03 marzo, 2017

El otro cine

Una de las grandes virtudes del cine que se produce en Estados Unidos es su capacidad para mezclar la fastuosidad de los Oscar con otras propuestas menos encorsetadas; el dispendio presupuestario de las grandes producciones con trabajos realizados con recursos limitados pero resultados de gran calidad. El mérito de una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) no está solo en su condición de gran película con inolvidables momentos, sino en el hecho de ser un filme producido con poco más de 1.5$ millones de presupuesto, rodado en 25 días con una sola cámara y que solo ha recaudado en taquilla 22$ millones frente a los más de 350$ millones que lleva recaudados La La Land (Damien Chazelle, 2016), por ejemplo. En una semana no especialmente fácil para la Academia de Hollywood, aún colean las consecuencias de uno de los momentos más surrealistas que se han vivido en los Oscar, con ese intercambio de sobres que acabará pasando a la historia como una anécdota, pero que le quitó brillantez al triunfo de una película minúscula que logró llegar a los Oscar por méritos propios.   

Las razones por las que Moonlight se acabó convirtiendo en la gran sorpresa de la noche pueden ser variadas, y quizás se esté en lo cierto cuando se habla de cierta "politización" de las votaciones (el Oscar para El viajante (Asghar Farhadi, 2016) frente a la favorita Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) sin duda lo fue). Pero también es cierto que esa etiqueta que se le sigue adjudicando a la Academia como institución conservadora ya es quizás una costumbre más que una realidad. Solo hay que recordar los últimos Oscar a Mejor Película: Spotlight (Tom McCarthy, 2015), Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014), 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) o Argo (Ben Affleck, 2012). Quizás algo está cambiando en la Academia de Hollywood, o un sistema de votaciones algo complejo pero que trata de ser equitativo está consiguiendo su propósito. 

Esta pequeña, emocionante, profunda y talentosa película que es Moonlight jugó, la noche anterior a los Oscar, el papel de favorita en los Film Independent Spirit Awards (consiguió seis de ellos), premios que pretenden reconocer el valor de esas producciones realizadas con un presupuesto inferior a los 1.5$ millones, aunque en los últimos años se le ha criticado estar demasiado pendiente de las películas que optan a los Oscar. Otros galardones como los Gotham Awards o los recién nacidos American Independent Film Awards, que se centra en producciones de menos de 1$ millón de presupuesto, también tienen su mirada puesta en ese "otro cine" que nace del talento para construir grandes películas con escasos recursos. Y el protagonismo que ha tenido David frente a Goliath nos hace cambiar la mirada hacia esas otras producciones que se realizan al margen de los grandes estudios de cine. 

En los American Independent Film Awards la principal ganadora fue Krisha (Trey Edward Schultz, 2015), uno de esos ejemplos de cómo una buena película se sostiene en la capacidad para elaborar una buena historia con perspicacia. Krisha se centra en un encuentro familiar de acción de gracias al que acude la protagonista, una mujer que abandonó a su hijo y que ahora regresa a un entorno aparentemente amable pero que esconde muchos reproches. El director rodó la película durante nueve días con su familia (casi todos los personajes están interpretados por familiares que nunca se habían puesto delante de una cámara, incluido el propio Trey Edward Schultz, que interpreta al hijo de la protagonista). Y especialmente notable es el trabajo de Krisha Fairchild, tía del director, que sí es actriz profesional y que encarnó el mismo personaje en el corto del mismo título en el que está basada la película, Krisha (Trey Edward Schultz, 2014). La principal virtud del guión es su asombrosa capacidad para ir desgranando poco a poco las verdades ocultas de los personajes hasta el clímax final que, sin embargo, no resulta histriónico, sino que se nos muestra con acertada contención.

Esa capacidad de contención también está presente en otros títulos destacables este año en el circuito independiente, como The fits (Anna Rose Holmer, 2015), una historia aparentemente sencilla pero profundamente compleja que habla de la necesidad de "encajar" en la sociedad. Y mientras se centra en el cuerpo de la joven protagonista, que se debate entre seguir entrenando junto a su hermano en una cancha de boxeo o participar en las sesiones de baile a las que acuden la mayor parte de sus compañeras de clase, tiene que hacer frente también a la llegada de una rara enfermedad que la directora utiliza como una especie de McGuffin para poner sobre la mesa temas como el racismo y la incompresión hacia quienes no ocupan el espacio que supuestamente les corresponde. En cierto modo, The fits contiene muchos de los elementos temáticos que tiene Moonlight, en la necesidad que tiene su joven protagonista de evitar el rechazo, en la situación de "apartheid" en la que le colocan sus propios compañeros y en la reivindicación de la fuerza interior frente al racismo. Anna Rose Holmer logró el Kiehl's Someone to Watch Award en los Film Independent Spirit Awards que se concedieron el pasado fin de semana.


Lo mismo se puede decir de Other people (Chris Kelly, 2016), un título que ha acaparado buena parte de la atención del último cine independiente, especialmente gracias al espléndido trabajo de su protagonista, Molly Shannon, reconocido tanto en los American Independent Film Awards como en los Film Independent Spirit Awards. Y, sinceramente, es una de esas interpretaciones que debería haber conseguido una nominación al Oscar. Protagonizada por un no menos espléndido Jesse Plemons, del que recordamos su trabajo en la segunda temporada de Fargo (FX, 2015-), la historia se acerca a la relación entre un joven aspirante a guionista cómico y su madre, enferma de cáncer terminal. Pero lejos de mostrarnos un drama lacrimógeno, el director nos presenta una historia con sentido del humor, y sorprende en su debut como realizador (Chris Kelly precisamente es guionista del mítico programa Saturday Night Live (NBC, 1975-) para resolver escenas dramáticas con un giro humorístico. El personaje que interpreta Molly Shannon, que sustituyó a Sissy Spacek cuando ésta no pudo interpretarlo por sus compromisos con la serie Bloodline (Netflix, 2015-), destila  una mirada positiva frente a la enfermedad, y por lo que vimos en la entrega de los Film Independent Spirit Awards es una característica que comparte la propia actriz, pero la película también acierta en su descripción de ese rechazo silencioso (pero más doloroso si cabe) del padre hacia la homosexualidad de su hijo.

Chronic (Michel Franco, 2015) es otra película que habla de enfermedades terminales, pero esta vez desde el punto de vista de un enfermero de cuidados paliativos que interpreta magistralmente Tim Roth, actor recuperado últimamente en trabajos destacables. La película, producida por Gabriel Ripstein, hijo del director Arturo Ripstein, ganó el Premio al Mejor Guión en el Festival de Cannes de 2015, y ha sido nominada a dos premios en los Film Independent Spirit Awards. La cámara del director mexicano Michel Franco, responsable de otros títulos interesantes como Después de Lucía (2012) y A los ojos (2014), es concisa, estática, precisa en la descripción de escenas de apariencia cotidiana pero que esconden trasfondos más complejos. Como el personaje al que interpreta Tim Roth, y ese es uno de los aciertos del guión, descrito a través de una mirada distante pero que, en esas pequeñas mentiras que cuenta a su alrededor, parece esconder una personalidad más oscura.

Sobre esa deconstrucción psicológica de la realidad también nos habla Christine (Antonio Campos, 2016), basada en la historia real de una periodista cuya depresión provocada por un entorno especialmente hostil a su desarrollo profesional la llevó a protagonizar una de las escenas más terroríficas que se vieron en la televisión de los años setenta. Precisamente, el documental Kate plays Christine (Robert Greene, 2016) se centra en el trabajo de investigación y preparación de la actriz Kate Lyn Sheil para encarnar al personaje de Christine Chubbuck en otra supuesta película. El documental ganó los premios American Film Independent Awards al Mejor Guión Improvisado y Mejor Montaje. Pero centrándonos en Christine, el film de Antonio Campos tiene entre sus principales aciertos una precisa encarnación del derrumbe psicológico que sufre la protagonista, bien interpretada por la actriz Rebecca Hall, y aunque la película (que en su compleja visión del trabajo periodístico de los años setenta nos recuerda a Spotlight (Tom McCarthy, 2015)), no termina de encontrar el equilibrio adecuado entre la crónica social y el drama psiquiátrico, logra en los minutos finales transmitir con destreza el difícil proceso de autodestrucción de la protagonista.


Antonio Campos es también el productor de una de las películas más inquietantes que hemos visto este año, con el permiso de La bruja (Robert Eggers, 2015), premiada en los Film Independent Spirit Awards. The eyes of my mother (Nicholas Pesce, 2016) es, como aquella, una revisión en torno a la maldad rodada en blanco y negro (ha estado nominada a los Film Independent Spirit Awards a Mejor Fotografía), y tiene como protagonista a una joven educada en un entorno de venganza y violencia provocada por un asalto a su casa. Nos describe, en las diferentes etapas de su vida, cómo va desarrollando un perfil de psicopatía que la conducen a crueles formas de asesinato y tortura. Ganadora del American Film Independent Award a Mejor Diseño de Producción, estamos ante una muestra del género de terror descrito con una mirada minimalista, que nos conduce a una progresiva catarsis violenta con inteligentes retazos de información en torno a la protagonista. Y se engloba dentro de esa interesante nueva mirada hacia el género de terror que vienen desarrollando desde hace años algunos directores jóvenes.

La realizadora Kelly Reichardt se está convirtiendo en una de las cronistas más certeras en torno a esa América pegada a la tierra, de personajes realistas y nada complacientes, que ya ha mostrado en espléndidas crónicas de la soledad como Wendy and Lucy (2008) o Night moves (2013). Este año nos ha ofrecido Certain Women (Kelly Reichardt, 2016), una película formada por tres historias protagonizadas por Laura Dean, Michelle Williams, Kirsten Stewart y Lily Gladstone, espléndida en ese personaje de apariencia dura pero profunda sensibilidad, que se tiene que enfrentar a sus sentimientos. Producida por Todd Haynes, se trata de una crónica en torno a mujeres de gran fuerza en un mundo de hombres débiles que construyen en su entorno una especie de matriarcado del sentimiento que las hace todavía aún más enérgicas. Pero la mirada de Kelly Reichardt es también concisa (ese primer plano de Lily Gladstone en la furgoneta cuando se da cuenta de que sus expectativas han sido frustradas), y logra un drama a cuatro voces de milimétrica intensidad que hubiera merecido mayor presencia en los circuitos no estrictamente independientes.

El último Festival de Sundance entregó el Gran Premio del Jurado a una histriónica crónica de la gilipollez, la irregular Ya no me siento a gusto en este mundo (Macon Blair, 2017) cuyos derechos adquirió Netflix. Protagonizada por Melanie Lynskey y un Elijah Wood que parece sentirse a gusto en personajes singulares, se trata de una película inclasificable que mezcla momentos sorprendentemente talentosos con secuencias imposibles, y que tiene en su sentido del humor algo surrealista una de sus principales bazas. Precisamente Elijah Wood es el productor de otra de las películas más bizarras que se han estrenado recientemente: la inconcebible The greasy strangler (Jim Hosking, 2016), una locura de bajo presupuesto que sigue a un asesino en serie (el estrangulador grasiento del título) en medio de un festival de pollas gigantescas y sexo sucio. Ordinaria, escatológica y cutre, hay que verla con predisposición para pasar el rato sin pedirle nada más, y mereció el Premio Discovery en los British Independent Film Awards y los premios American Film Independent Awards a Mejor Diseño de Vestuario y Mejor Maquillaje y peluquería, merecidos sin duda por su condición de aportación desatada al histrionismo de la película.    

El debut en el largometraje del reconocido actor y director Benjamin Dickinson, Creative Control (Benjamin Dickinson, 2015), que también protagoniza, es uno de los títulos más destacados dentro del cine independiente estrenado en 2016. Esta fábula futurista realizada con menos de 1$ millón de presupuesto contiene algunas de las reflexiones más acertadas en torno a la condición humana que hemos visto en los últimos años. Quizás puede parecer algo pretencioso en ese tono contemplativo, ese uso de la música clásica como elemento sonoro, y esa cierta mirada a lo Michelangelo Antonioni hacia personajes de aparentemente estatismo pero complejo entramado interior. Sin embargo, es una película que consigue, gracias a un lenguaje de cierta ironía, conectar ese mundo futurista con reflexiones sobre las relaciones humanas básicas.

También en el futuro se desarrolla la historia de Embers (Claire Carré, 2015), una coproducción entre Polonia y Estados Unidos, que plantea un escenario posterior a una epidemia neurológica global, que borra la memoria a corto plazo de las personas, provocando seres humanos aquejados de una especie de Alzheimer que viven en un continuo círculo vicioso de preguntas sin respuestas. Así, la directora nos propone acercarnos a diversos personajes que se enfrentan a este mundo sin memoria, desde la relación amorosa de una pareja que se vuelve a enamorar cada día hasta el impulso violento de un joven que no encuentra nunca la razón de tal violencia, o la niña que se encuentra en constante aprendizaje. Lástima que la directora y guionista, una vez establecido el interesante planteamiento inicial, no termine de encontrar el camino a través del cual desarrollar adecuadamente una historia que acaba dando vueltas sobre sí misma. Pero propone, como Creative control, una absorbente reflexión sobre las relaciones humanas, especialmente atractiva cuando se centra en ese búnker en el que un padre y una hija (los españoles Roberto Cots y Greta Fernández) mantienen sus recuerdos a través de ejercicios mentales.   

Al ganar el Oscar a Mejor Película, Moonlight (Barry Jenkins, 2016), ha conseguido mucha mayor relevancia histórica que la que parece. es la primera película de temática homosexual que gana el mayor galardón de la Academia de Hollywood, y el filme ganador que menos recaudación ha conseguido en taquilla. En este sentido, es una película que da relevancia al cine que habla de sentimientos universales, y que también tiene cierto parecido temático con Spa night (Andrew Ahn, 2016), otro de los títulos más destacados dentro del género homosexual que se han producido recientemente. Ganadora del Premio John Cassavetes (que reconoce a películas con menos de 1$ millón de presupuesto) en los Film Independent Spirit Awards, este debut de Andrew Ahn nos presenta una historia de descubrimiento sexual dentro de la comunidad coreana que vive en Los Angeles, a través de los encuentros sexuales que se producen en las saunas masculinas de la ciudad. En cierto modo nos recuerda también a El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013), en su descripción minuciosa de una zona de cruising gay, pero ésta resulta mucho menos explícita y mucho más delicada en el tratamiento del descubrimiento paulatino que hace el joven protagonista del deseo y la pulsión sexual. Se trata, sin duda, de uno de los debuts más interesantes del cine independiente en este último año. 





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