20 julio, 2007

El niño mago y las exclusivas

La parafernalia literaria que rodea a Harry Potter coincide con el éxito que está cosechando la versión cinematográfica de la quinto aventura. Para colmo, la pesada de J.K. Rowling lanza en su página web las típicas memeces sobre lo disgustada que está porque se han desvelado secretos inconfesables del último libro.


Estos días volvemos a vivir la estúpida parafernalia en torno a la publicación del ¿último? libro de Harry Potter. Vuelven los secretismos, las campañas de marketing que convierten una promoción publicitaria en noticia saltándose todas las normas legales establecidas en cuanto a la inclusión de publicidad en espacios no publicitarios, y los cuentos sobre las medidas de seguridad (¿De qué estamos hablando? ¿De un secreto de estado?) Para colmo, la pesada de J.K. Rowling lanza en su pág
ina web (muy bien diseñada, por cierto) las típicas memeces sobre lo disgustada que está porque a los lectores se les están descubriendo pasajes y “secretos” del libro (sin ir más lejos, periódicos como el New York Times). Ella misma afirma que no se trata de asegurarse las ventas del libro, sino de preservar el placer de la lectura. Si ella lo dice...

La parafernalia literaria coincide con el éxito que está cosechando la versión cinematográfica del quinto libro (todavía quedan dos más), Harry Potter y la Orden del Fénix. Sinceramente, no conozco la obra literaria de J.K. Rowling y asumo con agrado su contribución a devolver el interés por los libros a los jóvenes, aunque todo lo que rodea a este personaje huele a estrategia comercial y uno se cree menos de ella que lo que se pueda creer de lo que cuente Stephen King, por ejemplo. Pero lo cierto es que las películas siempre me han parecido soberanamente aburridas. Me importa un bledo Harry Potter, Hermione (o como coño se escriba), y los mil magos que les rodean. Con esta última entrega me pasa lo mismo. Comienzo la película con cierto interés, pero a los 20 minutos ya estoy harto del pijo éste y estoy deseando que lo maten de un varazo mágico. Cierto es que hay que reconocer que en las películas de Harry Potter está la creme de la creme de la interpretación británica: Emma Thompson, Gary Oldman, Alan Rickman, Brendan Gleeson, David Thewlis, Maggie Smith, Ralph Fiennes, Michael Gambon y, ahora, la siempre magnífica Imelda Staunton. El protagonista, sin embargo, es Daniel Radcliffe, que consigue empeorar su sosa interpretación con el paso de los años. O quizás habrá que ir a ver su trabajo en la obra teatral Equus para encontrar algún atisbo de talento interpretativo, porque yo no lo he hallado aún.

Hablando de otra cosa, menuda gamba le ha metido Disney a los exhibidores españoles. Resulta que vas a unos multicines y te anuncian un concurso “exclusivo” para Cinesur relacionado con el próximo estreno de Ratatouille. Y al día siguiente te metes en otros cines de la competencia y te anuncian el mismo concurso, en “exclusiva” para Unión Cine Ciudad. ¿En qué quedamos? Afortunadamente, el premio del concurso es un viaje a Disneyland París para celebrar su 15 aniversario, que debe ser lo más estomagante que te puedas echar a la cara. Así que al menos no tendremos dudas sobre con qué empresa participar “en exclusiva”.

Lástima del primer trailer de la última película de Julio Medem, Caótica Ana porque, realmente, no anima precisamente a verla. Y eso de que desde Lucía y el sexo se nos venda a Medem como un director erótico (como si fuera Tinto Brass) es una equivocada estrategia publicitaria y puede llegar a ser también un peligroso talón de Aquiles para el director vasco. El cine de Julio Medem, aunque me despierta curiosidad, nunca me ha llegado a traspasar, pero desde luego no tiene nada que ver con el erotismo soft que se le atribuye, por mucha teta que saque.

Se nos vende como el "novamás" del último cine de terror El orfanato, que parece más una versión de Los otros que una película con personalidad propia (y desde luego, Belén Rueda no saldría muy bien parada en la comparación con Nicole Kidman). Pero en el Festival de Cannes parece que gustó mucho y la crítica norteamericana (que es a la única a la que se hace referencia en la promoción de la película, como si de verdad tuviera cierta credibilidad) la ha puesto por las nubes. Esperemos que no pase como con Cuatro minutos, que se nos ha vendido como la película alemana de la temporada y a mí sinceramente me ha parecido un producto comercial, previsible, tópico y tan "políticamente correcto" (la profesora lesbiana se encuentra con la alumna rebelde) que da grima. Atentos a la escena final, porque es de juzgado de guardia.

13 julio, 2007

Sicko: Lo increíble es cierto

Sicko será una película polémica y sorprenderá a muchos, pero es tan manipuladora, tendenciosa y superficial como todo el cine panfletario de Michael Moore.


Michael Moore presentó en el pasado Festival de Cannes su último documental, anunciado desde
hacía ya tiempo debido a las peticiones realizadas por su productora para que los afectados por el sistema de sanidad estadounidense enviaran sus historias por email (labor por cierto que ahorró a este director acusado de roñoso un importante trabajo de documentación, ya que las historias le venían dadas). Michael Moore sin duda ha seleccionado las más impactantes, las más dramáticas, las que se acercan mejor al planteamiento que pretende difundir. Es así cómo los documentales de Moore se denominan “documentales” por cierta deformación del lenguaje. Sin entrar en las disquisiciones huecas e inútiles del documental “objetivo” (el que no existe) o “subjetivo” (siempre lo son y así es asumido por los documentalistas), lo cierto es que Michael Moore lleva al extremo la condición de realidad mostrada y casi podríamos acabar definiendo sus películas como “panfletos” o “libelos” con los que se puede estar más o menos de acuerdo, pero que por supuesto incumplen cualquier regla establecida dentro del género.

Las películas de Michael Moore son discursos demagógicos en contra de ciertos modos establecidos, pero realizados con herramientas cinematográficas. Así lo fueron Roger and me, Bowling for Columbine y Fahrenheit 9/11; y no lo es menos su última propuesta, que acaba de estrenarse en Estados Unidos. Hay que decir en descargo del director que él mismo asume la condición de anfitrión al ser el principal protagonista de las películas, dotándolas por tanto de cierto aire ficcional.

Sicko es, básicamente, un documental hecho para el público norteamericano, y con el objetivo primordial de presionar a un estamento político y social para que el intento de universalizar la sanidad que promovió Hillary Clinton (ella tampoco sale muy bien parada de las diatribas de Moore) acabe siendo planteado con seriedad y al margen de los intereses económicos del sector. En Estados Unidos no hay Seguridad Social, y eso provoca situaciones de auténtico drama (uno de los momentos más emotivos de la película se produce cuando una enferma, exvoluntaria de los atentados del 11 de septiembre, comprueba que la medicina que le cuesta 120 $ en Estados Unidos sólo vale 5 centavos en Cuba).

Especialmente elegidas para asombrarnos, los ejemplos que se plantean en el documental son escalofriantes. Y así, desde el punto de vista de quienes asistimos a un estado del bienestar que nos permite (mal que bien) estar dotados de una seguridad sanitaria “gratuita”, el asombro es inevitable. Hasta ahí bien. Pero Michael Moore se empeña en comparar la situación estadounidense con la de países como Canadá, Inglaterra, Francia o Cuba, y entonces es cuando su maniobra tendenciosa se hace más palpable. Porque la realidad sanitaria de estos países no es tan paradisíaca como la cuenta (es fácil encontrar en algunos foros comentarios de ciudadanos canadienses que se ríen del “paraíso” que muestra Moore en su película). En Francia debe ocurrir lo mismo, porque plantear como una familia media francesa a un matrimonio que gana 8000 $ al mes nos haría pensar que Michael Moore es el típico yanqui idiota, si no fuera porque ha demostrado que no lo es. Y esa tendenciosidad acaba restando valor a las propuestas del documental.

Sicko será una película polémica y sorprenderá a muchos, cuenta con esas bravuconadas marca de la casa que tanto nos divierten (viaja hasta Guantánamo para que le den medicinas a un grupo de exvoluntarios del 11-S), pero se le va mano cuando, en su empeño por justificar sus planteamientos, acaba manipulando la realidad hasta extremos insultantes.

El documental entró en la taquilla norteamericana con mal pie, muy lejos del interés que despertaron sus anteriores propuestas. Pero el esfuerzo de Michael Moore por montar la polémica durante esta semana en la CNN (intervención en directo para arremeter contra un reportaje de la cadena que cuestionaba las informaciones del documental), y el cara a cara con el autor del reportaje, el doctor Sanjay Gupta en el show de Larry King (que acabó quedando en empate porque ni Moore logró salir de su discurso demagógico, referencias a la guerra de Irak incluidas, ni Gupta logró convencer de algo que ni él mismo se cree), han reactivado el debate en torno al sistema sanitario en Estados Unidos, que es lo que Sicko pretende, y podría darle mejores resultados en taquilla, si Harry Potter se lo permite.

07 julio, 2007

Más allá de la música de cine

Esta semana hemos podido asistir en Sevilla a un magnífico concierto de Bajofondo Tango Club, a orillas del Guadalquivir. Bajofondo hacen un directo potente, perfecto en su ejecución, con un Gustavo Santaolalla saltarín y enérgico.

Muchos compositores de música de cine tienen una carrera paralela no menos interesante (en algunos casos más) que sus admirados trabajos cinematográficos. Es el caso, por ejemplo, de Jonathan Elias y su magnífica obra coral The prayer cycle, de 2003, que podremos escuchar íntegra este verano en nuestra emisión radiofónica. Y es el caso también del argentino Gustavo Santaolalla, destacado productor musical antes que músico de cine pero que, por el éxito de las películas de Alejandro González Iñárritu y sus dos Oscars consecutivos (Brokeback mountain y Babel) ha acabado ocultando esta faceta musical.

No es de extrañar por tanto que Santaolalla se sienta especialmente a gusto en la gira europea de su formación Bajofondo Tango Club, una propuesta nacida de la colaboración con su amigo Juan Campodónico y el dj uruguayo Supervielle que acaba atrapando el sonido del tango fronterizo del Río de la Plata, y lo convierte en una coctelera de tonalidades diversas que se mueven con soltura en la frontera de distintos géneros musicales.


Esta semana hemos podido asistir en Sevilla a un magnífico concierto de Bajofondo
Tango Club, a orillas del Guadalquivir. Puede que una formación como Bajofondo tenga más sentido en un recinto cerrado (de hecho, falta en el exterior ese ambiente “porteño”, nebuloso, que ellos suelen dar a sus conciertos), pero sin duda se trata de otra forma de ver-escuchar a este grupo de excelentes músicos, con el puente de Triana como telón de fondo y las luces del despertar de una de esas noches sevillanas de verano que tanto bien nos hacen. Sin demasiado público, con espectadores de excepción como el alcalde de Sevilla, pero en una comunión perfecta entre músicos y espectadores (cada vez más entregados, gracias a la energía que desprendían los que estaban en el escenario).

Comenzó el concierto con los sonidos porteños fusionados con ritmos percusivos y electrónicos. A Gustavo Santaolalla no le gusta que le llamen a su música “tango electrónico” y casi da la sensación de que incluso le molesta. Él, desmarcándose de ese subgénero que han puesto de moda los de Gotan Project, prefiere decir que no sabe bien cómo denominar a esta mezcla de dj y tangueros. Sea como fuere, es música electrónica que suena a tango (muy bien bailado, por cierto, por un grupo de argentinos que estaban entre el público disfrutando del trabajo de su compatriota).
Bajofondo Tango Club hacen un directo potente, perfecto en su ejecución (les sobra experiencia a algunos de los mejores músicos de estudio que forman este grupo), mezclado con imágenes que lanza la Vj Verónica Loza. Gustavo Santaolalla, saltarín empedernido, disfruta mientras toca la guitarra y sobre todo cuando modula la ronca voz de un cantante de tango platense. Una auténtica delicia de ritmos que al final logró atrapar incluso a quienes pasaban por allí sin saber que tenían encima del escenario al ganador de dos Oscar.

Para septiembre se anuncia su segundo album, con colaboraciones de Morrisey, el bandoneonista japonés Ryota Komatsu y hasta de Mala Rodríguez. Habrá que estar atentos.

Bajofondo Tango Club son:
Gustavo Santaolalla – Guitarra, Percusión, Voz
Juan Campodónico – Secuenciador, Dj set
Luciano Supervielle – Piano, Secuenciador, Dj set
Martín Ferrés – Bandoneón
Javier Casalla – Violín
Gabriel Casacuberta – Bajo
Verónica Loza - Vj

28 junio, 2007

¿Día del Orgullo?

Las celebraciones del Día de Orgullo Gay ponen al descubierto la falta de cohesión entre distintos sectores cuyos elementos comunes no consiguen esconder sus verdaderas divergencias.


El Europride, que iba a ser la gran celebración del Orgullo, se ha convertido en un rifi-rafe en el que hosteleros, asociaciones y organizadores de unas celebraciones que, al contrario de lo que se anunciaba, han puesto al descubierto la verdadera desunión del colectivo gay en nuestro país. Lo que se nos ha vendido como objetivo común es en realidad una falacia, y aquellos que de alguna forma lo viven desde dentro saben desde hace tiempo que las distintas asociaciones de gays y lesbianas no se soportan, que las publicaciones gays van más allá de su propia condición de competidoras o que los supuestos “representantes” del colectivo, la mayor parte de ellos tan politizados que acaban representando solo a quienes ideológicamente se sitúan en su ámbito político.

Pero ha sido necesario “vender” una solidaridad falsa que finalmente ha acabado explotando cuando las ayudas económicas de la Comunidad de Madrid (pirrias, por cierto) y la parafernalia mediática han hecho acto de presencia. Lo cual además pone al descubierto algo obvio pero pocas veces mostrado. La “comunidad gay” es un negocio del que están viviendo aquellos que se autoadjudican la condición de representantes de quienes o se sienten representados. No es casual que dos de los sectores enfrentados coincidan precisamente con las dos publicaciones “estrella” de la causa gay: Zero (a la que se acusa de venderse a la campaña electoral del PP cuando sacó en portada a Ruiz Gallardón justo antes de los comicios) y Shangay (que abandera parte de la chapucera organización del Europride 2007, lo que ha provocado esperpénticos abucheos en la lectura del pregón).

El cine de temática gay también es un negocio. Lo malo es que pocas películas han conseguido reflejar con cierta decencia al colectivo, labor difícil dada la heterogeneidad de la comunidad gay. Que subproductos como Another gay movie y tópicas “mariconadas” televisivas como Queer as Folk. acaben siendo piropeadas como el novamás de la representación cinematográfica de los homosexuales da vergüenza ajena. Y es que buena parte de cine gay hecho por gays es menos interesante que las últimas películas de Jean-Claude Van Damme.

Pronto llegará a las pantallas Chuecatown, una comedia negra de Juan Flahn, en cuyo curriculum como guionista se encuentra la serie Ana y los siete. Mal precedente para otra incursión en el mundo homosexual que ya veremos si consigue reflejar la más mínima parte de realidad. Pero seguro que los misterios, amenazas y sospechas que conformen la trama serán minucias comparadas con las pataletas, cabreos y puntapiés que está provocando el Día del Orgullo.

27 mayo, 2007

El submundo del séptimo ¿arte?

La industria del cine mantiene una subindustria poblada de directores frikies y oportunistas, como Uli Lommel, el último descubrimiento del cutrerío.


El mundo del cine depara numerosas sorpresas, algunas de ellas no especialmente agradables (nunca es agradable perder parte de tu tiempo viendo una película que no te interesa lo más mínimo). Pero en otras ocasiones la sorpresa, sin dejar de tener un regusto amargo, plantea interesantes reflexiones sobre los cineastas y, en este caso, sobre ese submundo de películas frikies, malas hasta decir "basta", incapaces de hacer creíble ni la intención de ser creíbles. Una subindustria que funciona bien, que se mantiene en el subsuelo del cine más cutre, y que contiene los momentos más idiotas de la historia del cine. Tim Burton lo retrató perfectamente en Ed Wood, retrato del director inepto convertido luego hasta en un clásico. Pero en la actualidad, por supuesto, ese cine de nulo talento sigue dando frutos, sobre todo en el mercado del DVD.

Todo esto viene a raíz de la edición de la película La dalia negra. No nos referimos, por supuesto, a la película de Brian DePalma, que también tiene sus dosis de cutrerío, todo hay que decirlo, sino a la oportunista película dirigida por el alemán (ahora afincado en Los Angeles) Uli Lommel. Curioso personaje éste desconocido hasta ahora para mí pero cuya filmografía (larga, comenzando ya en los años setenta) es un exabrupto detrás de otro, una desfachatez hecha cine (o, mejor dicho, video). La dalia negra de Uli Lommel toma como pretexto el asesinato brutal de la actriz así llamada en los años 40 (igual que en la película de De Palma), para trazar otra historia distinta. ¿Qué digo?, otra historia que no tiene nada que ver. Porque la película de Lommel, y ahí está su descaro, su poca vergüenza, pero también su astucia friki, no tiene nada que ver con el tema que vende en su carátula y en su sinopsis.

Se trata de una simple trama de tres cutre-asesinos que, en la actualidad, se dedican a despedazar a aspirantes a actrices que se presentan (solas) en un cásting onvocado en una antigua cárcel (que ya les vale a las aspirantes, porque el sitio es para salir corriendo). La película, por llamarla de alguna forma, es una sucesión de sanguinolentas escenas mal hechas, rodada en video, con actores que deberían haber sido despedazados en el cásting (éstos sí) antes de ponerse delante de las cámaras. Pero a Uli Lommel le importa poco. Él lo que quiere es sacar sangre a borbotones, pero con tan escaso presupuesto que no es capaz de crear escenas mínimamente repugnantes, por mucho que lo intente. Los cuerpos despedazados parecen más de juguete de lo que lo son en realidad. ¿Del famoso asesinato de la actriz? Poco o nada, solo una excusa más barata que la propia película.

Comentaba un internauta que a nadie se le ocurriera alquilar una película con el nombre de Uli Lommel en la carátula. Efectivamente, este director alemán tiene una filmografía para echarse a temblar, llena de oportunistas subidas al carro del éxito. Que estrenan en cines una película sobre el hombre del caso, pues él te hace otra sobre el hombre del saco (Satanás, el reflejo del mal (1980)); que estrenan Zodiac, pues él va y dirige Curse of the Zodiac (2007).

Eso sí, tiene más de 40 películas como director, extenso currículum que viene desempeñando desde los años setenta, en los que por cierto incluso colocó su segundo largometraje, La ternura de los lobos (1973) en la Sección Oficial del Festival de Berlín. Se trataba, ya por aquel entonces, de otra historia de psicópata asesino (una de sus obsesiones) que era gay, lo cual debió interesar bastante en su momento, y trasladaba los cuerpos de los jovencitos asesinados para que sus amigos pudieran devorarlos (el canibalismo es otro de sus temas recurrentes).

En la trayectoria de Uli Lommel incluso se encuentra una trilogía en la que adaptó textos de Edgar Allan Poe (ahí es nada). Por supuesto, las nuevas tecnologías han permitido a estos directores seguir desarrollando su faceta como cineastas de tres al cuarto que consiguen, como en su caso, distribuir sus películas incluso en el extranjero. Pero no se les puede negar desde luego cierta astucia para lograr mantener una profesión aunque sea a base de rodar rápido y sin el menor atisbo de talento.

Si conocéis otros ejemplos de representantes de estos submundos de la industria del cine, ahora es el momento de descubrirnoslos.

20 mayo, 2007

Repasando la actualidad

Un asesino en serie anda suelto por San Francisco, la SGAE tira la primera piedra en Sevilla justo la misma semana en la que se hace público el mayor varapalo judicial que ha recibido la entidad en mucho tiempo, y la película andaluza menos rentable de los últimos años se reestrena en julio. ¿Nos estamos volviendo locos?

Esta semana nos hemos reconciliado con David Fincher, un cineasta al que, como comentaba certeramente un colega, sólo le salen bien las películas impares. A saber: 1.Seven (excelente), 2.The game (tramposa), 3.El club de la lucha (interesante, aunque yo no pertenezco a ese grupo que la idolatra como gran obra), 4.La habitación del pánico (chusca), y 5.Zodiac, una apuesta que corre ciertos riesgos por no ser lo que aparenta, lo cual es su mayor virtud, pero provoca también el rechazo de ls espectadores.

De hecho, en el preestreno en el que la vimos, buena parte del público (que no tenía el perfil, todo hay que decirlo, del que podría valorar una propuesta como ésta) salió echando pestes de la película. Pero Zodiac no es, afortunadamente, una típica muestra de cine de psicópatas, y deja muy mal cuerpo, sobre todo porque transmite con certera precisión esa sensación de amenaza que vivió todo el país en los años setenta, cuando un asesino en serie sembró los alrededores de San Francisco de cadáveres.

Pero sobre todo porque David Fincher consigue, amparándose en grandes películas como Todos los hombres del presidente o La conversación, construir un perfecto homenaje a cierto estilo de hacer cine que contenía una especial capacidad para contar historias sin necesidad de juegos audiovisuales. Son dos horas y cuarenta minutos de sutil descripción de personajes, de cronométrica construcción narrativa.

Hablando de construcción, se ha colocado ya la primera piedra (con bastante retraso) del futuro auditorio-centro de producción de la SGAE en Sevilla, uno de esos macroproyectos a los que últimamente nos tiene tan acostumbrados el actual alcaldable. Así que la entidad, guardiana de los derechos de quienes pagan los diezmos escrupulosamente, tendrá una sede espectacular en nuestra ciudad, un auditorio junto a otro auditorio, el de Rocío Jurado, un centro de producción artística del que aún no se sabe mucho, y en definitiva un despilfarro más con el que justificar su devorador afán recaudatorio. Enhorabuena.

Lástima que se haya hecho justo la misma semana en la que se ha conocido la sentencia de un juez negando que la SGAE pueda cobrar derechos de autor por toda la música que se emite, no solo la de sus abonados, como viene haciendo hasta ahora. Por este concepto, la SGAE recaudó 69,1 millones de euros en 2005, aunque la entidad no suele decir nunca cuánto de este dinero va a parar a sus socios. Pero la protesta judicial de la Sala Beat de Tomelloso ha acabado en sentencia negativa para la SGAE, y el juez ha estimado que la gestora únicamente puede cobrar por la música que gestiona. Así que los locales que ponen música bajo licencia de Creative Commons, por ejemplo (licencias gratuitas), no estarían obligados a pagar a la SGAE. Afortunadamente, internet nos permite espacios como éste que se acogen a los derechos que también tenemos los autores de compartir sin pedir nada a cambio. Y licencias gratuitas como Creative Commons (bajo la que está suscrito este blog) salvaguardan esos derechos.


Un hecho inaudito se producirá este verano. A la distribuidora de la película ¿Por qué se frotan las patitas? se le ha ocurrido lanzar una nueva campaña para reestrenar este musical andaluz y tratar de cosechar el éxito que no obtuvo a finales del año pasado. Cuando debería estar ya editada en DVD (quizás un formato en el que podría conseguir más adeptos), ahora se anuncia un nuevo estreno para el 6 de julio, día en el que también se estrena The transformers, dos semanas después del estreno de Shrek Tercero, una semana después del estreno de 28 semanas después (valga la redundancia), y poco antes de que llegue Harry Potter y la Orden del Fénix. A eso se le llama tener tino. Desde luego, hay que alabar la confianza de la distribuidora Alta Films, pero si ¿Por qué se frotan las patitas? acaba siendo un éxito este verano, habrá que darle un Goya de Honor al creador de la nueca campaña. Por cierto, que parece más una campaña para un estreno de Cruz y Raya, porque no sé a quién coño le puede importar que a Fernando Tejero y Arturo Vals les guste la película (si es que la han visto).