26 abril, 2010

Mumblecore 2ª parte: Imitadores en España

Se estrena en Filmin.es Todo está en el aire, propuesta española que recoge los tics del cine mumblecore, pero sin definirse acertadamente.

Resulta curioso que, como apuntábamos en la 1ª parte de esta serie de posts dedicados al cine "hecho con cuatro perras", mientras los principales representantes de esta generación de autores independientes no quieren ni oir hablar de la etiqueta a la que les somete el término mumblecore, en España esta definición se convierte en estrategia de marketing para promocionar el estreno en internet de "la primera película mumblecore española". De forma que Todo está en el aire, escrita y dirigida por David Ciurana y Ángel Penalva, asume su condición de imitación sin pudor, y se revela como tal con todas las consecuencias. Algo parecido ocurrió con las películas dogma "españolas" como Érase otra vez, Días de boda o El desenlace, todas firmadas por el inefable Juan Pinzás y que exhibían sin ridículo el certificado que las acreditaba como Dogma. Afortunadamente, la generación mumblecore no tiene tan poca vergüenza como Lars von Trier y su equipo, y aquí no se gestionan certificados a base de talonario.

Lo que sí parece es que los autores de Todo está en el aire han recogido algunos de los elementos más definitorios del cine que han desarrollado jóvenes directores como Joe Swanberg o Andrew Bujalski para construir una historia "de historias" que nos acerca a las vidas en pareja de varios personajes. Ya comentábamos que las películas mumblecore tienen sus virtudes, pero también sus defectos, al estar sostenidas en un soporte tan frágil como los diálogos, desprovistas de otro tipo de elementos técnicos. Y ahí es donde se nota la agilidad descriptiva (Bujalski) o la capacidad de síntesis (Swanberg). Personalmente no encuentro nada de esto en Todo está en el aire y casi me resultan más cercanos los personajes de Nights and weekends (2008) o de Buscando un beso a medianoche (2009) que estos treintañeros apáticos reflejo supuesto de otros tantos jóvenes españoles.

Todo está en el aire es una película que trata de acercarse a la naturalidad a través de ese trabajo de improvisación que caracteriza al "bedhead cinema", pero los actores aquí no parecen tener la capacidad suficiente como hacernos creer la "realidad" de sus personajes. Y desde luego Adriá Collado no acaba de resultar convincente, como tampoco lo era en Aislados, de David Marqués, donde exploraba parecido registro. Hay sólo algunos guiños al cine al que imitan que resultan divertidos, como ese comienzo follando como marca ineludible de la casa, reflejo de una generación algo perdida pero llena de ansias por vivir. 

En todo caso, y aunque ésta no se trate de una propuesta lograda, ya hemos comentado que resulta estimulante que otro tipo de cine tenga por fin estas vías de exhibición que, lejos de ser alternativas, suponen el futuro de la distribución cinematográfica. Y que permiten a los aficionados acceder a títulos inéditos cuya trayectoria en los circuitos traidicionales sería escasa. 

Todo está en el aire se estrenó el 22 de abril en Filmin

19 abril, 2010

Manolete en París

El 31 de marzo se estrenó en París Manolete de Menno Meyjes, con Adrien Brody y Penélope Cruz como protagonistas. Tenía noticias no muy buenas y ese estreno por sorpresa hacía que esperase lo peor. Fui a un cine en los Campos Eliseos, la sala era pequeña y los espectadores, en su mayoría, teníamos un cierto aire español y una cierta edad… Afortunadamente la pantalla era grande y el silencio de rigor.

Les comentaba en mi “papel” sobre los premios Goya y Cesar, cómo pienso que estamos ante un cambio sustancial en el Cine. De cómo la nueva tercera dimensión es percibida como una liberación que va mas allá del planeta Pandora, del País de las Maravillas, o del Olimpo de los Titanes. Que abandonamos al héroe marginado, paralizado o encarcelado para abrirnos a universos paralelos donde “sentir” (no pensar) las mismas historias de amor y muerte. El Cine ha sufrido giros más bruscos y definitivos que éste (la llegada del sonoro, la banalizacion del color, la influencia del cómic), pero nunca estuvieron tan claramente trazadas las dos vías irreconciliables: la diversión y el arte narrativo. En la narración el espacio que se abre es interior, el héroe libra su batalla para que ganemos perspectiva moral o vital, que es nuestra lucha cotidiana. En la diversión aparcamos nuestro vehiculo (que aún pagamos a plazos) y nos embarcamos para irnos, lo más lejos mejor.

Manolete es un film anterior a las 3-D. Busca contar una historia y olvida la diversión. Nos acerca a Manolete, no nos transporta a su “país”. Este Manolete, ni siquiera ha tenido la oportunidad de encontrar plaza en España (problemas legales de producción impiden por el momento su estreno). No importa, hacía tiempo que no teníamos una película española invisible en nuestro país y recorriendo las carteleras extranjeras. Por lo demás, es un film más que apreciable y merece comentario.

Los años cuarenta en un país atrasado y triste. Imágenes documentales de Manolete en blanco y negro… El cine se empeña en rodar biografías de artistas como si de vida de santo se tratara. Debe ser porque el arte es la religión de nuestro tiempo. En general a estas películas les pasa como a los cuadros piadosos del Renacimiento: demasiados bellos ropajes para personaje tan humilde. Si la razón de este disparate era la ofrenda, que cuanto más costasen pinturas y artista, más valía, en las películas de época la ambientación es la ofrenda del productor para que creamos en su fidelidad, por no decir en su feligresía. No es éste el caso, de la vida y milagros del torero vamos a ver poco y la ambientación tiene un marcado toque Matisse: figuras aplastadas contra fondos planos de colores abigarrados. 

La España de los cuarenta era pobre y en blanco y negro… y la película, sorprendentemente, se despliega como el sueño en technicolor de un turista interesado de barrera de sol. 

Apenas hay anécdota. El encuentro entre Guadalupe y Manolo, la relación que mantuvieron y su trágico final, están apenas dramatizados. Son cuadros de un ballet que busca su dramaturgia en un continuo ir y venir en el tiempo, desde el desenlace final. Como si el sentido que las imágenes invocara no fuera otro que la muerte anunciada. La estructura del film es la de un rito en el que cada participante (y no personaje),ocupa su sitio, cada objeto su función, cada color su significado. Colores saturados: rojos, amarillos albero, turquesa, negros… Proximidad (en el plano) de la concurrencia: como un coro trágico que acompaña y alienta al héroe en el cumplimiento de su misión.

El nudo del conflicto que se juega en la arena: nacer de la muerte o perderse en ella, tiene su reflejo en el lecho amoroso: perderse en el amor o encontrarse siempre de este lado. Tanto  uno como otro son fantasmas primitivos, trágicos, que remontan de nuestros recuerdos inconscientes más antiguos: la intima relación con el deseo de la madre. Ese “mamita” que separara definitivamente a nuestros dos protagonistas y que casa tan bien con la lorquiana España franquista. Nada que objetar sobre ese acercamiento prudente a una realidad histórica que no era el objeto de la obra. Ni tampoco sobre la evocación de la pareja tutelar de nuestros héroes (que bien podría dar para otra película): Ava Gardner y Luís Miguel Dominguín. Pero esa…¡es otra historia!



Menno Meyjes cree en lo que cuenta y en cómo lo cuenta. Ese sueño en barrera de sol es luminoso y trágico y así avanza su film, no más pretencioso que cualquier otro, un poco más seco quizás.

Pero hay más: Adrien Brody y Penélope Cruz, héroes trágicos de esta historia verdadera de los años oscuros. Como decíamos, no son personajes, son cuerpos que evocan otros cuerpos enterrados en nuestra memoria y que, como ese parecido milagroso de Adrien Brody y Manolete, su trabajo consiste en hacernos sentir lo que fue y se perdió: esa carne vibrante deseosa y deseada, esa mirada triste de hombre perdido entre tantos misterios, ese silencio opaco que la belleza disimula. Nunca vi a Penélope tan “guapa” ni a Adrien Brody tan “tierno” (y por dios que estos términos dan miedo sin las comillas), pero es así… La pareja funciona como evocación de otras parejas míticas, como… digamos, debió funcionar en la imaginación de King Vidor, Gina y Tyrone como Salomón y la reina de Saba.


 Juan José Calero del Toro

03 abril, 2010

Mumblecore (Cine hecho con cuatro perras) 1ª Parte: (Joe Swanberg)

Los grandes estudios "amenazan" con dejar a España sin ediciones en DVD de sus películas debido al alto índice de descargas y a la flexible legislación española. Pues que les den porculo. En Estados Unidos se hace otro tipo de cine menos costoso y no por ello menos atractivo.

Empeñados en dejar claro que nos suda la p@#~ lo que hagan las Warner, Fox, Sony y demás multinacionales, nos acercamos a ese otro cine que también se desarrolla en Estados Unidos, mal que les pese a estos adoradores del monopolio. Un reportaje manipulador de Los Angeles Times afirma que en España la "piratería" forma parte de nuestra cultura, como "los toros". Lo que obvia el reportero es que, simplemente, en España descargar y compartir películas no es ilegal. Pero tanto los periódicos yanquis al servicio de las multinacionales como éstas mismas no quieren reconocer que son ellos los que están "al margen de la ley", ya que iniciativas como la que ponen en marcha Sony o Microsoft con sus plataformas Playstation 3 o Xbox, por ejemplo, de bloquear a usuarios que descargan (comparten sin ánimo de lucro) juegos o material sí que son ilegales.

En todo caso, lo que está claro es que si las multinacionales cumplen su amenaza (que no la van a cumplir, ya que España sigue siendo uno de sus mercados más rentables), al menos dejarán abierta la puerta para que podamos conocer ese otro cine que con sus campañas atronadoras (fuegos artificiales para vender mierda) fagocitan. 

Una de las iniciativas más interesantes en el cine independiente que se hace en Estados Unidos (el de verdad, no el que se vende en Sundance) es el denominado "Mumblecore", aunque sus principales representantes huyen de la palabreja como demonios. O lo que es los mismo, cine nacido de la revolución de la cámara digital que se hace con cuatro personajes, tres localizaciones, mucha improvisación y una narrativa leve pero efectiva. Joe Swanberg, Andrew Bujalski o Aaron Katz son algunos de los principales nombres de esta tendencia que nació en los años noventa, y que tiene en común, aparte del estilo, la juventud de unos cineastas que se acercan precisamente a personajes que representan a una generación desinhibida pero al mismo tiempo confundida. 

Joe Swanberg (n. 1981) acaba de estrenar su última película, Alexander the last, que dicen que es su película más madura y además apunta una cierta tendencia a saltar a la primera división del cine independiente (aquí también hay clases), el que se acerca a una estética más comercial y se aparta de la naturalidad del amateurismo. No en vano, apadrina esta película Noah Baumbach, nombre singular del "cine independiente-comercial" en cuya filmografía como guionista están las últimas películas de Wes Anderson y que recientemente presentó como director Greenberg, con el nada "indi" Ben Stiller como protagonista. 

Alexander the last, sin embargo, mantiene aún esa estética de "pasaba por aquí y me encontré a estos dos hablando" que marca esta tendencia de cine barato. Y tiene como interés adicional el hecho de estar construida sobre la base de escenas que están creadas desde un notable trabajo de improvisación. De ahí que el guión aparece con material adicional que firman los propios actores. Como de costumbre, la película habla de relaciones de pareja un tanto peculiares, del amor y el sexo, de sentimientos contradictorios... Y posiblemente sí está entre lo más elaborado de su director, guionista, director de fotografía, montador y productor, quizás porque se pierde menos en la búsqueda de ciertos resortes más o menos provocadores y se centra en una historia simple y clara. 

El término "mumblecore" dicen que surgió cuando un técnico de sonido que trabajaba en una película de Andrew Bujalski comentó que los actores siempre estaban "murmurando" ("mumbler"). Y a partir de ahí se quedó la descripción de cine "de murmullos" que por otro lado define bastante bien el carácter intimista de la mayor parte de las historias. Pero sus directores no quieren saber nada de esta definición como movimiento cinematográfico. También se le ha denominado "bedhead cinema" ("cine de cama") porque de hecho sus protagonistas se llevan casi todo el tiempo en la cama (hablando o follando) y "slackavates" (una referencia al cine de John Cassavetes pero protagonizado por "holgazanes"). Y desde luego es éste el referente más claro del estilo de este movimiento generacional. 

Joe Swanberg tiene ya una filmografía formada por seis películas y una serie para internet. Su primer largometraje, Kissing on the mouth (2005) tenía ya ese estilo que ha marcado su cine y cuya historia se acerca a una serie de jóvenes veinteañeros que viven con naturalidad sus experiencias sentimentales y sexuales. Hay en esta primera etapa una tendencia a la provocación más o menos gratuita (en una escena,  Joe Swanberg se masturba explícitamente delante de la cámara) que posteriormente se irá eliminando por resultar intrascendentes al margen de su carácter puramente provocativo. 

Pero es a partir de la serie Young american bodies (2006) y LOL (2006) cuando comienzan a forjarse los elementos principales de su cine, especialmente gracias a la presencia de la actriz y guionista Greta Gerwig, cuya naturalidad delante de la pantalla es fundamental para seguir sin cansancio estas historias de leves resortes narrativos.  

Hanna takes the stairs (2007) es posiblemente una de las mejores películas de Joe Swanberg. Aunque pueda cansar a algunos espectadores el estilo "talk, talk, talk" de este cine basado en los diálogos a dos, sin duda esta cinta contiene algunas de las escenas más logradas de este movimiento generacional. 

Esta tendencia continúa en Nights and weekends (2008), de nuevo con Joe Swanberg y Greta Gerwig como pareja protagonista (y también compartiendo dirección), que contiene un desarrollo de personajes más elaborado, aunque mantiene su estilo "improvisado".

Dedicada al cine más convencional, a Greta Gerwig la hemos podido ver últimamente en títulos como The house of the devil (2009) y pronto en Greenberg (2009), por lo que en cierto modo ha dicho adiós a su etapa "mumblecore", provocando también una nueva línea de estilo en Joe Swanberg con su último estreno, Alexander the last

Movimiento generacional o simplemente hacer cine sin dinero, lo cierto es que esta estética visual muestra con mayor acierto y sinceridad que otros intentos hollywoodienses las complejidades de una juventud que se acerca con timidez al mundo profesional. Joe Swanberg no es de los directores de concepto visual más elaborado, pero sí ha encontrado una fórmula de contar historias que, a pesar de sus vaivenes, logra identificar a sus personajes con el espectador. Ni qué decir tiene que la distribución en España ha pasado de largo por este movimiento, y sólo en contadas ocasiones hemos tenido la oportunidad de acceder a estos títulos en circuitos comerciales.

20 marzo, 2010

Apostilla a la berlinale: Cesar vs. Goya

Última entrega de nuestra crónica de la 60 edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Cinco días de febrero en los que las imágenes cinematográficas se convirtieron en el referente de una realidad por la que tomaron partido los protagonistas de las distintas secciones de un festival que analizamos desde la mirada geográfica y cultural.

Durante la Berlinale se entregaron los Goya en Madrid. Las pocas caras conocidas del cine español presentes en el festival, debieron partir precipitadamente para asistir a la gala: Alejandro Amenábar, Eduardo Noriega, Belén Rueda… Dos semanas más tarde se concedían en París los Cesar del cine francés. Y las ganadoras son… ¡dos películas carcelarias!: Celda 211 de Daniel Monzón y El profeta de Jacques Audiard.

¿Por qué esta coincidencia? En la crónica de Berlín ya apuntábamos esta misma circunstancia en las películas europeas presentadas en la selección oficial. ¿Qué pasa en el cine europeo que la ficción debe pasar por una celda para desplegarse?.La cárcel como espacio imaginario donde explorar los orígenes y la identidad… espacio en ruptura con los condicionamientos familiares… experiencia redentora… vía de conocimiento y reparación… En todo, caso recorrido iniciático y confrontación  con ciertos valores sociales no asociados al marco familiar.

Tanto Celda 211 como El profeta cuentan ese recorrido iniciático de dos jóvenes en el universo carcelar, y bien pueden servirnos para mejor comprender los componentes artísticos y de producción que caracterizan a ambas cinematografías. Empecemos por lo más evidente: la producción. Celda 211 es un proyecto que está montado sobre “una buena historia” y seguramente “un guión bien escrito”, antes de que los actores (sobre todo Luis Tosar) y el nombre del director, Daniel Monzón, vinieran a darle consistencia y lo situaran en un nivel medio/alto de producción. A partir de ese momento la película gira alrededor de esos dos parámetros: “buen guión” y “producción consecuente”. Por su lado, El profeta es un proyecto ligado a su director. Tanto el casting, como la escritura del guión, como la producción están supeditados al “punto de vista del autor”. No estamos en los años de la Nouvelle Vague para pensar que es esta la mejor fórmula para obtener buenas películas, pero es cierto que el prestigio de un autor se cimenta en su capacidad de ajustar lo que cuenta a cómo lo cuenta. Las películas de productor cuando no son sobrias, son retóricas.

Pero veamos las historias que cuentan ambas películas para “sentir” el cómo la cuentan. Celda 211 es la enésima adaptación de “La Isla del Tesoro” y el personaje de Luis Tosar un Long John Silver de secano. No es un pecado adaptar de nuevo a Robert Louis  Stevenson, ni siquiera cuando se descuidan los segundos planos y caemos en groseras caricaturas y guiños desplazados: ese Antonio Resines en “gris” de los del franquismo, o esos funcionarios y negociadores tan cercanos (aunque sin pelucas) a modelos al servicio de la corona inglesa, o esos co-detenidos salidos directamente de Piratas del Caribe… Más problemáticos son los “acontecimientos oportunos” para hacer avanzar la historia, como el atropello que sufre la esposa del protagonista y que de golpe borra los límites de donde se sitúa la acción y hace que el nudo dramático sufra una inversión especular: el verdadero peligro está en la calle.

El cine español sufre desde hace tiempo de una inflación ideológica crónica. Parece como si toda situación dramática pudiera resolverse dentro de unos cauces ideológicos adecuados y ante cualquier escollo, con aumentar la inscripción ideológica basta: cada personaje está definido por sus compromisos ideológicos y las conclusiones a las que se lleguen como consecuencia del desarrollo dramático deben ser ideológicamente correctas para ser apreciadas. El post-franquismo está resultando más largo que el mismo franquismo.

El profeta no es uno, es uno de tantos… su titulo original es Un prophéte. A Jacques Audiard le gusta contar sus historias una vez comenzadas y terminarlas justo antes de que finalicen. La idea es acercarse tanto al personaje que no veamos qué puede entrar por la derecha o la izquierda del cuadro hasta  tenerlo enfrente. Es un cine que debe mucho a Gus Van Sant y a los hermanos Dardenne. Un cine comprometido sobretodo con sus personajes, con una verdad más profunda que la acción que percibimos. Posiblemente venga de los tiempos del Actors Studio, pasando por el cráneo rapado de Marlon Brando en Apocalisis Now hasta Tahar Rahim, el actor de Un prophéte, que tiene mucho del Robert de Niro de Taxi Driver… Él cruza su mirada con un mundo que lo humilla constantemente, pero con el que quiere medirse.

Protegido por el jefe del clan mafioso corso tras haber eliminado a quien amenazaba dicho clan, Malik organiza en prisión su propio grupo con la ayuda de barbudos musulmanes… Nada hay en ello de políticamente correcto. Como toda ficción su verdad está más allá de lo plausible o lo ideológicamente adecuado. Su verdad reposa en un compromiso artístico, en el riesgo asumido por el que percibiremos los riesgos del mundo.

Entre las películas vistas en el Festival de Berlín que frecuentaban la cárcel es Der Räuber (El atracador) de Benjamin Heisenberg, la que se situaría en un plano equivalente a Un prophéte y a Celda 211. Un detenido se entrena en la cárcel corriendo, tanto en el patio como sobre un tapiz mecánico instalado en su celda. A su liberación dos ocupaciones principales ocupan su tiempo: las carreras competitivas y los atracos de bancos disfrazado con una careta. Progresivamente la policía estrecha el cerco hasta la desesperada caza-al-hombre final.

Hay una progresión en estas tres películas. Desde el sur, populoso y barroco, pasamos al conflicto social y su estructuración según Audiard, para llegar al hombre-maquina (Metrópolis), reflejo escalofriante de una sociedad sin ruidos, ni psicología, ni pasiones… la austriaco-alemana.

El protagonista de Celda 211 observa y participa, a su pesar, en un conflicto que no es el suyo por un día escaso. Malik, en Un prophéte, no sabe cuál es su sitio y su recorrido será procurarse uno, bien a su medida. El atracador, bien instalado en el interior, no juega ya más que contra sí mismo. Lo que gana o pierde es lo de menos, las cosas, como las personas, son, bien un lastre, bien un facilitador. Está en un callejón sin salida, el cerco se estrecha cada vez más. Como Terminator o HAL 9000, su misión es lo que cuenta. Solo que…¡por cierto, ¿cuál es su misión?!

Estamos presos de nuestro pasado, de nuestra identidad, de nuestro cuerpo, tal como preconiza Avatar. Prestos a pasar a la tercera dimensión, a una Pandora fantástica o borde de autopista con niebla espesa(El atracador), es lo mismo. O bien, saliendo de la niebla, volver a enfrentarnos con los eternos fantasmas retenidos en Shutter Island. Digámoslo una vez más. Cuando ya desesperábamos, el ultimo cinéfilo moralista activo en Hollywood nos ofrece una obra comparable por su ambición a Citizen Kane, referencia obligada para todo aquél que vendiendo su alma, quiso, ¡oh, suprema pirueta!, engañar al diablo.

Por Antonio Figueredo
Enviado especial

17 marzo, 2010

Fanáticos con devoción

Por mucho que intenten demostrarnos que las religiones son un ejemplo de convivencia, de moralidad y de ética, un repaso somero a algunas de sus fanáticas actitudes ponen en duda la veracidad de sus "bondades" humanas. Dos películas se acercan a la realidad dura, cruel, de comunidades enfermas por la ceguera de la adoración. 

Mientras la religión católica tiene que hacer frente a la desvergüenza de la que ha sido protagonista durante muchos años (casos de pederastia en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania... y suponemos que algún día le tocará pedir perdón a la iglesia española), el cine nos enseña algunos casos flagrantes de impudicia en otras culturas religiosas, marcadas por la hipocresía y por el fanatismo. Por un lado, la cruel represión a la que son sometidas las mujeres en la cultura musulmana; por otro, el cinismo y la atrocidad de la comunidad judía ortodoxa. 

No se trata de condenar la religión por la religión. Ni de generalizar sin justificación. Pero lo que sí es cierto es el silencio (y por tanto la complicidad) que los máximos representantes de éstas y otras religiones muestran ante hechos fanáticos. Que las autoridades religiosas no condenen con rigor hechos delictivos supone un menoscabo de su carácter jerárquico. 

The stoning of Soraya M. (2008) comienza con una lúcida frase del poeta iranídel siglo XIV Hafez: "No actúes como un hipócrita que cree que puede disimular sus engaños recitando versos del Corán". Y al final de la película, se nos dice que un número indeterminado de personas, la mayor parte mujeres, continúan siendo lapidadas en muchos lugares del mundo. Esta historia incríeble por la crueldad de quienes la protagonizaron, resulta estar basada en el popular best seller del periodista francés Freidoune Sahebjam, y nos cuenta la conspiración que las principales autoridades político-religiosas de un pequeño pueblo iraní montaron  en contra de una mujer cuyo único pecado fue no querer someterse a los caprichos de un marido infiel. Y la bárbara condena a muerte que se sacaron de la manga con la mano puesta en el Corán: el apedreamiento hasta dejarla desangrada y martirizada.

La película está dirigida por el norteamericano de origen iraní Cyrus Nowratesh, que ya suscitó polémica con su miniserie sobre el 11 de septiembre The path to 9/11, (2006) una dramatización de las investigaciones de la Comisión del 11/9 que provocó controversia que implicaba directamente a los miembros de la Comisión (entre ellos Bill Clinton) en la investigación sesgada de los acontecimientos, y que hasta la fecha permanece inédita en DVD, según el director por presiones directas de Hillary Clinton. En el caso que nos ocupa, incluso antes de estar terminada The stoning of Soraya M. fue incluida en la lista de películas que  la administración del presidente iraní Mahmoud Ahamdinejad consideraba ofensivas. Curiosa actitud para alguien que se considera un demócrata.

No se puede negar cierto retrato caricaturesco de algunos de los personajes de la película, especialmente el del marido, y desde luego hay un gusto algo sádico por recrearse en el apedreamiento final, tratando de elevar la carga emocional al máximo. Pero también es verdad que es en esa media hora última cuando somos verdaderamente conscientes del calvario que debió pasar la protagonista (magnífica, emocionante la interpretación de Mozhan Marnò). Si a esto le unimos una de las bandas sonoras más inspiradas que ha escrito John Debney, con cierto paralelismo con La pasión de Cristo, el final de The stoning of Soraya M. es uno de los más  desoladores que hemos visto en mucho tiempo. 

Por su parte, Eyes wide open (2009), seleccionado en Un Certain Regard del Festival de Cannes, cuenta la historia de dos hombres judíos que, en medio de una asfixiante comunidad religiosa, mantienen una relación sentimental. Hay que agradecer al director israelí Haim Tabakman que haya preferido contarnos esta historia con la mirada enfocada en la psicología de los personajes, evitando el morbo en torno a las escenas homosexuales. Y resulta agobiante, casi enfermizo el estrangulamiento al que la comunidad  judía somete a estos dos hombres. Porque en ésta, como en Soraya M., el rechazo se produce en un pequeño núcleo que, sometido a la deformación interesada de los preceptos religiosos, acaba convirtiéndose en un laberinto de leyes, reglas y sometimientos. 

Concisa, de caligrafía narrativa sin adornos innecesarios, Eyes wide open nos abre los ojos para mostrarnos la mirada siempre inquisidora de las autoridades religiosas, en este caso las que representan una actitud ultraortodoxa en la comunidad judía. Y aunque aquí no se habla de hechos reales, sí parece sensato pensar que está basada en realidades que sin duda se habrán podido presentar en muchas ocasiones dentro de círculos religiosos. Es claro que no se puede generalizar (de hecho, el  Israel Film Fund es una institución pública que no tiene el menor problema en financiar películas de carácter polémico política o religioso como ésta). Pero hace falta una profunda reflexión en el seno de las instituciones religiosas para eliminar la vergüenza que provoca la complicidad silenciosa.