09 septiembre, 2016

Músicos en el cine o cómo huir del biopic

Aunque están estrechamente ligadas, la traslación al cine del universo musical no ha tenido en muchas ocasiones el mejor resultado. Podemos considerar escasas las películas que han conseguido transmitirnos las, por lo general, complejas personalidades de las mejores estrellas de la música: El ocaso de una estrella (Sidney J. Furie, 1972), Amadeus (Milos Forman, 1984), Alrededor de la medianoche (Bertrand Tavernier, 1986), Sid y Nancy (Alex Cox, 1986), Bird (Clint Eastwood, 1988), y más recientemente Last days (Gus Van Sant, 2005) o Love and mercy (Bill Pohlad, 2014) son algunos ejemplos de retratos acertados que al mismo tiempo tratan de encontrar fórmulas diferentes al biopic tradicional para introducirnos con mayor o menor acierto en las mentes de sus protagonistas.

En los últimos meses algunos títulos nuevos en torno al mundo de la música nos han traído las figuras de Miles Davis, Chet Baker, Hank Williams o Elvis Presley, con resultados irregulares, pero al menos con la vocación de dejar atrás la típica narración que acompaña al protagonista desde su infancia hasta su muerte. Lo cual, en una industria que difícilmente se encuentra cómoda en la rebeldía, acaba siendo gratificante.

Miles ahead (Don Cheadle, 2015) se acerca a la difícil personalidad de uno de los grandes genios de la música jazz (o como él mismo prefería denominarla, "música social"). Don Cheadle toma las riendas de la película en diversas facetas y ejerce de protagonista, guionista y director. Al comienzo del film, Miles Davis dice en una entrevista "si vas a contar una historia, tienes que hacerlo con arrogancia"; y casi podríamos definir ésta como la principal característica de una biografía que construye una narración ficticia, cercana al cine de gángsters, para ofrecer un boceto que pretende ser más poliédrico de lo que consigue al final. Miles ahead resulta en ocasiones caótica en su discurso frenético del artista envuelto en el infierno de las drogas, pero tiene algunos elementos que la distinguen de otras biografías musicales y ofrece un planteamiento valiente, aunque el resultado no termine de ser convincente. Podríamos decir que el Don Cheadle actor eclipsa al Don Cheadle guionista y director, porque en esta faceta es en la que la película zozobra con personajes que terminan distrayendo (el periodista de la revista Rolling Stone al que da vida Ewan McGregor) y con recursos cinematográficos que ahogan la narración.

Si Miles Davis vivió un retiro voluntario durante cinco años (también provocado por sus adicciones), Chet Baker también acabó abandonando la música durante ocho largos años, debido a una brutal paliza provocada por sus deudas en la que le destrozaron los dientes y la mandíbula, impidiéndole poder tocar la trompeta durante mucho tiempo. De hecho, Miles Davis siempre trató con cierta condescendencia al trompetista blanco, al que nunca terminaría de aceptar en el Olimpo del jazz, y del que le resultaba divertido ver cómo un blanco intentaba imitarle.  

En Born to be blue (Robert Budreau, 2015) asistimos a un excelente trabajo del actor Ethan Hawke, que da vida al trompetista en una de las etapas más difíciles de su vida personal y profesional. El camino que llevó a Chet Baker desde la necesidad de volver a tocar la trompeta hasta su renacimiento como músico (una vez envuelta en la adicción a las drogas), está brillantemente mostrado por el guionista y director Robert Budreau, que nos revela la fragilidad de un genio como pocas veces la hemos visto recientemente en el cine. Aunque están presentes algunos de los más precisos hitos musicales de Chet Baker (emocionante esa interpretación de "My funny Valentine", que nadie ha sabido nunca interpretar con la delicadeza con la que lo hizo el músico), la película habla de la difícil salida de los infiernos hacia algo parecido al purgatorio de un personaje que está más allá de su talento musical. Y aunque Born to be blue, en su huída pertinaz (y acertada) del biopic tradicional, funciona como una contundente estampa de la podredumbre que envuelve al arte, lo cierto es que seguimos recomendando el documental Let's get lost (Bruce Weber, 1988) como el más brutal acercamiento a la figura de Chet Baker que se hace en el cine.

1953 fue el año en el que Chet Baker montó su primer cuarteto y comenzaba a despuntar como trompetista, pero también fue el año en el que Hank Williams fallecía a la temprana edad de 29 años. Williams ha sido uno de los nombres clave de la música norteamericana, no solo por sus eternas composiciones country, sino por la confesada influencia que tuvo en nombres como Bob Dylan, Bruce Springsteen y hasta los Rolling Stones. El actor británico Tom Hiddleston da vida al cantante en la película I saw the light (Marc Abraham, 2015), realizando un encomiable esfuerzo de transposición de su acento british a la cerrada cadencia de Alabama. Pero sobre todo representando ese caldo de cultivo de drogas, alcohol y sexo en el que Hank Williams fue aderezando su corta pero influyente trayectoria musical. La película, ésta sí, se desenvuelve en la habitual senda del biopic estructurado en torno al desarrollo de su carrera, y no termina de encontrar ese destello que la despoje de los clichés más anodinos del género. En este sentido, I saw the light (que en España se editará directamente en DVD con el sorprendente título Hank Williams, una voz a la deriva) tiene todos los defectos de este tipo de producciones, solventados aquí al menos por esa descarnada recreación que elabora Tom Hiddleston, mucho más certero que la propia narración de una historia que podría haber dado mejores frutos.

En 1954, un año después de la muerte de Hank Williams, la joven Eunice Kathleen Waylon adoptó el nombre artístico que la convertiría en el mayor mito de la música soul: Nina Simone. En torno a su figura este año se ha estrenado también la película Nina (Cynthia Mort, 2016) una visión reduccionista de uno de los personajes más complejos de la historia de la música. Centrada en los años noventa, cuando Nina Simone tenía sesenta años y se retiró a Francia (una vez más el retiro como punto de partida), y en su relación con su asistente personal, Clifton Henderson, la película provoca desgana y desinterés, cuando hace un año el documental nominado al Oscar What happened, Miss Simone? (Liz Garbus, 2015) nos había presentado un personaje fascinante en sus contradicciones, su genialidad musical y sus problemas psicológicos. Tampoco ayuda especialmente la elección de la actriz Zoe Saldana para interpretar a la cantante y pianista, cuya interpretación resulta tan epidérmica como el maquillaje que lleva. Y, no sabemos si por su condición de productora, con la errónea decisión de que sea la actriz la que interprete las canciones, ni siquiera leve atisbo de la característica forma de cantar que hizo grande a Nina Simone.  

Una de las constantes en el actual cine sobre músicos reales es ese intento de huir de la hagiografía tratando de centrarse en los más oscuros rincones de la personalidad de sus protagonistas. Pero el retrato de un genio musical no solo consiste en descubrir su vertiente más humanamente terrible, sino también en transmitir la relevancia de su aportación al mundo del arte. Eso lo hace muy bien el documental Amy (Asif Kapadia, 2015), que nos mostraba las debilidades de la cantante Amy Winehouse, pero al mismo tiempo nos deslumbraba con la magnificencia de su voz y de su talento. Y Born to be blue logra también traspasarnos emocionalmente con la delicadeza musical de Chet Baker. Pero producciones como I saw the light o Nina se quedan en la mera recreación, más o menos precisa, del lado más sombrío del mundo de la música.


Aunque no se trata de una biografía musical, el estreno en cines de la tvmovie de HBO Elvis and Nixon (Liza Johnson, 2016) también es un acercamiento a una de las estrellas más luminosas del firmamento musical de todos los tiempos. Utilizando como excusa un raro encuentro entre Elvis Presley y el presidente Richard Nixon, el guionista Joey Sagal construye un imaginativo retrato de dos personajes tan aparentemente distantes sin querer acercarse a la realidad. Empezando por un reparto escogido con cierta sorna (Michael Shannon incorpora a un Elvis histriónico y algo desequilibrado, mientras Kevin Spacey se convierte en un trasunto de Richard Nixon irónico y prepotente), la película propone un divertimento en tono de comedia que juega con el absurdo de la situación (¿qué hace el presidente de los Estados Unidos reuniéndose con Elvis Presley en el despacho oval?). Aunque deja en el camino ciertas posibilidades que le vienen dadas por el planteamiento inicial, sin aprovecharlas del todo, Elvis and Nixon es disfrutable como mirada satírica a una época en la que podía pasar de todo, incluso la reunión de esta extraña pareja, y por el trabajo de sus dos intérpretes, siempre certeros en sus composiciones.       

Es una difícil coyuntura la de enfrentarse a un personaje conocido, especialmente si se trata de un músico, y discurrir por lugares y estructuras narrativas tradicionales, o bien tratar de lograr un retrato más o menos complejo de personalidades que en muchos casos son difíciles de retratar. Algunas de estas películas han conseguido, por lo menos, ofrecernos una interesante visión del mundo de la música y de sus protagonistas con un aliento emocional diferente.         


Miles ahead se estrenó el 29 de julio
Elvis and Nixon se estrenó el 26 de agosto
I saw the light (Hank Williams, una voz a la deriva) se edita en DVD el 7 de septiembre