06 julio, 2011

Sesión doble de verano: Noé vs. Sono


El argentino Gaspar Noé y el japonés Sion Sono son dos directores que se caracterizan por hacer un cine que no deja indiferente. Más o menos discutibles en cuanto a su manera de concebir la narrativa cinematográfica, ambos comparten una mirada insólita y polémica.

A Sion Sono le conocíamos por algunos títulos que recibieron el halago de la crítica, como Suicide club (2002) y, sobre todo, Love exposure (2008), historias que tienen en común una compleja mirada psicológica de personajes que no terminan de encontrar su sitio en la sociedad. La descripción de este tipo de caracteres, muchos de ellos desplazados de los círculos tradicionales de la “normalidad”, es una de las características de un cineasta que consigue atraparnos con historias singulares, dirigidas con garra. Su última película, Cold fish (2010), responde precisamente a ese estudio de personajes que tanto gusta al director japonés. 

La historia de Cold fish comienza de forma contundente, con imágenes de una familia aparentemente normal: normal en la rebeldía de la hija adolescente, normal en la decepción de la mujer, normal en la apatía del protagonista. Pero esta “normalidad” se verá trastocada cuando aparece un exageradamente simpático personaje que convertirá en un infierno la vida del apático protagonista. Y el descubrimiento de su lado oscuro, psicótico, se convertirá en catalizador de su personalidad oculta. 

Las dos horas y media de Cold fish contienen algunas de las escenas más violentas que hemos visto en el cine de Sion Sono hasta el momento, tirando en numerosas ocasiones hacia un “gore” quizás algo gratuito, pero que contribuye a conformar la psicopatía de determinados personajes. Cold fish tiene entre sus virtudes la de saber aglutinar distintos géneros (la comedia, el terror, el suspense…) sin que chirríen demasiado, aunque a veces se nos quede la sonrisa helada. Entre sus defectos, una tendencia hacia el grand guignol con algunos personajes y cierto desbarajuste en el tercer acto al que contribuye también su excesivo metraje. Pero sin duda, Cold fish es una de las propuestas más singulares y uno de los retratos más impactantes de la evolución psicológica de un personaje que hemos visto en mucho tiempo.

El argentino afincado en Francia Gaspar Noé tiene un posicionamiento provocativo en sus planteamientos cinematográficos. Tras la paja mental de su contribución al cúmulo de perversiones sexuales que supuso Destricted (2006) (por lo menos su segmento, entre tetas y pollas, contenía alguna interesante reflexión sobre la soledad, por encima de la pura pedofilia de personajes como Larry Clark), Noé presentó en el Festival de Cannes Enter the void (2009), objeto de numerosos remontajes y sesiones de postproducción que impidieron que se estrenara en su versión definitiva hasta 2010.

En Enter the void, por supuesto, el sexo está presente (recordemos que Gaspar Noé es el tipo que nos presentó una violación de 20 minutos en Irreversible), pero en este caso se plantea una propuesta en torno a la muerte tomando como base "El libro tibetano de los muertos", que describe las experiencias del alma después de la muerte. Y de eso va precisamente la película. Si durante la primera media hora asistimos a un alucinante ejercicio visual que adopta el punto de vista subjetivo del protagonista (a la manera de La dama del lago (1947)), cuando éste muere nos encontramos con la representación de su alma perdida en forma de una imágenes cenitales que sobrevuelan recuerdos pasados y realidades futuras (una especie de vuelta de tuerca al alucinante viaje existencial de 2001. Una odisea del espacio, referente confeso de la película). 

Al singular aspecto visual (en ocasiones apabullante, sorprendente) contribuye sin duda la aportación de Marc Caro (Delicatessen) en el diseño escénico (ese Japón invadido de luces de neón) y de Thomas Bangalter, uno de los miembros del dúo Daft Punk, en el diseño de sonido (impactante si se puede acceder a alguna edición en Dolby). 

Enter the void es un viaje, primero alucinatorio (el mundo de las drogas) y después fantasmal (la muerte), adoptando ambos (las drogas y la muerte) una especie de camino paralelo, como si un chute de LSD o DMT fuera, en realidad, un viaje astral que separa el alma del cuerpo. En este planteamiento visualmente insólito encontramos, sin embargo, algunos baches: una excesiva duración (dos horas y media) a la que contribuye la repetición de determinados fragmentos, como si el director no tuviera claro que como espectadores hemos captado el mensaje; una tendencia a la violencia y el sexo algo gratuitos, marca del director, por otro lado; y una cierta pedantería narrativa que termina por cansarnos. 

Pero eso no quita para que estemos ante una insólita visión cinematográfica que, junto a Cold fish, nos permite disfrutar de un programa doble alucinante y alucinatorio.