12 agosto, 2012

The Hollow Crown: Shakespeare olímpico

En las semanas previas a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, la BBC estrenó una miniserie especial que sirvió como preámbulo de la reivindicación cultural que desplegaron Danny Boyle y Stephen Daldry en la Gala de Inauguración de los juegos. Con el inevitable William Shakespeare a la cabeza, por supuesto.


The Hollow Crown toma su título de una de las frases que pronuncia el rey Ricardo II en la obra del mismo título: la hueca corona, aquella que queda cuando el rey sufre la humillación de la destitución: "Pues en la hueca corona que ciñe las sienes mortales de un rey tiene su corte la Muerte". Esta miniserie se incluye dentro de la "Olimpiada cultural" que ha venido desarrollándose durante estas semanas (estreno incluido de la versión teatral de la película Carros de fuego), y que ha tenido su reflejo en televisión a través de la cadena pública. 

Producida por Sam Mendes, The Hollow Crown adapta la denominada tetralogía Lancaster, que incluye las obras Ricardo II, Enrique IV 1ª y 2ª Parte y Enrique V. Cuatro capítulos en los que se lleva a la pantalla, con fidelidad máxima, este repaso a la dinastía surgida tras la abdicación de Ricardo II, que William Shakespeare escribió entre 1595 y 1599. Y que nos presenta destacadas interpretaciones a cargo de algunos de los actores más sobresalientes de la escena inglesa:

Ricardo II. Dirigida por Rupert Goold, autor ya de una versión televisiva reciente de Macbeth (2010) para PBS, protagonizada por Patrick Stewart, este capítulo se centra en la caída en desgracia del rey Ricardo II tras la rebelión que contra él inicia su primo Enrique, desterrado por aquél tras una disputa. Ben Whishaw (Jane Eyre), Rory Kinnear (Cranford), David Suchet (Poirot) y Patrick Stewart son algunos de los intérpretes de este capítulo, cuya fuerza radica en la perfecta puesta en escena (menos teatral que la que realizó Rupert Goold en Macbeth). Es evidente que este tipo de adaptaciones, que no rehúyen en absoluto de la obra original, se disfrutan especialmente si como espectador te dejas llevar por la sonorida de los textos y la calidad de las actuaciones. Ben Whishaw, especialmente, compone un Ricardo II amanerado, débil, que sin embargo tiene momentos de extraordinaria fuerza dramática, demostrando que posiblemente es uno de los mejores actores jóvenes ingleses del momento. Todo el Acto IV, el de la abdicación (que en su momento fue eliminado de la obra debido a la censura de la reina Victoria), a pesar de ser el de una puesta en escena más teatral, tiene una gran carga dramática gracias al trabajo sobresaliente de su actor principal, y subraya la personalidad mesiánica, de paralelismo con la figura de Jesucristo, que existe en toda la obra.  

Enrique IV. 1ª y 2ª Parte. El veterano Richard Eyre (Iris, Crónica de un escándalo) es el encargado de poner en escena estas dos obras de William Shakespeare centradas en la última parte del reinado de Enrique IV, primer rey de la casa Lancaster tras la abdicación de su primo Ricardo II. Jeremy Irons, últimamente muy centrado en la televisión gracias a su trabajo en la serie Los Borgia, interpreta al monarca inglés, aunque el protagonismo principal lo tiene su hijo, el libertino príncipe Hal (futuro Enrique V), y su relación con el borrachín John Falstaff. Mientras Tom Hiddleston interpreta con acierto al primero, desde la socarronería de la primera parte hasta la solemnidad de la segunda parte, el veterano Simon Russell Beale, uno de los nombres más reconocidos de la escena teatral inglesa, habitual actor de la Royal Shakespeare Company y del National Theatre, compone un Falstaff de gran intensidad, en el perfecto equilibrio entre el patetismo y el descaro. Este personaje, que Orson Welles convirtió en inolvidable en Campanadas a medianoche (1965) (que tomaba retazos de toda la tetralogía Lancaster y de Las alegres comadres de Windsor), es uno de los más sobresalientes de la obra de Shakespeare, y en él se recitan algunos pasajes magníficos:

"¿Qué necesidad tengo de salirle al paso a quien no me llama? Vamos, eso no importa, el honor me aguijonea. Sí, pero el honor, empujándome hacia adelante, ¿me empuja al otro mundo? ¿Y luego? ¿Puede el honor reponerme una pierna? No. ¿O un brazo? No. ¿O suprimir el dolor de una herida? No. ¿El honor no es diestro en cirugía? No. ¿Qué es el honor? Un soplo. ¡Hermosa compensación! ¿Quién lo obtiene? El que se murió el miércoles pasado. ¿Lo siente? No. ¿Lo oye? Tampoco. ¿es entonces cosa insensible? Sí, para los muertos. ¿Pero puede vivir con los vivos? No. ¿Por qué? La maledicencia no lo permite. Por consiguiente, no quiero saber nada de él; el Honor es un mero escudo funerario y así concluye mi catecismo."

Richard Eyre se esfuerza por dar a esta adaptación una mirada cinematográfica, amparada bajo las campañas bélicas que sostuvo Enrique IV durante su reinado, aunque no puede evitar que los pasajes que en la obra resultan algo cansinos (las escenas que protagonizan los personajes de la corte), sigan resultando menos interesantes que aquellas en las que aparece el hipnótico personaje de Falstaff. Pero sin duda se trata de una buena adaptación que traslada las palabras de Shakespeare sin caer en la rutina. 

Enrique V. Continuación cronológica de los anteriores episodios, esta última adaptación de la tetralogía Lancaster nos muestra a un Enrique V lejano ya del díscolo príncipe que disfrutaba de la compañía de putas y maleantes. En este sentido, el trabajo de Tom Hiddleston, que sigue incorporando al personaje, resulta preciso y acertado, transmitiendo ese poderoso carácter de monarca implacable que provoca el enfrentamiento con el reino francés. Más aún si tenemos en cuenta que este episodio se rodó antes que los dos anteriores, y el propio Tom Hiddleston calificaba su trabajo como una especie de "Benjamin Button", ya que tuvo que interpretar al personaje desde la madurez hasta la juventud. Thea Sharrock,  reconocida directora teatral, debuta aquí en televisión, y aunque maneja con soltura el trabajo de los actores, se le nota algo frágil en la contundencia de las batallas, máxime al desvelarse en ocasiones la falta de presupuesto (parece que se benefició de ello el director Richard Eyre, que cuenta con mayores medios para sus dos episodios anteriores). 

Enrique V es la obra que más veces ha sido llevada al cine (recordamos las versiones de Laurence Olivier (1944) y Kenneth Branagh (1989)), y en este sentido la nueva incursión en esta gloriosa revisión de la campaña militar del rey inglés contra los franceses pierde efectividad, ante las excelentes versiones antes mencionadas. Por poner un ejemplo, el discurso que pronuncia Enrique V ante sus tropas, animándoles a la batalla de San Crispin, a pesar de saber que su número de efectivos es cinco veces menor que el de los franceses, resulta demoledoramente emocionante en la película dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh (a ello contribuye la magnífica partitura de Patrick Doyle) y aquí resulta seca, algo fría y desde luego mucho menos emocional. 

Aunque frente a los anteriores episodios éste se nos antoja menos efectivo, Enrique V tiene la virtud de las palabras de William Shakespeare, y de algunos de los mejores monólogos de su literatura. Volver a escucharlos en las voces de espléndidos actores como Tom Hiddleton, John Hurt o Julie Walters resulta imprescindible.