08 marzo, 2021

Zinegoak 2021 - Parte 1: Reivindicando la diversidad

El 18º Festival Internacional de Cine y Artes Escénicas Gaylesbitrans de Bilbao, más conocido como Zinegoak, es uno de los referentes del espacio de festivales LGTBI+ en el País Vasco, pero también en el resto de España. Este año se enfrenta por primera vez a la necesidad de alternar una edición presencial, que incluso amplía salas, con una versión digital a través de la plataforma Filmin. Del 1 al 14 de marzo el festival propone una programación que este año está dedicada a la diversidad sexual, a la construcción de la identidad de género que protagoniza una generación con más referencias y menos límites. Es además la última edición que dirige Pau G. Guillén, un alicantino afincado en Bilbao que ha estado al frente del festival durante los últimos diez años, al margen de realizar algunos trabajos como director de producción en películas como Ander (Roberto Castón, 2009), A escondidas (Mikel Rueda, 2014) o Los tontos y los estúpidos (Roberto Castón, 2014). 

En esta edición de Zinegoak se entrega el Premio Honorífico al director francés Sébastien Lifshitz, del que se proyecta una pequeña muestra de su filmografía. Se trata de uno de los realizadores que mejor ha explorado el tema de la diversidad sexual en sus películas, desde sus primeros títulos de ficción como Wild side (2004), que estaba protagonizado por un triángulo amoroso formado por una mujer transgénero y dos amantes masculinos, o Plein sud (2009), una road movie con destino España que llevaban a cabo cuatro jóvenes cuyas relaciones eran complejas y marcadas, en el caso del personaje principal, por un pasado que en realidad es una herida  sin cicatrizar. Esta mirada al pasado como un espacio traumático es una constante del cine de Sébastien Lifshitz, incluso en sus reconocidos documentales, género que ha ido visitando cada vez más asiduamente en los últimos años, como Los invisibles (2012) sobre el recuerdo de la dificultad de vivir una homsoexualidad libre hace décadas, a través de entrevistas a personas de edad avanzada, o sus producciones siguientes, que parecen episodios separados de aquel espléndido documental: Bambi (2013), una hipnótica entrevista a Marie-Pierre Pruvot, a través de su experiencia como travesti en Le Carrousel de Paris en los años cincuenta y sesenta, y Les vies de Thérèse (2016), una aproximación a la veterana activista Thérèse Clerc. La mirada del director se ha enfocado en sus dos últimas producciones en la adolescencia y la niñez con sus dos películas Adolescentes (2019), nominada este año a seis premios César, y Petite fille (2020). 

La estructura del festival Zinegoak está formada por tres secciones competitivas, además de una sección dedicada a producciones con un enfoque más juvenil, y este año también con un pequeña ciclo de películas llamado Brasil Transversal que quiere llamar la atención sobre la realidad trans en ese país, en el que se comete el mayor número de asesinatos a personas transexuales en el mundo. Tres producciones recientes brasileñas que tratan el tema de la transexualidad forman parte de esta retrospectiva dentro de la programación de Zinegoak: Bixa travesty (Claudia Priscilla, Kiko Goifman, 2018), Indianara (Aude Chevalier-Beaumel, Marcelo Barbosa, 2019) y Valentina (Cássio Pereira dos Santos, 2020). 

Seis títulos forman parte de la Sección KRAK, entre los que hay que destacar Enfant terrible (Oskar Roehler, 2020), que lleva el sello de la selección del cancelado Festival de Cannes de 2020. Es un biopic del director alemán Rainer Werner Fassbinder, que coincidió con el 75 aniversario de su nacimiento. Curiosamente, se trata de un director que no está suficientemente apreciado en Alemania, y posiblemente parte de su cine ha envejecido mal, pero se trata de una de las figuras más relevantes del cine de la posguerra, atrevido, visceral y provocativo. El director Oskar Roehler adopta una puesta en escena teatral, con decorados que no intenta disimular, pero esta opción visual conecta bien con el universo de Rainer Werner Fassbinder, creando una especie de ensoñación que tiene algo de artificial, como su propio cine. La película sin embargo se detiene más en la persona que en sus creaciones, y nos muestra a un personaje (espléndidamente interpretado por Oliver Masucci, al que hemos visto en series como Dark (Netflix, 2017) y Tribus de Europa (Netflix, 2021))) que es iracundo, maleducado y déspota. Pero este foco principal en su personalidad hace que la película acabe siendo repetitiva, y que realmente no se muestre la relevancia de su obra como artista (solo hay algunas apariciones de personajes como Andy Warhol y Freddie Mercury que de alguna forma intentan mostrar su proyección internacional), ni aspectos relevantes como su relación con el universo femenino.


Presentada en la pasada Mostra de Venecia y en el Festival de Sitges, Saint-Narcisse (Bruce LaBruce, 2020) es la última película del director canadiense que ya ha sido objeto de una retrospectiva en Zinegoak. En un festival dedicado a la diversidad, sin duda se trata de una película que refleja ésta de forma evidente, sobre todo en esa escena en la que suena el tema "Family affair" de Sly Stone, que es una muestra provocativa y exuberante del poliamor. De alguna manera Bruce LaBruce consigue con esta relectura del mito de Narciso, un joven tan hermoso como engreído que sufrió el castigo de Némesis por su soberbia, enamorándose de su propio reflejo y sucumbiendo al desamor, una de sus películas más elaboradas, más precisas en la construcción de los personajes. La historia se sitúa en el año 1972 y tiene ecos del cine de terror francés de la época, pero comienza con la firma característica del director, una escena erótica en una lavandería que recuerda al famoso spot de Levis 501 de 1984. 

Las referencias son constantes en la película, y también ese sentido del humor que con los años se ha hecho más soterrado, pero que es una de las principales virtudes del director. El protagonista encuentra unas cartas enviadas por su madre, a la que no conocía, y decide ir a buscarla. Pero en su viaje descubre también un monasterio donde habita un joven que es exactamente igual que él. Bruce LaBruce no deja escapar la ocasión para utilizar toda la iconografía homoerótica religiosa, desde jóvenes novicios que se bañan desnudos en un lago, hasta el abuso sexual por parte del hermano mayor, obsesionado por la figura de San Sebastián, mártir cristiano convertido en icono gay gracias a Oscar Wilde, entre otros autores. El protagonista es un joven que se hace selfies con una Polaroid, que se solaza en la visión de su propia imagen, que no tiene pudor en desnudarse delante de una desconocida, y que acaba obsesionado por ese joven que parece un reflejo suyo. 


Hay un desarrollo irregular en la historia, con algunos momentos, especialmente los que muestran la relación entre el protagonista y la pareja de su madre, que tienen diálogos poco consistentes, pero la película resulta más atractiva en todo lo que tiene que ver con el monasterio y esa mezcla de erotismo con cierto aire terrorífico. Al director no le interesa tanto la solidez de la trama como el impacto de las imágenes. Y es en esas escenas en las que Bruce LaBruce despliega ese estilo travieso, maquillado de cierto humor, que caracteriza a buena parte de sus películas. Y también es apropiado y provocativo un final que utiliza una versión muy sui generis de la alegre familia cristiana para volar en pedazos todo su contenido simbólico y convertirla en un puñetazo visual que tiene una carga muy divertida.   

En la sección FIK encontramos una mayor presencia de películas que abordan historias protagonizadas por mujeres. El Estatus de Protección Temporal (TPS) es una permanencia temporal que se otorga en los Estados Unidos a ciudadanos de países afectados por conflictos armados o por desastres naturales. La lista de países cambia según la administración que gobierne en la Casa Blanca, pero habitualmente está formada por una decena de países, entre los cuales se encuentran algunos de Latinoamérica como El Salvador, Honduras o Nicaragua. El presidente Donald Trump trató de reducir el número de las zonas beneficiadas por este estatus, y esta incertidumbre que vivieron muchos ciudadanos a los que se les denomina dreamers (los buscadores del sueño americano) es el eje principal de la película La leyenda negra (Patricia Vidal Delgado, 2020), a través de la historia de una estudiante salvadoreña que se encuentra pendiente de una beca para asistir a la Universidad de Los Angeles (UCLA). 

La directora portuguesa presentó esta película en Sundance 2020 y luego ha pasado por diversas muestras cinematográficas. Rodada en blanco y negro, cuenta una historia sencilla sobre la amistad de dos chicas que en algún momento se mezcla con un enamoramiento, pero sobre todo se centra en el personaje principal, una joven combativa que tiene que hacer frente a numerosas barreras que no están del todo superadas: su identidad como lesbiana, su origen salvadoreño y la negación de esa reescritura de la conquista de América que se ha llevado a cabo durante muchos años, y que también afecta a su condición de refugiada a la espera de alcanzar el "sueño americano". Pero también es una joven que encaja mal en un entorno superficial y apático, donde no se cuestiona nada, donde no hay rebeldía y se asume la vida con condescendencia. La fotografía en blanco y negro es sinónimo de este sentimiento, de esta negación de ver la vida como el efecto y su contrario, sino absorbiendola con sus matices. 


La película trata estos temas sin caer en los diálogos explicativos, pero también es cierto que esta búsqueda de la narración no explícita tiene un resultado irregular, porque nos evita encontrar nexos de unión con la protagonista, y acaba siendo un relato demasiado impreciso. A la directora se le va la mano en la sutileza de las escenas, y en muchos casos esperaríamos de los personajes (la mayor parte jóvenes no profesionales) una exposición más clara de sus sentimientos. Esto se muestra también en un final que es es devastador, pero que no se refleja como tal. 

La película chilena La nave del olvido (Nicol Ruiz Benavides, 2020) consiguió el Premio a la Mejor Directora en el pasado Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Su historia habla de la liberación del amor en la madurez, de aquellas mujeres ya mayores que tuvieron que dejar a un lado sus sentimientos para ocupar el lugar que supuestamente les correspondía, el de esposas y madres, en una sociedad obtusa. Claudina, que se ha quedado viuda recientemente, conoce a Elsa, casada pero cuyo marido está ausente casi todo el tiempo. Elsa se convertirá en la plataforma del descubrimiento de una nueva sexualidad para Claudina, no una sexualidad desconocida para ella, sino aletargada por la posición que ha tenido que ocupar durante toda su vida. Pero también en la actualidad, en el entorno de un pequeño pueblo chileno que es capaz de asumir con normalidad la aparición de extrañas luces de objetos no identificados en el cielo, pero se envuelve en cuchicheos y murmullos en torno a la relación entre Claudina y Elsa.


Ellas se convierten en las auténticas extraterrestres, en el objeto de miradas extrañadas que les obligan a demostrar su amor únicamente en una discoteca de ambiente homosexual subterránea. En La nave del olvido, una película pequeña rodada en tan solo 16 días, la directora despliega una historia de sentimientos que está muy bien interpretada por Rosa Ramírez y Romana Satt, aunque en el terreno de la dirección se dispersa a veces en una intención autoral que lastra algunos de los logros de la historia. Hay elementos que consiguen una conexión con el espectador, pero al mismo tiempo termina cayendo en un final que resulta decepcionante, como una cierta incapacidad para concluir la historia. 

La sección DOK muestra una selección de seis documentales que abundan en la construcción de una sociedad que necesita aceptar la diversidad de género. No es el caso de Hungría, donde la permanencia en el poder de un partido de extrema derecha ha provocado una asfixia cada vez más radical hacia la comunidad homosexual. En este entorno se mueven las protagonistas de Her mothers (Asia Dér, Sara Haragonics, 2020), una pareja lesbiana que toma la decisión de adoptar a una niña. En su país no está permitido el matrimonio homosexual y la adopción homoparental se equipara con la pedofilia, pero sí está permitida que una madre soltera adopte, por lo que cada una de ellas decide solicitar la adopción por separado. Este viaje complicado está narrado por las dos directoras de una forma íntima, posibilitada por el hecho de ser un proyecto inicial de ellas dos únicamente, una con la cámara y otra con el sonido. Aunque más tarde consiguieron ayudas del Sundance Institute, fue adquirida por HBO Europe y se presentó en festivales destacados como Hot Docs. 

La cercanía de las directoras con las dos protagonistas consigue momentos de sorprendente intimidad. Y mientras la primera parte está dedicada a mostrar el difícil y lento proceso de adopción, salpicada por declaraciones homófobas de políticos húngaros, la segunda parte es más interesante porque deja a un lado el plano político y activista y se enfoca más en el cambio que supone para la pareja la llegada de su hija, una niña de dos años de origen gitano. Esta maternidad supone un desafío para la pareja, e incluso plantea en algún momento dudas sobre cómo la niña afronta el hecho de tener dos madres, sobre todo cuando es evidente que muestra una cierta inclinación hacia una de ellas. En este sentido, resulta un documental que afronta con valentía reflexiones que habitualmente quedan en segundo plano.


El hecho de que una pareja homosexual sienta la necesidad de trasladarse a otro país debido a la represión, quizás no tan física como en Chechenia o Rusia, por ejemplo, pero sí de una forma intelectual y educativa, es algo que sorprende que se permita en Europa. Hay un momento en el que una de las protagonistas comparte una pesadilla en la que ha imaginado cómo un grupo de neonazis ataca su casa. Es el terror de las sociedades opresivas, las que niegan las libertades y los derechos de las personas. 

La producción argentina Canela (Cecilia del Valle, 2020) es otro ejemplo de esos documentales que logran una conexión inmediata entre la directora y la protagonista, y por extensión consiguen también transmitir una empatía con el espectador. Canela es una mujer trans que tomó la decisión de mostrarse como mujer a una edad madura, sometiéndose a tratamientos con hormonas. Madre de tres hijos, dueña de una empresa de construcción, su realidad se transformó completamente, con la pérdida de clientes y una inestabilidad vital que se vio acrecentada por la crisis económica. Pero Canela ha sabido mantener a flote su empresa y da clases de arquitectura en la Universidad. El documental la muestra, a sus 62 años, en una encrucijada nueva en torno a la decisión de operarse para la reasignación de sexo. 


Quizás este planteamiento es el menos atractivo del documental, pero es sobre el que gira buena parte de la historia. El enfoque hacia la genitalidad de las personas transexuales resulta algo arcaico, como una mirada superficial desde el punto de vista una directora cis. Y el hecho de que la película se centre tanto en el tema, en las dudas de Canela sobre el efecto que esta operación tendrá sobre ella a una edad madura, lastra parte del interés del documental. Porque el personaje es lo suficientemente atractivo, inteligente y expresivo como para no necesitar incidir en la genitalidad. Por ejemplo, solo conocemos datos de su pasado cuando habla con la psicóloga, e intuimos que ha sido un proceso complicado llegar a asumir su identidad a una edad avanzada, al contrario de lo que se nos suele mostrar en otros documentales, protagonizados generalmente por personas jóvenes. Nos interesa conocer a Canela como profesional, como madre, como abuela. Nos interesa saber más sobre ese amor del pasado que ahora vuelve a cruzarse en su camino. Pero la directora parece más interesada en su genitalidad.  



Zinegoak se puede ver en salas de Bilbao y Filmin hasta el 14 de marzo. 



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