16 noviembre, 2009

Cine pequeño: Wendy and Lucy

El cine es un arte capaz de asombrarnos con grandes fuegos de artificio y millonarios presupuestos. Pero al mismo tiempo consigue fascinarnos a través de historias sencillas que necesitan sólo unos pocos elementos para llegarnos al corazón. 

Es el caso de Wendy and Lucy, una película que el año pasado estuvo presente en la Sección Oficial de algunos de los festivales más destacados (Toronto, Londres), así como en la prestigiosa Un certain Regard del Festival de Cannes, y que en España descubrimos en la programación de una muestra tan dada a este tipo de producciones como el Festival de Cine de Gijón. Pero que sin embargo permanece inédita en nuestro país, no se sabe por qué extraña decisión de nuestros distribuidores.  

Wendy and Lucy nos acerca a la relación entre una joven que ha decidido viajar hasta Alaska con 500 dólares en el bolsillo y su perra, a la que pierde tras una embarazosa situación. Varada en un pequeño pueblo de la América profunda, Wendy conoce la hostilidad de una sociedad compartimentada, y al mismo tiempo la fragilidad de una vida a la deriva.

La película, en su superficie, no tiene un argumento complejo, pero contiene un trasfondo sobre la crisis y los condicionamientos de una sociedad marcada por normas y abusos, que ya quisieran otros títulos más pretenciosos. Una pequeña localidad se puede convertir en un lugar hostil para alguien que no está "controlado". Ya lo dice uno de los personajes: "Si no tienes dirección, no puedes trabajar, y si no trabajas no puedes tener una dirección. Nos tienen pillados". Pues sí, nos tienen pillados... y por los huevos (algo tan actual como la campaña por el DNIe nos recuerda esta situación). 

Pero sobre todo, Wendy and Lucy es una película que evita la sensiblería que habitualmente rodea a las relaciones entre hombres y animales en el cine, y que está espléndidamente interpretada por una Michelle Williams que traspasa la pantalla (y eso que la directora le pidió que no se maquillara ni se lavara el pelo en dos semanas). 

Los escasos 80 minutos de esta historia sencilla juegan a su favor, porque no trata de alargar innecesariamente un argumento casi minimalista, y eso es de agradecer. Kelly Reichardt, la directora, consigue construir una muestra de cine pequeño que nos atrapa sin grandes pretensiones.