14 noviembre, 2010

La muerte del cine europeo

2010 está siendo un año terrible para la memoria cinéfila. Algunos de los grandes creadores de un cine artesanal parecen haberse puesto de acuerdo para dejar huérfana nuestra obsesiva acumulación de recuerdos a 24fps.

En enero despertamos con el fallecimiento de Eric Rohmer (11 de enero), el cineasta de las palabras, de la literatura hecha cine. Con Rohmer se fue la memoria de Les Cahiers du Cinéma, la de verdad, la que nació como refugio del arte, no como cobijo de la pedantería que es ahora. Y se fue una mirada minimalista, casi teatral pero profundamente cinematográfica. Decía Rohmer que él no decía cosas en las películas, sino que solo mostraba personas que hablan, que se mueven como los paisajes, las caras, los gestos y sus comportamientos. La denominada Nouvelle Vague tuvo a uno de sus principales referentes en Claude Chabrol (12 de septiembre), casi el único superviviente de aquella nueva ola de pasión y cinefilia, junto a Jacques Rivette y Jean-Luc Godard. Y que supo permanecer fiel a una cierta construcción del relato cinematográfico, aunque rodeada de una incisiva mirada a las clases sociales francesas. Para él, la construcción era más importante que la intriga. Chabrol y Rohmer, han sido dos de los últimos bastiones de un cine que revolucionó su percepción como obra artística. 

Werner Schroeter (14 de abril) fue otro de los cineastas europeos que contribuyó a aportar una forma diferente de mostrar imágenes sobre una pantalla de cine, representante de ese Nuevo Cine Alemán (Neuer Deutscher Film) que surgió en los años sesenta y que tuvo como principales referentes a Rainer Werner Fassbinder, Wim Wenders o Werner Herzog. Mientras los supervivientes de esta etapa se han acoplado a cierta industria europea que tiene más de burocrática que de artística (Wenders) o a un cine independiente yanqui que zozobra por su falta de coraje artístico (Herzog), Werner Schroeter siempre mantuvo una intención provocadora en sus veintitantas películas. Y, por tanto, siempre quedó como un cineasta difícil, sólo apto para cinéfilos algo pasados de rosca. Actor para Fassbinder o Rosa von Praunheim y sobre todo director de experimentos visuales como Eika Katappa y Palermo o Wolfsburgo, casi más cercano a la poesía audiovisual que a la construcción narrativa, Schroeter defendía el cine subversivo frente al público adocenado. 

Dino De Laurentis (11 de noviembre) fue uno de los principales impulsores de un cine italiano que en la posguerra adoptaba las formas del Neorrealismo, influido por la poesía realista francesa. Productor de Arroz amargo, de Giuseppe de Santis, uno de los títulos que marcaron esta propuesta que se acercaba a la realidad con desgarro, Laurentis acabó ofreciendo un ramillete de posibilidades cinematográficas a directores como Federico Fellini, Claude Chabrol, John Huston, Roger Vadim... Y desde su productora en Nueva York construyó auténticas piezas de oro cinéfilo como Terciopelo azul, Ragtime, Casanova, Conan el bárbaro o El silencio de los corderos. Dino De Laurentis era el paradigma de ese productor que arriesga, fracasa y renace de sus cenizas una y otra vez, y por tanto el paradigma de un cine valiente.

Luis García Berlanga (13 de noviembre) es, por su parte, el representante del mejor cine que se ha hecho en Europa. El genio de la puesta en escena, el constructor de personajes inolvidables, el creador por antonomasia de unas imágenes que se quedan marcadas para siempre. Muchos afirman estos días que fue el mejor director del cine español. Se quedan cortos. Pocos cineastas en el mundo han tenido la capacidad de modelar la excelencia artística y el entretenimiento como lo supo hacer Berlanga en sus títulos antológicos (Bienvenido Mr. Marshall, Plácido, El verdugo, Los jueves, milagro, La escopeta nacional...), pero también en sus últimas incursiones cinematográficas, menos dotadas de ese mágico sentido de la realidad. 

2010 será un año recordado porque han desaparecido algunos de los padres de un cine diferente, que trataba de traspasar su condición de puro divertimento para encontrarse de pleno con la experimentación, con la subverción... pero que también supo representar como ninguno la complejidad de la condición humana. En definitiva, cineastas cuya valentía artística contribuyó a generar el mejor cine de las últimas décadas. 2010 es el año en el que la memoria cinéfila se ha quedado huérfana.