05 febrero, 2021

Rotterdam 2021 - Parte 3: Viajes personales

Una de las cuestiones que se vinieron planteando a lo largo del año pasado debido al confinamiento fue la idoneidad de hacer virtuales los festivales de cine. Con un inicio algo conservador, muchos festivales ni siquiera se planteaban la posibilidad de que sus películas se vieran en formato digital, alegando problemas de seguridad, de pirateo y una cierta negativa de las productoras y distribuidoras. En España, las primeras iniciativas en realizar un festival exclusivamente online la tuvieron el D'A Film Festival y Docsbarcelona, ante la curiosa e incrédula mirada de directores de otros festivales. Pero el éxito que tuvieron en la plataforma Filmin afianzaron esta idea. Para otras muestras cinematográficas como San Sebastián, Valladolid, Málaga o Sevilla no parecía concebible organizar un festival que no fuera presencial. Sus excusas, que muchas veces achacaban a la negativa de las productoras, eran inciertas y mostraban una visión realmente conservadora. 

El Festival de Rotterdam ha organizado algunos encuentros con programadores de cine y con distribuidores en los que se pone de manifiesto que una de las cosas que ha impulsado el confinamiento es la consolidación de las plataformas digitales como soporte para los festivales de cine. Por ejemplo, esta semana los dos festivales de los que estamos hablando, Rotterdam y Gotemburgo, utilizan para los profesionales de la industria y la prensa Festival Scope Pro, una plataforma B2B que tiene su sede en Francia y que ofrece servicio a numerosos festivales de cine internacionales. Hay todavía muchas reticencias a la utilización de estos soportes, y algunos aspectos técnicos que aún están por arreglar. Por ejemplo, no tiene mucho sentido que el Festival de Gotemburgo ofrezca solamente acceso al 15% de su programación a través de esta plataforma. Debe haber una apuesta clara si los festivales eligen la opción online. Lo que se deduce, por ejemplo, de los encuentros que han mantenido distribuidores, productores y directores de festivales esta semana es que el cine virtual es una realidad presente que se consolidará en el futuro.  

Tiger Competition

No ha sido una gran jornada la que hemos tenido en este último día, con películas de las diferentes secciones que, si bien mantienen una cierta condición de narrativa no tradicional (una de las señas de identidad de los programadores de Rotterdam), no encuentran el camino adecuado para transmitir sus ideas. Es lo que ocurre con Bipolar (Queena Li, 2021), que utiliza como punto de partida el mito de Orfeo, que rescató a Eurídice del inframundo. Este viaje que el personaje de la mitología griega realizó marca un paralelismo con el viaje que inicia Lhasa, una mujer que está empeñada en salvar a una langosta llevándola hasta el mar. Una especie de peregrinaje en el que recorre la mitad de China y también de alguna forma se encuentra a sí misma.

La película está rodada en blanco y negro, pero introduce elementos en color (los que tienen que ver con esta langosta que de alguna forma representa un objetivo vital de la protagonista). En cierto modo, la historia mezcla el mito de Orfeo, este rescate necesario, con una especie de referencia a Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865, Lewis Carroll), porque Lhasa se va encontrando con diferentes personajes, con un cierto aire mágico pero también con una representación de la cultura china. Este trayecto, en el que también se mezclan alucinaciones, no resulta especialmente satisfactorio, acaba siendo disperso y a veces caótico, y parece que no conduce a ninguna parte. 

La producción brasileña Madalena (Madiano Marcheti, 2021) fue uno de los proyectos seleccionados en la sección Film in Progress del Festival de San Sebastián 2019, y tiene su estreno mundial en Rotterdam. Para un país en el que cada vez resulta más difícil hacer un cine en libertad, es sin duda interesante encontrar propuestas como ésta. La historia tiene como eje principal el asesinato de una mujer trans, cuyo nombre da título a la película, y cuya ausencia influirá en las vidas de tres personajes que no tienen nada en común. En un amplio campo de soja, que representa una cierta invasión devoradora, se encuentra el cuerpo de Madalena, escondido sin que nadie se percate de ello. Mientras tanto, en diferentes puntos de la ciudad de Mato Grosso, Luziane ve pasar la vida sin demasiada esperanza de que nada cambie; Cristiano es el heredero del negocio de la soja que intenta demostrar que sabe manejar sin la ayuda de su padre; y Bianca es una mujer trans que sobrevive como puede ejerciendo la prostitución. 

El director consigue crear una puesta en escena muy sugerente, sobre todo en un comienzo que muestra imágenes contemplativas del campo de soja, que sabe crear un ritmo de cierto suspense que nos despierta la curiosidad. Poco a poco se va adentrando en las historias separadas de los tres personajes, esos en los que la muerte de Madalena, o más bien su ausencia, marcará profundamente. Ella es la conexión entre los personajes, pero finalmente sus historias no terminan de encontrar un vínculo más allá de la anécdota. Como buena parte del cine brasileño reciente, Madalena propone una mirada a la sociedad de Brasil, sobre todo el conservadurismo representado por Bolsonaro, pero esta intención no es suficiente para construir una película compacta. 

Mucho más interesante es Feast (Tim Leyendekker, 2021), una producción holandesa que toma como base el hecho real ocurrido en la ciudad de Groninga en 2007 cuando se denunció que tres hombres con VIH organizaban orgías "bareback" (sin medidas de protección), y las utilizaban para drogar a sus invitados e inyectarles su sangre. Sobre este hecho real, el director construye una película inclasificable, un híbrido entre documental (con entrevistas a los condenados y a sus víctimas), pero también con recreaciones de conversaciones entre los tres hombres. Es una propuesta muy singular, en la que se reflexiona sobre la condición de víctima y de acusado. Los hombres que denunciaron los hechos fueron también, de alguna manera, juzgados socialmente por realizar prácticas sexuales de riesgo, sin que se entendiera que su disposición a practicar sexo sin protección no implicaba una aceptación tácita de ser drogados e inyectados con sangre. 

La entrevista con uno de los acusados es muy significativa en este sentido. Tras siete años en la cárcel, su visión de la culpabilidad es, digamos, particular. Pero la propuesta tiene otros elementos interesantes, que se deslizan más allá del relato de los hechos. Por ejemplo, en uno de los capítulos de la película se entrevista a una joven botánica que utiliza la inyección de virus en los tulipanes para crear una respuesta inmunológica que al mismo tiempo los preserve de ser contagiados por enfermedades. Es una visión radicalmente diferente de cómo funciona un virus, que quizás distorsiona la historia principal, pero también propone un punto de vista diferente. En el prólogo, vemos a una oficial de la policía ir describiendo los objetos que se encontraron en el salón de la casa de uno de los acusados, y funciona como una descripción inexpresiva, pero muy clara, de los encuentros sexuales que sirvieron para el acto criminal. 

Big Screen Competition

Otra descripción de la sociedad brasileña la encontramos en Carro Rei (Renata Pinheiro, 2021), que desarrolla la llegada de la crisis económica y de una nueva forma de fascismo en Brasil. El protagonista es un joven que nació dentro de un coche (su nombre, Uno, es el mismo que una conocida marca de coches), y esta circunstancia le ha dado la posibilidad de poder escuchar y hablar con los coches. A principios de 2000 hubo un boom económico en Brasil, lo que permitió que muchas familias de clase media pudieran acceder a ciertos servicios que hasta entonces eran un lujo. Entre ellos, los coches se convirtieron en objeto de deseo, lo que implicaba una cierta posición social relacionada con la posibilidad de desplazarse. Ese es el año en el que el protagonista de esta historia nació. Pero más tarde llegó la crisis económica de 2014, y muchos de los coches comprados fueron revendidos para afrontar las deudas. 

Esta historia, que tiene elementos fantásticos que pudieran recordar a Christine (John Carpenter, 1983), o también a la recientemente reestrenada Crash (David Cronenberg, 1996), convierte a los coches en objetos pensantes, representando también esa nueva tendencia populista que llegó al país. Se trata, por tanto, de una fábula que se desarrolla en el terreno de una comedia algo teatralizada. Pero el problema principal que tiene la película, al margen de no encontrar un tono equilibrado en su amplia cobertura de temas, es el de trabajar con una cierta simbología que resulta demasiado simple, casi diríamos que infantil. Hay una sensación de artificiosidad teatral en la construcción de los personajes (algunos bufonescos) y de las situaciones que plantea, una diatriba social que resulta demasiado evidente. 

Actriz reconocida en su país, Renata Litvinova ha desarrollado también una carrera como directora, debutando con la película Godddess (2004), que se presentó en la sección Tiger Competition de este festival. Su tercer largometraje, The North wind (Renata Litvinova, 2021) es el más ambicioso hasta la fecha, y presenta una especie de fantasía barroca que se desarrolla durante varias celebraciones de Año Nuevo en un cuento de hadas en el que existe el matriarcado, que está a medio camino entre el universo de su mentora, la directora rusa Kira Murátova, y las creaciones mágicas de su muy admirada J.K. Rowlings. Lo que destaca en esta historia de escenarios nevados y castillos llenos de objetos que parecen animados, de animales que pueblan los pasillos, es la creación de esta puesta en escena excesiva y gótica. 

A veces, la directora y también protagonista, parece moverse con soltura en el caos que provocan estas reuniones familiares en las que también hay componendas y conspiraciones, en una especie de frenesí verborreico, de ritmo constante, que sin embargo nos hace añorar esa capacidad de Luis García Berlanga para manejar secuencias de un movimiento interno y externo frenético. La historia se desarrolla en un momento en el que el poder de la matriarca se tambalea cuando su hijo pierde a su prometida, y reflexiona sobre esta construcción de un matriarcado que se enfrenta constantemente a desafíos. The North wind, que se presentó anteriormente en el Festival de Toronto, es una propuesta que parece querer liberarse de todos los límites, y en esta liberación sin embargo no encuentra el equilibrio. 

Adaptación de la obra de William Shakespeare Como gustéis (1599), As we like it (Chen Hung-i, Muni Wei, 2021) es una propuesta taiwanesa singular pero fallida. Situada en un Taipei en el que no hay internet, el estilo visual es excesivo, mezclando una puesta en escena colorista, elementos de manga (las escenas de acción se muestran introduciendo dibujos en la imagen real) y una especie de estado de ánimo adolescente que subraya la historia de amor entre las protagonistas. Lo más interesante es el hecho de que los personajes principales son mujeres, como una especie de celebración liberadora de la aprobación en 2019 del matrimonio entre personas del mismo sexo en Taiwán. Esta visión queer de la obra de Shakespeare es curiosa, pero la narración y el trabajo de dirección quieren ser innovadores sin conseguirlo, y acaban siendo caóticos y desorganizados. 

Limelight

El reconocido director de películas como À tout de suite (Benoît Jacquot, 2004) o Adiós a la reina (Benoît Jacquot, 2014), estrena en Rotterdam su adaptación de una obra teatral de Marguerite Duras, Suzanna Andler (Benoît Jacquot, 2021), que él mismo comenta que la escritora le pidió que llevara al cine. Protagonizada como únicos personajes por Charlotte Gainsbourg, Niels Schneider y Julia Roy, es una obra de cámara sobre una mujer que está cansada de su marido, y que mantiene una relación con un joven amante. En una villa situada en la Riviera francesa, se plantea seriamente abandonar a su esposo, a pesar del nivel de vida que le proporciona, y escaparse con su amante. Con una gran fidelidad al texto original, el director propone una película que no quiere escapar de su origen teatral, solo en alguna secuencia al borde del mar, y que se sostiene en las palabras de Marguerite Duras y en el trabajo de Charlotte Gainsbourg. 

Ambos son excelentes, aunque hay en la puesta en escena, en el vestuario de Yves Saint Laurent también, una especie de look publicitario que no beneficia a la historia. Uno de los elementos más interesantes de la obra original era situar la acción a finales de los sesenta y principios de los setenta, haciendo que esta búsqueda de liberación de la protagonista tuviera asimismo un contexto de liberación universal de la mujer. Esta circunstancia de alguna manera desaparece de la película, lo que le resta cierta eficacia. Suzanna Andler es una adaptación correcta, bien interpretada, pero no especialmente cautivadora.    


04 febrero, 2021

Rotterdam 2021 - Parte 2: Encajar en la sociedad

Continuamos repasando la programación del Festival Internacional de Cine de Rotterdam. Una muestra que nos propone un buen puñado de títulos de estreno mundial que habitualmente terminan pasando por muchos de los festivales que se celebran a lo largo del año. Enfocados en las principales secciones competitivas, traemos a continuación nuestra visión de las películas más relevantes del festival de Rotterdam, cuya celebración este año es exclusivamente online en el mes de febrero y presencial en el mes de junio. 

Tiger Competition

Una de las producciones nórdicas más esperadas es Gritt (Itonje Søimer Gutormsen, 2021), película noruega que nos presenta a un personaje complicado en su representación y en su interpretación. Pero tanto la directora como la actriz Brigitte Larsen, que realiza uno de los trabajos más profundamente psicológicos que hemos visto en mucho tiempo, ya conocían al personaje de un proyecto anterior, el cortometraje Retrett (Itonje Søimer Gutormsen, 2016) y existía una cierta necesidad por desarrollarlo más. La idea en principio es la de presentar una trilogía sobre el personaje que comenzó con el corto y terminará en un próximo largometraje. Gritt es una joven actriz que trata de encontrar un sitio dentro del movimiento artístico independiente de Oslo, pero cuyos proyectos nunca reciben el apoyo económico necesario. De alguna forma, ella vive un proceso de inmadurez que la lleva a tomar decisiones poco acertadas, a mantener una vida inestable sin ni siquiera tener un lugar donde dormir, después de que su tía decida vender su casa (su madre vive en Gran Canaria sin que sepamos muy bien si tiene contacto con ella). 

Al comienzo de la película vemos a la protagonista en Nueva York acompañando a una directora de teatro con síndrome de Down que parece tener una vida más estable. En esta primera imágenes tenemos la sensación de que el trabajo de dirección discurre por caminos igual de pedantes que el mundo cultural que se nos describe con cierta ironía. Pero poco a poco nos vamos dando cuenta de que esta cámara en continuo movimiento refleja el estado mental de la protagonista, cuya degradación paulatina irá acompañando también, haciéndose la imagen cada vez más inestable, utilizando el formato de Super 8 en el momento de crisis emocional de Gritt. Es una película valiente y arriesgada, porque resulta difícil empatizar con la protagonista, que es manipuladora, mentirosa, arribista y desequilibrada. Pero el excepcional trabajo de Birgitte Larsen, joven actriz que proviene del Teatro Nacional de Oslo, consigue que como espectadores encontremos un punto de conexión con el personaje, aunque a veces la veamos como ese amigo que mira con impotencia cómo una persona cercana está haciendo el ridículo constantemente. La película propone una interesante reflexión sobre la "normalidad", sobre la forma de encajar en una sociedad cuando ésta no tiene instrumentos de apoyo. El problema del personaje no está tanto en su personalidad dispersa sino en la forma en que constantemente es  malinterpretada o ninguneada en su intento de encontrar un espacio propio. 

En la competición principal de Rotterdam encontramos dos películas que son irregulares por razones contrarias: una porque predomina lo visual sobre la narrativo, y la otra porque predomina lo narrativo sobre lo visual. The edge of daybreak (Taiki Sakpisit, 2021) es el primer caso. Presentada en un absorbente blanco y negro, lleno de texturas, se trata de una película tailandesa que nos acerca a la última noche que pasa un político en una casa antes de ser obligado a exiliarse tras el golpe de estado ocurrido en 2006. La película conecta con otro de los momentos de violencia que sufrió el país en los años setenta, y muestra las consecuencias de esta inestabilidad política constante. El director describe su película como un paisaje mental, una descripción de la zozobra de un país que al mismo tiempo influyó en la crisis mental que sufrió parte de su propia familia. 

Se trata por tanto de una película que tiene lecturas profundas en sus imágenes casi de ensueño, en su construcción como puzzle psicológico, pero que precisamente por este deseo de expresar a través de las imágenes pierde algo de la narrativa. Y, en esta representación que resulta fascinante desde el punto de vista visual, en la que se nota la minuciosidad que ha puesto el director en la puesta en escena, en la colocación de elementos que seguramente tienen una interpretación simbólica, se difumina la claridad en la exposición de los hechos que narra. Es una película absorbente en sus imágenes, pero distante en su conexión con el espectador. 

Por otro lado, la película Friends and strangers (James Vaughan, 2021) se sostiene principalmente en los diálogos para proponer un retrato nada complaciente de la sociedad australiana. O por lo menos de una parte de esa sociedad, la que se mueve entre obras de arte y personajes con cierto aire snob, lo que se se denomina la clase intelectual "ennui" (la que se recrea en el aburrimiento). El director se refleja en el protagonista, un joven que parece estancado en una vida sin demasiado rumbo, rodeado de lujos que sin embargo no resultan nada atractivos. Se construye una comedia dramática, seleccionada en la pasada edición del Festival de Rotterdam, que se basa principalmente en unos diálogos tampoco excesivamente ingeniosos, incluso en muchos momentos intrascendentes. El hecho de contar con actores no profesionales no ayuda tampoco a dar naturalidad a los personajes, teniendo en cuenta su pretenciosidad verborreica. De alguna manera, el director pretende construir situaciones que pueden resultar incómodas para los personajes, como cuando el protagonista visita una casa junto al puerto y de fondo se escucha constantemente una música disonante, que proviene de la casa de un vecino. Se establece así una sensación de irrealidad absurda, incluso molesta. Pero al final tenemos la sensación de que la película es precisamente aquello sobre lo que pretende ironizar.

Big Screen Competition

Otra producción australiana es Lone wolf (Jonathan Ogilvie, 2021), que adapta libremente la novela de Joseph Conrad El agente secreto (1907), llevada al cine y la televisión en varias ocasiones. En este caso, el director y guionista sitúa la acción en un futuro cercano y reflexiona sobre la constante monitorización de todos nuestros actos. Para ello, cuenta la historia únicamente a través de cámaras de seguridad, de cámaras de vigilancia o de cámaras de móvil. Es, por tanto, una representación de la realidad que se muestra desde un entorno digital. Este recurso, que está justificado solo relativamente, sin embargo está utilizado con inteligencia, componiendo un puzzle de imágenes que consigue narrar la historia con cierta claridad. Pero al final también se convierte en su peor enemigo, porque el recurso visual acaba siendo limitado y repetitivo, y previene de una mayor implicación, sobre todo en los momentos más dramáticos. El director además introduce algunos cambios en la historia, que casi parecen enfocados a un empoderamiento femenino, que no terminan de resultar acertados. 

La directora japonesa Yukiko Sode logró una cierta repercusión internacional con su primer largometraje, Mime-mime (Yukiko Sode, 2008), y ahora presenta en Rotterdam su tercera película, Aristocrats (Yukiko Sode, 2021), basada en una novela de Mariko Yamauchi. Las protagonistas son dos mujeres que pertenecen a clases sociales diferentes: una es de buena familia y está presionada constantemente para que encuentre un marido; la otra es una chica humilde que aspira a una vida mejor. Ambas estudiaron juntas, pero no es hasta pasados muchos años cuando retoman su relación y, por circunstancias, también comparten al mismo hombre. El que será futuro marido de la primera ha sido amante de la segunda. La directora muestra esta diferencia de clases de forma clara, deteniéndose en los detalles de la presión emocional que sufren ambas por distintas razones. 

Pero Aristocrats es una especie de cuento al revés. Es la mujer de clase social alta la que envidia la vida de la joven más humilde. Ambas son retratadas de forma diferente: mientras la primera lo ve todo a través de una burbuja, representada en las ventanillas de los taxis que utiliza para desplazarse por la ciudad, o en los ventanales de las restaurantes de lujo, la segunda tiene un contacto más directo con el paisaje urbano y humano, se desplaza en bicicleta, camina por la calle... Pero lo más interesante de la película es cómo se va construyendo lentamente una recuperación de la relación entre ambas, una amistad que se va haciendo cada vez más impenetrable, y que permite a ambas huir de sus propias vidas. Aristocrats es un hermoso homenaje a la amistad de las mujeres, a la liberación de un entorno eminentemente patriarcal. 

Limelight

La directora norteamericana Kelly Reichardt recibe este año el Premio Robby Müller, que reconoce a aquellos cineastas que tienen un lenguaje visual propio. Y precisamente su última película, la magnífica First cow (Kelly Reichardt, 2019), que ganó el Premio a la Mejor Película en el pasado Festival Internacional de Cine de Gijón, participa en esta sección. Sin duda, es una directora que merece el reconocimiento gracias a su profunda y particular visión de personajes marginales en los Estados Unidos, en títulos como Old Joy (2006), que ganó el Premio Tiger en Rotterdam, Wendy y Lucy (2008), su anterior revisión del western en Meek's Cutoff (2010) o ese reflejo de la mujer en la América profunda que nos presentó en Certain women: Vidas de mujer (2016). Esta tarde precisamente hay un encuentro digital abierto al público  con la directora Kelly Reichardt. Este año debería ser su definitivo reconocimiento en la carrera hacia el Oscar, pero la ausencia de First cow en las nominaciones a los Globos de Oro parece que es un mal presagio. 

El director de origen iraní pero residente en Holanda desde 1988 Kaweh Modiri, es uno de los jóvenes cineastas a los que el Festival de Rotterdam ha seguido la pista desde hace tiempo, programando sus cortometrajes y presentando su debut en el largometraje, Bodkin Ras (Kaweh Modiri, 2016). Este año incluye en esta sección su segunda película, Mitra (Kaweh Modiri, 2021), un thriller político que toma como base un hecho real ocurrido en su familia: su hermana fue ejecutada en Irán antes de que él naciera. En este caso, la protagonista es Haleh, una mujer que huyó a Holanda después de que se hija fuera traicionada por una amiga y ejecutada por sus actividades en contra del régimen. Años más tarde, Haleh cree reconocer a la mujer que traicionó a su hija, que ahora es madre soltera en Holanda, y planea una venganza. 

El dilema que plantea la película es si realmente la protagonista ha reconocido a la persona correcta, si los recuerdos traumáticos de alguna forma han nublado su capacidad para poner cara a quien provocó la muerte de su hija. Es un planteamiento interesante, que el director muestra con eficacia, aunque algunas de las situaciones puedan resultar algo forzadas, sobre todo en la relación de la madre con la supuesta traidora. Pero el director consigue un drama político que tiene fuerza, contrastando una fotografía oscura que muestra los suburbios de una ciudad holandesa con el tono azulado, pero nunca luminoso, de los flashbacks hacia el año 1982 que van contando la historia de madre e hija en Irán.  


03 febrero, 2021

Gotemburgo 2021 - Parte 3: La soledad

A lo largo de esta semana alternamos la cobertura de los festivales de Gotemburgo y Rotterdam. En esta tercera crónica del festival sueco, una de las principales citas con el cine en los países nórdicos, nos acercamos a otra serie de películas que forman parte de sus diferentes secciones. En realidad, si repasamos la programación del Festival de Gotemburgo, hay varios títulos que pasaron por la Sección Oficial de la Mostra de Venecia. En nuestra crónica de hoy repasamos algunas de estas películas que estuvieron en el festival italiano y que ahora se pueden ver en Gotemburgo.

Competición Internacional

Seleccionada por Bosnia como su representante para el Oscar a Mejor Película Internacional, Quo Vadis, Aida? (Jasmila Žbanić, 2020) pasó también por la Sección Oficial de la Mostra de Venecia 2020, y está presente asimismo en el Festival de Rotterdam. La película abunda en un tema varias veces tratado por la directora, como por ejemplo en la ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín Grbavica. El silencio de Esma (Jasmila Žbanić, 2006). De alguna manera, la directora bosnia, que fue víctima en primera persona de la pesadilla de la guerra, ha decidido convertirse en voz de los supervivientes. Y en su última película lo hace de forma clara y contundente. Crónica de la masacre de Srebrenica, donde más de 8.000 ciudadanos de origen musulmán fueron asesinados bajo las órdenes de Ratko Mladić, el "carnicero de Bosnia", ante la pasividad de la ONU, que supuestamente estaba desplazada a la zona para garantizar su seguridad. Los esfuerzos de una mujer bosnia que trabaja como traductora para los mandos de la ONU, para evitar que su propia familia sea "liberada" hacia lo que sin embargo es un exterminio, es el centro del argumento. 

Con una interpretación emocionante de la actriz Jasna Djuricic, el espectador participa de la desesperación de esta madre que trata de salvar a su familia ante la inoperancia de la ONU, aquí de alguna forma ridiculizada frente a la arrogancia del Ejército de la República Srpska, comandada por Mladić. Cierto es que la película no tiene matices en la descripción de los personajes, y en este sentido puede ser maniquea y algo burda, pero también es cierto que nos resulta fácil aceptar el maniqueísmo en las películas sobre el nazismo mientras pedimos una mayor equidistancia cuando se trata de otros conflictos más recientes. Aunque durante mucho tiempo parecía exagerado hablar de genocidio en Srebrenica, finalmente se pudo calificar como lo que es. La directora adopta un punto de vista muy claro, una mirada llena de rabia que se transmite a la pantalla, a la representación de la indefensión y, sobre todo, de la incapacidad de la comunidad internacional para evitar una masacre. Es una película rotunda, necesaria para comprender el verdadero terror del genocidio, con un ritmo frenético que subraya la desesperación de la protagonista, y a la que quizás le sobra un epílogo que parece querer suavizar un final que hasta entonces nos deja petrificados. 

También en la Sección Oficial de Venecia estaban Queridos camaradas (Andrei Konchalovsky, 2020), que hemos comentado en nuestra primera crónica del Festival de Rotterdam, y Never gonna snow again (Małgorzata Szumowska, Michał Englert, 2020), que también representa a Polonia como candidata al Oscar a Mejor Film Internacional. El último proyecto de la directora polaca, conocida por títulos como Mug (Małgorzata Szumowska, 2018), y que el año pasado realizó un hermoso cortometraje, Nightwalk (Małgorzata Szumowska, 2020), para la marca de moda Miu Miu, se adentra en esta ocasión en una historia que tiene un cierto aire mágico a través de su personaje principal, un masajista nacido pocos días después del accidente de Chernobyl y dotado de ciertos poderes especiales, que trabaja como sanador del cuerpo (pero también del alma) en una urbanización de lujo. Hay una cierta sensación de extrañeza a lo largo de la película, un cierto toque de fantasía que nos remite especialmente a la película Under the skin (Jonathan Glazer, 2013).

La directora firma esta historia junto a su director de fotografía, Michał Englert, que ha trabajado con ella en casi toda su filmografía, como otorgándole el valor de una labor espléndida, una construcción de imágenes sugerentes, hermosas y llenas de ensoñación, especialmente en las escenas que recrean el mundo interior de los personajes. En realidad, no se explican muchas cosas sobre el personaje principal, y sobre todo en el tramo final los elementos mágicos acaban absorbiendo la narrativa tradicional, pero la película tiene en su conjunto un toque de cine fantástico, de universalidad en su propuesta, que la hacen la más asequible de las que ha realizado Małgorzata Szumowska hasta la fecha. A la que hay que alabar su capacidad para no estancarse en una forma concreta de hacer cine, sino ir abriendo nuevos caminos en cada proyecto. 

Otra de las películas candidatas a los Oscar, esta vez representando a Costa de Marfil, es Night of the kings (Philippe Lacôte, 2020), un espléndido ejercicio de tensión constante que en cierto modo reinterpreta "Las mil y unas noches", para convertir al protagonista en una especie de Sherezade que debe mantener vivo el interés de un relato durante toda una noche, y evitar así que los presos que gobiernan la prisión de La Maca acaben con su vida. De esta forma, el director convierte una película carcelaria en una propuesta diferente, que se construye sobre diferentes capas narrativas que mezcla con inteligencia. Y consigue introducir en un espacio cerrado algunas de las principales características de la tradición africana: creencias, supersticiones, leyendas, política, violencia... Esta capacidad de síntesis es el mayor éxito de una película que tiene una hermosa fotografía, así como una gran intensidad y contundencia en las imágenes.

Voyage

El director malayo Tsai Ming-Liang ha conseguido a lo largo de su breve filmografía algunos de los premios principales de los festivales más reconocidos, como el Oso de Plata en Berlín o el León de Oro en Venecia. Days (Tsai Ming-Liang, 2020) es su última película, que sigue en cierta manera una proceso de limpieza de un estilo cinematográfico que cada vez es más desnudo, pero también es cierto que cada vez más difícil de digerir. Al comienzo de esta historia de más de dos horas, se nos advierte que la película no contiene subtítulos como una decisión artística. De hecho, en realidad casi no hay diálogos y los que hay tampoco necesitan entenderse. Es uno de los elementos de los que se desprende el director, que no necesita de texto, y que rodó prácticamente sin guión, con un equipo reducido formado por él y su director de fotografía. 

Days está formado por largos planos estáticos que muestran la monotonía de la vida de los dos protagonistas, a los que conocemos, aunque en realidad habría que decir contemplamos. Uno de ellos es un hombre que sufre una dolencia en el cuello (que de hecho sufría el actor Lee Kang-Sheng realmente durante el rodaje), mientras que Non es un joven tailandés que se gana la vida como prostituto. Ambos se encuentran en una habitación de hotel donde el hombre es sometido a un masaje con final feliz, una escena larga, seductora pero que al mismo tiempo desprende una sensación de desolación, que sobrevuela toda la la historia. Son dos personajes solitarios en una de las secuencias eróticas más tristes que se han filmado. La película, al final, plantea na especie de proceso de sanación que no es solo física, sino también emocional. Tsai Ming-Liang comenzó con Stray dogs (2013) una huida de los convencionalismos narrativos, una tendencia hacia un cine cada vez más puro. 

Competición Nórdica

En la sección dedicada a las producciones de los países nórdicos participa la que quizás podría considerarse como una de las películas de 2020, que seguirá teniendo estela a lo largo de este año. Otra ronda (Thomas Vinterberg, 2020) consiguió los premios del Cine Europeo como Mejor Película, Dirección, Guión y Actor, y la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián, además de ser la película que representa a Dinamarca entre las candidatas al Oscar a Mejor Film Internacional. Protagonizada por Mads Mikkelsen, plantea un dilema moral cuando cuatro profesores deciden poner en marcha una especie de experimento, en el que cada uno de ellos tiene que mantener una determinada tasa de alcohol constante en su cuerpo. O lo que es lo mismo, conseguir un estado de embriaguez que les permita la suficiente desinhibición como para mejorar su capacidad tanto profesional como personal.

El cuarteto de actores realiza un trabajo notable, pero sobre todo brilla Mads Mikkelsen con el personaje más rico emocionalmente, un tipo aburrido, que ha tirado la toalla, y que se agarra a este experimento para tratar de conseguir resucitar de su apatía vital. Cierto es que el tercer acto es algo moralista, sin llevar el planteamiento hasta sus últimas consecuencias. Pero también es verdad que en el propósito de la película está sobre todo proponer una salida al estado depresivo a partir de uno mismo, sin necesidad de elementos externos. Pero, sobre todo, Otra ronda está realizada con humor, con una humanidad que la convierten en un perfecto revulsivo cinematográfico. 

También desde Dinamarca se presenta Persona non grata (Lisa Jespersen, 2021), otra comedia dramática que acompaña a una joven escritora que ha tenido cierto éxito con un libro en el que relata su infancia en un pequeño pueblo. La protagonista prácticamente salió huyendo de una vida rural que para ella fue una pesadilla, sufriendo acoso por parte de una compañera del colegio. Cuando regresa para la boda de su hermano, comprueba que es esta misma compañera la que se va a convertir en su cuñada, y de alguna manera regresa a su memoria todo aquello que la hizo salir de su hogar. Pero también se da cuenta de que no es posible vivir constantemente en el pasado, que necesita madurar para entender que ya nada es como antes. 

La película utiliza bien sus herramientas para conformar una comedia de contraposición entre la vida en la ciudad y la vida en el campo, más tradicional. Pero en ambas hay una cierta necesidad de apariencia frente a los demás, una por tratar de encajar en una sociedad competitiva, y otra por evitar los comentarios de los vecinos. La directora y co-guionista maneja bien el ritmo de un tipo de comedia muy nórdica, esa que esconde tras el humor un contenido mucho más dramático, aunque no evita los lugares comunes de este tipo de contrapuntos: los habitantes de la ciudad son vegetarianos y algo idiotas, mientras que los rurales son más rústicos pero tienen buen corazón.  

Competición Ingmar Bergman

En el drama chino Mama (Li Dongmei, 2020) la realizadora debutante hace un homenaje a su madre, pero también a la vida en una pequeña aldea cuando era niña. En este caso no hay reproches, sino una cierta nostalgia que se representa en la descripción de siete días en la cotidianeidad lánguida de su familia, cuando ella tenía solo 12 años, y en la pérdida del eje fundamental de este núcleo familiar. La madre es, por tanto, la que mantiene esta vida familiar ante la ausencia del padre, que se encuentra lejos trabajando. Y hay detalles que son interesantes en esta sucesión de momentos de la infancia, retratados con esmero y con la participación de los habitantes de esta aldea, lo que aporta una naturalidad casi de documental. El problema es que en el desarrollo de esta larga película de más de dos horas en el que asistimos al nacimiento y a la muerte hay, sin embargo, una cierta distancia (la cámara siempre alejada) que nos impide participar como espectadores más allá de la mera observación.  

También hay una contraposición entre la vida tradicional de un pequeño pueblo pesquero y la llegada de un joven escultor con mentalidad de ciudad en la producción de Bangladesh The salt in our waters (Rezwan Shahriar Sumit, 2020). El director debutante consiguió una beca de Berlinale Talents en 2008 gracias a un documental que realizó con la cámara de un amigo, y ha estudiado cine en Nueva York, donde actualmente reside. Por tanto, su formación cinematográfica es más occidental, lo que se nota en su mirada inquieta hacia su propia tierra. 

El enfrentamiento que provoca la llegada de este escultor, al que el presidente de la comunidad de pescadores acusa de ser el responsable de la falta de pesca por su creación de imágenes que molestan a Alá, es la base principal de esta historia en la que se contraponen ciertas tradiciones basadas en la religión como caldo de cultivo para la ignorancia y el control de las personas. En este sentido, la película se desarrolla por un camino que resulta ya conocido, y que aquí se hace algo maniqueo. Pero el director tiene una capacidad especial para extraer la belleza del entorno, para componer planos que resultan hipnóticos. Y acaba siendo una películas muy bella en lo superficial pero poco certera en lo narrativo.   

Focus: Social Distance

El reconocido fotógrafo inglés Alistair Morrison decidió enfrentarse al confinamiento haciendo todo lo contrario a lo que teóricamente implica. En vez de aislarse, aprovechó para conectar con más personas a través de su ordenador en el estudio en el que trabaja. Así surgió el proyecto Time to pause (Alistair Morrison, 2020), que consistía en realizar fotografías a 1000 personas a través de la pantalla de su ordenador. Y al mismo tiempo mantener conversaciones con ellos y ellas en torno a lo que suponía este aislamiento debido a una enfermedad como el coronavirus. Estas fotografías son un proyecto de exposición, pero también se recogen en este documental que en cierta manera es una presentación del proyecto. Esta necesidad de evitar el aislamiento a través de la conexión constante con otras personas es la idea más interesante de esta propuesta. 

Como documental, de alguna manera resulta casi una mirada que acaba siendo efímera, que va construyendo un desarrollo paulatino en torno a quienes se han estado enfrentado a esta enfermedad como pacientes o como médicos. Y también se recoge el testimonio de quienes han visto cómo la enfermedad ha provocado la muerte de sus allegados. Aunque es un recorrido que no plantea un acercamiento diferente al que hemos visto en otros documentales sobre el tema, contiene una mirada humana, una vitalidad emocional que acaba siendo su mayor virtud. Como curiosidad, en este proyecto fotográfico-documental participan algunos reconocidos actores y actrices como David Suchet o Brian Cox. 


Otra ronda se estrena en España el 9 de abril. 


02 febrero, 2021

Rotterdam 2021 - Parte 1: La política de las emociones

El Festival Internacional de Cine de Rotterdam es una de las principales citas cinematográficas europeas de principios de año. Y fue uno de los pocos que en 2020 pudieron tener una edición presencial más o menos normalizada, antes de la llegada de todos los confinamientos. Pero la situación este año no ha mejorado (todo lo contrario en países como Holanda) y finalmente la organización ha decidido llevar a cabo una edición híbrida en dos fases: la primera exclusivamente online del 1 al 7 de febrero (que seguiremos a lo largo de toda esta semana, junto a la programación del Festival de Gotemburgo), y la segunda, que espera ser presencial, entre el 2 y el 6 de junio. Esta propuesta ya la inició el año pasado Sheffield Docs, que se convirtió en un festival de seis meses de duración entre online y semipresencial, y después ha sido tomada también por festivales como Rotterdam y Berlín. 

Inauguración

La producción en los países nórdicos no parece haber sido afectada por la llegada del coronavirus, y su fortaleza se muestra en una presencia importante en la programación de Gotemburgo, por supuesto, pero también en Rotterdam. La película que inauguró ayer la cita cinematográfica holandesa es Riders of justice (Anders Thomas Jensen, 2020), una producción danesa que tiene en su reparto a algunas de las principales del cine danés, como Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas o Lars Brygmann. Anders Thomas Jensen es probablemente uno de los guionistas más reconocidos de su país, con títulos como Adam's apples (Anders Thomas Jensen, 2005), Después de la boda (Susanne Bier, 2006), e incluso adaptando la novela de Stephen King La torre oscura (Nikolaj Arcel, 2017). Sus guiones están llenos de personajes que se mueven en una cierta irrealidad, utilizando el tono de comedia dramática para elaborar historias complejas. Pero en Riders of justice ha conseguido uno de sus trabajos de mayor madurez, un thriller en tono de comedia negra que en algunos momentos tiene un cierto aire al cine de los hermanos Coen. 

La película habla de las consecuencias de nuestros actos, pero también de las casualidades. Cuando una bicicleta es robada al principio de la historia, es difícil imaginarse el cúmulo de acciones que este hecho aleatorio va a provocar. Poco después, se produce un aparente accidente en un tren en el que mueren varias personas, entre ellas la esposa del personaje al que interpreta Mads Mikkelsen, cuya hija adolescente sobrevive al accidente. Ambos lidian el duelo de forma diferente, casi diríamos que inmaduro en ambos. El actor danés interpreta aquí a un personaje que tiene una profunda herida interior, que solo podrá sanarse a través de la violencia. Ocasión propicia cuando tres geeks paranoicos que afirman haber encontrado pruebas de que el accidente ha sido provocado. 

El director y guionista maneja perfectamente la mezcla de géneros: el thriller con dosis de violencia, el humor muy negro y cierto dibujo absurdo de los personajes, consiguiendo la que posiblemente sea su mejor película. En esta ocasión le corresponde a Nikolaj Lie Kaas interpretar al personaje más desquiciado, al líder de un trío de tipos raros que de alguna manera encajan mal en la sociedad. Pero también se puede decir algo parecido de Mads Mikkelsen, del soldado que se guarda las emociones y que se encuentra fuera de su zona de confort (la guerra) cuando debe regresar a su hogar. Al final la película habla con eficacia de personajes inadaptados, pero también de esos hechos fortuitos que pueden ser relevantes en nuestras vidas. El trasfondo, la época navideña, sirve también para situar la acción en un entorno que parece idealizado, en un momento en el que es todavía más difícil encajar en nuestra sociedad. 

Limelight

Riders of justice (Anders Thomas Jensen, 2020) está también incluida en esta sección, que recoge una panorámica de títulos destacados no competitivos. De Dinamarca también proviene Shorta (Frederik Louis Hviid, Anders Ølholm, 2020), un contundente thriller policial que no parece un debut, y que sabe manejar con inteligencia los tiempos, con una tensión constante. Ser debutantes en el largometraje no significa no tener experiencia, porque Frederik Louis Hviid ha trabajado como asistente de dirección en la aclamada serie danesa Algo en que creer (DR, 2017-), junto al actor Simon Sears, uno de los protagonistas de esta película. Desde la primera escena se ponen las cartas sobre la mesa: un joven africano es sostenido por dos policías en el suelo mientras grita que no puede respirar. Esta referencia directa al caso de George Floyd en Estados Unidos se convierte en el eje principal sobre el que se desarrolla la historia cuando dos policías, en medio de una creciente tensión racial, se introducen en el barrio marginal de Svalegården, una ubicación inventada pero que recuerda al controvertido gueto de Mjølnerparken, a las afueras de Copenhague. La palabra "shorta" significa "policía" en árabe. 

Los dos policías protagonistas representan dos arquetipos que de alguna manera se irán deconstruyendo paulatinamente. Los directores convierten el barrio en una especie de trampa mortal que acaba siendo también una catarsis para cada uno de los personajes. Especialmente el que interpreta Jacob Lohman, que tiene una evidente actitud racista. Pero también iremos descubriendo la razón verdadera por la que ambos han sido designados juntos para patrullar las calles en un día especialmente tenso, mientras el joven africano se debate entre la vida y la muerte en el hospital, y su fallecimiento puede provocar un estallido de violencia (otro) en la ciudad. Aunque la película tiene una clara influencia del cine norteamericano en su estética, en ese espléndido trabajo de fotografía que tiene claros referentes de Heat (Michael Mann, 1995), con algunas secuencias de acción bien rodadas, el interés está más en el retrato psicológico de los personajes y de la marginalidad, más cercano en este sentido a El odio (Mathieu Kassovitz, 1995). Y poco a poco se van desprendiendo (y nos van desprendiendo a los espectadores) de esa envoltura del arquetipo, del bueno y el malo, y del cazador que acaba siendo cazado. Es una película poderosa, inteligente y reflexiva, a pesar de su aspecto de cine de género.    

Cine político sin disfraces es Queridos camaradas (Andrey Konchalovsky, 2020), que consiguió el Premio Especial del Jurado en la pasada Mostra de Venecia. Rodada en blanco y negro y con formato 4:3, como su película Paraíso (Andrei Konchalovsky, 2016), el veterano director se centra en una matanza que tuvo lugar en Novocherkassk en 1962, durante una huelga de trabajadores a la que el régimen de Brezhnev respondió con dureza. La protagonista, interpretada por la esposa del director, Yuliya Vysotskaya, habitual en sus últimas películas, es miembro del Partido Comunista y apoya la represión a los trabajadores hasta que una de las afectadas es su hija, que acaba desaparecida. En su búsqueda, se hace presente la conciencia del autoritarismo, pero ella está tan imbuida en la cultura comunista que solo llega a añorar el régimen de Stalin. 

Konchalovsky habla del comunismo desde el punto de vista de sus cómplices, del silencio frente a la opresión, de la postura de no saber o no querer saber. La película tiene un ritmo constante, desde la preparación de la respuesta militar a la huelga de trabajadores hasta la búsqueda que inicia la protagonista junto a un oficial de la KGB para tratar de encontrar a su hija. De alguna manera, el director hace una constante referencia a la bondad, a pesar del apoyo al régimen. El oficial de la KGB, cuando son interceptados por un teniente especialmente rígido en la prohibición de salir de una ciudad con toque de queda, le justifica diciendo que es una buena persona. Pero muchas buenas personas pueden alimentar a un monstruo represor y violento. Quizás el formato 4:3 no es el más adecuado para contar esta historia, lo que provoca ciertos encuadres extraños y una puesta en escena que en algunos momentos parece de cartón piedra. Pero Konchalovsky consigue realizar una película profundamente política que al mismo tiempo remite al cine de Sidney Lumet. 

Tiger Competition

La presencia del cine español en el Festival de Rotterdam es importante cada año, con alguna película especialmente destacada en la secciones competitivas. Si Finisterrae (Sergio Caballero, 2010) consiguió el Premio a la Mejor Película, el año pasado El año del descubrimiento (Luis López Carrasco, 2020) también debutó en este festival. La selección de Rotterdam se centra más en producciones que encuentran una narrativa diferente a la tradicional. En esta edición, Destello bravío (Ainhoa Rodríguez, 2021) se convierte en la principal representante de nuestro país en la muestra cinematográfica. Una visión muy particular de la despoblación del mundo rural a través de una pequeña localidad extremeña que se debate entre las tradiciones y la modernidad. Los jóvenes han desaparecido, porque han emigrado y han dejado el pueblo habitado solo por personas mayores. Este pueblo despoblado acoge por tanto a una generación que se enfrenta con dificultad a una sociedad cambiante.

La directora debutante utiliza actores no profesionales y construye una historia sin historia, una sucesión de diálogos y escenas con cierta tonalidad surrealista que a veces nos recuerda a Fellini y en otras se hace casi buñueliana, en especial en una merienda en la que unos dulces bañados de miel provocan una especie de éxtasis. Sobrevuela en el ambiente, en especial a través del diseño de sonido, que parece de otro mundo, que elabora una banda sonora casi de cine fantástico, una cierta sensación de irrealidad en el pueblo. Lo que plantea la película, a través de sus personajes, y especialmente de Cita, que aunque no es exactamente protagonista, sí es la que tiene un desarrollo más claro, es una búsqueda constante de una razón de ser en medio de una sociedad que los ha apartado. Hay, si se quiere, mucha poesía en las imágenes o, si se quiere, algo de realismo mágico. Pero sobre todo Destello bravío es una película difícil de etiquetar.  

En la sección oficial del festival de Rotterdam compiten tanto ficción como documental. Entre estos últimos, Landscapes of resistance (Marta Popivoda, 2021) construye una mirada a la Europa del pasado en conexión con la Europa del presente. La protagonista es Sonja Vujanović, una anciana de 97 años que fue una de las primeras partisanas que luchó contra el fascismo y acabó recorriendo varios campos de concentración. A sus 97 años, Sonja recuerda su traslado al campo de concentración de Auschwitz, y muestra, desde la fragilidad que provoca la edad, la fortaleza que la llevó a convertirse en una líder. Al mismo tiempo, la directora aporta su punto de vista, a través de textos, sobre el peligro del crecimiento de los movimientos fascistas en Europa. A través de las palabras de Sonja, se nos advierte de lo que ocurrió para que no vuelva a ocurrir.

Aunque la protagonista está presente en varias escenas, la directora se centra desde el punto de vista visual en la exploración del paisaje, o de los paisajes: un campo de amapolas, el viento moviendo la hierba, una pared resquebrajada, o las arrugas en la piel marchita de Sonja, que conforman también una especie de paisaje abrupto, marcado por el paso del tiempo. El presente, ese peligro del nuevo fascismo, que toma formas homófobas y xenófobas, está representado a través de algunos textos y dibujos de la co-guionista Ana Vujanović, nieta de Sonja y compañera sentimental de la directora. Ambas, como activistas queer, como se definen a sí mismas, realizan un homenaje a la mujer que ha sido sepultada por esa construcción de la historia desde un punto de vista masculino. "Muchos héroes de la Segunda Guerra Mundial tienen estatuas en Yugoslavia. Algunas de ellas son mujeres. Pero ninguna es una superviviente de Auschwitz". En cierta manera, Landscapes of resistance y Destello bravío, con sus diferencias de género y de puesta en escena, conforman un díptico sobre la mujer frente al patriarcado. 

Big Screen Competition

En esta sección competitiva se presenta un panorama de películas inéditas que encajan dentro de una propuesta que reúne la narrativa tradicional con una forma más artística de contar historias. Aurora (Paz Fábrega, 2021) es la nueva película de la directora costarricense Paz Fábrega, que ganó el Tiger Award a la Mejor Película con su debut Agua fría de mar (Paz Fábrega, 2010). En esta ocasión se centra en una joven de 17 años que afronta su embarazo con un dilema constante entre qué hacer y a quién contárselo. Y recibe la ayuda de Luisa, una arquitecta que trabaja también ayudando en una escuela para niños, que le da cobijo y la acompaña, que ejerce de madre mientras la madre de la joven no sabe nada del embarazo. Esta ayuda altruista, bondadosa, esconde sin embargo una profunda desestabilización vital. Aunque la película se construye sobre la relación entre ambas, Luisa es sin duda el personaje más complejo y más atractivo. Ella, que tiene una vida aparentemente estable, se mueve en una mayor zozobra emocional que la joven. Mantiene una relación a distancia con un hombre que siempre está trabajando en otros países, afirma que prefiere los edificios con andamios, que ocultan la fealdad de la fachada. Su vida está sostenida en un andamiaje que también oculta el interior. 

En cierta manera, esto también la hace que sea más pragmática, que advierta a la joven de los peligros de ser una madre soltera, de la responsabilidad de cuidar a un bebé al que no quiere. Y esta relación entre las dos protagonistas es la base de una película que descansa en los detalles sutiles de una transformación que es vital pero también es emocional. Aunque se puede decir que la directora describe a sus personajes sin juzgarlos, dejándose llevar por la narrativa personal de dos mujeres que se entienden perfectamente a pesar de la diferencia de generación, también hay una cierta sensación al final de que el viaje nos lleva hacia una conclusión de alguna manera conservadora. 


Queridos camaradas se estrena en españa el 5 de marzo. 


01 febrero, 2021

Gotemburgo 2021 - Parte 2: Deseos y confinamiento

Nuestra segunda crónica del Festival de Gotemburgo nos lleva a varias producciones internacionales que tienen un espacio destacado en la programación de esta muestra cinematográfica. Cobertura que iremos alternando también con la del Festival Internacional de Cine de Róterdam, que comienza hoy y se desarrolla en formato online hasta el próximo 7 de febrero. La semana se presenta intensa en cuanto a películas y encuentros cinematográficos. A continuación hablamos de algunas de las que hemos podido ver en Gotemburgo durante este fin de semana. 

Competición Nórdica

La segunda película de Ronnie Sandahl como director, Tigers (Ronnie Sandahl, 2020) se presentó en los festivales de Busan y Roma. Más conocido por ser el guionista de Borg McEnroe (Janus Metz, 2017), este proyecto es la segunda parte de una trilogía centrada en el deporte que terminará con Perfect, sobre la gimnasta norteamericana Kerri Strug, que podría dirigir Olivia Wilde. Tigers está basada en la historia real del jugador de fútbol sueco Martin Bengtsson, que con dieciséis años fue contratado por el Inter de Milán para su equipo junior. El trabajo de Ronnie Sandahl como director consigue algunos recursos interesantes, como la utilización del "Recomposed by Max Richter" en algunas escenas deportivas. Pero cuando parece que la película sigue el relato convencional de un joven que alcanza el éxito profesional a muy temprana edad, comprobamos que al director y guionista no le interesan tanto los aspectos deportivos como las consecuencias psicológicas que la presión, la competitividad y el precio que hay que pagar para alcanzar este éxito, provoca en estos jóvenes. 

Poner precio a la figura de un adolescente puede hacer tambalearse su personalidad: "Yo valgo 500.000 euros; él no vale ni el precio de una cheeseburger", dice uno de los jugadores. Esta competitividad que se instaura entre los jóvenes se convierte pronto en todo lo contrario a lo que sería el espíritu deportivo. Cuando cada partido es una oportunidad para demostrar lo que cada uno vale, con la posibilidad de ser promocionado hacia el equipo principal, no hay espacio para el compañerismo: "Olvídate de jugar en equipo", aconseja al protagonista uno de los pocos amigos que consigue en la ciudad italiana. Pero esta aparente estabilidad económica también puede convertirse en nada cuando el rendimiento no es el que se exige. Dividida en cuatro partes que corresponden a las estaciones del año, y también al estado emocional del protagonista, la película consigue desprenderse de la narrativa convencional para ir construyendo poco a poco un estudio sobre la depresión. 

Competición Internacional

La decisión controvertida el año pasado de la Mostra de Venecia de celebrar a toda costa una edición presencial se notó en su programación, como también en San Sebastián o Valladolid. La imposibilidad de tener invitados internacionales hizo que al final se echara mano de producciones más locales, lo que puede explicar que una película no demasiado trascendente como Le sorelle Macaluso (Emma Dante, 2020) consiguiera estar presente en la Sección Oficial. Aunque también hay que decir que la directora ya fue seleccionada en la Mostra de Venecia con su anterior película, Via Castellana Bandiera (Emma Dante, 2013). Basándose en una obra teatral de aparente éxito en Italia, la historia tiene como protagonistas a cinco hermanas que viven en Palermo, y que deben afrontar una tragedia que acabará rompiendo con todos sus sueños y marcando sus años de madurez. El paso del tiempo es el que marca los tres actos de esta historia, el primero en la niñez, el segundo en la madurez y el tercero en la vejez. 


La estructura es tan simple como, desgraciadamente, el desarrollo de una trama que se afianza en la tragedia para construir la personalidad de las protagonistas. Hay una cierta recreación en este proceso de duelo que permanece a lo largo del tiempo, una tendencia a exprimir la tragedia para que sea aún más trágica. Si bien la directora consigue un retrato colorista de las hermanas en su niñez y adolescencia, y logra aprovechar el principal escenario, que es el apartamento en el que viven (las manchas en las paredes que dejan los muebles y los cuadros, como una ausencia que sin embargo sigue estando presente) al final esta descripción de la huella que deja la muerte en la vida acaba resultando trivial. 

Focus: Social Distance

La pandemia del coronavirus ya está presente en la programación de los festivales de cine. El Festival de Gotemburgo dedica esta sección a trabajos que se han realizado bajo las limitaciones de la pandemia, y también ofrece una sesión de cortometrajes realizados en confinamiento bajo el título "Lockdown Cinema". El director de Molecole (Andrea Segre, 2020) comenzó un proyecto que pretendía mostrar los dos grandes peligros que afrontaba la ciudad de Venecia, su ciudad: la masificación del turismo y el aumento de las mareas que provocaron inundaciones como la que tuvo lugar en 2o19. Pero al final se encontró todo lo contrario: una Venecia vacía debido al confinamiento y una marea inusualmente baja. De esta forma, el proyecto, que se presentó también en la pasada Mostra de Venecia, se modificó radicalmente y se convirtió en un retrato de una Venecia desconocida del presente que al mismo conecta con el pasado de un padre ausente a pesar de estar presente, debido a su trabajo. 

Esta conexión con el pasado es lo más interesante de un documental que, al contrario de otros trabajos del italiano Andrea Segre, no termina de encontrar el equilibrio entre lo que muestra y lo que esconde. Quizás esta indefinición, que se transmite a través de imágenes continuadas y algo repetitivas de los canales de la ciudad, de encuentros con una familia de gondoleros que tampoco llevan a ninguna parte, está motivada por esa modificación radical de los objetivos de la película. Es, sin duda, hermosa una Venecia vacía, en la que solo los venecianos (los pocos que viven y trabajan allí) pasan a veces por delante de la cámara, cuando el gobierno aún no había decretado el confinamiento. Es hermoso y extraño ver la Plaza de San Marcos solitaria. Pero también esta soledad provoca una cierta sensación de vacío en la película. "Como dicen los chinos: Si se te casas, serás feliz durante una semana; si matas un cerdo, serás feliz durante un mes; si aprendes a pescar, serás feliz toda la vida".

Voyage

Esta sección panorámica ofrece una variada lista de producciones internacionales que incluye la única representación española en el Festival de Gotemburgo. La boda de Rosa (Icíar Bollaín, 2020), que hace poco ha recibido ocho nominaciones a los Premios Goya, entre ellos los de Mejor Película y Directora, es una película sobre la reivindicación personal que tiene mejores intenciones que resultados. Se parte de una premisa simple que necesita la complicidad del espectador para aceptar la inverosimilitud de la propuesta. Pero esto también requiere una construcción dramática que la despoje de rareza e incoherencia. Ni el guión ni la dirección lo hacen, incapaces de crear una atmósfera que evite la sensación de que el mensaje está por encima de la historia.

El director alemán Christian Petzold es objeto de una pequeña retrospectiva de tan solo dos títulos, con ausencia de la que es quizás su mejor película, Yella (Christian Petzold, 2007). En esta sección se incluye también Undine (Christian Petzold, 2020), su muy aclamado último film que consiguió el Premio FIPRESCI y el Premio a la Mejor Actriz en el Festival de Berlín 2020. Construyendo un personaje fascinante entre la realidad y la ficción, el director se adentra en el pasado y el presente, en una Alemania reunificada, necesitada de apego como la protagonista. Pero el desarrollo de la historia termina siendo demasiado tosco, demasiado superficial a pesar de su pretensión de profundidad. 

Más interesante nos parece el documental personal Mon amour (David Teboul, 2020), que ya comentamos en su paso por Sheffield Docs en nuestro post La representación de la ausencia. Uno de los mejores documentales del año pasado, sus casi tres horas suponen un proceso de duelo convertido en película, que recuerda la ausencia del ser amado e intenta encontrar en los paisajes helados de Siberia otras historias de amor que, de alguna manera, apacigüen el sentimiento de culpa.

2121

Parafraseando el año en el que nos encontramos, el proyecto 2121 (Varios directores, 2021) reúne a varios destacados cineastas suecos para desarrollar una serie de cortometrajes cuyas historias se desarrollan en el futuro, en el año 2121. En Jordbundna (Karem Bakim, 2021) se nos propone una fantasía distópica en la que el acceso gratuito a la energía solar ha provocado una profunda crisis económica, y por tanto también un éxodo fuera del planeta de quienes han podido permitírselo. La intención del protagonista es la de conseguir ser también parte de esos viajeros de un Arca que acaba siendo más espiritual que físico. El cortometraje está protagonizado por el hermano del director, Alexander Karim, uno de los actores suecos de mayor proyección internacional, con papeles importantes en producciones como la serie Tyrant (FX, 2014-2016) o la película Zero dark Thirty (Kathryn Bigelow, 2012). 

Por su parte, en Folly (Hugo Lilja, 2021), uno de los directores de Aniara (Pella Kågerman, Hugo Lilja, 2018) propone una sociedad en la que el gobierno sueco ha decidido traspasar todos sus poderes a la Inteligencia Artificial, lo cual mejora el país desde el punto de vista económico, basándose en la sustitución de trabajadores humanos por robots, pero somete a los ciudadanos a una férrea manipulación en la comunicación. Una representación sutil del poder de las fake news. 


Menos logrado es el cortometraje Finito (Patrik Eklund, 2021) que plantea una excéntrica comedia en la que nuestro planeta se ha liberado de los peligros del cambio climático, pero no del mayor peligro para el ser humano: el propio ser humano. Mientras un asteroide amenaza con colisionar con la Tierra, el hombre intenta encontrar soluciones que, en última instancia, acaban siendo peores. Con un sentido del humor absurdo, la propuesta es más interesante en su planteamiento que en su narración.

El mejor cortometraje de esta serie que desarrolla sus argumentos en un supuesto año 2121, es Succesful thawing of Mr. Moro (Jerry Carlsson, 2021), una emotiva historia de amor sobre un hombre que debe afrontar la recuperación de su pareja, criogenizada desde hace 43 años. La intención de las autoridades sanitarias de descongelar a Adrian, al haber encontrado una cura para su enfermedad, provoca sin embargo dudas en el protagonista, ante la posibilidad de que su pareja sufra pérdidas de memoria y no le reconozca. Rodado con una sensibilidad que nos atrapa, con primeros planos que reflejan las dudas del protagonista sobre la imprevisibilidad de esta recuperación, este corto confirma a Jerry Carlsson como uno de los directores que mejor sabe retratar los sentimientos. 


Y además como una de las voces LGTBI+ más interesantes de Suecia, lo que se demuestra también en su corto The night train (Jerry Carlsson, 2020), que participa a concurso en la sección de cortometrajes suecos. En esta historia de 14 minutos el director explora el deseo, cuando un joven que regresa a su casa desde Estocolmo en un tren nocturno cruza la mirada con otro joven. Un cruce de miradas que casi se hace carnal antes incluso de tocarse, expresado a través de una edición de sonido en el que el traqueteo de las vías del tren a veces parece el sonido de un corazón agitado. Un encuentro fortuito que, sin embargo, quizás cambie la vida del protagonista. 

Competición Ingmar Bergman

El deseo también está presente en la producción portuguesa O último banho (David Bonneville, 2020), debut de un reconocido director de cortometrajes que pasó por los festivales de Tokio y São Paulo. Los protagonistas son una mujer de cuarenta años a punto de confirmar sus votos como religiosa y su sobrino, un joven de 15 años algo inmaduro al que tiene que cuidar cuando el abuelo fallece repentinamente. La inseguridad de ella frente a la necesidad de cuidar a un adolescente que se ha quedado solo hace que el contacto físico sea la única forma de tratar de apaciguar la tristeza. La aspirante a monja baña al joven que al principio de la película hemos visto correr desesperadamente, sin rumbo, cuando descubre a su abuelo muerto. Un baño que no solo es una limpieza superficial, sino también espiritual. De alguna manera, ambos tienen una personalidad paralela, unas heridas que son físicas (la piel desollada de la huída, un cilicio que lleva ella en el muslo) pero también emocionales. Estas heridas están provocadas, en el caso de la protagonista, por una relación difícil con su padre y con su hermana, la madre ausente del joven.


 Con una fotografía que ofrece matices de sensaciones visuales, el director consigue salvar esa cierta extrañeza del cuidado del adolescente, entre niño y adulto, pero quizás menos maduro de lo que se pudiera esperar. Sus acciones (el baño, meterse en la cama con su tía...) parecen inocentes pero también tienen algo de provocación. La protagonista se deja llevar por ese contacto físico que es ambiguo, que plantea cuestiones éticas, y que se hacen aún más explícitas cuando hace su aparición la hermana-madre, la mujer ausente que ahora quiere volver a recuperar a su hijo. Y que provoca en la protagonista una reacción que quizás acaba siendo demasiado superficial. O último banho es una película que juega a la confusión, que utiliza elementos disonantes para provocar en el espectador cierta curiosidad incómoda, que sabe construir una atmósfera de intimidad alrededor de los personajes.