22 agosto, 2014

Rich Hill, la herida interior

Ha obtenido el Gran Premio del Jurado al Mejor Documental en el Festival de Sundance y suena como una de las películas mejor posicionadas en la carrera hacia el Oscar. "Rich Hill" es una mirada profunda hacia aquello a lo que no nos atrevemos a mirar. 



El cine documental nos tiene acostumbrados a colocarnos frente a la pobreza de países africanos o latinoamericanos. Pero esa realidad, de la que sin duda hay que ser conscientes, puede llegar a provocar cierta ceguera hacia lo que ocurre en nuestro propio entorno. El documental que se alzó con el Gran Premio del Jurado en Sundance a principios de este año, y que acaba de llegar a las pantallas norteamericanas, es una muestra patente de la necesidad de mirar hacia lo que pasa alrededor de una sociedad que parece empeñada en mirar hacia otro lado, más pendiente de un futuro incierto que de un presente doloroso. Los acontecimientos recientes en Ferguson, Missouri tras la muerte del joven Michael Brown a manos de un policía de gatillo fácil ponen de manifiesto la fragilidad de un sistema que de vez en cuando saca a flote la mierda que lo sostiene. 

Rich Hill es una pequeña población, precisamente situada en el estado de Missouri, que tiene menos de 1500 habitantes, donde residen los tres protagonistas de esta historia. Se trata de una de esas poblaciones rurales que van desapareciendo del mapa de Estados Unidos, abandonada lentamente por sus habitantes, cuyo perfil se dibuja a base de escombros, tiendas y casas cerradas. estos tres adolescentes pertenecen a familias desestructuradas y fragmentadas por la ausencia de un futuro medianamente complaciente. Las palabras de una de las madres (Delena: "Yo nunca he podido tener sueños ni esperanzas"), son lanzadas como dardos hacia el espectador. Son vidas sin futuro, condenadas a sobrevivir entre basura, sentenciadas a no atrapar ni siquiera un pequeño trozo de ese sueño americano que les venden a través de sus televisores de segunda mano. 


Por eso, que la mirada de los directores,  Tracy Droz Tragos y Andrew Droz Palermo, se centre en estos chavales proporciona algo de luz al final del túnel en el que sobreviven. Sus padres ya han tirado la toalla, ya no esperan nada de las vidas que les ha tocado. Pero ellos al menos tienen una mirada diferente, ya sin inocencia, pero sí con mayor vitalidad. Adolescentes que viven en constante estado de cabreo (Appachey ha sido diagnosticado de personalidad bipolar, a Harley le cuesta controlar sus ataques de violencia, Andrew vive desalentado por la pasividad de sus padres), como seguramente muchos de los que se han rebelado estos días contra la policía. No solo tienen que vivir sin esperanza, sino que tienen que soportar la brutalidad policial o el menosprecio (Andrew: "La gente que pasa nos mira por encima del hombro, como si fuéramos menos que ellos").


Los directores consiguen crear esa empatía entre el espectador y los protagonistas abrazando con su cámara (espléndida fotografía de Andrew Droz Palermo), pequeños retazos de sus vidas diarias. Es un objetivo amable, pero no condescendiente. No se juzga, se refleja la realidad. Y ahí están sus principales virtudes. Destaca también el espléndido trabajo musical del compositor Nathan Halpern, música etérea de descripción casi irreal, que subraya momentos mágicos como la celebración del 4 de julio, uno de los pocos destellos de alegría en medio de tanta desesperanza. 




Nota: La película ha servido para apoyar a estos adolescentes y sus familias. Andrew (16) sigue estudiando gracias a las contribuciones de la fundación creada tras el estreno; Harley (17) ha sido diagnosticado con un tumor cerebral, pero ha conseguido ver a su madre (en prisión) gracias a la repercusión del filme; Appachey (13) continúa estudiando y al menos ya no tiene el temor de que los servicios sociales le aparten de su familia.