25 noviembre, 2009

El regreso de los no-muertos

Mientras las adolescentes se tiran de los pelos frente a las imágenes de sus ídolos vampíricos musculados, traemos aquí dos propuestas que tienen también como protagonistas a los no-muertos (zombis y vampiros), que destacan por su incursión sin concesiones al universo de los muertos en vida. 

Por un lado, la última película del siempre transgresor Bruce La Bruce; por otro, la fascinante lectura del vampirismo que hace Chan-wook Park. Dos películas inéditas aún en nuestros cines que, si bien no son redondas, sí al menos realizan un acercamiento atípico a la vida de los que no viven.

Otto; or, Up with dead people (2008) es la última película del canadiense Bruce La Bruce, un director que ha sabido llevar el queer cinema hasta extremos de mirada iconoclasta que no se casa con nadie y que somete al espectador a una orgía visual no siempre acertada, pero al menos sí transgresora. Desde la mítica Hustler white (1996), en la que ahondaba en el mundo del puterío gay, Bruce La Bruce ha ido depurando su estilo, pero también extremando sus propuestas. Su última película no puede ser más representativa de esta evolución. Rodada y coproducido en Alemania, Otto nos presenta a un zombi adolescente (o a un adolescente que se cree un zombi) deambulando por un mundo de seres vivos en el que no se encuentra a gusto. Se trata de una lectura contraria al habitual cine de zombis. Si en Zombieland, por poner un ejemplo reciente, un grupo de mortales se debe enfrentar a un mundo invadido por muertos vivientes, en Otto es un zombi el que se debe enfrentar a una sociedad que le patea la cara. Si a eso le unimos una devastadora crítica contra cierto cine alternativo y pretencioso (alguien podría decir que al fin y al cabo Otto es eso), y por supuesto las habituales escenas semipornográficas del cine de Bruce La Bruce, con la excusa de plantear una invasión de zombis maricones, el cóctel acaba resultando sugestivo, aunque a veces se indigeste.

Independientemente de que los resultados no acaben siendo perfectos, que el cine de Bruce La Bruce no pueda desprenderse de cierto tufillo cutre, por mucho que cuente con mayor presupuesto, o que la voluntad transgresora pase por elaborar planteamientos visuales y sonoros que terminan asfixiando al espectador, la verdad es que Otto; or Up with the dead people contiene algunos de los momentos más impactantes del cine de este director inclasificable. Esa es su seña de identidad, como realizador que sabe mantenerse al margen de la industria, y que suele hacer lo que le viene en gana. Y no se puede negar que su propuesta de cine dentro del cine (una directora alternativa rueda una película de zombis y quiere como protagonista a Otto, el adolescente tambaleante), resulta atractiva.

Tras el éxito de crítica y público de la brutal Old boy (2003) y la buena recepción de su curiosa Sympathy for Lady Vengeance (2005), Chan-wook Park presentó una enloquecida historia sobre la locura (valga la redundancia) que tuvo detractores y defensores: Cyborg, but that's OK (2007). Yo debo confesar que estoy entre los primeros, y que me aburrí soberanamente en una larga sesión de la película en el Festival de Berlín, rodeado además por otros acreditados-espectadores cuyos ronquidos hacían más insoportable la proyección. Este año el director coreano regresa con Thirst, ganadora del Premio del Jurado en Cannes y el premio a la Mejor Actriz en el Festival de Sitges. 

Si Déjame entrar fue el año pasado la gran representante de una mirada diferente al género del vampirismo, Chan-wook Park consigue ahora otra lectura sorprendente, insólita, desquiciada, sangrienta y romántica del universo de los no-muertos. Thirst tiene como protagonista, y en eso coincide con la mirada de Bruce La Bruce, a un vampiro que se encuentra perdido entre los seres humanos, hasta que consigue a su media naranja. La película tiene dos partes bien definidas: la primera, como presentación de un personaje que el magnífico Kang-ho Song (recordemos The host o The good, the bad, the weird) borda descargándose ya de su molesta etiqueta de bobalicón. Aquí interpreta a un sacerdote católico (ni qué decir tiene que la trasposición de la iconografía cristiana está perfectamente diseñada en el concepto visual del personaje) que afronta su condición de vampiro con cierta ética moral, pero que acaba sucumbiendo al poder de la sangre. Esta primera parte me parece magnífica, hermosa en sus imágenes, de narración impecable. 

La segunda parte de Thirst es la más desquiciada, por mor de un personaje que, eso sí, resulta brutalmente salvaje. Aquí Chan-wook Park deja rienda suelta a su especial querencia por la hemoglobina y acaba resultando algo estomagante. Pero contiene dos de las escenas más rotundas visualmente que hemos visto en mucho tiempo dentro del género (la escena de la conversión al vampirismo de uno de los personajes, y el final, de tremenda carga romántica).