09 julio, 2010

Realidad y ficción: La última parada

El documental y la ficción se convierten en recursos para contar historias que tienen su reflejo en la realidad. Algunos casos recientes nos han mostrado los diferentes resultados de cada una de estas propuestas. Suele ganar el documental. 

Recientemente se editaba en DVD un pack que contenía el documental titulado El perdón. La historia del asesino de la ballesta (2009)  y el largometraje de ficción Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), ambos dirigidos por Ventura Durall. En este caso se ha producido un proceso contrario al habitual: primero construyendo una ficción que después ha dado lugar a la necesidad de visibilizar la realidad a través de un documental. Y aunque Las dos vidas de Andrés Rabadán aporta una buena interpretación de Álex Brendemühl y un cuidado relato de los hechos, lo cierto es que resulta más terrorífica, más impactante y más dura la realidad que se nos muestra en el documental El perdón a través de sus protagonistas, incluido aquél que un día asesinó a sangre fría a sus padres. La ficción nos permite introducirnos en recovecos emocionales que el documental no puede alcanzar. Pero el género documental tiene la ventaja de escupirnos a la cara los hechos y sus protagonistas con todas sus consecuencias. 

Otro caso reciente de confrontación ficción-documental es el de la producción brasileña Last stop 174 (2009), dirigida por Bruno Barreto y la película Ónibus 174 (2003), realizada por José Padilha. Ambas cuentan, desde la recreación ficticia por un lado y la investigación real por otro, un acontecimiento que el mismo Barreto ha calificado como el 11S de Brasil: En el año 2000, un autobús de línea regular fue secuestrado por un joven de la calle, que mantuvo en vilo a toda Brasil durante unas horas retransmitidas en directo por todas las televisiones del país. Lo que tienen en común ambas películas es la necesidad de explicar por qué se produjo ese secuestro que sirvió para despertar a todo un país sobre la realidad de muchos de los chicos de la calle, ignorados por la sociedad brasileña y maltratados por las fuerzas del "orden". 

Last stop 174, que fue la película seleccionada el año pasado por Brasil para representarla de cara a los Oscar, consigue una creíble recreación de la historia de Sandro, el joven secuestrador, desde su niñez hasta los acontecimientos que lo sacaron de la invisibilidad habitual de los niños de la calle. Con una cierta tendencia al paternalismo, y con menos interés por mostrar de forma explícita la violencia que siempre rodeó al protagonista, la película tiene problemas para mantener nuestra atención (dada su larga duración) y no termina de resolverse con acierto. Resulta en este sentido menos efectiva que otros títulos que se han acercado a la violencia surgida en las favelas como Ciudad de Dios (2002) o Linha de passe (2008).


Curiosamente, se podría pensar que es más fácil denunciar determinadas actitudes o hechos con la libertad que da la creación de una historia de ficción, pero sin embargo en este aspecto es más rotunda y ¿por qué no decirlo? mucho más valiente la propuesta del documental Bus 174, debut en la dirección de José Padilha (recordemos, el responsable de una de las películas más contundentes, duras y provocadoras que se han hecho en Brasil en los últimos años: Tropa de élite (2007)). Me provocan un tremendo respeto los directores que tienen el coraje de denunciar la realidad tal cual es. En este caso, igual que haría años después con Tropa de élite (de la que ya prepara su secuela) en Bus 174 se disparan frases envenenadas contra la policía (compuesta por analfabetos desempleados) y los políticos, culpables en buena medida del terrible desenlace de aquel secuestro. Que estas frases vengan dichas por algunos de los que conocían a los protagonistas de la historia resulta aún más demoledor. 

Last stop 174 (2009) es una aceptable crónica sobre la realidad de la supervivencia; Bus 174 (2003) es una tajante denuncia en torno a una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado frente a la pobreza que la rodea: playas paradisíacas rodeadas de mierda infernal. El documental supera a la ficción una vez más.