24 febrero, 2010

Berlinale 2010: Cinco días de febrero (I)

Crónica de la 60 edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Cinco días de febrero en los que las imágenes cinematográficas se convirtieron en el referente de una realidad por la que tomaron partido los protagonistas de las distintas secciones de un festival que analizamos desde la mirada geográfica y cultural.  

Durante la tercera ola de frío de este invierno se ha celebrado la Berlinale. La ciudad estaba cubierta con una capa de nieve de más de 5 cm. y el aire helado te empujaba decididamente hacia las salas de cine. Desde tu butaca, confortablemente instalado, podías tomarle el pulso a la producción cinematográfica y apreciar el estado mediático del mundo… El Mundo es un puzzle que se deshace cada noche con el viento de los sueños y el cine un juego de lentes que agranda las huellas del pasado. Un festival de cine es una instantánea del mundo, un presente virtual gigantesco. Hoy hemos perdido la inocencia para creernos que las imágenes pertenecen al espacio concreto y real de las salas de cine. Hoy sabemos que las huellas del tiempo fijadas para siempre forman una plataforma que nos conduce a otro mundo/imagen y así sucesivamente. Si podemos imaginarnos al homínido anterior a la palabra, como conocemos la prehistoria por los restos arqueológicos, una vez adquirida la palabra y establecidos los signos que permiten la escritura, el homínido se convierte en hombre y la prehistoria en Historia. El conocimiento está íntimamente ligado con el medio por el que accedemos a dicho conocimiento. El hombre planetario de hoy habita un mundo/imagen tal y como se puede (y se debe) descriptar en un festival de cine como el de Berlín.

Primera etapa: El mundo anglosajón

The ghost writer (El escritor), de Roman Polanski (Francia, Alemania, Gran Bretaña)
Shutter island, de Martin Scorsese (USA)
Exit through the gift shop, de Banksy (Gran Bretaña)
Please give, de Nicole Holofcener (USA)

Si buscamos el hilo rojo que pasaría de un film a otro de los cuatro mencionados, apostaríamos por el tema con el que se enfrentan todos: la inevitable/imposible disolución del héroe.

Para Scorsese es el tema central. Di Caprio, con aires de un Clark Gable anterior a Lo que el viento se llevó, se debate entre la locura heroica y el imposible duelo de la ilusión familia/sueño americano… Con imágenes de una fuerza alucinatoria deslumbrante, Scorsese nos hace visitar tanto el relato de aventura (siguiendo los pasos de Peter Jackson), como los ásperos corredores de la locura (en referencia a Fuller y la RKO). Seca, profunda, original, esta película laberinto enfrenta las figuras tutelares venidas de un cine europeo reflexivo y consciente (Ben Kingsley y Max Von Sydow) con la repetición y la huida hacia delante. El héroe americano tiene la piel dura.

Por el contrario, para Polanski, el héroe es un fantasma que no debe exponerse a la tentación de existir. Viene a ocupar el lugar de un muerto y debe contentarse con observar la vida alrededor sin poderse escapar de la casa encantada que lo aprisiona. 


Las mentiras y verdades ocultas entran y salen sin más preocupación de sus muros transparentes, pero él, el héroe polanskiano, no puede ocultarse ni siquiera de los simples segundones. Jamás será el que provoque la acción, la soporta como una repetición de lo que sucedió con su antecesor y probablemente sucederá a quien siga sus pasos. Inútil decir que el “caso Polanski” que ocupó recientemente las páginas de los periódicos, está constantemente planeando como consecuencia del guión. Juego de espejos entre el autor y su héroe. La puesta en escena es elegante pero sin relieve, el casting un tanto perezoso. Ninguna idea brillante, ningún tesoro escondido. El espacio, minimalista y funcional, es el reflejo del espesor moral de los personajes. Si la tarea manifiesta del héroe es suprimir la retórica de su antecesor, la de Polanski parece tan inútil y desesperada como la del barrendero que barre contra el viento.


Nada extraño que Banksy, director de Exit through the gift shop, artista graffitero conocido, con obras en museos (el MoMA), héroe a cara oculta de “un film sobre un hombre que intenta rodar un film sobre mí”, insista en conservar su identidad secreta para evitar los procesos por sus iconoclastas incursiones. El héroe convencional se disuelve y el artista rechaza ocupar su lugar. La textura del artista víctima, del artista comprometido, del artista icono (Van Gogh, Picasso, Warhol), da paso al doble del artista. El doble no es sólo quien soporta los tiempos muertos, las acciones arriesgadas o las tomas desagradables… hoy el doble ocupa permanentemente el lugar del autor. No héroe significa no autor, sólo un doble para testimoniar la disolución del arte en lo mediático, en lo virtual…


Véase Please give de Nicole Holofcener. La película no se articula ni gracias al héroe ni gracias a la progresión dramática. Como un capítulo aislado de una serie televisiva, identificamos a los personajes, pero no su implicación en la historia. La muerte y el sexo están vistos del lado rutinario: mamografías, compra-venta del mobiliario de las personas fallecidas, el sexo como prolongación de la limpieza de cutis… los acontecimientos se suceden con la previsibilidad de la puesta en escena:

--¡Como!, ¿vas a ir a trabajar? ¡Murió la abuela!...

Pausa. Mira a la abuela recién muerta, sentada aún en su sillón habitual.

--Sí, ¿ves? Sigue muerta…¡me voy a trabajar!


Por Antonio Figueredo
Enviado especial