar la nueva dueña, una madre soltera. Ahora regresa a una historia que tiene como protagonista a otra pareja formada por la artista Hanne (Dagmar Manzel) y su marido Bernd (August Zirner), un pastor jubilado, cuya tranquilidad se ve trastocada por la irrupción del ex-marido de ella, Kurt (Harald Krassnitzer), que tiene los primeros síntomas de alzheimer y piensa que sigue casado con Hanne. Como la hija de Kurt se encuentra fuera de Alemania, le pide que se ocupe de llevarle en coche a su residencia, pero distintos problemas burocráticos acaban forzándola a aceptar una convivencia momentánea con el hombre del que se separó, que ahora parece estar viviendo todavía en la juventud del 68 que ambos compartieron. Hay una actitud comprensiva por parte de Bernd que también contribuye a que la pareja acabe aceptando esta extraña situación, que al mismo tiempo se convierte en una liberación, un regreso a los mejores años de vida de Hanne, que tuvo una buena razón para separarse de Kurt, pero que ahora le acepta desde esa actitud de rejuvenecimiento mental que le provoca el alzheimer. Así que la pareja se convierte en trío, una relación que recuerda a las relaciones triangulares de algunas películas de la Nouvelle Vague, a la que hay referencias explícitas, como la alegre visita a la Pinacoteca Antigua de Múnich, que parece una recreación del recorrido por el Louvre que realizan los tres protagonistas del clásico Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964), o la banda sonora de Pablo Jókay, que es un homenaje singular a la música de Georges Delerue para películas como Jules y Jim (François Truffaut, 1962). Hay durante algunos momentos de esta relación un aliento de juventud devuelto en forma de convivencia otoñal, que desemboca en una de las escenas más relevantes de la película, cuando los tres bailan de forma sensorial mientras suena el clásico tema "Der traum ist aus" (El sueño terminó), que hizo popular el grupo Ton Steine ​​Scherben, una de las bandas de rock alemanas más influyentes del panorama musical que surgió de la lucha de clases y de los ideales de 1968. Pero también parece una premonición de lo que vendrá después, del deterioro progresivo de la enfermedad de Kurt y de la inevitable necesidad de encontrar una mejor atención para él. 

Sin embargo, lo más interesante de A fading man (Welf Reinhart, 2026) es que la enfermedad no está descrita desde la perspectiva del tratamiento o sus efectos cognitivos, sino que se trata de un impulso para que Kurt y, sobre todo, la pareja formada por Bernd y Hanne, consigan regresar a un estado de ánimo que les libera de la habitual tranquilidad de la vejez, una forma de devolverles un espíritu joven y atrevido, incluso tomando decisiones drásticas que hasta ese momento no se habían atrevido a tomar para evitar afrontar riesgos. También permite a Hanne dejar a un lado la razón principal por la que se separó de Kurt, perdonar y reconciliarse con un ex-marido que ahora ha vuelto como si volviera a ser el joven rebelde del 68 con el que se casó, incluso con la sensación de que ella es capaz de amar y convivir con dos hombres. De manera que la película afronta la enfermedad desde una posición optimista que combina con una especial delicadeza en la mezcla del drama y la comedia, construyendo una historia otoñal, que no tiene miedo de revelar una relación románticamente utópica y reflejarse en el cine francés de los años sesenta como una referencia constante sobre conexiones idealizadas. Es absorbente comprobar cómo, a pesar de los vaivenes de una enfermedad cruel, que va difuminando los recuerdos, el trío protagonista consigue encontrar el equilibrio emocional para compartir momentos de su vida y recuperar ideales pasados. Lo que no significa que la película no aborde algunos de los problemas que surgen del alzheimer, especialmente cuando la memoria se deteriora sin remisión y el sueño de una vida ideal también se acaba, en una última parte melancólica y ligeramente triste, en el que la realidad se vuelve inevitable. Pero, aún así, está cargada de una sensibilidad emocionante, sobre todo respecto a la forma en que el personaje de Hanne enfrenta sus propias decisiones, aunque eso pueda tener consecuencias inesperadas. 

The history of sound

Oliver Hermanus

Estados Unidos 2025 | 118' | Limelight | 

Festival de Cannes '25: Sección Oficial

El Festival de Róterdam hace un repaso a las películas más destacadas del año dentro de su sección Limelight, recogiendo títulos que han pasado por otros festivales y se han estrenado en otros países. En el Festival de Cannes, buena parte de la crítica comparó The history of sound (Oliver Hermanus, 2025) con el romance vaquero de Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), pero conforme se aprecia la esencia melancólica de la última película de Oliver Hermanus (1983, Sudáfrica) se revela la distancia que separa a ambas historias, sobre todo en la forma de contarlas. El deseo entre los dos protagonistas de ésta se expresa a través de los silencios y de la admiración, envueltas en esa cierta tonalidad melancólica que les rodea. Lionel Worthing (Paul Mescal) es un estudiante de canto en el Conservatorio de Música de Boston cuando en un bar escucha a David White (Josh O'Connor) cantar "Across the Rocky Mountain", una canción que cantaba su padre (Raphael Sbarge) en la granja de las montañas de Kentucky donde se crió y que parece extraña en ese ambiente estudiantil de una ciudad moderna como Boston. Al principio de la película, la voz en off de un Lionel maduro (Chris Cooper) describe su capacidad para ver los sonidos, una cualidad sinestésica que le permite apreciar las notas musicales en forma de colores, y el primer encuentro entre los protagonistas se produce a través de su pasión por entonar canciones tradicionales que han ido aprendiendo. El romance entre ambos se produce de una forma silenciosa y podríamos decir que carente de una sensualidad física, entre gestos y acciones aparentemente banales; un amor romántico que es tan tímido como el carácter de Lionel, en contraposición con cierta picardía que define a David, una máscara para ocultar sus traumas de la infancia y otros que experimentará cuando es alistado en el ejército durante la Primera Guerra Mundial, la primera separación de ambos. Después de una experiencia que también mantendrá en secreto, David y Lionel se vuelven a reunir durante un invierno en el que recorren las zonas rurales de Maine capturando canciones populares, un encargo que David afirma que está financiado por la universidad, pero que se trata sobre todo de un reencuentro anhelado que ofrece los mejores momentos de la película. Un fonógrafo Edison y una colección de cilindros son sus instrumentos para dejar registro de las canciones que se han transmitido de forma oral de generación en generación, y uno de los momentos más evocadores es un encuentro en la isla de Málaga, una comunidad de antiguos esclavos, donde la joven Thankful Mary Swain (Briana Middleton) interpreta "Here in the vineyard", un tema tradicional sobre el trabajo y la fe que recientemente recuperaron las cantantes Anna & Elizabeth en su EP Hop High/Here in the vineyard (2017, Free Dirt Records). Es una canción de consuelo y resignación que en el contexto de la película tiene lugar poco antes de que los habitantes de Málaga sean desalojados por orden del gobernador, después de que la isla fuera comprada por 150 dólares. En la realidad, el desalojo se produjo en 1912, pero en The history of sound se traslada hasta 1920. 

La segunda separación de Lionel y David se produce justo después de ese viaje de liberación, llevando al primero por ciudades europeas como Roma y Oxford, donde encuentra buenos trabajos relacionados con la música y algún escarceo romántico más acorde con las normas sociales, pero al mismo tiempo escribiendo cartas que nunca son respondidas. Incluso a pesar de la distancia, el dolor de la ausencia es reflejado con un toque de melancolía silenciosa, sin referencias concretas, con un sentimiento interior que permanece en el ámbito privado, lo que conecta a Lionel con el oficinista William (Bill Nighy) de la anterior y celebrada película del director, Living (2022), que compartía el tono agridulce de las emociones contenidas. La propia fotografía de Alexander Dynan captura las tonalidades apagadas de los paisajes invernales de Maine sin apenas presencia de colores intensos, pero incluso cuando la trayectoria de Lionel le lleva a Venecia prevalecen los tonos ocres, siempre acompañado por esa melancolía silenciosa: "Estás en el coro más prestigioso de la ciudad más hermosa del mundo", le dice Vincent (Alessandro Bedetti), joven instrumentista y posiblemente amante cuando Lionel le comunica que siente apatía y quiere marcharse. El escritor Ben Shattuck ha adaptado uno de los relatos cortos que incluyó en su antología The history of sound: Stories (2024), en el que solo contaba la relación entre los dos personajes durante su viaje por Maine capturando las grabaciones de las canciones tradicionales. Quizás por eso una parte de la historia, durante la segunda separación, puede tener ciertos problemas para equilibrarse adecuadamente con el resto del relato. Respecto a la falta de sensualidad o de emoción en la relación entre Lionel y David, forma parte de la sobriedad narrativa que decide adoptar el director, una desnudez gramatical que expone la historia a través de cierta ausencia conflictual y que se expresa más a través de la melancolía de la ausencia que de la expresividad emocional de la presencia. Pero eso no supone un problema para transmitir la profundidad romántica y discreta de la historia, sobre todo a través de la búsqueda durante el tercer acto, que expone a Lionel como un personaje que atesora dos cualidades únicas: la sinestesia que le permite visualizar los sonidos y el sentimiento que le permite reconocer a David bajo una mirada diferente. 

A flock of rotations

Jung An Tagen

Austria 2026 | 11' | Cortos y Mediometrajes | 

Además de grabar durante dos décadas bajo diversos seudónimos (Stefan Kushima, Cruise Family, Alex Strelka, Bobby Lazar, Easy Rider, Lars Leerkörper), incluyendo colaboraciones con sellos como Editions Mego y Diagonal, el artista Stefan Juster (1985, Austria) es conocido por su incansable actividad en festivales como Unsound y Sonic Acts, así como por sus exploraciones de los límites del techno y la música informática disociativa. Su colaboración con el cineasta Rainer Kohlberger ha dado lugar a espectáculos audiovisuales que involucran la capacidad perceptiva del público, donde los límites del yo y del mundo se difuminan. Desde su actividad como cineasta, generalmente bajo el seudónimo de Jung An Tagen, trabaja en la tradición del cine conceptual-experimental abstracto, adaptando esta estética al siglo XXI mediante el uso de tecnología de vanguardia. Pero la parte visual de su obra, estéticamente cercana a su música, también recuerda al constructivismo ruso, trabajando con medios digitales y vídeo, donde formas reducidas, casi geométricas, se mueven sobre la pantalla en patrones aleatorios y forman una conexión sinestésica con el sonido. En esta línea se encuentra su último trabajo estrenado en el Festival de Róterdam, A flock of rotations (Jung An Tagen, 2026), una sucesión de formas cuadradas y tonos en constante descenso que parecen no tener fin. Pero la sensación que produce esta progresión de movimientos horizontales y progresiones transversales es la de reflejar cómo la perspectiva audiovisual depende en buena medida de la mirada personal, de manera que a veces no todo lo que vemos es realmente como lo vemos, ni todo lo que escuchamos es realmente como lo escuchamos. En la parte sonora, el artista austríaco utiliza el principio de los Tonos de Shepard, una ilusión auditiva, descubierta por el científico Roger Shepard (1929-2022, Estados Unidos), que produce la percepción de estar escuchando una sucesión de sonidos escalados que ascienden o descienden infinitamente, pero que en realidad es un tono inalterado, resultado de la hábil combinación de varias ondas sinusoidales, cada una separada por una octava. La conexión entre la imagen y el sonido nos hace creer como espectadores que estamos atrapados en una espiral descendente infinita, aunque en realidad se trata de una repetición en círculos. Lo que por un lado nos sumerge en una abstracción que cambia de movimientos horizontales a verticales, para provocar el sentido de nuestra percepción. La conclusión final después de terminar de visualizar esta sucesión hipnótica de once minutos creada y montada por Jung An Tagen es que lo que percibimos es diferente a lo que vemos, lo que finalmente se puede trasladar a una reflexión sobre nuestra propia sociedad y nuestra relación con los medios audiovisuales: ¿Es real todo lo que vemos? ¿Estamos percibiendo en realidad diferentes formas y sonidos dependiendo de nuestra propia psicología? ¿Otros espectadores han visto la misma película que la que nosotros hemos visto?  


The history of sound se estrena en salas de cine el 20 de febrero.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

La peor persona del mundo se puede ver en Filmin y RTVE Play.
Banda aparte se puede ver en Acontra+, Filmin, Run:time y Tivify.
Jules y Jim y Brokeback Mountain se pueden ver en Filmin. 
Living se puede ver en 3Cat y Filmin. 

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