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American muscleJoel VeachEstados Unidos 2026 | 81' | Discovery Award | ★★★☆☆Cinequest Film Festival '26: Premio del Público |
A pesar de sus evidentes influencias y sus claras referencias, algunas películas consiguen traspasar los límites de ser simplemente una reproducción de otros escenarios y situaciones que forman parte de la imaginería cinematográfica. Desde ese desierto del Valle de la Muerte en California donde se desarrolla la historia (esta película se rodó durante 12 días en la localidad californiana de Santa Clarita), American muscle (Joel Veach, 2026) recuerda inmediatamente al universo de No es país para viejos (Joel Coen, Ethan Coen, 2007), aunque el director debutante Joel Veach ha afirmado en alguna entrevista que la película imprescindible que el equipo tenía que ver antes de comenzar el rodaje era Sangre fácil (Joel Coen, 1984). En todo caso, está claro que los hermanos Coen marcan claramente su debut como director con una historia sobre perdedores que, inevitablemente, tienen todas las cartas para serlo incluso más. Es el caso del joven mecánico Ray (David W. Thompson) que trabaja en un taller en medio del desierto donde la clientela no es especialmente abundante, mientras cuida de su padre enfermo, al que nunca vemos claramente, quien parece estar prácticamente agonizando. Ray debe 100.000 dólares a un mafioso llamado Frank, al que tampoco veremos en toda la película, pero tiene un plan para poder pagar su deuda: cobrar el seguro de vida de su padre cuando éste muera. El problema es que, antes de que eso suceda, dos matones enviados por el mafioso, que simplemente se presentan como Uno (Brenda Sexto III) y Dos (Gbenga Akinnagbe), tienen un poco de prisa en cobrar el dinero, y desde luego no tienen la paciencia necesaria para esperar al fallecimiento del padre de Ray. Precisamente en medio de esa difícil situación, él recibe la visita de su hermana Maggie (Liana Wright-Mark), quien hace tiempo decidió salir de la atmósfera opresiva familiar. A lo largo de la película asistimos a la memoria de una infancia marcada por los abusos de un padre violento cuya filosofía sobre educar los músculos como única forma de supervivencia da título a la película. También los dos matones y sus conversaciones a veces casi filosóficas pueden recordar a Reservoir dogs (Quentin Tarantino, 1992), pero esa es una influencia que casi se podría encontrar en cualquier título del subgénero neo-noir que se haya hecho en los últimos años. Precisamente estos dos personajes, que incluso tienen un arco narrativo aunque son secundarios, fueron el punto de partida de un guión que en principio nació como obra de teatro, y eso se puede captar en muchas de las escenas de la película, generalmente apoyadas en diálogos entre pocos personajes. No es casualidad que Joel Veach hubiera escrito anteriormente el guión de Old man (Lucky McKee, 2022), un thriller psicológico que se desarrolla en una cabaña con un excursionista y un anciano como únicos protagonistas.
Hay ciertos desequilibrios en la narrativa y alguna suspensión de la incredulidad que parece demasiado insalvable, pero también hay elementos interesantes en este particular thriller que se desarrolla entre diálogos bien elaborados y algunos momentos casi surrealistas protagonizados por los personajes. Particularmente, los dos matones que comienzan a sufrir una crisis de identidad cuando se enfrentan a una situación inesperada: no conseguir terminar su misión. Uno de ellos empieza a sospechar que haber encontrado un coyote herido en la carretera cuando estaban llegando a su destino podría ser una especie de señal del destino, así que deciden acudir a una tarotista que encuentran en el camino, aunque no crean demasiado en ello: "Él cree en las energías, yo solo creo en las líneas rectas", dice Uno. En realidad, tampoco llegamos a saber qué respuesta consiguen encontrar en las cartas, porque el guión introduce una elipsis en el momento preciso, y son algunas de esas ausencias (como la de los personajes de Frank y el padre de los dos hermanos) las que introducen una economía de recursos en la narrativa que hace que la historia sea mucho más fluida y original. Joel Veach, quien también interpreta un pequeño papel como el dependiente de una tienda llamado Carl, apuesta por no tener que contarlo todo, y eso invita al espectador a ser mucho más activo en su forma de ver la película. El tiempo corre y el plazo para pagar los 100.000 dólares (los dos matones no aceptan soluciones intermedias) obligan a Ray a tomar decisiones que, sin embargo, en vez de mejorar su situación, lo que hacen es empeorarla. Pero esa es su realidad permanente, algo que Maggie sabe perfectamente: "Te conozco, Ray. Tenías las maletas hechas en la puerta cuando entré, y apuesto mi vida a que si esos tipos no hubieran aparecido, habrías cogido el dinero y te habrías escapado". American muscle, sin embargo, no es solo un thriller sobre las muchas formas en que una situación peligrosa puede arruinarse más de lo que está, sino que habla sobre vidas arruinadas por el abuso de un padre alcohólico y violento, la de dos hermanos que afrontaron la situación de maneras diferentes: Maggie huyendo y liberándose, y Ray quedándose y siendo atrapado por una vida envuelta en malas apuestas y peores decisiones. Hay en el fondo de una historia que a veces tiene muchos puntos de ironía, una sensación de tragedia que acompaña a sus personajes de una manera que parece elaborada por un destino fatal inevitable.
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Born to loseJoseph ZentilEstados Unidos 2026 | 112' | International Feature | ★★★★☆Cinequest Film Festival '26: Estreno Mundial |
Hay un cierto paralelismo entre las historias de ésta y la anterior película, ambas estrenadas en el Cinequest Film Festival, dedicado al cine independiente, que se celebra en el mes de marzo en San José y Mountain View en California. Son aproximaciones a perdedores que abordan la identidad heredada a través de protagonistas que parecen envueltos en un círculo vicioso de malas decisiones. En el caso de Born to lose (Joseph Zentil, 2026) su explícito título define desde el principio a Andy Logan (Dylan Arnold), un motero adicto a la cocaína que, cuando regresa a la casa familiar en Paducah (Kentucky), encuentra a su padre muerto. Siguiendo la colaboración que mantenía su padre con el mafioso local Roddy (Shane Callahan), dueño de un club de striptease, Andy se ofrece también para traficar para él. Pero la pérdida de una bolsa con pastillas le acaba metiendo en una deuda mayor con Roddy, de la que solo puede salir reparando la vieja Harley-Davidson Panhead de su padre para venderla, junto al antiguo amigo de éste Jed Duncan (James Le Gros). Con una clara referencia a la canción "Born to be wild" (1968) del grupo Steppenwolf que popularizó la película Easy rider (Buscando mi destino) (Dennis Hopper, 1969), esta historia se mira en el espejo de aquella como una referencia a las películas sobre motociclistas a través de una compañera inseparable del protagonista: su Harley-Davidson Sportster. El legado familiar se representa a través de ese estilo de vida común, pero también desde otra mirada distinta, la de la hermana de Andy, Julie Logan (Ambyr Childers), que expone una fractura psicológica de la que es difícil escapar, ella también envuelta en el círculo de la delincuencia a través de su relación con el mafioso Roddy. El director Joseph Zentil, que ha dirigido videoclips y anuncios publicitarios, ha tardado ocho años en levantar el proyecto y adopta una estética poco luminosa, en secuencias principalmente nocturnas o en interiores en clubes y bares, y exteriores generalmente grisáceos, envueltos en el ruido de las motocicletas que son más que una cultura dentro de su entorno. Born to lose se mueve a un ritmo pausado a través del cual la experiencia de Andy se desarrolla con suficiente desenvoltura, marcada por un montaje que el propio director reconoce haber tenido que reducir para que la película no alcanzara las dos horas. A través de esta historia de perdedores también se construye un cierto retrato de esa Norteamérica profunda que se esconde en los pequeños pueblos en los que el desempleo, las adicciones y la violencia doméstica forman una parte casi orgánica de la atmósfera opresiva que les rodea.
Uno de los impulsores de esta producción ha sido el chef canadiense Matty Matheson, al que también podemos ver como actor en la serie The Bear (Disney+, 2022-2026). Metido últimamente en el terreno audiovisual como productor ejecutivo, ha sido una destacada incorporación al proyecto, no solo como productor sino también como actor, interpretando a un personaje particular, el histriónico vendedor de coches Bucky, cuyos anuncios publicitarios están permanentemente emitiéndose en la televisión. Incluso se aprovechó el rodaje de sus escenas para que él mismo adoptara también al personaje en un primer teaser de la película que está narrado al estilo de los anuncios de Bucky. Lo que, sin embargo, puede dar una imagen equivocada de la historia, porque es mucho más nostálgica y oscura de lo que parece viendo ese teaser, con más dosis de drama que de comedia. El mérito del director es conseguir que Born to lose se sienta incluso atemporal, que la construcción de esa atmósfera que rodea al protagonista parezca una historia actual, pero también tenga la textura de las películas de los años ochenta, mirando de reojo a esas conexiones entre padres e hijos que se han reflejado en títulos como Hombres frente a frente (James Foley, 1986), en la que un joven Sean Penn trataba de compartir la vida criminal de su padre Christopher Walken. El proyecto también se inspira en la experiencia de Joseph Zentil en la cultura motociclista, algo que se refleja bien en la autenticidad que desprenden los escenarios y los personajes que forman parte de la comunidad. Pero se transmite la sensación de que, lejos de convertir a estos vehículos en la parte central de la historia, hay un intento bastante logrado de que estos espacios formados por talleres de motos personalizadas y trayectos por carreteras solitarias formen una parte esencial de la construcción de los personajes, que se refleja en esa forma de describir la cultura motociclista como una filosofía de vida: "Recuerda, nunca te salgas de la carretera. Mantente en ella".
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FränkTõnis PillEstonia 2025 | 109' | International Feature | ★★★★☆Tallinn Black Nights Film Festival '25: Baltic CompetitionEFTA '26: Mejor Película, Director, Guión, Fotografía, Diseño de producción |
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En silencioSara SálamoEspaña 2025 | 84' | Female Gaze | ★★☆☆☆Festival de San Sebastián '25: Made in SpainFestival de Sevilla '25: Panorama Andaluz |
Hay una escena en este documental dirigido por la actriz Sara Sálamo sobre el período de convalecencia de su marido, el futbolista del Real Betis Balompié, Isco Alarcón, en el que ella cuenta la anécdota de mostrar un gesto de malhumor cuando la cámara del estadio de fútbol la enfocó después de un gol de Isco. En realidad, estaba molesta porque había perdido la oportunidad de grabar ella misma el gol de su marido, para incluirlo dentro del documental. Es un momento significativo que puede resumir el principal defecto de esta película: perder las mejores oportunidades, desaprovechar las posibilidades de un planteamiento que, sobre el papel, puede ser interesante pero cuando se ha trasladado a imágenes acaba desenfocado. En silencio (Sara Sálamo, 2025), que tiene un subtítulo que parece destinado a atraer la atención de los aficionados al fútbol, por si acaso, se estrenó en el Festival de San Sebastián y pasó por el Festival de Sevilla antes de estrenarse brevemente en algunas salas de cine. Ahora ha conseguido el mérito de ser reconocido fuera de España con esta selección en Raindance Film Festival como una propuesta diferente a los típicos documentales sobre deportistas, más centrada en la mirada íntima que en el recorrido por los éxitos del jugador. Y elegir precisamente un período de seis meses de inactividad de un futbolista de élite como Isco Alarcón es una decisión valiente, alejada de los habituales retratos, aunque hay una cierta tendencia en los últimos años a ofrecer miradas mucho más humanas de sus protagonistas. El problema de En silencio es que da la sensación de que tampoco tiene mucho que decir más allá de ese retrato personal, porque tampoco la personalidad de Isco es demasiado locuaz (parece más hablador con las cámaras de las ruedas de prensa que con la de su propia esposa). Alternando primeros planos que tratan de ofrecer una mirada más íntima, con panorámicas tomadas con drones que intentan presentar la dimensión más épica de la figura pública de Isco Alarcón, el documental le acompaña en los momentos de indecisión que se producen tras una lesión importante de peroné que en 2024 le mantuvo alejado de los terrenos de juego, rompiendo una buena racha y seguramente también, a pesar de su total recuperación, sus futuras posibilidades para ser convocado para la selección nacional de fútbol. En alguna conversación, el propio jugador malagueño apunta que la lesión parecía menos grave pero la recuperación acabó alargándose varios meses más, pero esto ni siquiera es introducido en el documental como un punto de inflexión en el desarrollo de la narración, sino como un apunte casi anecdótico. Faltan elementos de reflexión que aporten una mirada más profunda sobre la ruptura momentánea de una carrera deportiva más allá de alguna intervención como narradora de Sara Sálamo, solo para decir algunas obviedades, o los continuos planos de Isco mirando el campo de fútbol desde la barrera.





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