22 septiembre, 2009

Los 150 amantes del cine

Que el director de la principal institución de cine en España descalifique a cineastas que, nos gusten más o menos, contribuyen al desarrollo de nuestra industria, dice mucho sobre la prepotencia de quienes, en teoría, están mamando un sueldo para ponerse al servicio de la cultura. 

Tras la reunión que la Ministra de Cultura, la simpar Ángeles González-Sinde, y el director del ICAA-Instituto de Cinematografía, Ignasi Guardans mantuvieron con cinco representantes de lo que se ha dado en llamar Cineastas contra la Orden, el director del ICAA comentaba ante los medios de comunicación que, en comparación con los miles de trabajadores del cine en España, este grupo representaba sólo a "150 amantes del cine". Las reivindicaciones de este grupo, en el que se encuentran directores tan "poco solventes" como Manuel Martín Cuenca, Javier Rebollo, Felipe Vega, David Trueba o Isaki Lacuesta pasan por pretender que no se olviden las producciones de bajo coste, teniendo en cuenta los parámetros de recaudación que se marcarían para conceder las ayudas. 

Lo de las diveregencias es normal. Lo de la actitud de convidada de piedra de la Ministra, es normal. Pero que el principal responsable del Instituto de Cine tengo una actitud de menosprecio hacia un centenar de "amantes del cine" (manda cojones también la definición. Joder, si son amantes del cine habrá que tenerlos en cuenta. ¿O para ser director del ICAA no hace falta ser amante del cine?), resulta significativo. Aquí la cuestión es sacar adelante, sí o sí, una Ley del Cine que no gusta a nadie, a pesar de que efectivamente es necesaria. Pero como siempre, hacer las cosas correctamente, teniendo en cuenta a todas las partes, parece difícil en nuestra industria. Especialmente con personalidades como Ignasi Guardans. 

19 septiembre, 2009

Noche de estreno

Noche de estreno de dos cortometrajes que se acercan a dos realidades complejas, pero habituales en los informativos. Dos cortos que tienen la virtud de contar sus historias en pocos minutos (¡loados los cortos cortos!). Noche de fiesta y de gracias, muchas gracias. 

Esta semana hemos tenido otra noche de estreno, con la presentación de dos cortometrajes en pantalla grande. Las noches de estreno son extrañas, pero al mismo tiempo tópicas. La última no fue menos. Se presentaban Lágrimas en el café, de Irene Golden y Juan Rivadeneyra, y Cuestión de suerte, de Jorge Laplace. Las noches de estreno de las películas que se van a estrenar en cines y las de los cortometrajes que nunca vamos a ver en el cine son diferentes. Y tienen objetivos distintos. 

En el caso de las películas comerciales, se trata de una estrategia de promoción. Los directores y los actores difícilmente se quedan a ver la película, en parte porque ya la han visto, y en general porque a algunos directores y a casi todos los actores no les gusta el cine. Conozco pocos actores que de verdad disfruten viendo una película. A pesar de trabajar delante de la cámara, son los espectadores más perezosos e incultos que he visto. Como Megan Fox, que dicen que se cabreó porque el director de Transformers 2, Michael Bay, la obligó a ir de excursión a ver las pirámides de Gizeh. No nos extrañemos tanto,
en España hay muchos de eso.

En los cortometrajes, se trata en realidad de una reunión casi familiar, formada en buena parte por el equipo de un corto que ya casi ni se acuerda que había participado en el rodaje (con el tiempo que suelen tardar en terminarse los cortos), y que realmente sí tiene ganas de ver el resultado (entre otras cosas porque difícilmente van a volver a ver el corto en un cine). La noche pasada no fue distinta. También hubo lo habitual: los que están en todas partes y no sabes quién les ha invitado, los que se cuelan porque pasaban por allí, los que creen que en el estreno de un corto hay tantos medios de comunicación como en los de un título comercial (ni de coña, claro), y los que esperan impacientes a las copas (habitualmente escasas) que se suelen dar después de la proyección. 


Pero sobre todo es una noche de gracias (no las divinas, sino las de agradecimiento). Todos se dan las gracias a todos. El cine español en general es muy dado a dar las gracias. Pero también es muy desagradecido. Conozco gente que ha trabajado como extra, malpagado, aburrido hasta la extenuación en rodajes pesadísimos, que luego no han recibido ni una puta invitación para ver la película. "¡Si quieren ver la película, que paguen, coño!", diría el productor. Por mucho que se den las gracias en la presentación de un estreno, el cine es una profesión que ningunea a muchos de los que se acercan a él con la inocencia de quien piensa en fastos y estrellas. 



P.D. ¡Qué gusto da escribir mientras escuchas a Emiliana Torrini!

04 septiembre, 2009

La locura de la vida

El cine a veces pasa factura. El asesinato del fotógrafo transmutado en realizador de un documental impactante Christian Poveda, es un ejemplo de cómo hacer según qué tipo de cine puede acabar en un trágico final. 

Cuando Christian Poveda realizó un reportaje fotográfico sobre miembros de una de las maras (bandas callejeras) más violentas de El Salvador para la revista Paris Match, las vidas de sus componentes acabaron seduciéndole hasta el punto de convivir con ellos durante un año y medio para realizar el documental La vida loca (2008), un retrato de la condición humana de una generación descendiente de emigrantes frustrados que no conocen más forma de vida que la de ejercer por la fuerza su derecho a vivir, por encima de las leyes y las reglas mínimas de convivencia. 

Las maras surgieron en Los Angeles, por las disputas entre bandas de mexicanos y salvadoreños muchos de los cuales fueron deportados por Estados Unidos a su país después de la guerra civil de El Salvador, a principios de los noventa. Mara proviene de "marabunta", una especie de hormiga que habita el Amazonas brasileño, y su representación callejera se ha convertido en El Salvador en la causante del 60% de las muertes violentas que se producen cada año, con una media de una docena de asesinatos al día. En El Salvador, pero también en Honduras y México, las maras son un grave problema, pero también actúan entre los emigrantes que viven en países como Estados Unidos o España. 

La mara 18 es una de las más violentas y numerosas, y miembros de esta pandilla son los protagonistas del documental de Christian Salvador. La vida loca trata de ofrecer una visión positivista y optimista, hablando de los vehículos de reinserción de estos delincuentes, a los que se acogen muchos de ellos tras años de cárcel, y se adentra también en sus preocupaciones y sentimientos. O al menos hasta el límite que le permiten estos "machitos" que desde luego no dejan traslucir ni un ápice de compasión, excepto cuando uno de ellos es asesinado. La película suscitó un importante debate en su país, porque muchos espectadores no entendían cómo se podía ofrecer esta visión paternalista de los violentos. 

Aunque como documental tiene importantes carencias, sobre todo por una estructura que resulta repetitiva y por su incapacidad para adentrarse algo más a fondo en la sinrazón de la violencia, La vida loca impacta, como otros documentos del mismo género, por la sorprendente asimilación de la muerte como forma de vida, y contiene algunos momentos especialmente duros. Otros, sorprendentes, como cuando el principal responsable de una ONG dedicada a ofrecer medidas de reinserción a los miembros de las maras dándoles un trabajo digno, acaba siendo encarcelado... por asesinato. 

 
Desgraciadamente, la muerte de Christian Poveda le ha dado a su película la trascendencia que hasta ahora no había conseguido, ya que sólo se había visto en festivales como el de San Sebastián. Sobre todo porque se produce pocos días antes del estreno oficial en Francia (país coproductor), previsto para el 30 de septiembre. Y en El Salvador, dos días después de su asesinato, las copias ilegales de La vida loca han vuelto a circular por las calles y se ha convertido en objeto de deseo de miles de espectadores. 

Cristian Poveda había sido amenazado por otras maras rivales de la 18, y posiblemente sean éstas las causantes de su muerte. Pero, aunque podría parecer previsible, el asesinato de este excelente fotógrafo nos devuelve la reflexión sobre hasta qué punto retratar la vida como es puede acabar resultando un arma de doble filo. 

29 agosto, 2009

Tokio: la ciudad resucitada (y 2)

Tokio es el escenario en el que Isabel Coixet despliega todos sus clichés de "autora" y, de camino, todos los tópicos de un turista perdido en una ciudad que le fascina tanto como para no entender ni un pepino de lo que está sucediendo a su alrededor. Por mucho mapa que tenga, Coixet se pierde en los topicazos de Tokio. 

Hace algunos posts, hablaba de dos películas que conseguían, no solamente elaborar espléndidos discursos cinematográficos, sino también describir casi sin esfuerzo las contradicciones y los variopintos paisajes de una ciudad tan compleja como Tokio. Se trata de Tokyo Sonata y el tríptico Tokyo! (ver post). Claro que en estos casos eran realizadores tan certeros como Kiyoshi Kurosawa, Michael Gondry, Leos Carax o Bon Joon-ho. Lo cierto es que, tras ver estos diáfanos retratos de una ciudad fascinante, tenía curiosidad por saber qué quería contar Isabel Coixet de Tokio. Confieso mi hartazgo del cine de Coixet, que sólo en momentos aislados me acaba absorbiendo (en la bonita pero sobrevalorada Cosas que nunca te dije y en la interesante Mi vida sin mi). El resto de sus películas me parecen superficiales y previsibles (el desenlace trágico constante en sus guiones) y me molesta su pueril tendencia visual a la floritura de cineasta guay. 

Mapa de los sonidos de Tokio no es diferente, sino todo lo contrario. Es Isabel Coixet elevada a la décima potencia. Todo lo que puede gustar a algunos y molestar a otros está aquí presente (sí, tampoco falta Antony and the Johnsons). Cine con dioptrías que, sobre todo al comienzo, no es capaz de comenzar una secuencia sin tener que enfocar el objetivo, siempre con el juego de la introducción de una imagen desenfocada en el plano (no lo entiendo, la verdad, pero tampoco me importa). La historia tiene poco interés porque los personajes son prototipos del mal cine "indy", el de las frases engoladas pero idiotas ("soy tan feliz que no puedo soportarlo") y a uno acaba importándole una mierda lo que le pase a esta asesina japonesa que se dedica a limpiar las tumbas de sus víctimas. Encima, Coixet nos regala unas escenas de sexo "realistas" que incluyen sacarse un pelo de c*#~ de la boca.

De todas formas, tampoco sorprende que el cine de Isabel Coixet sea cada vez más pretencioso, pero también más superficial. Es una tendencia que ya estamos viendo desde hace algunos años. Lo curioso es que su retrato de Japón, que ella nos vende como un descubrimiento, ni siquiera es capaz de salir del tópico de la mirada de un turista que viajó a Tokio con una libreta y fue apuntando todo lo que le parecía curioso para luego utilizarlo como escenario o elemento de su paisaje cinematográfico. Pero, aún más tras ver cintas como las que mencionaba, resulta sorprendente que Mapa de los sonidos de Tokio acabe cayendo en el cliché, pensando además que está descubriendo algo nuevo y original. De ahí que su leve crítica a la visión que Occidente tiene de la cultura oriental resulte, no sólo sorprendente, sino estúpida. 

21 agosto, 2009

El bueno, el feo y el rarito

El cine que se hace en Corea continúa con buenas muestras de vitalidad, aunque por aquí los distribuidores prefieran seguir dejando inéditas algunos excelentes ejemplos de cine de género.

Jee-woon Kim es uno de esos directores que, sin llegar al reconocimiento internacional de Joon-ho Bong (The host) o Kim-ki Duk (El arco), se encuentra en la lista de los realizadores más destacados de Corea (del Sur claro, porque en el Norte están demasiado preocupados en el desarrollo nuclear como para distraerse con el cine). De Jee-woon Kim hemos visto interesantes muestras de cine de terror (uno de los segmentos de 3, Extremes 2 (2002) y A Tale of two sisters (2003)) y de gánsters (A bittersweet life (2005)) y es un autor que se caracteriza por su capacidad para alcanzar grandes éxitos de taquilla al tiempo que convence a la crítica gracias a su inteligente uso de la cámara y su perfecto sentido del ritmo.


En The good, the bad, the weird (2008), se enfrenta a un nuevo cambio de género adentrándose ahora en el llamado Far Eastern cinema (Cine del Lejano Este), que toma como referencia los clásicos del género del Oeste para reubicarlos en Oriente durante los convulsos años 30 (aquí en Manchuria, territorio entre China y Rusia con frontera con el Norte de Corea que se disputaron durante mucho tiempo todos los que pasaban por allí). Evidentemente, la película se inspira en El bueno, el feo y el malo (1966), utilizando su punto de partida y su trama principal, pero sin ser exactamente un remake de aquélla. Porque la película de Jee-woon Kim tiene personalidad propia, una forma de tomarse a guasa el género y un aire de cine espectacular que la distancian de otros títulos.

Con un comienzo de factura impecable, The good, the bad, the weird tiene entre sus ventajas contar con un reparto formado por lo mejorcito del cine coreano actual: Song Kang-ho (la gran estrella de su país, a pesar de su aire de bobalicón, pero gracias a su capacidad para ser convincente como policía frustrado en Memories of murder y como tontolaba en The host), Lee Byung-hun (que ya trabajó con el director en Bittersweet life, participó en el clásico coreano Join Scurity Area y al que ahora podemos ver en la penosa G.I. Joe) y Jung Woo-sun (el guaperas de turno, menos conocido fuera de sus fronteras). Pero sobre todo cuenta con la habilidad de conseguir que, a pesar de sus 130 minutos de duración, resulte notablemente entretenida y a ratos muy divertida, aunque sea a base de retazos de otras películas, pero con escenas de acción espléndidas.

Mención aparte merece la heterogénea y alocada banda sonora de Dalpalan (DJ de música electrónica) y Jang Yeong-gyu, a veces hortera a más no poder, en ocasiones certera y en general de una desvergüenza que resulta hipnótica. Magnífica en definitiva (ese comienzo, esos primeros minutos...).

Por otro lado, The chaser (2008) es una incursión más seria (aunque el cine coreano se suele caracterizar por no tomarse demasiado en serio ni siquiera el género del thriller) que supone la primera película de Hong-Jin Na, un realizador al que habrá que seguirle la pista. Porque este policíaco de tendencia gore con psicópata asesino es una de las muestras más curiosas que hemos visto recientemente, muy por encima de cualquier thriller trascendental yanqui. Por lo pronto, el policía habitual es aquí sustituido por un ex-policía que se dedica a proteger a prostitutas y que debe enfrentarse a un loco asesino que disfruta sometiéndolas a torturas sádicas como si se hubiera visto las cinco entregas de Saw seguidas.

Lo interesante de The chaser, que no deja de ser un policíaco comercial, es cierta originalidad en el desarrollo de la trama (aquí el asesino ya es detenido en la primera media hora de película), y sobre todo la decisión del director de, en la línea de otro ejemplo de policíaco coreano de altura, Memories of murder, "coreografiar" las escenas de persecuciones y luchas con un realismo que parece surgido de la improvisación pero que esconde una milimétrica preparación.

Frente a la escasa originalidad de un cine de Hollywood que solo sabe reeditar secuelas trasnochadas para tratar de recuperar el favor del público, con algunas productoras notables como The Weinstein Company casi en la bancarrota, el cine hecho en Corea del Sur nos ofrece una alentadora confirmación de que se puede seguir haciendo cine comercial con buenas dosis de calidad sin caer en el adormecimiento banal.