12 marzo, 2010

Berlinale 2010: Cinco días de febrero (III)

Crónica de la 60 edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Cinco días de febrero en los que las imágenes cinematográficas se convirtieron en el referente de una realidad por la que tomaron partido los protagonistas de las distintas secciones de un festival que analizamos desde la mirada geográfica y cultural.  

Tercera etapa: Asia 

My name is Khan, de Karan Sohar (India)
San qiang pai au jing qi, de Zhang Yimou (China)
Caterpillar, de Koji Wakamatsu (Japón)

Que el cine sea una industria y que los países emergentes no puedan ni quieran jugarse la bolsa en intelectualismos y buena conciencia es algo comprensible. Que elijan la caricatura para presentar productos culturales bien envueltos en los oropeles del festival es otro cantar. 

My name is Khan, producción india rodada en EE.UU, intenta explorar la aceptación de los productos de Bollywood en el mercado internacional a la sombra del éxito de Slumdog millionaire y para ello cocinan un acercamiento, hinchado de optimismo, al Rain man hollywoodiano. El protagonista , que se llama Khan, y que para la circunstancia es autista, cree tener derecho a su parcelita del sueño americano desde el momento que, bien diagnosticado, puede circular por donde quiera en EE.UU con un carné que notifique su mal. Eso hasta los acontecimientos del 11 de septiembre 2001, a partir de los cuales, ser musulmán en USA conlleva sus riesgos. Por eso Khan asume como misión proclamar a todo americano que quiera oirlo y al primero de todos, el presidente mismo, que siendo musulmán, él no es un terrorista.

Puede uno imaginarse cómo el cine popular en India, con sus mega-producciones, sus estrellas y sus canciones, puede servir de referencia imaginaria común en la diversidad de clases, castas, etnias y religiones que componen ese país continente. En ese sentido My name is Khan no hace otra cosa que exportar sus objetivos básicos mas allá de las fronteras de la India, sin reparo ni miedo al ridículo, con un sentido de lo ornamental, de lo postizo, lo primario y lo sentimental, que raya con el delirio.

Pero veamos un momento el autismo del protagonista. Podemos preguntarnos si guarda relación con la coincidencia que apuntábamos en nuestra segunda crónica sobre el hecho de que los protagonistas de las otras películas vengan o terminen en la cárcel. También podemos invertir la pregunta: ¿tienen los otros héroes/padres algo de autistas?. El autismo está visto como una auto-exclusión, encerrado en uno mismo para evitar el recuerdo o la emoción ligada al trauma. El recuerdo o la emoción amenazadora, según nos cuenta la película, están ligados al padre y a su incomprensión de la enfermedad que padece su hijo. Incomprensión actualizada en la historia que vemos con la intervención de la policía, controladores de seguridad u otros equivalentes paternos. El motivo por el que “chico pierde chica”, nudo dramático de la segunda parte, es que sus orígenes (musulmán) aparece entre las causas de la muerte del hijo de su compañera. Recuperar a la chica supone para el protagonista desligar su nombre musulmán del hecho que pueda ser un terrorista, pero también desligar sus orígenes familiares del hecho de ser autista.

En el cuento para todos los públicos que es My name is Khan, el protagonista encuentra al buen padre, capaz de liberarlo del peso original, en la figura de Obama, redentor a “toma universal”. Pero algo nos dice que con tanta cárcel, tanto padre perdido, tantos orígenes oscuros, tanto héroe enmascarado… la hora no es la de los milagros.

En San quiang… (A woman, a gun and a noodle shop) de Zhang Yimou no hay milagros, todo es laborioso… Estamos en pleno desierto, encerrados fuera, recuperando la caja china que los hermanos Coen habían escrito por los años 80 (Sangre fácil). Aquí no hay padres, ni época…es el universo de la caricatura. Los trazos son coloristas, divertidos, sorprendentes… artísticos… pero sin herir. Después de los grandes espectáculos de los Juegos Olímpicos de Pekín, Zhang Yimou se retira al desierto, llama a la puerta de Hollywood y espera… La película trata de la distancia que puede haber entre la intención y el resultado. De la cantidad de aconteceres, imprevistos y parásitos que se incrustan en un encargo… del desbarajuste que provoca la compra de una pistola (a tres balas), sin necesidad de recurrir a un cañón… Para un cineasta próximo al poder gubernamental de su país no esta mal.

La tercera película asiática es japonesa. Caterpillar de Koji Wakamatsu sitúa el comienzo de la historia que cuenta en la guerra chino–japonesa de 1940. Como Shutter island de Scorsese, vuelve a la 2° Guerra Mundial en busca de los orígenes del mal. En cierto sentido estas dos películas cierran el círculo del Festival. Vencedores y vencidos se encuentran en el interior del laberinto, repitiendo sin parar la advertencia: “las víctimas de hoy serán los verdugos de mañana”. Un soldado bien adiestrado en la ideología militarista y machista del Japón de los años treinta pierde en la guerra piernas y brazos y se convierte en un tronco-oruga adorado por sus conciudadanos y objeto de venganza de su esposa. Oshima no está lejos en este cuento cruel. Kafka tampoco, como otro nudo que une las dos películas y también las otras: metamorfosis del poder (humanitario), disolución del individuo (héroe / padre) en una sociedad laberíntica y global, vértigo existencial en lo referente a los orígenes y la identidad…

Busco en Kafka la respuesta… en “Carta al padre” encuentro una introducción de Carmen Gauger para la edición de Alianza, leo: “…si él es una victima de su padre, el padre carece de toda culpa personal. Para su hijo, Hermann Kafka (…), es también víctima de su papel de padre: el padre como representante de los imperativos de una sociedad tiránica. (…) Para él, su padre es el típico representante de la generación de judíos centroeuropeos que, recién salidos del gueto rural, se han asimilado en exceso, pero sin conseguirlo plenamente, a la sociedad burguesa que los acoge. Con esta asimilación han perdido también su identidad étnica y religiosa. (…) Visto así, no es de extrañar que a partir de un momento determinado el hijo empezara a ver en la vuelta a las raíces, en el judaísmo de los guetos de la Europa oriental (…), la recuperación de la identidad perdida.” Guetos, islas, cárceles, hospitales, bosques, autismo, desierto…espacios para una búsqueda sin fin.

Berlín es una ciudad definitivamente abierta… su arquitectura reciente nos remite a conceptos y figuras básicas: la plaza, el centro, el cubo, el triangulo… una seriedad típicamente germana facilita las cosas… el recuerdo de tantas imágenes ligadas a la ciudad se mezcla al aire gélido que respiramos…quisiéramos comprender aún más… el Festival se nutre de todo ello y nos devuelve una imagen de nosotros mismos, espectadores confusos, en plena transformación. Continuará… se lee en la pantalla al encenderse las luces. Que así sea y hasta el año que viene.

Por Antonio Figueredo
Enviado especial