02 febrero, 2021

Rotterdam 2021 - Parte 1: La política de las emociones

El Festival Internacional de Cine de Rotterdam es una de las principales citas cinematográficas europeas de principios de año. Y fue uno de los pocos que en 2020 pudieron tener una edición presencial más o menos normalizada, antes de la llegada de todos los confinamientos. Pero la situación este año no ha mejorado (todo lo contrario en países como Holanda) y finalmente la organización ha decidido llevar a cabo una edición híbrida en dos fases: la primera exclusivamente online del 1 al 7 de febrero (que seguiremos a lo largo de toda esta semana, junto a la programación del Festival de Gotemburgo), y la segunda, que espera ser presencial, entre el 2 y el 6 de junio. Esta propuesta ya la inició el año pasado Sheffield Docs, que se convirtió en un festival de seis meses de duración entre online y semipresencial, y después ha sido tomada también por festivales como Rotterdam y Berlín. 

Inauguración

La producción en los países nórdicos no parece haber sido afectada por la llegada del coronavirus, y su fortaleza se muestra en una presencia importante en la programación de Gotemburgo, por supuesto, pero también en Rotterdam. La película que inauguró ayer la cita cinematográfica holandesa es Riders of justice (Anders Thomas Jensen, 2020), una producción danesa que tiene en su reparto a algunas de las principales del cine danés, como Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas o Lars Brygmann. Anders Thomas Jensen es probablemente uno de los guionistas más reconocidos de su país, con títulos como Adam's apples (Anders Thomas Jensen, 2005), Después de la boda (Susanne Bier, 2006), e incluso adaptando la novela de Stephen King La torre oscura (Nikolaj Arcel, 2017). Sus guiones están llenos de personajes que se mueven en una cierta irrealidad, utilizando el tono de comedia dramática para elaborar historias complejas. Pero en Riders of justice ha conseguido uno de sus trabajos de mayor madurez, un thriller en tono de comedia negra que en algunos momentos tiene un cierto aire al cine de los hermanos Coen. 

La película habla de las consecuencias de nuestros actos, pero también de las casualidades. Cuando una bicicleta es robada al principio de la historia, es difícil imaginarse el cúmulo de acciones que este hecho aleatorio va a provocar. Poco después, se produce un aparente accidente en un tren en el que mueren varias personas, entre ellas la esposa del personaje al que interpreta Mads Mikkelsen, cuya hija adolescente sobrevive al accidente. Ambos lidian el duelo de forma diferente, casi diríamos que inmaduro en ambos. El actor danés interpreta aquí a un personaje que tiene una profunda herida interior, que solo podrá sanarse a través de la violencia. Ocasión propicia cuando tres geeks paranoicos que afirman haber encontrado pruebas de que el accidente ha sido provocado. 

El director y guionista maneja perfectamente la mezcla de géneros: el thriller con dosis de violencia, el humor muy negro y cierto dibujo absurdo de los personajes, consiguiendo la que posiblemente sea su mejor película. En esta ocasión le corresponde a Nikolaj Lie Kaas interpretar al personaje más desquiciado, al líder de un trío de tipos raros que de alguna manera encajan mal en la sociedad. Pero también se puede decir algo parecido de Mads Mikkelsen, del soldado que se guarda las emociones y que se encuentra fuera de su zona de confort (la guerra) cuando debe regresar a su hogar. Al final la película habla con eficacia de personajes inadaptados, pero también de esos hechos fortuitos que pueden ser relevantes en nuestras vidas. El trasfondo, la época navideña, sirve también para situar la acción en un entorno que parece idealizado, en un momento en el que es todavía más difícil encajar en nuestra sociedad. 

Limelight

Riders of justice (Anders Thomas Jensen, 2020) está también incluida en esta sección, que recoge una panorámica de títulos destacados no competitivos. De Dinamarca también proviene Shorta (Frederik Louis Hviid, Anders Ølholm, 2020), un contundente thriller policial que no parece un debut, y que sabe manejar con inteligencia los tiempos, con una tensión constante. Ser debutantes en el largometraje no significa no tener experiencia, porque Frederik Louis Hviid ha trabajado como asistente de dirección en la aclamada serie danesa Algo en que creer (DR, 2017-), junto al actor Simon Sears, uno de los protagonistas de esta película. Desde la primera escena se ponen las cartas sobre la mesa: un joven africano es sostenido por dos policías en el suelo mientras grita que no puede respirar. Esta referencia directa al caso de George Floyd en Estados Unidos se convierte en el eje principal sobre el que se desarrolla la historia cuando dos policías, en medio de una creciente tensión racial, se introducen en el barrio marginal de Svalegården, una ubicación inventada pero que recuerda al controvertido gueto de Mjølnerparken, a las afueras de Copenhague. La palabra "shorta" significa "policía" en árabe. 

Los dos policías protagonistas representan dos arquetipos que de alguna manera se irán deconstruyendo paulatinamente. Los directores convierten el barrio en una especie de trampa mortal que acaba siendo también una catarsis para cada uno de los personajes. Especialmente el que interpreta Jacob Lohman, que tiene una evidente actitud racista. Pero también iremos descubriendo la razón verdadera por la que ambos han sido designados juntos para patrullar las calles en un día especialmente tenso, mientras el joven africano se debate entre la vida y la muerte en el hospital, y su fallecimiento puede provocar un estallido de violencia (otro) en la ciudad. Aunque la película tiene una clara influencia del cine norteamericano en su estética, en ese espléndido trabajo de fotografía que tiene claros referentes de Heat (Michael Mann, 1995), con algunas secuencias de acción bien rodadas, el interés está más en el retrato psicológico de los personajes y de la marginalidad, más cercano en este sentido a El odio (Mathieu Kassovitz, 1995). Y poco a poco se van desprendiendo (y nos van desprendiendo a los espectadores) de esa envoltura del arquetipo, del bueno y el malo, y del cazador que acaba siendo cazado. Es una película poderosa, inteligente y reflexiva, a pesar de su aspecto de cine de género.    

Cine político sin disfraces es Queridos camaradas (Andrey Konchalovsky, 2020), que consiguió el Premio Especial del Jurado en la pasada Mostra de Venecia. Rodada en blanco y negro y con formato 4:3, como su película Paraíso (Andrei Konchalovsky, 2016), el veterano director se centra en una matanza que tuvo lugar en Novocherkassk en 1962, durante una huelga de trabajadores a la que el régimen de Brezhnev respondió con dureza. La protagonista, interpretada por la esposa del director, Yuliya Vysotskaya, habitual en sus últimas películas, es miembro del Partido Comunista y apoya la represión a los trabajadores hasta que una de las afectadas es su hija, que acaba desaparecida. En su búsqueda, se hace presente la conciencia del autoritarismo, pero ella está tan imbuida en la cultura comunista que solo llega a añorar el régimen de Stalin. 

Konchalovsky habla del comunismo desde el punto de vista de sus cómplices, del silencio frente a la opresión, de la postura de no saber o no querer saber. La película tiene un ritmo constante, desde la preparación de la respuesta militar a la huelga de trabajadores hasta la búsqueda que inicia la protagonista junto a un oficial de la KGB para tratar de encontrar a su hija. De alguna manera, el director hace una constante referencia a la bondad, a pesar del apoyo al régimen. El oficial de la KGB, cuando son interceptados por un teniente especialmente rígido en la prohibición de salir de una ciudad con toque de queda, le justifica diciendo que es una buena persona. Pero muchas buenas personas pueden alimentar a un monstruo represor y violento. Quizás el formato 4:3 no es el más adecuado para contar esta historia, lo que provoca ciertos encuadres extraños y una puesta en escena que en algunos momentos parece de cartón piedra. Pero Konchalovsky consigue realizar una película profundamente política que al mismo tiempo remite al cine de Sidney Lumet. 

Tiger Competition

La presencia del cine español en el Festival de Rotterdam es importante cada año, con alguna película especialmente destacada en la secciones competitivas. Si Finisterrae (Sergio Caballero, 2010) consiguió el Premio a la Mejor Película, el año pasado El año del descubrimiento (Luis López Carrasco, 2020) también debutó en este festival. La selección de Rotterdam se centra más en producciones que encuentran una narrativa diferente a la tradicional. En esta edición, Destello bravío (Ainhoa Rodríguez, 2021) se convierte en la principal representante de nuestro país en la muestra cinematográfica. Una visión muy particular de la despoblación del mundo rural a través de una pequeña localidad extremeña que se debate entre las tradiciones y la modernidad. Los jóvenes han desaparecido, porque han emigrado y han dejado el pueblo habitado solo por personas mayores. Este pueblo despoblado acoge por tanto a una generación que se enfrenta con dificultad a una sociedad cambiante.

La directora debutante utiliza actores no profesionales y construye una historia sin historia, una sucesión de diálogos y escenas con cierta tonalidad surrealista que a veces nos recuerda a Fellini y en otras se hace casi buñueliana, en especial en una merienda en la que unos dulces bañados de miel provocan una especie de éxtasis. Sobrevuela en el ambiente, en especial a través del diseño de sonido, que parece de otro mundo, que elabora una banda sonora casi de cine fantástico, una cierta sensación de irrealidad en el pueblo. Lo que plantea la película, a través de sus personajes, y especialmente de Cita, que aunque no es exactamente protagonista, sí es la que tiene un desarrollo más claro, es una búsqueda constante de una razón de ser en medio de una sociedad que los ha apartado. Hay, si se quiere, mucha poesía en las imágenes o, si se quiere, algo de realismo mágico. Pero sobre todo Destello bravío es una película difícil de etiquetar.  

En la sección oficial del festival de Rotterdam compiten tanto ficción como documental. Entre estos últimos, Landscapes of resistance (Marta Popivoda, 2021) construye una mirada a la Europa del pasado en conexión con la Europa del presente. La protagonista es Sonja Vujanović, una anciana de 97 años que fue una de las primeras partisanas que luchó contra el fascismo y acabó recorriendo varios campos de concentración. A sus 97 años, Sonja recuerda su traslado al campo de concentración de Auschwitz, y muestra, desde la fragilidad que provoca la edad, la fortaleza que la llevó a convertirse en una líder. Al mismo tiempo, la directora aporta su punto de vista, a través de textos, sobre el peligro del crecimiento de los movimientos fascistas en Europa. A través de las palabras de Sonja, se nos advierte de lo que ocurrió para que no vuelva a ocurrir.

Aunque la protagonista está presente en varias escenas, la directora se centra desde el punto de vista visual en la exploración del paisaje, o de los paisajes: un campo de amapolas, el viento moviendo la hierba, una pared resquebrajada, o las arrugas en la piel marchita de Sonja, que conforman también una especie de paisaje abrupto, marcado por el paso del tiempo. El presente, ese peligro del nuevo fascismo, que toma formas homófobas y xenófobas, está representado a través de algunos textos y dibujos de la co-guionista Ana Vujanović, nieta de Sonja y compañera sentimental de la directora. Ambas, como activistas queer, como se definen a sí mismas, realizan un homenaje a la mujer que ha sido sepultada por esa construcción de la historia desde un punto de vista masculino. "Muchos héroes de la Segunda Guerra Mundial tienen estatuas en Yugoslavia. Algunas de ellas son mujeres. Pero ninguna es una superviviente de Auschwitz". En cierta manera, Landscapes of resistance y Destello bravío, con sus diferencias de género y de puesta en escena, conforman un díptico sobre la mujer frente al patriarcado. 

Big Screen Competition

En esta sección competitiva se presenta un panorama de películas inéditas que encajan dentro de una propuesta que reúne la narrativa tradicional con una forma más artística de contar historias. Aurora (Paz Fábrega, 2021) es la nueva película de la directora costarricense Paz Fábrega, que ganó el Tiger Award a la Mejor Película con su debut Agua fría de mar (Paz Fábrega, 2010). En esta ocasión se centra en una joven de 17 años que afronta su embarazo con un dilema constante entre qué hacer y a quién contárselo. Y recibe la ayuda de Luisa, una arquitecta que trabaja también ayudando en una escuela para niños, que le da cobijo y la acompaña, que ejerce de madre mientras la madre de la joven no sabe nada del embarazo. Esta ayuda altruista, bondadosa, esconde sin embargo una profunda desestabilización vital. Aunque la película se construye sobre la relación entre ambas, Luisa es sin duda el personaje más complejo y más atractivo. Ella, que tiene una vida aparentemente estable, se mueve en una mayor zozobra emocional que la joven. Mantiene una relación a distancia con un hombre que siempre está trabajando en otros países, afirma que prefiere los edificios con andamios, que ocultan la fealdad de la fachada. Su vida está sostenida en un andamiaje que también oculta el interior. 

En cierta manera, esto también la hace que sea más pragmática, que advierta a la joven de los peligros de ser una madre soltera, de la responsabilidad de cuidar a un bebé al que no quiere. Y esta relación entre las dos protagonistas es la base de una película que descansa en los detalles sutiles de una transformación que es vital pero también es emocional. Aunque se puede decir que la directora describe a sus personajes sin juzgarlos, dejándose llevar por la narrativa personal de dos mujeres que se entienden perfectamente a pesar de la diferencia de generación, también hay una cierta sensación al final de que el viaje nos lleva hacia una conclusión de alguna manera conservadora. 


Queridos camaradas se estrena en españa el 5 de marzo. 


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