26 junio, 2026

Raindance '26 - Parte 3: Miradas latinas

En la última jornada de Raindance Film Festival nos acercamos a algunas de las miradas latinas que se han podido ver en su programación, con títulos procedentes de México, Argentina y Costa Rica, entre ellos incursiones en el género de terror latinoamericano que está viviendo una etapa fructífera en los últimos años, aunque los resultados sean dispares. Este último día cerrará el festival de cine independiente con una gala de clausura en la que se entregarán los premios principales de las películas a competición, pero seguiremos comentando títulos de su programación a lo largo de la próxima semana. 

El conserje

Mauro Mueller, David Figueroa García

México 2025 | 93' | Discovery | ★★

La vida de Don Ricardo (Humberto Yáñez) se ha desarrollado durante treinta años en una escuela en la que trabaja como conserje, posponiendo su jubilación a pesar de alcanzar ya los 80 años ("aunque a veces me cuesta, puedo seguir trabajando"). En realidad, se trata de una necesidad, porque la pensión que le quedaría apenas llegaría para mantener a su esposa Ana (Luisa Huertas), que se encuentra incapacitada y necesita cada vez más cuidados. Don Ricardo es el conserje de un colegio en el que los alumnos y algunos padres le tratan de manera despectiva o, simplemente, como si fuera una sombra a la que no se presta atención. Constantemente trasladando sillas y mesas de un lugar a otro, o limpiando las pintadas obscenas que aparecen en los baños y las escaleras con cada vez mayor frecuencia, la vida de Don Ricardo pasa lenta y cotidianamente, retratada por los directores con una fotografía en blanco y negro que describe la trayectoria gris de un hombre invisible para los demás, y que solo alcanza un momento de color en una escena concreta. Cuando anuncia a sus tres compañeros de trabajo que ha decidido no jubilarse, la noticia no es recibida con demasiada solidaridad, porque para Claudia (Mercedes Hernández), Pepe (José Antonio Becerril) y Luis (Leonardo Alonso) supone más un lastre que una ayuda, y éste último esperaba convertirse en conserje. El peso que conllevan los años, el cuidado de su esposa y el trabajo se representan en una figura cansada, que camina con pequeños pasos y que refleja la fatiga de una vida entregada a la familia y la escuela. El conserje (Mauro Mueller, David Figueroa García, 2025) retrata con pequeños apuntes las diferencias sociales que se establecen entre los empleados del colegio y los padres y alumnos, cuando Don Ricardo trata de impedir la entrada de un niño que ha llegado tarde, ante la negativa de su padre, o cuando tiene que enfrentarse a dos alumnos vándalos cuyas travesuras son demasiado peligrosas, y que conducirá a una situación complicada para el propio conserje. La película es el último trabajo del actor Humberto Yáñez (1941-2025, México), quien falleció en enero de 2025 tras una carrera que comenzó en la telenovela Rosa salvaje (Televisa, 1987-1990), desarrollando una extensa variedad de trabajos, principalmente en televisión, pero también en películas como Somos lo que hay (Jorge Michel Grau, 2010) y Salvando al soldado Pérez (Beto Gómez, 2011), y dedicando sus últimos años a impartir clases de interpretación en Ciudad de México. 

Su retrato del personaje está cargado de una profunda humanidad, incluso cuando a veces puede parecer demasiado testarudo, como cuando tiene un accidente pero quiere seguir trabajando, o cuando se enfrenta a la burocracia del colegio insistiendo en que la mejor forma de acabar con los grafitis es pintar las paredes, pero el director le insiste en que no hay presupuesto para eso. Estos leves detalles de contraste se manifiestan en algunas escenas en las que no hacen falta palabras, como cuando uno de los conserjes baila una canción moderna y aparece una nota de color, lo que se contrapone con los momentos en los que Ricardo baila con canciones antiguas, pero en cuya vida no se manifiesta nunca ni un solo rayo de esperanza. Sin embargo, El conserje no es una historia melodramática, aunque sí es decididamente oscura en el tramo final, sino que se acerca a este personaje gris con ciertas dosis de ternura, nunca condescendencia. Retrata, simplemente, la vida de un hombre que nunca ha sido demasiado destacable, ni demasiado alegre, y ese es uno de los valores de la historia, que nunca dulcifica sino que presenta una perspectiva tan realista como desesperanzada. También el hecho de que viva en la escuela, como muchos conserjes tradicionales que disponían de un pequeño apartamento en el interior del colegio, lo que ha limitado aún más su círculo vital, siempre metido entre aquellas paredes, siempre circunscrito a ese espacio. Los directores manejan bien los resortes de una narrativa tranquila pero evitando los desequilibrios de ritmo: Mauro Mueller es un joven realizador mexicano-suizo que ha conseguido numerosos premios con sus cortometrajes, especialmente Un mundo para Raúl (2013), mientras que David Figueroa García ha desarrollado una carrera en el formato de series, como guionista de producciones como La cabeza de Joaquín Murrieta (Prime Video, 2023). Hay una ligera ironía en el hecho de contar la historia de un hombre que se acerca al final de su vida dentro del contexto de un colegio habitado por estudiantes preadolescentes, que prácticamente comienzan a enfrentarse a la vida adulta. Y la película está cargada de estos pequeños contrastes que sin embargo van conformando una historia marcada por detalles sutiles que reflejan acertadamente la experiencia del protagonista hasta un desenlace que no se siente tan forzado como podría parecer en otros casos, sino todo lo contrario, casi una salida satisfactoria que conforta nuestra mirada sobre el personaje. 

Pescador

Harry Domenico Rossi

Estados Unidos, Costa Rica 2025 | 107' | Narrative Feature | ★★

RiverRun Festival '26: Mejor Director

El cine consigue trasladar a través de sus imágenes algunas de las percepciones más personales de sus directores, y en el caso del realizador norteamericano Harry Domenico Rossi, nacido en Los Angeles y afincado en Nueva York, remite a los recuerdos de una situación traumática que experimentó cuando estuvo en coma durante una semana. La memoria de esa experiencia seguramente es difícil de reproducir en una pantalla, pero él suele hablar de haber experimentado la sensación de estar en medio del océano en una soledad permanente, que también se trasladó a lo que sintió durante el proceso de recuperación después de despertar del coma. Pescador (Harry Domenico Rossi, 2025) surge precisamente de la intención de trasladar ese tipo de sensaciones a un relato de ficción, y el comienzo de la película, con un personaje mirando a través de unas peceras, tiene ese impacto de la ensoñación, casi del despertar de un sueño profundo. En el aspecto narrativo, la película cuenta dos historias que de alguna manera se conectan, pero que se relatan de forma separada. Como el propio director y guionista lo indica cuando habla de su película, se trata de las historias de dos hermanos: una bióloga (Alex Wanebo) que ha viajado a Costa Rica, en la península de Nicoya, para encontrar a una extraña especie de pez, protagonista de la primera parte titulada La mujer en busca de un pez. Ella está sola y siente una completa desconfianza por todos los que le rodean, lo que parece una actitud algo elitista, porque cuando conoce a una pareja formada por un artista y una herpetóloga se encuentra más cómoda que cuando se reúne con un grupo de jóvenes turistas. Hay, sin embargo, un reflejo que parece describir más una fragilidad que una arrogancia, el empeño en alcanzar en solitario esa búsqueda de un pez cuyas características ni siquiera se atreve a compartir con la científica. Hay también algunas referencias sutiles a ese estado de coma que sufrió el director y de donde proviene la historia: la joven bióloga menciona fascinada a los anfibios como el olm, que son capaces de reducir tanto su estado energético, permaneciendo casi en estado de coma, que pueden llegar a sobrevivir diez años sin ingerir alimentos, o una imagen de ensoñación en blanco y negro en la que ella está en medio de la selva completamente inmóvil, con los ojos abiertos. Se perfila desde el punto de vista visual un estilo que hace de Pescador una película reflexiva que adquiere como relato las características de un cuento, lo que es especialmente notable en la segunda historia, bañada en un tono de realismo mágico. De hecho, El pescador, el hijo y la langosta comienza con la tradicional frase Érase una vez... y cuenta cómo un pescador solitario (Mario Chacón) deseaba tanto tener un hijo que, cuando encontró en sus redes a una langosta que tenía la capacidad de hablar, ésta le prometió el hijo deseado si le permitía vivir. Cuando la devuelve al Pacífico, el pescador encuentra a un joven que ha naufragado (Spencer Bang), y que en realidad es el hermano de la protagonista de la primera historia, pero el solitario marinero piensa que se le ha concedido el deseo. 

Sin embargo, la relación con su "hijo" no es fácil, ya que éste también mantiene ese grado de desconfianza que veíamos en el personaje de la historia anterior, y rechaza las muestras de atención y cariño que le dedica el pescador. Sin embargo, después de mantener una actitud rebelde y algún intento de fuga de la isla, el joven acepta su destino y desarrolla una relación paternal con el pescador hasta que un descubrimiento que tiene relación con su hermana vuelve a separarles. Destaca en este segmento la interpretación de Mario Chacón, que no es un actor profesional sino un pescador artesanal de la zona donde se rodó la película, pero que consigue subrayar los matices emocionales de un personaje que la mayor parte del tiempo permanece en silencio. La fotografía de Isaac Banks y el diseño de sonido de Alex Nomick capturan con especial eficacia los colores y los murmullos de la selva costarricense, en un paraje natural que sin embargo ha sufrido la devastación provocada por el hombre. Pero la introducción del elemento de realismo mágico a través de la voz de una langosta no resulta tan forzado como podría haber sido, sino que encuentra una cierta naturalidad dentro del contexto de una película que siempre subraya sus cualidades etéreas y de ensoñación. La tercera y última parte lleva el título de Muerte, y de alguna manera establece completamente la relación entre los dos hermanos, aunque nunca se cruzan sus relatos. Esta decisión es inteligente, pero también arriesgada por parte del director, con un tramo final que devuelve a los personajes principales a la soledad en la que habitaban, y aporta cierta ambigüedad al desenlace. Pescador siempre transmite la sensación de que nos encontramos ante un relato soñado, que se hace preguntas sobre los sacrificios que supone el aislamiento y los riesgos que se toman al establecer conexiones humanas. Es una historia sobre personajes que se sienten solos, pero que cuando conectan con otros siguen teniendo una percepción de soledad. 

Sacrificios

Mario Chernovetzky

México 2025 | 92' | Horror | ★★

Austin Film Festival '25: Premio del Público

El género de terror tiene un espacio bastante destacado en la programación de Raindance Film Festival como hemos visto en nuestra anterior crónica, aunque no es un festival especializado en este tipo de cine. Pero, de alguna manera, las producciones independientes también tienen una tendencia a explorar géneros populares, y eso se refleja en la selección de títulos de la muestra británica. Asimismo, en Latinoamérica hay una cierta explosión del terror que tiene conexiones con las propias tradiciones culturales y religiosas, y en este caso lo hace a través de la mitología mexicana que se refiere al dios azteca Mictlantecuhtli, que habita el lugar de los muertos, y al que se ofrecen sacrificios de sangre. El inframundo se denomina dentro de esta mitología Mictlan, y a él iban destinados los muertos que no eran aceptados por los dioses tradicionales como Tonatiuh, Huitzilopochtli o Tláloc, generalmente personas fallecidas por muerte natural. Esta es la historia que cuenta la profesora Alma Villanueva (Frida Astrid) a sus alumnos universitarios la misma noche en que su marido Juan (Jorge A. Jiménez) está demasiado distraído como para percatarse de que su hijo de tres años Andrés (Siddhartha Tonalli) se ha levantado de la cama y ha tenido un grave accidente en la bañera. La pérdida provoca en el padre una situación de estrés postraumático que se convierte en un estudio sobre el duelo y la culpa, representado en una pequeña isla en la que Juan convive con un Andrés que parece haber sido devuelto por el mar, pero con una necesidad constante de alimentarse de su sangre para sobrevivir. Sacrificios (Mario Chernovetzky, 2025) camina siempre por una línea difusa entre lo real y lo imaginario, a través de una historia en la que los elementos principales funcionan como simbologías religiosas y mitológicas. La isla a la que se aparta Juan para convivir con un hijo que parece permanecer en un limbo entre la vida y la muerte con reminiscencias vampíricas, los tres soldados que se encuentran al otro lado de la isla como guardianes sin órdenes, o la representación de la lujuria a través de una webcam girl que funciona como distracción para que pueda ocurrir el acontecimiento trágico que impulsa la historia, son representaciones más que personajes o situaciones realistas. Y así la película se mueve entre lo imaginario, lo soñado y lo expresado, a veces con sueños dentro de los sueños, estableciendo una conexión entre la mitología y la realidad, que también la conecta con algunos de los títulos referenciales que menciona el director como influencias, ya sea La escalera de Jacob (Adrian Lyne, 1990) o La bruja (Robert Eggers, 2015). Aunque la memoria cinematográfica de Mario Chernovetzky es mucho más amplia, y se refiere a El espejo (Andrei Tarkovsky, 1975) como su película preferida, lo que bien pensado también puede ser una conexión tangencial a través de la historia de un hombre que en su lecho de muerte recuerda su pasado. En Sacrificios, Juan habita una cueva que puede ser una representación del Mictlan, el inframundo, y cuando encuentra a su hijo en el mar se había lanzado en un pequeño kayak sin que sepamos realmente sus intenciones, de manera que el aislamiento que experimenta el personaje podría estar situado tanto en la vida terrenal como en la muerte onírica, lo que el director deja abierto a la interpretación de cada espectador. 

Para alimentar a su hijo, Juan se autolesiona, como lo que podría ser una representación del denominado autosacrificio, un ritual religioso en la cultura azteca en la que se producían perforaciones en el cuerpo como ofrendas de sangre a los dioses. Estos sacrificios también los experimenta el protagonista, interpretado sin demasiada convicción por el popular actor Jorge A. Jiménez, nominado a los premios Ariel como Mejor Secundario por la película La civil (Teodora Mihai, 2021), pero en este caso para asegurar la supervivencia de su hijo. Aunque resulta curioso que tanto en la película anterior como en ésta la relación paterno-filial se desarrolle hacia un tipo de sacrificio inevitable. Hay aspectos destacables en esta propuesta, como la fotografía del polaco Grzegorz Bartoszewicz, que captura el entorno de la isla de una manera que representa el duelo desde la textura de las imágenes, en paisajes amplios que simbolizan en el mar la profundidad del dolor. Al contrario que otros acercamientos al duelo y la pérdida, esta historia no sigue el proceso de cicatrización del dolor, sino que se adentra en las profundidades de una herida cada vez más abierta, lo que la hace mucho más sugerente. Se establece así una mezcla interesante entre un drama personal y el género de terror psicológico que utiliza algunos de los recursos tradicionales, pero sin incorporarlos de una manera demasiado obvia. Hay una escena de ensoñación que muestra la vida ideal de la familia de Juan y Alma, con el nacimiento de su nuevo bebé y Andrés todavía vivo, pero que se va impregnando de una atmósfera cada vez más inquietante. Se explora por tanto el terror psicológico, pero conectándolo con las creencias mitológicas. Sacrificios ofrece una mirada que tiene algo de externa, porque Mario Chernovetzky vivió durante muchos años en Los Angeles, donde dirigió títulos como Styria (Mauricio Chernovetzky, Mark Devendorf, 2014), y acabó reconectando con su país cuando regresó y estrenó comedias como Patitos feos (2020) e incursiones en el terror más convencional como The dark (2025), ambas co-escritas, como esta última, con el guionista Alexander Ioshpe. En Sacrificios, sin embargo, consigue construir una mirada mucho más personal, que él mismo describe como un homenaje a los sacrificios de los padres por sus hijos, siguiendo la deriva de una cierta recuperación del cine de terror en Latinoamérica, pero conectándolo con las tradiciones de la cultura y las mitologías prehispánicas. 

Un susurro invocó mi nombre

Emilia Cotella, John Mathis

Argentina 2025 | 92' | Horror |

Buenos Aires Rojo Sangre '25: Mejor Actriz (Clara Kovacic)


El cine de terror argentino tiene una larga tradición que se manifiesta especialmente en el festival Buenos Aires Rojo Sangre que se celebra todos los años con gran éxito, pero se le suele resistir la taquilla nacional, que generalmente se diluye después del fin de semana de estreno, con algunas excepciones como la taquillera Cuando acecha la maldad (Demián Rugna, 2023). El último intento por ofrecer una muestra de género con algunos elementos locales se estrenó el pasado mes de marzo proponiendo una tradicional historia de terror que evoca un trauma del pasado y se desarrolla a partir del regreso a un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba. Las primeras imágenes de Un susurro invocó mi nombre (Emilia Cotella, John Mathis, 2025) ofrecen el habitual plano cenital de un coche circulando por una carretera sinuosa flanqueada por una intensa arboleda, lo que casi se podría decir que es una presentación del tono y el desarrollo convencional que va a tener la historia. Un grupo de amigos adolescentes, entre los que se encuentra Carla (Bianca Mitnik), han decidido realizar un ritual de ayahuasca, pero sin la presencia de un chamán lo que, inevitablemente, provocará un desenlace fatal. Después del ritual, Carla despierta ensangrentada y su amiga María aparece asesinada con una extraña marca en el cuello. Diez años después, Carla adulta (Clara Kovacic) tiene la perspectiva de desarrollar su carrera de bailarina de danza en París, donde ha conseguido una oportunidad, pero su antiguo novio Daniel (Antonio Kassab) se pone en contacto con ella para comunicarle que Germán, uno de los jóvenes que habían participado en el ritual, se ha suicidado, algo que ella sabe porque ha tenido una visión de él ahorcado. Esta circunstancia obliga a Carla a regresar al pequeño pueblo en el que vivía y donde ocurrieron los acontecimientos del pasado, reencontrándose con antiguos conocidos como Ruth (Valeria Beltramo), la madre de María, quien la invita a pasar una noche en su casa. Pero es precisamente la oscuridad la que comienza a revelar que en la zona ocurren sucesos extraños que parecen estar relacionados con el pasado y con la propia Carla. A partir de este planteamiento sencillo pero efectivo, Un susurro invocó mi nombre elabora una sucesión de elementos típicos de las historias de terror tradicionales con rituales, posesiones y visiones que tratan de encontrar un camino hacia el terror psicológico, pero sin desarrollar una propuesta que profundice en temas relevantes, demasiado enfocada en los efectismos y las escenas más o menos impactantes (aunque con un nivel técnico mediocre), a pesar de contar con la visión de dos directores, el matrimonio formado por la argentina Emilia Cotella, que también ha escrito el guión, y el norteamericano John Mathis, quien dirigió otra muestra del género de horror, Where's Rose (2021), que fue seleccionada en el Raindance Film Festival.

La historia explora las obsesiones de Carla y su relación con los antiguos componentes del grupo que participó en el campamento, con algunos de ellos culpándola porque consideran que ella atrajo el mal, como Vicente (Andrés Malakkian), que vive ahora en el sótano de su casa, escondido y entregado a las creencias religiosas. En cierta manera, se podría decir que Un susurro invocó mi nombre está influida por el terror rural de películas como Cuando acecha la maldad, pero planteando temas que nunca desarrolla, de manera que se queda limitada por las restricciones del género sin traspasar en ningún momento sus fronteras. Se hace referencia al ocultismo o la demonología, pero con una mirada superficial que solo parece utilizarlos como instrumentos para generar inquietud, pero no como propuestas que provoquen la reflexión. Hay una sensación constante de vacío en el desarrollo narrativo, de cierta incapacidad para ir más allá de la escena efectista de una familia devorando tripas o de visiones sobrenaturales que parecen hacerse realidad. El guión tiene problemas para mantener la consistencia, transmitiendo la sensación de que el tema central sobre las decisiones que se toman y sus consecuencias queda algo diluido a lo largo de la historia. "No dejes que los recuerdos te perturben", dice Ruth, la madre de María, más como una advertencia que como un consejo. Pero la película deriva hacia un desenlace que pretende ser ambiguo y acaba resultando decepcionante. Clara Kovacic, a la que se ha llamado la "scream queen" del terror argentino por su participación en títulos como Demonio eclipse rojo (Samot Marquez, 2022), mantiene bien a su personaje a lo largo de la historia, pero hay una cierta debilidad en las actuaciones del resto del reparto que no ayuda a que la película mantenga el tono. Sobre todo falta una coherencia interna en el desarrollo narrativo que se sostiene en un guión demasiado acomodaticio que prefiere caminar por lugares comunes antes que arriesgar hacia caminos inexplorados.  

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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

La escalera de Jacob se puede ver en Shadowz.
La bruja se puede ver en Movistar Plus.
Patitos feos se puede ver en Run:time.
Cuando acecha la maldad se puede ver en AMC, Filmin, Netflix y Prime Video. 

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