07 febrero, 2010

Experimentos psíquicos en la CIA

La investigación de los fenómenos psíquicos con fines militares es un hecho demostrado que sabemos que la CIA desarrolló en los años 50 y 60. Dos películas se acercan a las consecuencias de estos experimentos desde propuestas muy diferentes.

El denominado como Proyecto Stargate es uno de los más conocidos en la experimentación del uso militar de determinados fenómenos psíquicos. Desarrollado entre los años 70 y 90 en la Universidad de Stanford, se centraba especialmente en la telequinesis, la visión remota y el hipnotismo, usando para ello diversos tipos de drogas, terapia de choque, radiación y otras lindezas. 

Basada en parte en este tipo de experimentos está la película Los hombres que miraban fijamente a las cabras, basada en la novela del periodista británico Jon Ronson, que protagonizan George Clooney, Ewan McGregor, Kevin Spacey, Jeff Bridges y Stephen Lang (encasillado en papeles de militar, tras su participación en Avatar). Esta comedia de tono absurdo, en la línea de otros títulos que tratan la actitud belicista de los Estados Unidos con ironía (véanse War, Inc. o In the loop), traslada a algunos sujetos de este tipo de experimentos a la guerra de Irak, aportando cierta sorna en torno a la presencia de fuerzas militares-psíquicas en pleno desierto. George Clooney, habitual en este tipo de proyectos más o menos comprometidos (Syriana, Tres reyes), se encuentra a gusto en su papel de descentrado ex-militar, mientras que Ewan McGregor aporta su cara de alelado periodista que no se cree nada de lo que ve (resulta divertida la constante referencia a los jedi en toda la película, cuando McGregor precisamente dio vida en su momento a un joven Obi-Wan Kenobi). No obstante, este tipo de películas de humor absurdo y algo desmadrado, pero de clara pretensión intelectual, me suelen resultar cansinas y repetitivas. Y ocurre lo mismo con Los hombres que miraban fijamente a las cabras: sus chistes a veces son efectivos, pero en conjunto acaban siendo una sucesión de ridiculeces que no tienen cohesión. 

Una serie de documentales que realizó Jon Ronson para Channel 4 al mismo tiempo que se editaba su libro incluía referencias al proyecto MK-ULTRA, una de las más abominables sesiones de experimentación que la CIA desarrolló en los años 50. Con el objetivo de lograr controlar a un individuo hasta el punto de hacerle obedecer en contra de su voluntad, se realizaron experimentos de "manipulación psíquica" en la Universidad McGill de Montreal, a cargo del psiquiatra (por llamarlo de alguna forma) Donald Ewen Cameron. Numerosas personas, sin su consentimiento, fueron sometidas a sesiones de borrado de recuerdos, repetición de ruidos y sonidos, terapia electroconvulsiva, LSD, provocando en ocasiones su muerte. Aunque, debido a que los archivos fueron deliberadamente destruidos en 1973 por orden del director de la CIA, nunca se sabrán las consecuencias reales de estas prácticas no tan alejadas de las que llevaron a cabo los doctores de la muerte durante el régimen nazi. 

The killing room, de Jonathan Liebesman, se acerca a este tipo de experimentos ofreciendo la posibilidad de que hoy en día se sigan desarrollando sin que lo sepamos. Intenso thriller psicológico, bien construido a base de puntos de giro sorprendentes y adecuados, The killing room recuerda por su eficacia y dosificados recursos a títulos como The cube. Puede resultar a veces que como espectadores estamos siendo manipulados también (alguna tendencia a engañarnos con fórmulas facilonas lastra en parte sus aciertos), pero en general consigue, con cuatro personas encerradas en una habitación, mayores dosis de interés y tensión que cualquier superproducción de acción. Buena parte de la eficacia de la película radica en el buen trabajo de sus actores, encabezados por Timothy Hutton, Peter Stormare, Nick Cannon, Clea DuVall, Shea Wigham y hasta Chloë Sevigny, en un papel que no parecía muy adecuado para ella, pero que resuelve con eficacia. 

Y por supuesto, sin que sirva sin precedente ya que no es uno de mis compositores preferidos, la espléndida e inquietante banda sonora de Brian Tyler, cercana a la sonoridad de Béla Bartók y György Ligety, de una elegante atonalidad que consigue crear la ambientación adecuada para introducirnos en el clima claustrofóbico que propone el director, sin duda inspirado en su planificación absorbente (en parte ya presente en su debut, la revisión de La matanza de Texas), aunque ahora con mejor soporte narrativo.

Películas como Los hombres que miraban fijamente a las cabras o The killing room nos desvelan algunas de las atrocidades más inhumanas realizadas por los "patrióticos" servicios de inteligencia.