02 diciembre, 2016

Arrebatando la infancia: La voz de los supervivientes

"¿Queréis saber cómo arrebatar a un niño todo lo que le hace ser niño? Folláoslo. Folláoslo de forma continuada. Pegadle. Dejadlo inmovilizado contra el suelo y metedle cosas en el interior del cuerpo. Contadle cosas de sí mismo que solo pueden ser ciertas en las mentes más jóvenes, de antes de que la lógica y la razón se hayan formado del todo; esas cosas se adueñarán de él, y se convertirán en una parte integral e incuestionable de su ser". 

James Rhodes, convertido en ídolo de masas gracias a su capacidad para "desencorsetar" la imagen habitual del concertista de piano, escribe estas duras palabras en su libro Instrumental: Memorias de música, medicina y locura (Blackie Books, 2015), una crónica sobre los abusos sexuales que sufrió en su infancia contada con el lenguaje de la calle, esa forma de naturalizar sus vivencias de la misma forma que lo ha hecho con su mayor pasión, la música clásica. A James Rhodes no le gusta, sin embargo, la palabra "abuso". 

"Abusos. Menuda palabra. Violación es mejor. Abusar es tratar mal a alguien. Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso. Es muchísimo más que un abuso. Es una violación con ensañamiento, que provoca múltiples operaciones, cicatrices (internas y externas), tics, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, ideación suicida, enérgicos episodios de autolesiones, alcoholismo, drogadicción, los complejos sexuales más chungos, confusión de género (...), confusión sexual, paranoia, desconfianza, una tendencia compulsiva a mentir, desórdenes alimenticios, síndrome de estrés postraumático, trastorno disociativo de la personalidad (...), etcétera, etcétera, etcétera". No es fácil leer el libro que publicó James Rhodes en 2014 a pesar de los intentos de parte de su entorno porque su historia no saliera a la luz. El pianista londinense habla de su infancia destrozada con la misma naturalidad con la que nos contagia su amor por la música clásica, esa que le ayudó a salir de un infierno provocado por el violador que le arrebató su infancia. Y esa misma a la que ha dado un empujón formal eliminando toda barrera intelectual para presentarse en el escenario con vaqueros y contar al público anécdotas sobre Bach o Beethoven en medio de sus actuaciones. Esa renuncia a los corsés de la imagen del concertista es lo que le ha abierto las puertas de un público nuevo, joven y hasta ahora alejado de la música clásica:

"La industria de la música clásica solo se dirige a una parte pequeña de la población, sobre todo en el Reino Unido; la gestionan, en su mayor parte, gilipollas ampulosos y anticuados a los que parece procurar un placer perverso seguir garantizando que la música "de verdad" sea el privilegio de una escasa élite a la que consideran lo bastante rica (y, por tanto, lo bastante inteligente) para entenderla...".

Las víctimas de maltrato (las mujeres que lo sufren en sus casas, los niños o adolescentes que son abusados en sus colegios...) acarrean siempre dos condenas: la que la justicia otorga al maltratador, y la que sufren ellas mismas. No se puede entender el abuso sexual o el maltrato si no se entienden sus consecuencias, físicas pero sobre todo psicológicas. Mientras el verdugo tiene la posibilidad, en muchos casos, de salir de su encierro al cabo de unos pocos años (en España, de dos a seis años), las víctimas sufren una cadena perpetua psicológica que les acompañará toda su vida. Especialmente cuando estos abusos se producen en la infancia. 

La escritora Haya Yanagihara lo describe también con dureza en su imprescindible libro Tan poca vida (Lumen, 2016), una de las lecturas más acongojantes que se han publicado en los últimos meses. La escritora revelación de este año, afincada en Nueva York, consigue que nos duelan los golpes y las violaciones que sufre uno de sus protagonistas, pero también habla de las consecuencias. Del miedo constante, de las tendencias suicidas, de la desconfianza hacia cualquier clase de ser humano, de la soledad y el desconsuelo de una vida rota para siempre. 

Pero no se trata solamente de describir el dolor. James Rhodes habla de la música, y de su hijo, como sus principales tablas de salvación. En la novela de Haya Yanagihara, el protagonista encuentra en la amistad el recurso para huir de sus fantasmas, aquellos que se han impregnado en su cabeza desde que sufrió el maltrato: 

"...desesperado por salir del piso que de pronto parecía lleno de tentaciones irresistibles: cuchillas, por descontado, pero también cuchillos, tijeras y cerillas, y escaleras por las que arrojarse. Sabe que si ahora se va a la habitación, no podrá frenar el impulso de entrar en el cuarto de baño, donde hace tiempo que guarda una bolsa con el mismo contenido que la que tiene en Lispenard Street, pegada al armazón del lavabo; le duelen los brazos a causa de la ansiedad, pero está resuelto a no ceder". 

En el documental Audrey y Daisy (Bonni Cohen, 2016), nos cuentan cómo una de las protagonistas escribió en Facebook "no tienes ni idea de lo que es ser una chica", minutos antes de que su madre la encontrara colgada en el cuarto de baño de su casa. La película, producida por Netflix, se centra en los abusos, sexuales y a través de las redes sociales, que sufren muchas jóvenes en institutos de Estados Unidos. Abusos que en ocasiones son justificados por ciertos sectores de la sociedad norteamericana, y que en la mayor parte de ellas son ignorados por la comunidad educativa que, cuando reacciona, es demasiado tarde.

Quizás Audrey y Daisy no resulta tan contundente como lo era The hunting ground (Kirby Dick, 2014), en el que se describían los abusos sexuales vividos por estudiantes en campus universitarios convertidos en perfectos escondites para los abusadores. En aquélla, el director ofrecía una visión casi catastrófica de un sistema educativo reacio (como lo es también la iglesia católica) a reconocer la podredumbre en sus propias cloacas. Nominada al Oscar a la Mejor Canción, su tema principal, "Till it happens to you", escrito por Diane Warren e interpretado por Lady Gaga, se presentó con un videoclip rotundo en el que se muestran varios ejemplos de estos abusos sexuales que se producen en las universidades norteamericanas, con una lectura final positiva sobre la necesidad de exorcizar los demonios interiores a través del relato de la propia experiencia. 



Una de las principales consecuencias de los abusos sexuales a jóvenes o adolescentes es el sentimiento de culpabilidad, algo de lo que hablan tanto James Rhodes como Haya Yanagihara en sus respectivos libros. Y que termina siendo la peor enfermedad que azota a las víctimas: una culpabilidad que permanece en su interior a lo largo de los años. La tragedia de los abusos sexuales, a pesar de la necesidad de que se dé voz a las víctimas, es que sus consecuencias son perennes. El estigma permanece a pesar de los tratamientos médicos. 

James Rhodes dice en su libro: "El acto físico de la violación solo es el principio: cada vez que me hacía aquello, parecía que él se quedaba con una pequeña parte de mí, hasta que me dio la impresión de que no me quedaba nada mío que fuese real. Y esas partes que él se quedaba yo no las recuperaba pasado un tiempo. Lo que demasiadas veces nadie denuncia, nadie examina y nadie reconoce, es el legado que le queda a la víctima". 



¿Quién es James Rhodes? se emite el domingo 4 de diciembre en La Sexta.
Audrey y Daisy se puede ver en Netflix.