15 marzo, 2016

American Crime (2ª Temp.): Sobre víctimas y verdugos

John Ridley ganó el Oscar cuando se acercó al peor momento de explotación que sufrieron los afroamericanos en Estados Unidos, en el drama 12 años de esclavitud (2013). Casi podríamos considerar esta película como un prólogo de la serie que más tarde ha desarrollado a lo largo de dos temporadas. American crime (2015-) disecciona la sociedad norteamericana con mano maestra, enfocándose principalmente en la difícil coexistencia de comunidades diferentes que, a poco que se rasque en su aparentemente pacífica convivencia, se descubren los sentimientos reales que se sostienen en la desconfianza y la suspicacia.  

Recién concluida la segunda temporada, podemos decir que American Crime es una las series que mejor se ha acercado a la complicada descripción del racismo latente (o no) en la sociedad norteamericana (perfectamente trasladable a cualquier otro país donde coexisten comunidades de origen o raza distinta). Si en la primera entrega se acercaba al asesinato de una pareja "white people", y las implicaciones raciales que acababa teniendo, la segunda temporada tiene como protagonista un instituto donde aparentemente se comete abuso sexual en una fiesta de estudiantes. 


Lo que tienen en común la dos temporadas de American Crime, al margen de actores recurrentes (Timothy Hutton, Felicity Hoffman, Regina King...), es el interés del guionista en darnos de bruces contra los peores sentimientos de una sociedad cuyos prejuicios (raciales, de clase...) acaban aflorando en cualquier situación que tenga un impacto social. O lo que es lo mismo, la serie desgrana en sus dos temporadas, pero especialmente en la segunda, el ramillete completo de lo que se llama "delito de odio". Aquel que se comete contra personas por razones de raza, edad, sexo, religión, clase social, ideología u orientación sexual. 

En esta segunda temporada que acaba de terminar, la historia del abusador y el abusado (dos estudiantes de una prestigiosa escuela de Indianapolis), no es una simple narración de víctima y verdugo. John Ridley gusta de jugar con las ambigüedades, y aquí introduce elementos que nos ponen en constante duda sobre los hechos ocurridos. Y, como ocurría en la primera temporada, el hecho puntual desencadena todo un tsunami de acontecimientos que ponen en la palestra los prejuicios de blancos contra negros, de negros contra blancos, de negros contra hispanos, de heterosexuales contra homosexuales... 

La última secuencia de esta temporada define perfectamente el constante equilibrio que mantiene la historia. ¿Hay víctima y verdugo? ¿Hubo abuso o no lo hubo? John Ridley explica en una entrevista en Hollywood Reporter la decisión tomada de un final abierto que deja a los dos principales protagonistas al borde de una decisión que cambiará sus vidas : "Comenzamos la historia desde el principio con dos puntos de vista y manteniendo que la historia era real para los dos". Al final, la respuesta no es respuesta, o al menos lo es en un sentido mucho más amplio que el de la resolución convencional. 


Los personajes de la serie pueden parecer mezquinos y egoístas, casi todos ellos manteniendo una actitud de autodefensa sin que les importen las consecuencias hacia los demás (la visita del padre de Eric a la familia Lacroix para encontrar una vía en común de defensa, rechazada de plano; la conversación entre Steph Sullivan y Anne Blaine que desemboca en una amenaza...). Pero no por ello dejamos de empatizar con ellos, porque sabemos que son víctimas de situaciones extremas. Como si quisiera mantener desde el primer momento un paralelismo con la realidad, American Crime nos muestra en uno de sus capítulos (S2Ep8) entrevistas con estudiantes y profesores que han experimentado ataques violentos reales en sus institutos. Una especie de mirada documental que nos remueve la conciencia para decirnos claramente que lo que se nos cuenta no es una simple ficción, sino que tiene sus raíces bien ancladas en nuestra vida diaria. No es casual, tampoco, que éste y otros capítulos estén dirigidos por representantes de ese "queer cinema" que nos han puesto en varias ocasiones de frente con la brutalidad homofóbica: Kimberly Peirce (Boys don't cry (1999)) o Gregg Araki (Vivir hasta el fin (1992), Mysterius skin (2004)).

Lo que sorprende de American Crime es su capacidad para desgranar tantos temas y tanta intensidad en sus personajes que sin embargo huyan de la superficialidad y encuentren igual carga de profundidad emocional. Aunque algunas subtramas puedan quedar algo indefinidas (la introducción del hacker parece más un catalizador de acontecimientos que una historia con entidad propia), la narración tiene la maestría de los guiones sólidos que nos dejan escapar hilos sueltos. Y es difícil encontrar en estos momentos en televisión una producción con tanta carga emocional como la que tiene American Crime. Hay quien define esta serie como un puñetazo en el estómago del espectador. Y ciertamente tiene momentos que lanzan auténticas explosiones de sentimientos en el espectador. Algo en lo que desde luego tienen mucho que decir las interpretaciones de los dos protagonistas, Connor Jessup (Taylor) y Joey Pollari (Eric). 



Quizás por eso estamos ante una serie con escasa repercusión de audiencia en Estados Unidos, emitida en una cadena abierta, ABC, que tiene otras insignias como Anatomía de Grey (2005-) o Marvel's Agents of shield (2013-) mucho más rentables. Y quizás por ello la continuidad de American Crime aún está en el aire, aunque John Ridley dejaba abierta cualquier posibilidad, teniendo en cuenta la reciente incorporación como nuevo presidente del canal de televisión de Channing Dungey, uno de los impulsores de la serie.