12 mayo, 2016

El maltrato a las series españolas

No es exclusivo de España el maltrato a las series de televisión, incluso cuando gozan del seguimiento de numerosos fans. En más de una ocasión la rebeldía de los aficionados ha provocado que se recuperaran series que habían tenido un cierre injusto debido a los intereses de las cadenas. Pero en España podemos hablar de una sensación generalizada de que pocas producciones propias han tenido el tratamiento que se hubieran merecido. Decisiones sobre programación más que discutibles, utilización del éxito de determinadas series como herramienta de contraprogramación, mezquindad en los presupuestos... han provocado que la producción propia de las televisiones, privadas y públicas, hayan sido resueltas más "a pesar de" que "gracias a" las mismas televisiones que las han encargado.

Uno de los maltratos más recientes lo hemos visto con la comedia de Telecinco Chiringuito de Pepe (2014-2016), cuya conclusión definitiva ha pasado sin pena ni gloria, sin promoción y con escaso índice de audiencia. Se trata del típico caso de serie afectada por decisiones de programación poco acertadas que finalmente han provocado la paulatina pérdida de audiencia. Producida por 100 balas, se estrenó en el verano de 2014, y se benefició de la escasa competencia en una parrilla que entre junio y septiembre suele ser un páramo en la televisión española. Con una media del 24 % de share, la serie se reveló como una de las sorpresas de la temporada. Pero Telecinco decidió dejar los últimos cuatro capítulos de la primera temporada para septiembre, cercenando el interés de los espectadores y la buena posición en parrilla que había conseguido. Los resultados fueron claros, debutando en septiembre (mayor competencia) con un 16,2 %, 8 décimas por debajo de su media veraniega.

La segunda temporada no fue mejor. Telecinco dilató su estreno hasta enero de 2016 (15 meses), con varios anuncios previos que indicaban que, entre sálvames y grandes hermanos, no encontraba hueco para una serie que ella misma había renovado con gran alarde. Al igual que le había ocurrido con B&b (2014-2015), los espectadores ya no mantenían el interés, a lo que hay que unir, eso sí, una segunda temporada que zozobraba entre un humor tan infantil que hasta los personajes "infantiles" se quedaron en meras anécdotas, e incorporaciones más que discutibles (Dani Martínez, Patricia Conde). El resultado fue un estreno mediocre que alcanzaba solo el 15,6 % de share, pero cuya media a lo largo de la temporada fue del 12 %. Además, el final de la serie tuvo la mala suerte de coincidir en la misma semana con el desenlace de El príncipe (2014-2016), y Telecinco no tuvo ningún problema en sacrificar las necesarias promociones en favor de la serie de Plano a Plano, que mantuvo mucho mejor sus excelentes datos de audiencia. En todo caso, siempre nos quedará la duda de qué hubiera ocurrido si Chiringuito de Pepe se hubiera mantenido como una serie para la época estival, tal como empezó, en vez de querer aprovechar su éxito inicial para encontrarle un hueco en la parrilla de otoño.

Entre las cadenas privadas, Atresmedia tampoco se ha caracterizado por tratar adecuadamente a sus producciones, a pesar incluso del éxito cosechado. Las dos últimas series en sufrir los vaivenes de la cadena han sido también dos de sus productos estrella en los últimos años: Bajo sospecha y Vis a vis. Aunque hay que reconocer que mantiene una línea de producción más coherente que la de Telecinco (no es habitual que una nueva nueva temporada sufra un retraso de hasta 15 meses en sus estreno), el problema principal para la series emitidas en Antena 3 es la contraprogramación. Bajo sospecha (2015-2016), de Bambú Producciones, ha sufrido a lo largo de sus dos temporadas hasta dos cambios en su emisión (la primera temporada pasó de los martes a los lunes, y la segunda, de los martes a los jueves). A Vis a vis (2015-2016), de Globomedia, tampoco le ha ido mucho mejor, pasando en esta segunda temporada de los jueves a los miércoles, dado el gran descenso de audiencia que sufrió, hasta alcanzar mínimo histórico (un 12,2 %) en el capítulo 4, emitido el 21 de abril, aunque el cambio tampoco ha mejorado especialmente sus resultados (13,2 % y 13,4 % en sus dos últimas emisiones en miércoles).

Sin duda, la contraprogramación es uno de los mayores problemas que tiene la televisión en España. La forma de contrarrestar las audiencias de los programas estrella de las distintas cadenas es la de hacerlas competir con otras producciones que consigan mejores datos, o bien cambiar de lugar aquellas por las que se apuesta, pero que tienen una fuerte competencia. En más de una ocasión, el éxito no ha sido precisamente sinónimo de tranquilidad. Telecinco ha utilizado a sus series estrella como comodín para contrarrestar las buenas audiencias que otras cadenas conseguían en determinados días de la semana. Así ha ocurrido con La que se avecina (2007-), de Alba Adriática, que prácticamente se ha ido emitiendo a lo largo de todos los días de la semana, sufriendo hasta tres cambios en una misma temporada. Pero la fortaleza de una serie que en su novena temporada regresó con un devastador 27,2 % a pesar de haber pasado casi un año desde su anterior temporada, ha permitido a la cadena jugar con ella como herramienta de contraprogramación cada vez que le interesa.

Entre todos, sin embargo, el caso más flagrante es el de la cadena pública española. TVE no se caracteriza precisamente por tratar con demasiada cortesía a sus producciones propias, cuando en teoría debería ser la cadena que menos tendría que atender a los vaivenes de la audiencia. Entre las series que han sufrido su desprecio están algunas de gran éxito como Águila roja (2009-2015), de Globomedia, a la que abandonó a su suerte en la octava temporada, o incluso incongruencias sorprendentes como el hecho de cancelar Los misterios de Laura (2009-2014) mientras compraba los capítulos de su remake norteamericano, The mysteries of Laura (2014-).

Otro de los casos recientes es el de la tan reconocida El ministerio del tiempo (2014-), que en su temporada actual sufrió un incomprensible problema de comunicación cuando el parón previsto como mid season se hizo público sin la suficiente antelación, provocando la preocupación de sus seguidores, principalmente en las redes sociales. En todo, y aunque la temporada estuviera planteada de esa forma, lo cierto es que esa pausa ha influido en la pérdida de audiencia, pasando de una media del 12% que mantenía a lo largo de la temporada a un 9,9 % (mínimo) en el capítulo de su retorno, volviendo a alcanzar el mínimo histórico la siguiente semana, con un 9,2%. Bien es cierto que el regreso de la serie coincidió con dos estrenos importantes en las cadenas privadas, la serie La embajada, en Atresmedia y el programa Mi casa es la tuya, en Telecinco pero, ¿no se habría manteniendo la fidelidad de la audiencia si en vez de perder tres semanas de ausencia hubiera seguido emitiéndose y estuviera ya casi al final de la temporada? Otro caso flagrante de TVE es la serie El Caso. Crónica de sucesos (2016-), de Plano a plano, que, a la escasez de presupuesto (solventada con profesionalidad) ha sumado la también escasa promoción realizada, y su estreno compitiendo con la Champions, a pesar de tratarse de un interesante procedimental que recupera la esencia de una de las series más valoradas de la televisión en España.

Si bien es cierto que en el caso de las cadenas privadas hay que tener en cuenta datos de audiencia y por tanto ingresos económicos para "entender" decisiones que a veces no dejan de ser incomprensibles, lo que no tiene sentido es que las producciones propias estén sometidas también a los vaivenes de la parrilla y la contraprogramación en la televisión pública que teóricamente no debería prestar demasiada atención a unos datos de audiencia que, a no ser que sean catastróficos, pueden ser asumidos. Y resulta especialmente sangrante que en España prácticamente ninguna de las series producidas en los últimos años haya podido mantener una cierta coherencia de producción y programación que no las haya sometido a la guerra de las audiencias, siendo en la mayoría de los casos víctimas de decisiones que, al contrario, han contribuido a su desamparo y el hastío de los espectadores.