12 septiembre, 2022

El cine independiente que llegará

El final del verano es la época marcada por la celebración de festivales internacionales, una temporada que comienza con la Mostra de Venecia y el Festival de San Sebastián, con el TIFF en Toronto que es la antesala de la distribución de películas en los Estados Unidos o con el Festival del British Film Institute, además de las incursiones en el cine de género a través del Festival de Sitges. En un año en el que ya todo parece haber vuelto a la normalidad, el formato presencial predomina aunque las salas de cine no terminan de despegar, no por falta de espectadores sino por falta de películas. Resulta significativo que entre los anuncios que se han realizado durante la celebración del D23, el Disney Day, la gran mayoría se trate de películas y series que directamente se estrenarán en streaming, mientras que solo dos o tres títulos pretenden conquistar las pantallas de los cine durante los próximos meses. Pero nuestra atención se distancia de esos grandes estrenos y se detiene en algunas películas que han pasado por festivales de cine internacionales recientemente o que llegarán a España a través de su presencia en muestras cinematográficas como el Festival de San Sebastián. Es lo que denominamos cine independiente, propuestas que nos parecen de especial interés y que cada vez están más ausentes de las salas cinematográficas. 

Stonewalling

Huang Ji, Ryûji Otsuka, 2022 | Giornate degli Autori | ★★★

La exploración en torno a los retos a los que se enfrentan las mujeres chinas que ha realizado la directora Huang Ji (1984, China) en los últimos años ha dado lugar a una trilogía que se completa con Stonewalling (Huang Ji, Ryûji Otsuka, 2022), estrenada en la Giornate degli Autori en Venecia y que también se verá en las próximas semanas dentro de la programación del Festival de Cine de Toronto y el Festival de Cine de Nueva York. Este acercamiento a los sentimientos internos y el crecimiento sexual de una joven adolescente se inició con Eggs and Stone (Huang Ji, 2012), ganadora del Tiger Award en el Festival de Rotterdam, que era una película autobiográfica rodada en su ciudad de origen, Hunan. Y continuó con The foolish bird (Huang Ji, Ryûji Otsuka, 2017), ganadora del Premio Generation 14-plus en el Festival de Berlín, sobre una joven de 16 años que forma parte de esa generación de chicas que han sido abandonadas en su ciudad de origen por unos padres que han emigrado a otras ciudades para mejorar sus condiciones laborales. La protagonista de esta trilogía es la joven actriz Yao Hong gui (1994, China), cuya evolución como mujer de alguna manera ha sido captada a lo largo de estas tres películas, las únicas en las que ha trabajado. Otro de los nombres habituales es el marido de Huang Ji, el director de fotografía Ryûji Otsuka (1972, Japón), quien también ha coescrito y codirigido las dos últimas películas. Pero quizás es en Stonewalling donde este matrimonio ha conseguido elaborar una reflexión más completa, y casi diríamos que más sombría, en torno a la feminidad china cuyas prioridades han cambiado, igual que ha ido cambiando la legislación sobre los embarazos, pasando de la política de hijo único que se instauró en 1979, lo que provocó un envejecimiento progresivo de la población china, modificándose en 2015 para permitir que las parejas pudieran tener dos hijos, hasta la actualidad, en la que se establece un límite máximo de tres descendientes. Una evolución que muchos expertos vaticinan que no servirá para decrecer el desequilibrio respecto a los habitantes de mayor edad, lo que ya está provocando falta de mano de obra. 

El problema al que se enfrentan las autoridades es que ya no es una prioridad para las mujeres chinas tener hijos, como le ocurre a Lynn (Yao Hong gui), una joven de 20 años que busca distintos medios para no quedarse con el bebé que espera, ya que interrumpiría su formación como azafata y sus posibilidades de acceder a la universidad. Si la población femenina se enfrentaba hace algunas décadas a la imposición de sus maridos para ser madres y esposas, hay otro tipo de machismo impuesto en la sociedad actual que se representa a través del grado de menosprecio que ejerce el novio de Lynn sobre ella. Su obligación como mujer pasa ahora por estudiar inglés, un idioma que ella no termina de dominar, y tener una formación universitaria: "Si te dejo tener un bebé, tendrás que dejar los estudios", le dice su novio. El poder de decisión pasa de nuevo por el abuso masculino, pero marcando unos objetivos diferentes, que en cierta manera cambia un tipo de sumisión por otro. A través de sus primeras indecisiones, la película ofrece una panorámica de las opciones que tienen las mujeres jóvenes en la China moderna para conseguir cierta estabilidad económica: desde la donación de óvulos hasta el desarrollo de la denominada "gig-economy", un modelo laboral que consiste en realizar pequeños trabajos temporales para proyectos concretos, una especie de micro-emprendimiento de dudosa legalidad que se ha extendido a través de TikTok en China desde 2019.  

A pesar de que Lynn suele llevar camisetas que parecen reivindicar un tipo de mujer que ella no es, con eslóganes como "Femme fatale", la película muestra a una joven desprovista de personalidad, generalmente poco habladora y que no destaca por nada especialmente cuando participa en reuniones de trabajo en las que sobrevuela el fantasma del abuso, como cuando un empresario le da su tarjeta afirmando que es muy atractiva y que podría trabajar para él en su oficina. De alguna manera, el ritmo de la película se yuxtapone con el propio ritmo vital de Lynn, que solo reacciona con mayor vehemencia cuando se enfrenta a sus padres. Éstos, que están interpretados por los padres reales de la directora Huang Ji, mantienen una convivencia tensa. La madre ha regentado durante mucho tiempo una clínica ginecológica pero ahora está pagando en secreto una compensación a una joven cuyo hijo nació muerto debido a su negligencia durante el parto. La solución que encuentra Lynn para su embarazo es la de dar su bebé a esta joven y así saldar la deuda que tiene su madre. Stonewalling se rodó durante diez meses para captar la perspectiva del cambio temporal que se produce en la protagonista, lo que provoca que la última parte de la película describa directamente las primeras señales de la pandemia del coronavirus. Los planos largos con cámara fija abundan en esta representación del lento paso del tiempo, pero también transmiten una sensación de distanciamiento que acaba teniendo una mirada fría, lo que no beneficia a su duración de dos horas y media. Hay un excelente diseño de sonido que parece naturalista pero que construye una ambientación de sonidos de móviles y notificaciones de redes sociales que conforman una China moderna pero constantemente ruidosa.  

Pero, aunque nos impida la posibilidad de acceder a la psicología de la protagonista, la película reflexiona de forma inteligente sobre la maternidad en la sociedad china actual, una maternidad que es a veces forzada y que se siente como un rechazo de la opción de ser madre. Como las propias Huang Ji y Yao Hong gui sufrieron en su infancia el abandono de sus padres para buscar nuevos horizontes laborales, la protagonista no se siente madre y rehúsa los vínculos afectivos con el bebé que está a punto de entregar a otra familia, saliendo del coche en el momento en que su hijo comienza a llorar. Lo que demuestra las contradicciones de un control de natalidad que limita las opciones laborales de las mujeres que por otro lado son promovidas en China. 

Young Plato

Declan McGrath, Neasa Ní Chianáin, 2021 | DOK.fest | ★★★


Los niños que asisten a la escuela primaria Holy Cross Boys en Ardoyne, Belfast, no han conocido directamente la violencia que los enfrentamientos entre protestantes y católicos engendró en los años sesenta. Pero las huellas de esa violencia permanecen, a través de las historias que sus abuelos les han contado, o representada en los muros de separación que se han mantenido a lo largo de la ciudad, denominados con el irónico nombre de "muros de la paz", cuando se trata de auténticas barreras de segregación, que no solo separa ideologías y creencias religiosas sino también clases sociales. La escuela se encuentra en una de las zonas más desfavorecidas, aquella que retrataba la infancia del director Kenneth Branagh en su película autobiográfica Belfast (2021), y tiene como principal responsable a Kevin McArevey, un profesor de filosofía que desborda optimismo y que utiliza los pensamientos de Platón, Aristóteles o Sócrates para establecer una singular dinámica educativa que trata de encontrar vías de distensión frente a la violencia. El documental Young Plato (Declan McGrath, Neasa Ní Chianáin, 2021) se contagia de esta mirada optimista porque se habla de las consecuencias de algunas peleas o discusiones entre los niños, pero no se detiene demasiado en las peleas o los conflictos personales. Lo cual es una decisión inteligente en cuanto que toma como doctrina la propia expresión de la convivencia. La trayectoria de esta película es una de las más exitosas del año, consiguiendo el Premio Human Rights en el Festival de Dublín, el de Mejor Documental Internacional en el Festival de Tesalónica y el de Mejor Documental en el One Human Rights Film Festival, y a finales de septiembre se estrena en los Estados Unidos. 

Los conflictos se quedan para las grabaciones de archivo que el profesor reproduce en clase y que muestran cómo las alumnas y profesoras católicas de la escuela hermana eran insultadas a su entrada en el colegio en pleno apogeo de The Troubles, el conflicto norirlandés. Pero son pocos los apuntes históricos que ofrece la película, que está más enfocada en las consecuencias de ese odio en las próximas generaciones, y en la forma de hacer frente a estas heridas todavía no sanadas, profundamente impregnadas en la sociedad irlandesa. Kevin McArevey es un personaje singular, seguidor acérrimo de Elvis Presley, del que conserva mil souvenirs y en cierta medida recoge a través de su afición musical una filosofía particular positivista que pretende inculcar a sus alumnos. Junto a él asistimos a los esfuerzos de otros profesores por trasladar el pensamiento crítico a los niños, hacerles partícipes continuamente de las clases y tomar decisiones en conjunto. Quizás por eso los directores mantienen siempre una perspectiva invisible, ni siquiera pretenden involucrarse en las vidas familiares de los niños o en sus historias personales. Young Plato es una película que celebra la educación como un acto de rebeldía contra la intolerancia, de búsqueda constante de caminos por los que establecer vínculos, lo que, por otro lado, está en contradicción con la existencia de las escuelas católicas separadas por sexos. Pero sobre todo es, como hemos visto en otros documentales, una propuesta inspiradora sobre cómo se puede elaborar una educación creativa e imaginativa, apoyándose, en este caso, en conceptos filosóficos que estimulan el cuestionamiento de la sociedad.

Marcel the shell with shoes

Dean Fleischer-Camp, 2021 | SXSW Film Festival  | ★★★


Hace más de diez años, un cortometraje subido a YouTube se convirtió en un fenómeno viral que dio lugar a otros dos cortos y dos libros. Marcel the shell with shoes (Dean Fleischer-Camp, 2010) conseguía en solo tres minutos introducir a un personaje lleno de inventiva que consistía simplemente en una concha con una boca, dos zapatos y un gran ojo. Y en su presentación nos invitaba a mirar el mundo a ras del suelo, desde la perspectiva de un ser diminuto que afirmaba arrepentirse de no poder tener un perro, así que amarraba un pelo a una pelusa y tiraba de ella como si fuera su mascota. Incluso los detalles más inofensivos se podían convertir en un problema debido a su tamaño y su falta de peso: "No me gusta beber refrescos porque tengo miedo de que una burbuja me lleve flotando hasta el techo", decía en el cortometraje. Sin embargo, no se trata tanto una historia infantil, porque esconde en su inteligente guión un trasfondo melancólico. El hecho de estar protagonizado por un personaje que es literalmente una concha, con cierta timidez cuando habla con su interlocutor, el director que le enfoca con la cámara, también tiene aspectos en los que se intuye la soledad y la introspección. De hecho, cuenta la co-creadora del personaje Jenny Slate (1982, Massachusetts), actriz habituada a doblar películas y series de animación como Mascotas 2 (Chris Renaud, Jonathan del Val, 2019), The great North (Disney+, 2021-2022) o Bob's burgers (Disney+, 2011-) y a la que hemos visto en Parks and recreation (HBO Max, 2009-2015), que la voz que aporta a Marcel surgió cuando se encontraba en una habitación con un grupo de personas y había a su alrededor tanto bullicio que comenzó a experimentar sin embargo un sentimiento de soledad.  

Jenny Slate y su entonces novio Dean Fleischer-Camp desarrollaron otros dos cortometrajes que ampliaban el mundo y la personalidad del personaje: Marcel the shell with shoes Two (Dean Fleischer-Camp, 2011) y Marcel the shell with shoes, Three (Dean Fleischer-Camp, 2014). Y ciertamente parecía que la evolución más lógica era dar el paso hacia el largometraje, con propuestas por parte de algunos estudios de Hollywood tan sorprendentes como la de hacer una comedia de acción con Marcel y Ryan Reynolds. Pero, afortunadamente, los creadores decidieron mantener el entorno del personaje para el largometraje Marcel the shell with shoes (Dean Fleischer-Camp, 2021) que no es una secuela de los cortometrajes, sino una revisión de su historia, incorporando algunas de las frases más populares, como aquella de: "¿Sabes por qué sonrío tanto? Porque vale la pena". Esta visión positiva a pesar de mirarse desde la perspectiva de un personaje minúsculo que hasta cuando estornuda acaba lanzado hacia atrás, es lo que convierte a la historia en una agradable y enternecedora muestra de lo importante que son los pequeños detalles. 

Aunque mantener el entorno y la historia de Marcel en el mismo nivel que en los cortometrajes podría parecer demasiado simple para una película de una hora y media, Dean Fleischer-Camp y Jenny Slate, que durante los siete años de producción se han casado y divorciado, construyen un guión lo suficientemente ingenioso como para introducir elementos reconocibles de los cortos pero al mismo tiempo dar amplitud al personaje y reflexionar sobre su repercusión mediática. El principal acierto es el de introducir a un nuevo personaje, Connie (Isabella Rossellini), la abuela de Marcel, una concha anciana que aporta la sabiduría pero también refuerza el sentimiento de soledad, y que nos hace recordar la actitud desinhibida de una actriz como Isabella Rossellini que llegó a protagonizar una serie tan surrealista como Green porno (Sundance Channel, 2008) en la que ella misma se disfrazaba de diferentes insectos para mostrar su comportamiento sexual. En esta nueva versión, el director Dean Fleischer-Camp se interpreta a sí mismo viviendo en una casa Airbnb después de separarse de su esposa (una referencia a la separación de común acuerdo con Jenny Slate), y comienza a filmar un documental sobre Marcel. Antes vivía en esa casa un matrimonio formado por Larissa (Rosa Salazar) y Mark (Thomas Mann) que discutía constantemente, y cuando se marcharon Marcel también perdió a su propia familia, que debió quedarse en algún mueble durante la mudanza. Cuando los cortometrajes sobre Marcel se convierten en un éxito después de emitirse en las redes sociales, Marcel y Dean deciden utilizar su fama para pedir ayuda para localizar a su familia, incluida una entrevista con Lesley Stahl, la veterana presentadora del popular programa informativo 60 minutes (CBS, 1968-). 

Toda esta trama tiene la entidad suficiente como para construir un largometraje que no es en ningún momento aburrido, aunque básicamente se manifieste a través de las conversaciones entre Marcel y el director. Pero también permite que unos diálogos improvisados sobre los que se fue diseñando la narrativa de la película introduzcan elementos como el duelo, las repercusiones del éxito o las relaciones personales. Resulta significativo que el objetivo principal de Marcel, esta diminuta concha con zapatos, sea el de unir de nuevo a su familia, mientras que los personajes humanos están marcados por la separación: la de la pareja que habitaba la casa, y la del propio director que la alquila antes de mudarse. Es la primera vez además que Marcel se da cuenta de que su mundo forma parte de otros mundos, de que la casa es una más de las que conforman una ciudad, que es una más de las muchas que forman parte del planeta. Y, sin embargo, su perspectiva diminuta ofrece una interpretación perspicaz y llena de humor sobre el placer de disfrutar de los rincones más recónditos de algo que se denomina hogar.  

Glorious

Rebekah McKendry, 2022 | Fantasia International Film Festival  | ★★★


Una de las películas que pasó recientemente por el Festival Fantasia 2022 y que se ha estrenado hace unas semanas en Estados Unidos a través de la plataforma Shudder es esta comedia de terror cósmico que tiene un solo escenario y dos personajes principales. El título Glorious (Rebekah McKendry, 2022) es un juego de palabras con el trasfondo de la historia, pero también con el glory-hole de un baño público en un parador de carretera a través del que comienza a hablar un extraño personaje (J.K. Simmons) al protagonista Wes (Ryan Kwanten). La premisa proviene de un relato corto del escritor norteamericano Todd Rigney, quien también ha sido adaptado al cine en la película Found (Scott Schirmer, 2012), basada en una de sus novelas más populares. Al principio de la historia, Wes conduce por la carretera en una especie de huída catártica, y en estas primeras escenas el guión apunta algunas de las características de la personalidad del protagonista que se revelarán posteriormente. Pero desde el momento en que entra en el baño público, comienza una conversación aparentemente trivial con una voz que proviene del reservado contiguo, que irá derivando hacia la necesidad de tomar una decisión trascendental que podría salvar al mundo de la destrucción. El zoom hacia atrás hasta una imagen del espacio exterior que la directora Rebekah McKendry (1979, Virginia) propone para mostrarnos el alcance de la conversación que tiene lugar en ese baño de carretera, es uno de los pequeños detalles que van conformando una película que sabe aprovechar su escasez de presupuesto y escenarios con imaginación e ingenio. 

Porque Glorious no sale de ese reducido espacio en el que se encuentra Wes, pero consigue ser dinámico a través de un cuidado trabajo de edición y de una constante búsqueda del enfoque más adecuado. La iconografía de la película proviene claramente del universo de H.P. Lovecraft, tan influyente en el cine de terror de los últimos años, e incluso utiliza como representación visual el color magenta que se ha usado en otras películas que también beben de la misma fuente, como Color out of space (Richard Stanley, 2019), que se puede comprobar comparando los carteles de las dos películas, estableciendo una coherencia de tonalidades. Pero esta coloración de la representación metafísica que propone el director de fotografía David Matthews, contrasta con la oscuridad cuando nos encontramos en la mente del protagonista. Sin embargo, los guionistas Joshua Hull, quien compró originalmente los derechos del relato, y David Ian McKendry, marido de la directora, mezclan otras mitologías como la griega y la sumeria para construir una base filosófica más personal, con especial énfasis en las derivaciones del karma, la acción que provoca una reacción, las consecuencias de los actos que se han cometido en el pasado. En el caso de Wes estas consecuencias tienen que ver con su relación con Brenda (Sylvia Grace Krim) que se va revelando a través de alucinaciones y flashbacks. Pero ante todo Glorious es una comedia de terror que provoca siempre sorpresas, y encuentra caminos narrativos que no son nada previsibles, aunque algunas decisiones puedan ser discutibles, como la introducción de Gary (André Lamar), un perfil de personaje que parece evitarse en las últimas producciones de terror, y que no tenemos claro si aquí se introduce con una cierta pretensión irónica. 

En su condición de película de serie B, Glorious sabe sacar partido de la modestia de sus herramientas, evitando el uso excesivo de los efectos visuales y limitándose a las dosis justas de terror gore. Y reflexiona de forma inteligente sobre la verdadera posición del ser humano en el universo y las consecuencias de nuestras acciones, pero al mismo tiempo ofreciendo las suficientes dosis de terror viscoso y humor negro como para que el planteamiento no resulte demasiado pretencioso. 

A human position

Andres Emblem, 2022 | Festival de San Sebastián - Zabaltegi | ★★★

La hermosa ciudad de Ålesund es una de las más visitadas por los turistas que se acercan a Noruega, especialmente por su arquitectura de estilo Art-Noveau y por su estratégica situación en mitad de los fiordos. En esta localidad se desarrolla la película noruega A human position (Anders Emblem, 2021), una pequeña producción de narrativa minimalista que inauguró el Festival Internacional de Cine de Trømso, participó en la sección Bright Future del Festival de Rotterdam y forma parte de la Sección Zabaltegi del próximo Festival de San Sebastián. La protagonista Asta (Amalie Sofie Ibsen Jensen, quien también interpretó el papel principal en el debut del director, Hurry slowly (Anders Emblem, 2018)) es una joven periodista que trabaja en el periódico local Sunnmørposten y que comienza a interesarse por la historia de un solicitante de asilo que, después de diez años viviendo en Noruega, se enfrenta a una orden de expulsión por parte de las autoridades. Recientemente se produjo un caso parecido que estuvo presente en los medios de comunicación: el joven Mustafa Hasan llegó a Noruega con su familia procedente de Jordania en 2008, pero su madre solicitó la acogida diciendo que eran palestinos (ella había nacido en Palestina pero se casó en Jordania en un matrimonio forzoso). Las autoridades negaron el asilo a su madre y la expulsaron del país, dejando a Mustafa y su hermano en Noruega. Mientras al hermano se le concedió un permiso de residencia por razones humanitarias, Mustafa se ha enfrentado a una batalla legal, teniendo en cuenta que vive en Noruega desde los cinco años y ahora tiene 19. 

Hay cierto paralelismo entre esta historia real, que ocupó las páginas de los periódicos este año, con la que funciona como motor narrativo de la película. Pero sobre todo tienen en común el cuestionamiento de una sociedad que se considera a sí misma como solidaria pero en la que hay grietas administrativas más que notables. En cierto modo, Noruega se representa bien en la propia casa donde vive Asta con su pareja Live (Maria Agwumaro), cuyo interior está perfectamente diseñado, como si se tratara de un edificio de nueva construcción, pero cuya fachada está ajada por las grietas y el moho. A través de su planificación minimalista, con planos que se repiten, mostrando una cierta monotonía vital, ausencia de música y silencios eternos, A human position es una bomba de relojería que pone en entredicho el estado del bienestar del que hacen gala Noruega y los países nórdicos. En una escena, Asta le pregunta a Live qué piensa ella que es lo mejor de Noruega, a lo que Live responde: "¿Las montañas?", una respuesta que contiene ese toque de superficialidad que en cierta manera muestra a una sociedad que prefiere no profundizar en sus defectos. Pero el director Anders Emblem (1985, Noruega) lo hace, manejando con talento la doble representación de lo que se ve y lo que se intuye. Incluso en la propia relación entre Asta y Live se transmite amor, pero también cierto grado de tensión. Asta parece haber estado ausente del trabajo durante algún tiempo, y su negativa a establecer una conexión física con Live, indica algún tipo de trastorno depresivo, una de las lacras de la juventud noruega que refleja de nuevo la fragilidad de ese supuesto bienestar. Es el mayor logro de esta película que camina sutilmente cuestionando y lanzando preguntas punzantes sobre cuáles son los resortes en los que se sostiene la aparente confortabilidad de nuestra sociedad, como en ese artículo que estimula el espíritu periodístico de la protagonista, y que se titula "Confrontando nuestra responsabilidad social". 

Mutzenbacher

Ruth Beckermann, 2022 Festival de San Sebastián - Zabaltegi | ★★★


En el año 1906 se publicó en Austria la novela Historia de una prostituta vienesa (1906, Ed. La sonrisa vertical), una supuesta autobiografía de Josephine Mutzenbacher que los editores habían corregido solo lingüísticamente manteniendo todo su contenido erótico. El libro relata las experiencias sexuales de esta prostituta nacida en 1852 en un barrio pobre, pero especialmente las que vivió entre los cinco y los trece años, de una manera explícita y pornográfica, y su publicación se produjo poco después de Memorias de una cantante alemana (1868, 1875, Ed. La sonrisa vertical), una supuesta autobiografía de la conocida cantante de ópera Wilhelmine Schröder-Devrient, de contenido también pornográfico, especialmente el segundo volumen. Aunque durante mucho tiempo se dudó de la autoría de Historia de una prostituta vienesa, se llegó a atribuir a Felix Salten, autor austríaco más conocido por el cuento Bambi, una vida en el bosque (1923, Ed. Edelvives), pero hoy en día parece haberse descartado esta teoría. Esta novela es la parte central de Mutzenbacher (Ruth Beckermann, 2022), ganador del Premio Encounters en el Festival de Berlín, que utiliza medios casi minimalistas para ofrecer una reflexión realmente inteligente sobre los roles de género y cómo es percibida esta obra desde la masculinidad del presente. 

Historia de una prostituta vienesa es una novela especialmente conocida en Austria, quizás porque, según se apunta al comienzo de la película, fue prohibida en 1968 y hasta 2017 estaba incluida en la lista de libros peligrosos para la juventud. No solo por las explícitas descripciones pornográficas sino porque las experiencias sexuales de la protagonista se producen entre los cinco y los trece años, son claramente abusos pederastas que sin embargo se justifican desde el punto de vista de la protagonista porque disfruta de estos encuentros, ya sea con amigos, su hermano, su padre o sus posteriores clientes. Hay, evidentemente, un punto de vista masculino en el relato, y éste es el que explora la reconocida directora Ruth Beckermann (1952, Austria), de la que encontramos un punto de conexión con su documental The dreamed ones (2016), otra mirada literaria que se centraba en la correspondencia entre los poetas Ingeborg Bachmann y Paul Celan. 

Para su última película tras el éxito internacional de El caso Kurt Waldheim (2018), la realizadora convocó un casting de hombres entre 16 y 99 años para que leyeran fragmentos del libro. Pero esta prueba de cámara, con la presencia fuera de campo de la propia Ruth Beckermann, que hace preguntas o da instrucciones a los convocados, se convierte en una reflexión sobre cómo la masculinidad capta las palabras de este texto que aborda una sexualidad tabú en nuestros días. Y por supuesto surgen aproximaciones diferentes según las edades de los intervinientes, y lecturas distintas de cómo la vida sexual ha cambiado en las últimas décadas. Algunos han acudido al casting por el respeto que les supone trabajar como una directora reconocida, pero otros lo han hecho por la curiosidad de abordar un texto tan controvertido. Hay quienes sienten repulsión por el texto, mientras para otros provoca una catarsis que les lleva a hablar sobre la libertad sexual que había hace años (libertad sexual desde el punto de vista masculino, evidentemente). Cuando la directora pide una valoración de uno de los fragmentos leídos en el que Josephine tiene una relación sexual con su padre, la respuesta del lector es: "Caliente. Bonito. Incesto. Natural", ante la sorprendida mirada de un hombre más joven, mientras otros dos discuten sobre si el hombre suele o no tener fantasías pederastas. Como en su documental East of war (1996), en el que la directora entrevistaba a antiguos soldados alemanes durante una exposición sobre las atrocidades cometidas contra los judíos, Ruth Beckermann extrae a partir de estas lecturas una disección sobre la percepción de la masculinidad. "En la actualidad solo se habla de la masculinidad tóxica, pero no se menciona la feminidad tóxica", dice uno de los participantes. Y es ella la que dirige y mantiene el control sobre las entrevistas, siempre fuera de foco, como cuando un hombre maduro se niega a leer un fragmento porque no quiere "que mi nieta escuche a su abuelo diciendo estas palabras", pero finalmente le convence para que lea otro fragmento, que resulta ser mucho más pornográfico. Mutzenbacher consigue ser profundo desde el minimalismo, certero en su análisis de la virilidad enfrentándose a sus principales contradicciones.  

Nest

Hlynur Pálmason, 2022 Festival de San Sebastián - Zabaltegi | ★★★


Imaginado primero como una videoinstalación que el director rodó durante casi dos años, pero finalmente convertido en un cortometraje, Nest (Hlynur Pálmason, 2022) se configura como una especie de intermedio durante el confinamiento por el coronavirus entre el primer largometraje del director islandés, Un blanco, blanco día (2019) y su largamente acariciado proyecto, durante ocho años de desarrollo, que ha acabado siendo Godland (2022), una película estrenada este año en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y que también forma parte de la programación de la sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián. El aislamiento que suponen las pequeñas poblaciones del solitario paisaje de Islandia permitió experimentar la pandemia del coronavirus de una forma diferente, y ese es el trasfondo del cortometraje, rodado cerca de la casa del director y protagonizado por sus hijos, Grímur Hlynsson, Þorgils Hlynsson e Ída Mekkín Hlynsdóttir, quien ha participado como actriz en todas las películas dirigidas por su padre. El plano fijo rodado en cine en formato 4:3 de un poste de teléfono permanece estático durante los 22 minutos que dura este cortometraje estrenado en la pasada edición del Festival de Berlín, pero comienza a transformarse cuando se va convirtiendo en una especie de casa de árbol que será el refugio de los niños. La acción transcurre alrededor de este espacio, protagonizada por los jóvenes mientras tienen conversaciones triviales y por las propias transformaciones que sufre el paisaje a lo largo de las diferentes estaciones del año. 

De alguna forma, los cambios meteorológicos transcurren de un modo similar a los de las escenas con los niños: hay momentos de tranquilidad, instantes divertidos e incluso algún apunte de suspense que Hlynur Pálmason (1984, Islandia) introduce con habilidad. Hay un especial interés del director por describir los lazos familiares a través de las construcciones, como cuando en Un blanco, blanco día el protagonista Ingimundur (Ingvar Sigurđsson) construye una casa para su nieta, en un primer acto que también muestra esta construcción a través de un plano fijo durante el transcurso de varios meses. Entre la mirada realista, de diálogos improvisados, y la construcción narrativa de escenas guionizadas, los veinte minutos del cortometraje se equilibran perfectamente como una ficción-documental y acaban capturando nuestra atención a través de los pequeños detalles, para reflejar un entorno familiar que nos devuelve los recuerdos de una infancia de juegos totalmente despreocupada, solo enfocada en ese espacio que contempla el paso del tiempo, las fuertes nevadas y la lluvia torrencial, pero también el verano soleado, el paisaje primaveral o los fuegos artificiales que anuncian la llegada de un nuevo año. Hay emoción y nostalgia en este retrato familiar en el que los niños son los protagonistas, representado a través del nido/hogar que los acoge.  


Godland se estrena en cines el 27 de enero. 

Color out of space se puede ver en Acontra+, Movistar+ y Prime Video. 
El caso Kurt Waldheim se puede ver en Truestory.
The dreamed ones se puede ver en dafilms.com, GuideDoc y Truestory.
East of war se puede ver en dafilms.com y Truestory.
Un blanco, blanco día se puede ver en Filmin.  
Nest se puede ver en MUBI. 


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