20 marzo, 2010

Apostilla a la berlinale: Cesar vs. Goya

Última entrega de nuestra crónica de la 60 edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Cinco días de febrero en los que las imágenes cinematográficas se convirtieron en el referente de una realidad por la que tomaron partido los protagonistas de las distintas secciones de un festival que analizamos desde la mirada geográfica y cultural.

Durante la Berlinale se entregaron los Goya en Madrid. Las pocas caras conocidas del cine español presentes en el festival, debieron partir precipitadamente para asistir a la gala: Alejandro Amenábar, Eduardo Noriega, Belén Rueda… Dos semanas más tarde se concedían en París los Cesar del cine francés. Y las ganadoras son… ¡dos películas carcelarias!: Celda 211 de Daniel Monzón y El profeta de Jacques Audiard.

¿Por qué esta coincidencia? En la crónica de Berlín ya apuntábamos esta misma circunstancia en las películas europeas presentadas en la selección oficial. ¿Qué pasa en el cine europeo que la ficción debe pasar por una celda para desplegarse?.La cárcel como espacio imaginario donde explorar los orígenes y la identidad… espacio en ruptura con los condicionamientos familiares… experiencia redentora… vía de conocimiento y reparación… En todo, caso recorrido iniciático y confrontación  con ciertos valores sociales no asociados al marco familiar.

Tanto Celda 211 como El profeta cuentan ese recorrido iniciático de dos jóvenes en el universo carcelar, y bien pueden servirnos para mejor comprender los componentes artísticos y de producción que caracterizan a ambas cinematografías. Empecemos por lo más evidente: la producción. Celda 211 es un proyecto que está montado sobre “una buena historia” y seguramente “un guión bien escrito”, antes de que los actores (sobre todo Luis Tosar) y el nombre del director, Daniel Monzón, vinieran a darle consistencia y lo situaran en un nivel medio/alto de producción. A partir de ese momento la película gira alrededor de esos dos parámetros: “buen guión” y “producción consecuente”. Por su lado, El profeta es un proyecto ligado a su director. Tanto el casting, como la escritura del guión, como la producción están supeditados al “punto de vista del autor”. No estamos en los años de la Nouvelle Vague para pensar que es esta la mejor fórmula para obtener buenas películas, pero es cierto que el prestigio de un autor se cimenta en su capacidad de ajustar lo que cuenta a cómo lo cuenta. Las películas de productor cuando no son sobrias, son retóricas.

Pero veamos las historias que cuentan ambas películas para “sentir” el cómo la cuentan. Celda 211 es la enésima adaptación de “La Isla del Tesoro” y el personaje de Luis Tosar un Long John Silver de secano. No es un pecado adaptar de nuevo a Robert Louis  Stevenson, ni siquiera cuando se descuidan los segundos planos y caemos en groseras caricaturas y guiños desplazados: ese Antonio Resines en “gris” de los del franquismo, o esos funcionarios y negociadores tan cercanos (aunque sin pelucas) a modelos al servicio de la corona inglesa, o esos co-detenidos salidos directamente de Piratas del Caribe… Más problemáticos son los “acontecimientos oportunos” para hacer avanzar la historia, como el atropello que sufre la esposa del protagonista y que de golpe borra los límites de donde se sitúa la acción y hace que el nudo dramático sufra una inversión especular: el verdadero peligro está en la calle.

El cine español sufre desde hace tiempo de una inflación ideológica crónica. Parece como si toda situación dramática pudiera resolverse dentro de unos cauces ideológicos adecuados y ante cualquier escollo, con aumentar la inscripción ideológica basta: cada personaje está definido por sus compromisos ideológicos y las conclusiones a las que se lleguen como consecuencia del desarrollo dramático deben ser ideológicamente correctas para ser apreciadas. El post-franquismo está resultando más largo que el mismo franquismo.

El profeta no es uno, es uno de tantos… su titulo original es Un prophéte. A Jacques Audiard le gusta contar sus historias una vez comenzadas y terminarlas justo antes de que finalicen. La idea es acercarse tanto al personaje que no veamos qué puede entrar por la derecha o la izquierda del cuadro hasta  tenerlo enfrente. Es un cine que debe mucho a Gus Van Sant y a los hermanos Dardenne. Un cine comprometido sobretodo con sus personajes, con una verdad más profunda que la acción que percibimos. Posiblemente venga de los tiempos del Actors Studio, pasando por el cráneo rapado de Marlon Brando en Apocalisis Now hasta Tahar Rahim, el actor de Un prophéte, que tiene mucho del Robert de Niro de Taxi Driver… Él cruza su mirada con un mundo que lo humilla constantemente, pero con el que quiere medirse.

Protegido por el jefe del clan mafioso corso tras haber eliminado a quien amenazaba dicho clan, Malik organiza en prisión su propio grupo con la ayuda de barbudos musulmanes… Nada hay en ello de políticamente correcto. Como toda ficción su verdad está más allá de lo plausible o lo ideológicamente adecuado. Su verdad reposa en un compromiso artístico, en el riesgo asumido por el que percibiremos los riesgos del mundo.

Entre las películas vistas en el Festival de Berlín que frecuentaban la cárcel es Der Räuber (El atracador) de Benjamin Heisenberg, la que se situaría en un plano equivalente a Un prophéte y a Celda 211. Un detenido se entrena en la cárcel corriendo, tanto en el patio como sobre un tapiz mecánico instalado en su celda. A su liberación dos ocupaciones principales ocupan su tiempo: las carreras competitivas y los atracos de bancos disfrazado con una careta. Progresivamente la policía estrecha el cerco hasta la desesperada caza-al-hombre final.

Hay una progresión en estas tres películas. Desde el sur, populoso y barroco, pasamos al conflicto social y su estructuración según Audiard, para llegar al hombre-maquina (Metrópolis), reflejo escalofriante de una sociedad sin ruidos, ni psicología, ni pasiones… la austriaco-alemana.

El protagonista de Celda 211 observa y participa, a su pesar, en un conflicto que no es el suyo por un día escaso. Malik, en Un prophéte, no sabe cuál es su sitio y su recorrido será procurarse uno, bien a su medida. El atracador, bien instalado en el interior, no juega ya más que contra sí mismo. Lo que gana o pierde es lo de menos, las cosas, como las personas, son, bien un lastre, bien un facilitador. Está en un callejón sin salida, el cerco se estrecha cada vez más. Como Terminator o HAL 9000, su misión es lo que cuenta. Solo que…¡por cierto, ¿cuál es su misión?!

Estamos presos de nuestro pasado, de nuestra identidad, de nuestro cuerpo, tal como preconiza Avatar. Prestos a pasar a la tercera dimensión, a una Pandora fantástica o borde de autopista con niebla espesa(El atracador), es lo mismo. O bien, saliendo de la niebla, volver a enfrentarnos con los eternos fantasmas retenidos en Shutter Island. Digámoslo una vez más. Cuando ya desesperábamos, el ultimo cinéfilo moralista activo en Hollywood nos ofrece una obra comparable por su ambición a Citizen Kane, referencia obligada para todo aquél que vendiendo su alma, quiso, ¡oh, suprema pirueta!, engañar al diablo.

Por Antonio Figueredo
Enviado especial