19 septiembre, 2010

La miopía de la Academia de Cine

Tras anunciarse la lista de tres candidatas elegidas por la Academia para ser posibles representantes españolas para el Oscar, no se termina de entender cuáles son los criterios que llevan a elegir títulos tan escasamente golosos para Hollywood. 

La terna de prefinalistas que optan a representar a España en la carrera por los Oscar no parece despertar muchas esperanzas de que este año haya un título español en la ceremonia. Por un lado, Celda 211, de Daniel Monzón, si bien es cierto que conocerá un remake en Hollywood, no tiene en su argumento y estética nada que la diferencie de decenas de películas que nos llegan del cine norteamericano, aunque aporte ciertas dosis de calidad. Resulta curioso que el año pasado no fuera seleccionada por la Academia (es decir, no creían los miembros que tuviera posibilidades de cara a los Oscar) y este año sí hayan creído en sus aspiraciones. 

Lo que nos centra de nuevo en el absurdo de los reglamentos. En teoría, solamente pueden participar en esta selección aquellas películas que se hayan estrenado antes del 30 de septiembre de 2010. Según esta norma, la cinta de Icíar Bollaín También la lluvia no podría participar, ya que tiene previsto su estreno comercial el ¡7 de enero de 2011! Pero existe la posibilidad, para los productores que quieran incluir sus películas dentro de la lista de candidatas, de hacer lo que se denomina un "estreno técnico". Es decir, mantener una copia durante siete días en una sala comercial. Lo que suele hacerse es "estrenar" en un pequeño pueblo sin demasiada repercusión y por tanto acceder a la lista de candidatos. 

Y digo yo: si es posible hacer ésto ¿por qué coño no cambian el reglamento y permiten que películas no estrenadas pero producidas este año entren directamente en la lista? Con esta absurda regla se permite que algunos títulos tengan dos posibilidades de ser seleccionadas.. en detrimento de muchas otras. Así ha conseguido su participación Celda 211 y así También la lluvia tendrá el año que viene las mismas probabilidades de entrar en terna, ya que oficialmente se estrenaría dentro del plazo estipulado. Igualmente ocurre con películas no elegidas este año, como Balada triste de trompeta, de Álex de la Iglesia o Amador, de Fernando León de Aranoa.

La segunda seleccionada es la que posiblemente tenga menos posibilidades siquiera de ser escogida como representante del cine español. Lope, de Andrucha Waddington, al margen de ser un tostón inaguantable, desde luego poco interés despertaría en Hollywood, por mucho que su director se haya empeñado en tratar de copiar un clásico contemporáneo que sí se llevó un Oscar: Cyrano de Bergerac, de Jean-Paul Rappeneau. Por último, También la lluvia, de Icíar Bollaín tiene la ventaja de tratar un tema social como la inmigración, pero poco sabemos de ella y sinceramente pocas posibilidades tendría de cara a los premios de la Academia de Hollywood. 

Lo que no se entiende realmente es cómo una película que tiene todos los ingredientes para acabar siendo carne de Oscar ni siquiera se ha mencionado. La espléndida, emocionante última cinta de Achero Mañas, Todo lo que tú quieras, habría sido la mejor candidata, en mi opinión, para acceder a la carrera por el Oscar. Aparte de sus méritos como historia que trata de manera singular, original y arriesgada el incondicional amor que siente un padre por su hija, es una película que conecta sabiamente con el espectador, consigue convertir un drama de padre e hija (¡por fin una niña creíble, natural, magnífica en el cine español!) en una reflexión sobre los prejuicios de una sociedad que no termina de aceptar a quienes son diferentes tratando de encontrar explicaciones psicológicas a todo lo que le rodea. 

Algunos comentarios negativos sobre Todo lo que tú quieras no parecen entender qué tiene que ver hablar sobre el aún enquistado rechazo a la visibilidad de la homosexualidad con el drama de un padre que tiene que ejercer de madre (literalmente). No entender eso es perderse la esencia de una película que habla de prejuicios mucho más amplios. Y ahí (nunca hubiera pensado decir ésto) tiene mucho que aportar el trabajo descarnado de Juan Diego Botto, un actor que habitualmente me deja helado y que aquí consigue hacer creíble lo que podría haber sido ridículo. 

Pero se ve que, o nadie fue a la proyección de la película, o es que los miembros de la Academia no saben encontrar los valores de una historia que, ésta sí, tiene posibilidades de cruzar fronteras.