10 abril, 2022

Visions du Réel 2022 - Parte 2: Resistencia

Nuestra primera crónica sobre la programación del festival Visions du Réel, que se celebra del 7 al 17 de abril, se centra en algunos de los títulos que participan en competición y que, de una u otra forma, aborda el tema de la resistencia, de la percepción de las convicciones como una forma de afrontar la vida. 

GRAND ANGLE / PRE-INAUGURACIÓN

La película de inauguración del CPH:DOX, que acaba de concluir, fue la producción danesa Into the ice (Lars Henrik Ostenfeld, 2022), una incursión con imágenes espectaculares en los territorios helados de Groenlandia, que es una de las principales bases de la investigación científica en torno al cambio climático. Visions du Réel, por su parte, la ha elegido como una pre-apertura dándole el espacio necesario a una de las principales preocupaciones en el mundo. Casi al final de la película, el director y narrador, Lars Henrik Ostenfeld, dice una frase que resume perfectamente el tema principal de su documental: "Hay que escuchar a la ciencia". Algo que no parece una intención clara acorde con las políticas medioambientales de la mayor parte de los países, más o menos maquilladas con buenas intenciones, pero que en ningún caso abordan la problemática con la profundidad que necesita. Cuenta el fotógrafo y ahora director de cine Lars Henrik Ostenfeld (1969, Dinamarca) que de pequeño solía jugar en el terreno natural que le ofrecía el bosque que rodeaba la casa de sus padres, hasta que comenzaron a llegar máquinas excavadoras para seguir construyendo casas, y aunque intentó impedirlo desde su inocencia infantil robando algunos instrumentos de trabajo, la destrucción de su entorno más cercano fue inevitable. Y lo compara con el proceso de degradación ambiental que desde hace años se viene denunciando por parte de la comunidad científica. 

Precisamente son tres glaciólogos reconocidos internacionalmente los protagonistas de esta película, a los que el director acompaña en sus incursiones en el interior de Groenlandia para estudiar, ya no si se está produciendo el derretimiento de los glaciares, lo que no es objeto de discusión, sino la velocidad con la que se está haciendo. Para ello, Groenlandia se convierte en un espacio de trabajo esencial, que sirve como modelo para establecer el futuro de regiones más frías como La Antártida. Tres misiones centran la atención de la película: Jason Box es el principal protagonista, encargado de establecer la influencia del aumento de las precipitaciones en el proceso de desaparición del hielo (la nieve proporciona una capa que lo protege, pero el agua de la lluvia elimina esta protección); Alun Hubbard es un profesor de glaciología que se dedica a explorar los molinos glaciares (cascadas heladas producidas en la superficie de los glaciares desde hace siglos), una práctica peligrosa por la inestabilidad de las paredes del pozo; y Dorthe Dahl-Jensen es una experta en paleoclimatología que dirige un gran proyecto de investigación forense del hielo milenario. Por alguna razón, el director dedica poco tiempo a este último proyecto, a pesar de que lo califica como Ciencia con "C" mayúscula, quizás porque no ofrece imágenes tan espectaculares como los otros dos, y necesitaría utilizar más las entrevistas cara a cara de las que huye constantemente el documental. 

A Jason Box y Alun Hubbard ya los conocemos de su participación en la película Chasing ice (Jeff Orlowski, 2012), y en este sentido hay que reconocer a Lars Henrik Ostenfeld la capacidad para extraer imágenes espectaculares sin contar con grandes medios técnicos, prácticamente solo con la cámara que él mismo maneja, incluso escalando las peligrosas paredes de los molinos glaciares. Posiblemente hay poco de lo que se muestra en este documental que sea especialmente revelador, pero tiene un perfecto equilibrio entre la magnificencia de las imágenes, con un diseño de sonido espléndido que capta cada mínimo crujido de los grandes témpanos de hielo que puede presagiar un derrumbe inesperado, y la proximidad al trabajo de los científicos y a los peligros a los que se enfrentan. Aunque muchos estudios sobre la influencia del cambio climático en los glaciares se pueden hacer mediante satélites, solo la labor de estos investigadores sobre el terreno ofrece datos precisos, aunque suponga incluso poner en riesgo sus propias vidas. El mayor problema del cambio climático está en no reconocer abiertamente que son las políticas de los gobiernos (y los votantes que los apoyan) los principales responsables (las cumbres climáticas prácticamente no suponen avances importantes), y en este sentido hubiera sido interesante que Into the ice hubiera abordado esta problemática como contexto, teniendo en cuenta que en la propia Groenlandia una de las principales promesas utilizadas durante las elecciones de 2021 fue un proyecto minero que pretendía explotar la riqueza mineral y petrolífera de la ciudad de Narsaq. Finalmente, la victoria del partido de la oposición Inuit Ataqatigiit (IA) ha conseguido paralizar este macroproyecto que suponía una nueva violación del suelo en Groenlandia. Y surge la pregunta de si sirven de algo las denuncias científicas cuando no existe una verdadera voluntad política.    

COMPETICIÓN INTERNACIONAL DE LARGOMETRAJES

El Ferrocarril Central Andino de Perú es objeto central del documental Vida férrea (Manuel Bauer, 2022), que tiene su estreno mundial en la sección oficial de Visions du Réel. A lo largo de este entramado de vías, los trenes que transportan su carga extraída de las minas situadas en las montañas, descienden 4.800 metros de altura hasta el Océano Pacífico, un trayecto que supone un difícil equilibrio por vías al borde de los acantilados, y que sirve como metáfora para establecer una radiografía del propio país, un Perú que tiene grandes riquezas mineras pero que carece de una industria que pueda aprovecharlas para su consumo. Esta road movie documental, comienza su viaje en Cerro de Pasco, a 4.380 metros de altura, donde ofrece el testimonio de Manuel Llanos, cuyo padre se trasladó en 1963 a Huancayo, una ciudad situada algo más abajo, para acabar su retiro en esta localidad en la que no es posible envejecer (la altura se convierte en un grave peligro para las personas mayores). El recorrido acompaña a los trenes de mercancías a 10 kms. por hora, en medio de montañas tan estéticas como peligrosas, pero también es un recorrido de testimonios, como el de Betty Oscanoa en La Oroya, a 3.729 metros de altura, la única que se refiere a la contaminación ambiental de las minas y las consecuencias del plomo en sus habitantes, incluidos los niños. No hay referencias directas a los desastres medioambientales que provoca la explotación minera, pero en las noticias que transmiten las emisoras de radio aún resuenan las consecuencias de la crisis que acabó en administración concursal de la compañía Doe Run Perú (DRP) en La Oroya. 

El director Manuel Bauer (1975, Perú) sitúa el desarrollo de su documental alrededor de la celebración del Día Nacional de Perú, el 28 de julio, que rinde tributo a la Independencia del país, declarada por Don José de San Martín en 1821, y las proclamas patrióticas que suenan en las emisoras de radio contrastan con el trabajo de los ferroviarios, que Fernando Tovar, gerente del ferrocarril en Chosica, a 859 metros de altura, describe como una dedicación constante ("nosotros trabajos 365 días del año, 24 horas al día"). El documental tenía un título provisional más amargo, El tren de los desamparados, que finalmente ha sido sustituido por el título final de Vida férrea, con su doble sentido sobre la dureza del trabajo en el ferrocarril y la representación de un país en constante estado de supervivencia. Las minas explotadas por la compañía norteamericana Doe Run acabaron, en algunos casos, compradas por sus propios trabajadores, algo parecido a la experiencia que tuvo Federico Cabeza en la ciudad de Lima, a 55 metros sobre el nivel del mar. Cocinero del centenario bar Cordano, uno de los más antiguos del centro de Lima, fundado en 1905, fue uno de los trabajadores a los que los propietarios originales traspasaron el negocio, que se convirtió en un restaurante gestionado por los propios empleados, y cuya puerta de entrada está situada justo enfrente de la antigua Estación de Desamparados, ahora sede de la Casa de la Literatura de Perú, que fue la estación original en la que desembocaban los trenes que provenían de Cerro de Pasco. El último testimonio es el de Victor Rostaing, en Callao, a nivel del Océano Pacífico, puerto de descarga de los minerales provenientes de las montañas para el mercado internacional. Ex-jugador de fútbol que participó en campeonatos americanos en los que jugaban Pelé o Menotti, recuerda los momentos de gloria, pero también el despilfarro de una buena paga que le hubiera servido para tener un retiro más desahogado. Es, también, una representación de un país que no ha sabido administrar su propio futuro, una radiografía crítica de Perú, pero igualmente una celebración de la resistencia. 

También libra su particular batalla la protagonista del documental Chaylla (Clara Teper, Paul Pirritano, 2022), una joven de 23 años que vive en el Norte de Francia y a la que conocemos en un refugio de víctimas de maltrato doméstico narrando su amarga experiencia junto a William, el padre de su hijo Melvin, al que los médicos han diagnosticado fibrosis quística, por lo que necesita cuidados especiales. La enfermedad de su hijo es una de las excusas del padre para acabar bebiendo más de la cuenta y someter a abusos físicos y verbales a Chaylla. Aunque ella no lo explicita en la conversación con su abogado que vemos en pantalla, las preguntas a las que tiene que responder William, que es una figura ausente en el documental, una especie de amenaza en la sombra, indican que no solo ha habido maltrato físico, sino también abuso sexual. Chaylla, la primera colaboración entre los franceses Clara Teper y Paul Pirritano, éste último ha sido montador en documentales como Donbass (Anne-Laure Bonnel, 2016) y Fahavalo, Madagascar 1947 (Marie Clémence Andriamonta-Paes, 2018), es un retrato doloroso e íntimo sobre la difícil decisión de abandonar el hogar por su atmósfera irrespirable. Pero la lucha de Chaylla es también una lucha interna, que sufre alguna recaída en la que vuelve con William, en una de las cuales quedando embarazada de su segundo hijo, Warren. 

Los directores han seguido a la protagonista durante cuatro años, filmando su historia principalmente en primeros planos, intimando con la imagen de una joven metida en el círculo vicioso del maltrato, que la lleva de su hogar al refugio, del refugio al despacho del abogado, del despacho del abogado a los juzgados, y a veces regresando al hogar para comenzar de nuevo el calvario. Esta fisicidad que aportan los primeros planos muestra la tristeza, el arrepentimiento, incluso la vergüenza, dejando a los interlocutores fuera de plano, aportando una mirada profunda al tema de la violencia doméstica. En su nueva denuncia, Chaylla afirma que solo ha sufrido maltrato verbal, y que William es un padre y compañero perfecto cuando no bebe, aunque parece claro que esta excusa revela su propia lucha interior. En una escena, el abogado le recomienda que busque ayuda psicológica, porque esta especie de dependencia que no le permite cortar los lazos definitivamente también es un problema. Aunque está clara la intención de los directores de centrarse exclusivamente en la protagonista, hay dos refuerzos humanos de los que nos hubiera gustado saber más. Sus soportes principales son Pauline, una amiga del refugio y, curiosamente, su suegra Babette, la madre de William ("confío más en ella que en mis propios padres", dice Chaylla). Las tres comparten la experiencia de la violencia doméstica, lo que en el caso de Babette la hace solidarizarse más con su nuera que con su hijo. Son dos personajes entrañables y fundamentales. En la playa, Pauline y Chaylla comparten sus anhelos ("¿encontraremos algunas vez a nuestro príncipe azul?"), y utilizan el baile para liberarse, para encontrar un momento de sororidad. Pero al día siguiente llegan las amenazas de William, las visitas inesperadas, los amagos de violencia... Hay solo un optimismo moderado en el final de este notable documental. 

COMPETICIÓN NACIONAL

Participando en esta sección dedicada a los estrenos de producciones suizas participa la película Hijos del viento (Felipe Monroy, 2022), del director colombiano afincado en Ginebra que forma una trilogía en las que regresa a su país de origen para afrontar el tema de la violencia aún no resuelta. En Tacacho (2013), se centraba en un pequeño pueblo llamado Nueva Esperanza en el que la grabación de entrevistas con campesinos torturados y encarcelados permitía luchar contra el olvido; en Los fantasmas del Caribe (2018), que participó en la Sección Oficial de Visions du Réel, abordaba las negociaciones de paz entre el gobierno y las FARC. Una mirada que se vuelve algo desilusionada en Hijos del viento, ahora centrado en las madres de jóvenes  secuestrados y asesinados entre 2002 y 2010 por el ejército nacional, que les acusaba de haber pertenecido a la guerrilla de las FARC. Fueron los denominados por la prensa "falsos positivos", jóvenes civiles no beligerantes que no cayeron en combate ni se les conocían relaciones con la guerrilla, pero cuyas vidas sirvieron al gobierno de Álvaro Uribe para mostrar que estaba ganando la confrontación. La película se centra en tres madres, María, Beatriz y Doris, que perdieron a sus hijos, algunas de ellas ni siquiera han podido recuperar su cuerpo porque se encuentra en fosas comunes que la administración ha decidido no exhumar. Pero también se detiene en Carlos, un joven militar que tomó la decisión de denunciar a sus superiores por estas prácticas, y que debe estar protegido constantemente como testigo de los procedimientos penales que se pudieran abrir. 

Hijos del viento es una mirada en parte desilusionada hacia un proceso de paz que parece más interesado en el olvido que en la aplicación de la justicia, la manifestación de la violencia gubernamental en las que las víctimas inocentes son demasiadas. Es una aproximación dolorosa al profundo duelo que viven estas madres, que quizás en algún momento pueda parecer retorcido en cuanto a la recreación en los recuerdos, pero que demuestra que la pérdida de un hijo para una madre es tan profunda que puede ser difícil de entender. Uno de los padres incluso afirma que, cuando mataron a su hijo, no solo perdió a un hijo sino también a una esposa, porque ella se ha quedado estancada en el recuerdo. De hecho, en una de las escenas más desgarradoras, Beatriz y su hija Vivian caminan por el lugar en el que fue asesinado su hijo y hermano, respectivamente, y acaban hablando con una vecina que fue testigo del asesinato. Pero el dolor a veces solo se puede sanar manteniendo la memoria, tratando de entender lo incomprensible, ni siquiera ya en busca de culpables a los que nadie va a llevar a juicio. Felipe Monroy alterna los testimonios dolorosos con una puesta en escena que a veces tiene algo de representación de esa desolación (una madre cargando su equipaje por la arena, otra buscando algún vestigio del pasado en las agujeros de balas que permanecen en los árboles...). Pero especialmente conmovedor es el caso de Carlos, el joven militar que decidió denunciar y que recibe constantes amenazas de muerte (en un país como Colombia hay que tomarlas especialmente en serio), que arriesga su vida para transmitir el orgullo de la verdad a su hija pequeña, que creía que su padre era presidente porque llevaba escolta. Y, sobre todo, que permanece obligatoriamente en el mismo ejército comandado por los militares a los que ha denunciado, porque no aceptan que su solicitud de baja la justifique por presiones y amenazas. Hijos del viento acaba con cierta desesperanza, con la incredulidad de que un sistema judicial amparado en un gobierno que no quiere investigar el pasado pueda ofrecer alguna respuesta. 

BURNING LIGHTS

La trayectoria del director argentino Maximiliano Schonfeld (1982, Argentina) ha sido constante desde que debutara con Germania (2012), hasta el punto que en pocos meses ha estrenado dos nuevos documentales: Jesús López (2021) se estrenó en la Sección Horizontes Latinos del pasado Festival de San Sebastián y ahora presenta en Visions du Réel su penúltimo trabajo, Luminum (Maximiliano Schonfeld, 2022). Hay una mirada poética en la representación de la realidad que convierten a algunas de sus películas una especie de híbrido entre ficción y documental, y ese es el formato en el que se presenta esta historia protagonizada por Silvia y su hija Andrea, dos ufólogas aficionadas que viven en la provincia argentina de Entre Ríos, un lugar en el que los avistamientos de ovnis sobre el río Paraná son frecuentes. El documental se define como una película sobre ciencia y ficción, estableciendo así el terreno en el que convive la realidad con la trama poética, presentada a través del encuentro de dos extraterrestres/habitantes de Entre Ríos cuya misión está a punto de concluir. Es una aproximación que tiene algo de incredulidad, pero al mismo tiempo que adquiere un tono de respeto profundo al trabajo de las dos protagonistas, quienes también han creado un Museo del Ovni para que no queden en el olvido las manifestaciones de fenómenos extraños que han ocurrido en su entorno, pero que al mismo son conscientes de que su convicción sobre el fenómeno ovni es constantemente puesta en entredicho. 

Luminum comienza con una escena de avistamiento que tiene lugar dentro de un coche, en medio de la oscuridad, en el que Silvia y Beatriz esperan ver una de esas extrañas luces voladoras a las que han dedicado parte de sus vidas. Es una escena que tiene cierto tono de thriller, que recuerda a Zodiac (David Fincher, 2007), y que establece inmediatamente el equilibrio perfecto en el que se establece la narrativa de una película que se detiene en la contemplación y la espera como elementos de conexión entre los personajes y su convencimiento esperanzado de encontrar otras formas de vida. "Nunca se acercan, siempre mantienen la distancia", se lamenta la hija a la madre en referencia a los avistamientos que ellas mismas han protagonizado. Pero en Luminum hay una interesante reflexión sobre estos fenómenos, rodeados siempre de incredulidad, de grabaciones en las que a veces es difícil atisbar lo que sus protagonistas ven con absoluta claridad, un juego de representación que conecta la imagen captada con una forma de percepción personal que se construye también en la propia puesta en escena del documental. 



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