04 febrero, 2026

Rotterdam 2026 - Parte 2: Revoluciones

Llegamos al ecuador del Festival de Róterdam que se desarrolla hasta el 8 de febrero hablando de revoluciones y conflictos, uno de los temas habituales en la programación de una selección comprometida con las realidades que se viven en el mundo. Películas que abordan desde distintas perspectivas las consecuencias de la larga ocupación de Palestina, pero también de revoluciones fallidas en Portugal o frustradas en Siria. El Festival de Róterdam no es una muestra de estrellas de cine, pero entre sus invitados estuvo presente ayer la actriz Cate Blanchett, no solo para presentar la película Father Mother Sister Brother (Jim Jarmusch, 2025), que se proyecta en la sección Limelight que recoge películas relevantes del circuito de festivales, sino sobre todo en su faceta de Embajadora de Buena Voluntad de ACNUR, que junto al Hubert Balt Fund ha puesto en marcha el Displacement Film Fund (DFF), una iniciativa lanzada como programa piloto en el IFFR de 2025 y que supone la ayuda de 100.000 euros a cortometrajes realizados por cineastas desplazados. Se estrenaron en esta edición los cinco cortos subvencionados en la primera ronda, realizados por directores de Irán, Siria, Afganistán, Somalia y Ucrania, y se ha anunciado una segunda ronda de ayudas. El primer comité de selección ha estado formado por las actrices Cate Blanchett y Cynthia Erivo, la directora Agnieszka Holland, el realizador Jonas Poher Rasmussen y el solicitante de asilo LGBTQ+ Amin Nawabi (seudónimo), que inspiró su documental de animación Flee (Jonas Poher Rasmussen, 2021), la directora del Festival de Róterdam Vanja Kaludjercic, la directora Waad Al Kateab, que coridigió el documental Para Sama (Waad Al Kateab, Edward Watts, 2019) y la activista y refugiada Aisha Khurram.

Far from Maine

Roy Cohen

Francia, Italia, Hungría 2026 | 99' | Harbour | 

En un panorama que se ha degradado hasta la confrontación ideológica que no reconoce la incongruencia de responder a un ataque terrorista con una masacre genocida, cualquier propuesta que trate de construir un diálogo puede parecer un acto de rebeldía. El director Roy Cohen (1984, Israel) trata de hacerlo en un documental que está construido como un diálogo con su amigo Aseel Asleh, un joven palestino residente en Israel al que conoció en 1998 durante un campamento de la paz, llamado Seeds of Peace, que se celebró en la ciudad de Maine, en Estados Unidos, al que acudieron representando a la delegación israelí. Inmediatamente hubo una conexión entre ambos y se hicieron amigos, hasta que en 2000 Aseel Asleh fue asesinado por los soldados israelíes durante la Segunda Intifada. Far from Maine (Roy Cohen, 2026) hace referencia a ese momento de conocimiento personal, a partir del cual ambos regresaron a sus entornos familiares y llevaron vidas separadas. En el caso del director, comenzó años después una relación sentimental con un norteamericano y tuvieron una hija, pero el recuerdo de Aseel ha permanecido tan claramente que la estructura del documental se sostiene en un diálogo ficticio entre el Roy Cohen de la actualidad y el Aseel Asleh que no pudo traspasar la juventud. Esta conversación basada en cartas que se enviaron durante un tiempo es también una reflexión sobre cómo la sociedad israelí ha enfrentado todo lo que ha ocurrido desde el 7 de octubre de 2023, tras el ataque terrorista de Hamás que provocó la muerte de 1219 personas y el secuestro de 251, mayoritariamente civiles israelíes. Y una respuesta por parte de Israel en un genocidio que ha acabado con la vida de más de 72.000 gazatíes, entre ellos 20.000 niños, el desplazamiento de 1,9 millones de personas y la destrucción absoluta de Gaza, con un futuro controlado por Estados Unidos para reconvertirla en un resort de lujo. Pero la huella de la ocupación permanece inalterable, y el recorrido que efectúa Roy Cohen en su documental deja algunas cuestiones relevantes sobre los silencios y las mentiras. Él mismo es de origen árabe-israelí, pero nació en una ciudad de la que nunca supo, hasta que se hizo adulto, que había sido un asentamiento palestino ocupado por los israelíes. Quizás lo más relevante de documental es cómo expone una realidad impactante, especialmente cuando habla con una de sus hermanas, quien vivió en un kibutz cercano a la franja de Gaza, en el que hubo algunos conatos de ataques durante los atentados del 7 de octubre, y a quien se le ha ofrecido un terreno para volver a habitarlo. Entre los israelíes que apoyan las políticas genocidas de Benjamin Netanyahu y los que protestan en contra de ellas, hay una parte de ciudadanos mucho más numerosa, la de aquellos que prefieren mirar hacia otro lado y permanecer en silencio. Cuando Roy Cohen habla con una responsable de seleccionar a los jóvenes que formaron parte de la delegación israelí que fue al campamento Seeds of Peace, y le menciona el nombre de su amigo Aseel Asleh, ella también se niega a hablar de él. Desde el principio, nos cuenta el director en su narración, el joven Aseel mostraba cierta rebeldía, explicando su origen palestino y renunciando a cantar el himno de Israel. Lo que provocó que la delegación israelí se negara a volver a invitarle, mientras que la organización del campamento le invitó como representante individual. Incluso el idealismo de la convivencia pacífica que representaba el encuentro estaba envuelta en debates intensos y en algún insulto racista. 

Al mismo tiempo que establece el diálogo ficcionado con su amigo palestino, Roy Cohen conversa en Estados Unidos con algunos de los jóvenes del campamento con los que ha seguido manteniendo contacto, y que continúan participando en las manifestaciones contra el genocidio israelí. Aunque el documental no llega a capturar la persecución a la que han sido sometidos los representantes de las protestas palestinas y la desfinanciación a la que ha sometido la actual administración norteamericana a las universidades que se han alineado con la libertad de expresión. En la realidad que describe Far from Maine, antes del desembarco del fascismo, los Estados Unidos todavía eran un espacio donde expresar de manera libre y sin miedo a ser considerados terroristas por apoyar la solución de los dos Estados para el conflicto palestino-israelí. Pero lo más revelador de la película está en el interior de Israel, en el reflejo de la educación dirigida, en las huellas de las mentiras inoculadas en los jóvenes, en la permanencia del silencio y el desinterés: "No me interesa lo que está pasando allí. Apenas veo las noticias", dice la hermana de Roy Cohen, como si la invisibilidad o el negacionismo pudieran borrar la realidad. Es la indiferencia flagrante de muchos ciudadanos israelíes la que expresa con mayor profundidad los soportes en los que se sostiene la psicopatía de personajes como el ultraderechista Ministro del Interior Ben Gvir, a cuyo pasado también se hace referencia en la película. Far from Maine mezcla imágenes de archivo con las conversaciones y las reflexiones personales de Roy Cohen, que en algunos casos resulte difícil. Como cuando habla con Yousef Bashir, uno de los participantes en el campamento, quien ha guardado un libro con el casquillo de una bala incrustado en él, durante un ataque del ejército israelí a su casa, para recordarle la realidad a los que dudan sobre la violencia sistemática. "La retórica y el lenguaje que utilizan los medios israelíes es algo que no he visto nunca. Han hecho un trabajo increíble, extremadamente calculado, para asegurarse de que los israelíes piensen de una cierta manera". Entre los documentales que han hablado sobre el conflicto israelí-palestino desde que se produjo el ataque del 7 de octubre y el posterior genocidio, Far from Maine puede no resultar tan profundamente emocional como Coexistence, my ass! (Amber Fares, 2025), pero al menos ofrece una mirada desde el interior de Israel que expone claramente el grado de manipulación a la que se ha sometido a una población que seguramente también ha tenido su responsabilidad en dejarse someter. 

Palestine 36

Annemarie Jacir

Palestina, Reino Unido, Francia 2026 | 120' | Limelight | 

Oscar '26: Candidata palestina

TIFF '25: Lightbox - Premiere mundial


Desde sus cortometrajes Like twenty impossibles (2016) y Wajib (2017), seleccionados en dos ediciones consecutivas del Festival de Róterdam, la cineasta Annemarie Jacir (1974, Palestina) ha tratado diferentes aspectos de la realidad palestina y de su diáspora, pero sobre todo destacó su primer largometraje, La sal de este mar (2008), cuyo tratamiento del regreso de una mujer estadounidense-palestina que quiere residir en la ciudad de Ramallah, donde encuentra a algunos de sus habitantes esperando visas para poder salir de allí, conecta con los acontecimientos ocurridos en los últimos meses dentro del lejano camino que ha recorrido el conflicto entre árabes y sionistas. En una parte del comienzo de esa confrontación se centra su ambiciosa última película, Palestine 36 (Annemarie Jacir, 2025), que nos transporta hasta las primeras rebeldías de los habitantes árabes de una tierra que se encuentra bajo el protectorado de Gran Bretaña, quien decide poner parte de ellas al servicio del desplazamiento del pueblo judío, progresivamente expulsado de Europa en medio de un sentimiento creciente de antisemitismo que acabó derivando en una persecución cruel. El "problema judío" se desplazó hasta Jerusalén, y la solución que encuentran los diplomáticos británicos, encabezados por el Alto Comisionado Wauchope (Jeremy Irons) es dividir las tierras en dos partes sin consultar a los agricultores que las habitan, y dejando que los colonos judíos se apoderen de zonas rurales incluso de manera violenta. El anhelo de una tierra prometida en Jerusalén que ha usado el pueblo judío para justificar su ocupación no tuvo en cuenta que esa región situada entre el río Jordán y el mar Mediterráneo estaba habitada desde el paleolítico por los antecesores de los agricultores palestinos que comenzaron a expulsar. La película plantea que la ocupación de los territorios árabes fue impulsada por los propios funcionarios británicos que habían favorecido su expulsión de Europa por un antisemitismo creciente, hasta que la Comisión Peel tomó la decisión de apoyar la creación de un Estado de Israel que se asentaría en parte de las tierras árabes, lo que está planteado como la principal razón de las revueltas, aunque puede no ser históricamente correcto. Ha habido en los últimos meses algunas discusiones entre autores como Robert Cherry que niega el rigor histórico del relato, afirmando que la violencia contra los judíos fue anterior y que la directora no menciona algunas figuras clave como el líder árabe Gran Muftí Amin al-Husseini, "que instigó la violencia y eliminó a la comunidad judía del valle de Hebrón", mientras que otros autores como el periodista Jonathan Cook defienden la tesis de la historia contada por Annemarie Jacir. Ésta se centra principalmente en el joven árabe Yusuf (Karim Daoud Anaya), un granjero que mantiene una buena relación con la comunidad británica ayudando a Amir (Dhafer L'Abidine), un líder burgués que se alinea con la agenda sionista esperando mantener su estatus, y su esposa Khouloud (Yasmine Al Massri), una periodista radical que escribe bajo un seudónimo masculino. En la parte británica hay una cierta exposición más simplista: el Capitán Wingate (Robert Aramayo) es el retrato de un sionista que se refiere a los palestinos como animales, mientras que el Comisionado Thomas (Billy Howle) defiende la creación de un estado palestino libre e independiente. 

Uno de los aspectos más discutidos de la película, y también de los antecedentes históricos que propone, es el informe en el que la Comisión Peel aprobó un plan de partición en 1937 que establecía un Estado de Israel en parte del territorio árabe. Palestine 36 se centra principalmente en el período que transcurre entre la huelga general de los habitantes árabes que se desarrolló durante seis meses en 1936 y la masacre de la aldea palestina Al-Bassa que tuvo lugar en 1938. Parte del trasfondo de este acontecimiento protagonizado por las tropas británicas está representado a través de la figura de Kareem (Ward Helou) y el padre Boulos (Jalal Altawil), un sacerdote cristiano, quien enseña a su hijo el valor de la resistencia a través de un juego en el que ambos se muerden los puños: "El valor no está en quién tiene más fuerza, sino en quién es capaz de resistir más. Hay que perseverar para poder ganar". Con una cierta mirada hacia las producciones de David Lean en el retrato de una historia multifacética de personajes que se cruzan entre sí, como el trabajador portuario Khalid (Saleh Bakri), que se convierte en uno de los líderes de la revuelta, la directora Annemarie Jacir construye un reflejo histórico que se sostiene en las pequeñas experiencias de algunos de sus habitantes, una historia de resistencia y de insumisión a las  imposiciones coloniales. Puede ser a veces imprecisa y unidireccional, estableciendo a los árabes únicamente como víctimas de la violencia, no como instigadores de ella, e invisibilizando a la comunidad judía que prácticamente solo se menciona en las conversaciones, pero no tiene una representación física. En su relato que conecta con la realidad histórica, se introducen fragmentos de archivos que muestran la vida cotidiana en Palestina, donde se rodó la película, y referencias a la huelga y las revueltas que se organizaron en los años treinta. También se silencia a una parte de la población palestina que estaba de acuerdo con la partición que proponía la Comisión Peel, cuya recomendación era que la comunidad judía recibiera solo el 12% del territorio del Mandato Británico, y que la gran mayoría del resto se asignara a los habitantes árabes palestinos. Pero la candidata palestina a los Oscar, que consiguió pasar el corte de la preselección pero no ha sido nominada, en favor de la representante tunecina La voz de Hind (Kaouther Ben Hania, 2025), ofrece una perspectiva diferente al relato sionista habitual, que puede ser impreciso pero alimenta la reflexión sobre cómo el genocidio contra el pueblo palestino tiene su raíz en las consecuencias del colonialismo y el antisemitismo europeo. Y contiene dentro de su fuerte carácter de épica histórica una mirada profunda hacia el pasado como la fuente de los problemas del presente. 

© O Som e a Fúria, Tarántula

Projeto global

Ivo M. Ferreira

Portugal, Luxemburgo 2026 | Big Screen Competition | ★


Al ver la última película de Ivo Ferreira (1975, Portugal), director de títulos reconocidos como Cartas de la guerra (2016), es inevitable pensar en las incursiones que viene haciendo en los últimos años el cine brasileño en el pasado opresivo de sus dictaduras: Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024) y El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025). Ambientada en los años posteriores a la Revolución de los Claveles, se trata de una incursión en las soluciones sociales que planteaban las revoluciones socialistas, y la paranoia de la amenaza de un posible regreso de un sistema dictatorial, lo que en cierta manera actualiza su reflejo mirándose en el espejo de las sociedades actuales que se están contagiando de los discursos fascistas sin verlos realmente como una amenaza, e incluso justificándolos bajo eslóganes populistas. En 1980, la desilusión se había instalado en el rumbo que había tomado Portugal y lo que se percibía como el desmantelamiento de los logros de la revolución de abril: la reprivatización de las fábricas y el fin de la reforma agraria. Tras varios intentos de la extrema derecha por recuperar el poder (dos intentos de golpe de Estado en 1974 y 1975, y más de 600 atentados y acciones violentas entre 1975 y 1977), creció el temor al regreso del fascismo. En este clima de tensión, surge un grupo armado de extrema izquierda denominado Fuerzas Populares del 25 de abril (FP-25), que entre 1980 y 1986 convirtió al país en escenario de atentados con bombas, robos a mano armada y ejecuciones por motivos políticos. El FP-25 fue contemporáneo de otras organizaciones terroristas que actuaban en Europa, como la Baader-Meinhof, ETA, el IRA o Action Directe, pero sin una causa territorial o identitaria que los enmarcara, y causaron la muerte de al menos dieciocho personas, dejando a la sociedad portuguesa profundamente conmocionada. Ese idealismo fallido que encontró en la revolución armada un vehículo para tratar de remover la conciencia de la sociedad portuguesa es el contexto de una historia de amor de carácter triangular que forma el esqueleto principal de Projeto global (Ivo M. Ferreira, 2026), una interesante propuesta sobre las revoluciones frustradas. Como parte del FP-25, Rosa (Jani Zhao) y su pareja Jaime (Rodrigo Tomás) han iniciado un movimiento armado que intenta defender a los trabajadores y establecer una confrontación frente a los grupos de extrema derecha que han intentado hacerse con el poder. Pero es un proyecto revolucionario que no se sostiene sobre la paz de las flores colocadas en los cañones de los tanques, sino que pretende la destrucción de los sistemas autoritarios como un paso necesario para reforzar los cambios sociales que se han ido transformando en otra forma de imposición. Al mismo tiempo, Rosa mantiene una relación con Marlow (José Pimentão), un policía que pertenece precisamente al grupo que investiga las actividades criminales del FP-25, y que en algunas ocasiones consigue avisarla de las incursiones policiales contra la organización, pero sin renunciar a su intención de acabar con ella. Conforme las acciones del FP-25 se van haciendo más violentas, el trayecto de regreso resulta más difícil, y sus principales componentes, Rosa, Jaime y Queiroz (Isac Graça) deben continuar un camino sin retorno, con vidas clandestinas basadas en robos a bancos y atentados bajo la amenaza constante de la prisión o la muerte.

Projeto global no ofrece una crónica histórica sobre la organización FP-25, sino que prefiere construir un relato de ficción que pone de manifiesto la vulnerabilidad de las conexiones que se establecen entre sus miembros, y las discusiones que surgen dentro del seno de una respuesta armada en la que hay todavía una incertidumbre sobre si los mejores resultados provienen de la mayor violencia o por el contrario es aceptable algún tipo de negociación. De manera que Ivo Ferreira introduce al espectador directamente en la acción sin ofrecer un contexto histórico detallado, utilizando elementos de los thrillers de los años setenta para reforzar visualmente su propuesta. La intención es plantear un retrato de ese tipo de personajes ambivalentes que se encontraban en aquellas ficciones, filmando sin ofrecer un juicio sobre ellos y permitiendo que sea la duda la que se apodere del centro del relato, aportando al espectador elementos de reflexión. En esta incursión en los idealismos contaminados por la violencia, la cámara está en constante movimiento y acompaña a los protagonistas, con algunas secuencias logradas como el robo a un banco que termina con consecuencias devastadoras, que recuerda a los thrillers políticos italianos de de la década de los setenta y ochenta, siempre con  elementos realistas subrayando las secuencias de acción. El director se confiesa admirador de este tipo de cine, pero al mismo tiempo utiliza los clichés que les caracteriza para reconstruir una forma de acercarse a la realidad histórica desde una mirada ficcional. Lo que no consigue a veces es construir las relaciones entre los personajes de una manera que resulte lo suficientemente sólida. Funciona el trío amoroso y la dedicación del policía Jaime a terminar con la organización terrorista, aunque al mismo tiempo salvando a Rosa de sus consecuencias, pero en general éste resulta un personaje demasiado simple, envuelto en cierta levedad a pesar del dilema moral al que se enfrenta, que no beneficia a la solidez de la historia. Entre el humo de cigarrillos, la música de la época y las prostitutas que forman parte de la iconografía clásica del thriller político, hay una parte de la sociedad portuguesa que comparte sueños rotos y esperanzas inciertas.

Tell me what you feel

Łukasz Ronduda

Polonia 2026 | 100' | Big Screen Competition | 

En la esencia principal de esta película sobre el amor está la exposición de un tipo de relación que parece romper con las diferencias sociales y económicas de los amantes, pero únicamente como una ilusión de cierta normalidad que sin embargo no es real, porque las barreras permanecen para separar en cualquier momento. Habla el director Łukasz Ronduda (1976, Polonia), un habitual del Festival de Róterdam, en torno a la sobreterapia a la que se someten muchos jóvenes contemporáneos, que se representa en una mayor consciencia de las emociones y de la salud mental, pero que construye relaciones afectadas por esta percepción de la realidad. Esta historia romántica muestra simpatía por los personajes, pero al mismo tiempo ofrece una mirada crítica sobre el tipo de relación que se establece entre ellos, una conexión que se sostiene en la comprensión permanente de lo que sienten y de lo que piensan. En una escena de la película, Patryk (Jan Sałasiński) y Maria (Izabella Dudziak) intercambian sus ropas para sentirse en la piel del otro, creando una conexión emocional como si se tratara de una terapia. Él proviene de una familia de chatarreros pero se siente artista, aunque su intención de ingresar en la Academia de Arte de Varsovia es rechazada, mientras ella es una joven que ha huido de una familia adinerada pero con un padre esquizofrénico y que ha iniciado un proyecto artístico que consiste en recoger las lágrimas de personas desfavorecidas, pagándoles por el líquido acuoso y salado que fluye de sus glándulas lagrimales. Cuando Patryk pretende también ofrecer sus propias lágrimas, descubre que es incapaz de llorar. Este planteamiento puede parecer pretencioso, pero consigue resultar atractivo de manera sorprendente, envolviendo la historia en una relación peculiar que puede ser considerada romántica, pero que se sostiene en una especie de interpretación psicológica del amante, un anhelo de entender al otro desde una pretendida terapia personal que en realidad expone los propios traumas. Y también refleja una cierta masculinidad vulnerable, que está dispuesta a exponerse emocionalmente, que no recela de los sentimientos sino que los utiliza como herramienta para crear vínculos. Tell me what you feel (Łukasz Ronduda, 2026) es el nuevo largometraje de un director que generalmente suele hablar sobre la relación entre el arte y los sentimientos, en películas previas como Performer (Łukasz Ronduda, Maciej Sobieszczański, 2015) y en sus biografías inspiradas en artistas como A heart of love (2017) y All our fears (2021). El propio Łukasz Ronduda trabaja también como historiador de arte y programador de exposiciones en el Museo de Arte Contemporáneo de Varsovia, por lo que se mueve en terreno conocido. Pero en esta última propuesta hay una mayor exploración de la intimidad de los amantes, en encuentros que tienen lugar en el apartamento que comparte Patryk, rodeado de dibujos y pinturas que ocupan casi toda la pared, pero despersonalizado en el resto de una habitación casi vacía en la que los amantes se entregan a juegos sexuales que van derivando hacia inspiración artística. 

A través de esta relación Łukasz Ronduda refleja cómo se construyen las conexiones personales en una juventud que las percibe más como una forma de encontrarse a sí mismos que como una necesidad de establecer vínculos con otros, una mirada más interiorizada que un compromiso que se expone al exterior, lo que también muestra la debilidad real de esas conexiones.  A través de sus personajes, Tell me what you feel expone los conflictos y las aspiraciones de una generación que busca enfrentarse a sus vidas de una manera diferente, pero que a veces encuentra dificultades para descubrir nuevas formas de experimentar la comunicación entre ellos. De manera que construye un drama romántico que se mueve entre el romanticismo cursi del principio y la vulnerabilidad expuesta a lo largo de su desarrollo. La conexión con la pareja protagonista depende en buena medida de la cercanía que tenga el espectador con las inquietudes de la Generación Z, o con la tristeza existencial que caracteriza al joven Patryk. Pero su relación nunca se siente forzada, y la película se presenta como una historia de amor diferente en el que el director encuentra un equilibrio entre la descripción de los sentimientos de la pareja y la exposición de las ideas sobre el arte y la vida. 

Why do I see you in everything?

Rand Abou Fakher

Bélgica 2026 | 70' | Bright Future | 

Desafiando la imagen dominante de la masculinidad en la sociedad árabe, el debut de la directora Rand Abou Fakher (1995, Siria) tiene como protagonistas a dos amigos árabes que viven en el exilio. Nabil Altawil y Qusay Awad, también guionista, que han experimentado juntos la caída del antiguo régimen sirio de Assad y ahora están viviendo desde Alemania la destrucción de Gaza, comparten en un refugio momentos de intimidad y de cercanía, tocándose y acariciándose como no es habitual entre dos hombres dentro del contexto de las sociedades árabes. La directora admite querer romper con esa imagen de masculinidad que impera en ese mundo, ofreciendo no solo una mirada feminista sino también una perspectiva queer, y afirma compartir una reflexión de la artista siria Sulafa Hijazi: "Un cuerpo capaz de dar vida nunca puede decidir tomarla tan a la ligera", para intentar encontrar la explicación a la normalización de la violencia. La cercanía íntima de estos dos amigos contrasta con la perspectiva masculina que no encuentra distorsión en la imagen de un adolescente portando un arma, pero se conmociona cuando dos hombres se acarician y se tocan. Pero Why do I see you in everything? (Rand Abou Fakher, 2026) habla sobre todo del desarraigo que experimentan los dos protagonistas, comenzando con una imagen de olivos trasplantados en camiones que es una metáfora poderosa sobre el desplazamiento forzoso que han sufrido pueblos árabes como el sirio y el palestino. Los olivos aparecen como testigos de la violencia real sufrida mediante el desarraigo, el robo y la quema de árboles, mientras la ciudad de Berlín se convierte en un reflejo de Siria cuando una manifestación en contra del genocidio palestino acaba con la detención de Nabil, mientras la cámara de Qusay le sigue desde la lejanía, reproduciendo los ecos del pasado, cuando el propio Nabil fue arrestado durante seis meses en Siria cuando tenía 16 años. Hay una forma de represión que es común entre Alemania y Siria, a pesar de situarse en sociedades diferentes con protecciones legales distintas, pero solo establecer cierto paralelismo entre ambas, desde el punto de vista de quien la ha experimentado, ya supone un acto de rebeldía. Como documental híbrido, Why do I see you in everything? está rodeado de cierto aliento poético que sin embargo se dispersa en reflexiones ambiguas que parecen pretender una resonancia que no tienen, a través de frases que van desde lo personal hasta lo general sin que parezcan estar conectadas con la suficiente eficacia. De manera que se construye un relato lánguido y sinuoso que a veces tiene cierta tendencia a perderse en imágenes de pretendida profundidad metafórica que no terminan de funcionar con la relevancia que quieren transmitir. 

El regreso de Nabil a Siria se convierte en un encuentro frustrante en el que es testigo de cómo su ciudad, As-Suwayda, sufre un ataque sectario contra la comunidad drusa, un atentado que es mostrado a través de las cámaras de vigilancia silenciosas que convierten en más impactantes las imágenes que se muestran, una violencia explícita innecesaria a pesar de que la propuesta de Rand Abou Fakher quiera ser precisamente una reflexión sobre la violencia, como reconoce ella misma: "Mostrar el cuerpo de una víctima era lo último que me imaginé haciendo como cineasta", comenta en el dossier de prensa. Sin embargo, la falta de una contextualización provoca que la significación de las imágenes pierda fuerza, dando la impresión de que el planteamiento es más interesante desde una perspectiva intelectual que desde su propia propuesta visual. Why do I see you in everything? tiene los defectos del cine pretendidamente trascendente que sacrifica la comprensión en favor de la sucesión de mezclas dispersas entre imágenes de archivo, videos capturados por los propios protagonistas, reflejos de su intimidad personal y exposiciones de los efectos de las protestas ciudadanas. Quiere ser tan densa en su mirada poética que acaba resultando tediosa en su desarrollo, a lo que contribuye también una tonalidad etérea en las reflexiones personales. Conforme se acerca al final, la propuesta regresa a la idea de los olivos, que es la metáfora más interesante sobre la fortaleza de la tierra y sus raíces, cuando los dos amigos parecen haber encontrado un aliento de libertad compartiendo juntos la sombra de uno de esos olivos. 


El agente secreto se estrena en salas de cine el 20 de febrero.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

La sal de este mar y Cartas de la guerra se pueden ver en Filmin.
Aún estoy aquí se puede ver en Movistar Plus+. 

02 febrero, 2026

Rotterdam 2026 - Parte 1: Relaciones

El Festival de Róterdam se presenta como la primera gran cita cinematográfica en Europa, iniciando una agenda de festivales particularmente intensa que abre el camino hacia la gran cita de Berlín, pero con una programación que está más abierta a las iniciativas vanguardistas y a la pluralidad de voces, formatos audiovisuales y narrativas diversas. Y con un planteamiento de apoyo a los cineastas a través de diferentes iniciativas que se han consolidado en el panorama internacional, como el mercado de coproducción CineMart, el Fondo de ayudas Hubert Bals, el Rotterdam Lab y otras actividades de la industria. Como es habitual, nos acercamos durante esta semana a la programación que despliega el Festival de Róterdam, que este año se desarrolla entre el 29 de enero y el 8 de febrero, y que iniciamos con una serie de películas que hablan sobre las relaciones personales.

Butterfly

Itonje Søimer Guttormsen

Noruega, Reino Unido, Alemania, Suecia 2026 | 117' | Big Screen Competition | 

Festival de Gotemburgo '26: Nordic Competition

Una de las cineastas más peculiares de la pequeña pero relevante industria cinematográfica noruega es Itonje Søimer Guttormsen (1979, Noruega), quien debutó en el largometraje con aquella visión sobre la búsqueda de la libertad creativa y personal que fue la estupenda Gritt (2021), seleccionada en la Tiger Competition del Festival de Rotterdam, después de que previamente también hubiera concursado con su cortometraje Retrett (2016). Pero su segunda película, Butterfly (Itonje Søimer Guttormsen, 2026), que se estrena casi simultáneamente en los festivales de Gotemburgo y Rotterdam, llega con unas expectativas que parecen colisionar con el carácter más independiente de la directora, en parte por su propia consolidación profesional y en buena medida por estar protagonizada por la que es la actual gran estrella internacional del cine noruego, Renate Reinsve, ganadora del premio de interpretación en Cannes por La peor persona del mundo (Joachim Trier, 2021) y este mismo año nominada al Oscar y al BAFTA por Valor sentimental (Joachim Trier, 2025). De manera que encontrarla en una película tan mística y esotérica como ésta, en medio de los paisajes canarios que evocan la búsqueda de una mirada filosófica sobre la trascendencia humana, puede resultar un impacto sorprendente, pero al mismo tiempo fascinante. Butterfly tiene en su título la clave de su contenido, la idea de una metamorfosis como la que se produce en las mariposas a lo largo de sus cuatro etapas, desde el huevo hasta la mariposa adulta, pasando por las formas de oruga y de crisálida. La historia se centra en dos hermanastras, Diana (Helene Bjørneby) y Lily (Renate Reinsve), quienes crecieron en un resort para turistas en Gran Canaria, viviendo en un ambiente de libertad mientras su madre Vera (Lillian Müller) trabajaba como camarera, pero que en su edad adulta decidieron marcharse y llevar caminos separados. Mientras Diana trabaja en una guardería de un pequeño pueblo de Noruega, Lily ha tenido una carrera como modelo pero ahora trabaja en el ambiente artístico independiente de Hamburgo. Tras la repentina muerte de Vera, ambas vuelven a reunirse en Gran Canaria para poner en orden la herencia de su madre, pero se encuentran con algunas dudas sobre su fallecimiento, especialmente en torno a la relación que estaba manteniendo Vera con Chato (Numan Acar), una especie de gurú que ha desaparecido coincidiendo con la muerte de Vera. El encuentro entre las dos hermanas que siempre han sido muy diferentes se convierte en una colisión de caracteres y de objetivos: Lily quiere vender rápidamente las propiedades de su madre, mientras que Vera trata de entender las circunstancias de su muerte. La película traza un viaje emocional paralelo al de sus protagonistas, comenzando desde una planificación más estática de los ambientes turísticos rodeados por instalaciones artificiales como el resort en el que trabajaba Vera, hasta una mayor fluidez y libertad conforme se adentra en las montañas, de atmósfera mucho más espiritual y etérea. Lo que también supone un regreso a las raíces, a los orígenes poblacionales de la isla de Gran Canaria, con la llegada de los bereberes que colonizaron el territorio y que posteriormente fueron colonizados por los españoles, pero de los que hay vestigios en las cuevas que han permanecido a lo largo de los siglos, especialmente en los alrededores de Moya. 

Parte del trayecto que llevan a cabo las dos hermanas se desarrolla en la localidad de Arguineguín, conocida por ser una especie de paraíso noruego en el que los turistas y buena parte de sus habitantes se sienten como en casa, como una especie de colonización pacífica que la ha convertido en un territorio donde conviven en armonía el idioma escandinavo con el español y el inglés. Hay diferentes tipos de colonización que conviven en una historia sobre el descubrimiento personal de dos hermanas que miran con asombro un video promocional en el que su madre presenta su nueva filosofía de vida, alejada del alcoholismo y abrazando la espiritualidad, que no puede evitar provocar una risa incómoda en Lily. Cuando debe recoger la firma de todos los copropietarios de un lugar de retiro que estaba preparando su madre para poder vender la propiedad, es cuando Lily comienza a entender la auténtica esencia de la nueva vida de su madre. Pero este viaje emocional del personaje no termina de trascender más allá de la puesta en escena, marcada por una estética colorista y extravagante para describir una especie de equilibrio armónico. En el proceso de escritura, el trabajo de Itonje Søimer Guttormsen está más relacionado con las sensaciones que con las palabras, especialmente con actores no profesionales como José (José Vizcaíno Alonso), que ha creado una especie de santuario para su familia que acoge a personas de todos los orígenes, en una convivencia peculiar con los caros y lujosos Airbnb que ocupan la isla. Este juego de contrastes es permanente a lo largo de una película que puede ser frustrante entre las tonalidades de un misticismo envuelto en danza y canciones y la mirada incrédula de las hermanas. Pero hay una mayor capacidad de atracción en las sonoridades etéreas de las voces femeninas que componen una banda sonora en la que prevalece la influencia del álbum Book of days (1990, ECM Records) de la cantante Meredith Monk (1942, Nueva York) y de Parallelograms (1970, Geffen Records) de Linda Perhacs que han inspirado al compositor Erik Ljunggren, ex-miembro del grupo A-ha. La directora también se permite algún guiño autorreferencial al introducir dentro de los personajes que encuentran las protagonistas en la isla a Gritt (Birgitte Larsen), la protagonista de su primera película, que ha ido a visitar a su madre. Cuenta Itonje Søimer que se trata de un personaje al que quiere regresar de vez en cuando como parte de otras historias, ahora encajado en el ambiente libre y espiritual de Butterfly, un viaje de transformación que no llega a convertirse en mariposa. 

Earth song

Erol Mintaş

Finlandia, Alemania 2026 | 118' | Harbour | 


Como es habitual en los festivales de cine, encontramos muchas historias sobre el sentido de pertenencia, las raíces y la diáspora, como una reflexión que parece transmitir la sensación de que es posible tener una nueva vida satisfactoria en otro país, sin que sea incompatible con la necesidad de mantenerse cerca del lugar de origen, de la llamada de la tierra a la que hace referencia el poema An Earth song del poeta afroamericano Langston Hughes (1901-1967, Estados Unidos) con el que comienza la película: "Es una canción de la tierra, un canción del cuerpo, una canción de primavera, he esperado tanto tiempo esta canción de primavera". El director Erol Mintaş (1983, Turquía) aborda en su segundo largometraje una historia que conecta con su propia experiencia como un emigrante en Finlandia que mantuvo las raíces y la lengua kurda gracias a la educación de su madre, una figura presente en su cine desde el cortometraje Snow (2010) hasta su primer largometraje Song of my mother (2014). La protagonista de su nueva película también es una mujer que se enfrenta a la inestabilidad de su matrimonio y una relación difícil con su hija, estableciendo de nuevo una vinculación con las raíces desde la dificultad de ser emigrante y al mismo tiempo extrapolar los sentimientos personales. Earth song (Erol Mintaş, 2026) tiene como personaje principal a Rojîn (Dilan Gwyn), una anestesióloga kurdo-finlandesa que dedica parte de su trabajo a colaborar con organizaciones humanitarias en diferentes países, lo que provoca unas ausencias intermitentes que empeoran su relación con su marido Ferhat (Feyyaz Duman) y especialmente con su hija adolescente Azad (Zenan Tünc), que experimenta y transmite como rechazo el permanente absentismo de su madre. Una situación más difícil desde el punto de vista de esta relación materno-filial porque Azad todavía no sabe que es adoptada, un secreto que permanece como un conflicto interior que será inevitable afrontar en algún momento. El director describe esta lucha interna de la protagonista a través de elementos externos como una enfermedad que sufre Rojîn, posiblemente heredada, que le provoca pérdidas de audición cada vez más intensas, y derivará hacia una situación aún peor según el pronóstico de los médicos. Esta sensación opresiva se intensifica con la tensión que sufre durante sus viajes a otros países para colaborar con organizaciones médicas humanitarias, lo que provoca una presión física y psicológica que se distancia de la estabilidad emocional que encontró en una Finlandia que, en contraposición, se muestra permanentemente nevada y fría. Las salidas al exterior están siempre envueltas en una ventisca constante que parece reflejar de manera palpable esa idea de la canción de la tierra que acompaña a Rojîn. 

Pero la visita inesperada de su padre Nazim (Ali Seçkiner Alici), con el que apenas ha tenido contacto aunque él vive en Suecia, remueve historias del pasado y, sobre todo, descubre un secreto del que ella nunca fue consciente, lo que la obliga también a afrontar una responsabilidad pendiente sobre la necesidad de contar la verdad a su hija. Nazim es una mirada a la represión del pueblo kurdo a través de las referencias a la prisión de Diyarbakır en los años posteriores al golpe de estado de 1980 en Turquía y la fuerte represión contra los pueblos rurales, una conexión con el pasado que provoca en Rojîn la necesidad de regresar y conocer sus verdaderos orígenes. El viaje de Rojîn ocupa solo el último tercio de la película, pero es significativo por convertirse en una conexión con su hija Azad, un improbable trayecto que contribuye a revelar algunas de las verdades que han permanecido ocultas. Pero se trata todavía de una zona militarizada, con un nuevo gobierno sirio que ha ido desplazando a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), de minoría kurda, hacia la provincia de Hasaka pero, sobre todo, con un cambio de posicionamiento de Estados Unidos, que había apoyado a los kurdos en su lucha contra el Estado Islámico (EI), pero ahora considera al gobierno de Damasco, liderado por Ahmed al-Sharaa, como un nuevo socio. El regreso de Rojîn a su hogar, aunque no lo haya experimentado nunca como tal, se produce a través de la ventanilla del coche, estableciendo una separación entre ella y la mirada exterior, casi como si se tratara de una pantalla en la que se proyectan las imágenes de una realidad distante. Pero al mismo tiempo la cámara se sitúa cerca de su rostro, enmarcando su visión de esa tierra lejana pero que también se siente cercana, y de alguna manera provoca que el personaje se sienta liberado, incluso en la relación con su hija. Con cierta tendencia al drama familiar de características comunes y conflictos latentes a través de las relaciones personales, Earth song se apoya en una radiografía de la interioridad de los expatriados y de los vínculos familiares que conectan el pasado y el presente. La película regresa a algunos temas abordados por el director, pero encuentra en los susurros de esa idea de la canción que evoca el título, algunos caminos nuevos, abiertos a la exploración de los efectos del trauma generacional en los límites de la diáspora. 

A fading man (Der verlorene mann)

Welf Reinhart

Alemania 2026 | 100' | Tiger Competition | 

La exploración de una enfermedad que difumina los recuerdos como el alzheimer se presenta en esta hermosa historia con una mirada más positiva y optimista de lo que suele ser habitual, pero sin dejar a un lado sus efectos devastadores en un desarrollo que se vuelve cada vez más melancólico. El joven director Welf Reinhart (1995, Alemania) se ha acercado a la realidad de una tercera edad constantemente amenazada en cortometrajes como Eigenheim (Rooms) (2021), en el que una pareja de ancianos se enfrentaba a la noticia del final del contrato de alquiler de su apartamento, que tiene intención de habitar la nueva dueña, una madre soltera. Ahora regresa a una historia que tiene como protagonista a otra pareja formada por la artista Hanne (Dagmar Manzel) y su marido Bernd (August Zirner), un pastor jubilado, cuya tranquilidad se ve trastocada por la irrupción del ex-marido de ella, Kurt (Harald Krassnitzer), que tiene los primeros síntomas de alzheimer y piensa que sigue casado con Hanne. Como la hija de Kurt se encuentra fuera de Alemania, le pide que se ocupe de llevarle en coche a su residencia, pero distintos problemas burocráticos acaban forzándola a aceptar una convivencia momentánea con el hombre del que se separó, que ahora parece estar viviendo todavía en la juventud del 68 que ambos compartieron. Hay una actitud comprensiva por parte de Bernd que también contribuye a que la pareja acabe aceptando esta extraña situación, que al mismo tiempo se convierte en una liberación, un regreso a los mejores años de vida de Hanne, que tuvo una buena razón para separarse de Kurt, pero que ahora le acepta desde esa actitud de rejuvenecimiento mental que le provoca el alzheimer. Así que la pareja se convierte en trío, una relación que recuerda a las relaciones triangulares de algunas películas de la Nouvelle Vague, a la que hay referencias explícitas, como la alegre visita a la Pinacoteca Antigua de Múnich, que parece una recreación del recorrido por el Louvre que realizan los tres protagonistas del clásico Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964), o la banda sonora de Pablo Jókay, que es un homenaje singular a la música de Georges Delerue para películas como Jules y Jim (François Truffaut, 1962). Hay durante algunos momentos de esta relación un aliento de juventud devuelto en forma de convivencia otoñal, que desemboca en una de las escenas más relevantes de la película, cuando los tres bailan de forma sensorial mientras suena el clásico tema "Der traum ist aus" (El sueño terminó), que hizo popular el grupo Ton Steine ​​Scherben, una de las bandas de rock alemanas más influyentes del panorama musical que surgió de la lucha de clases y de los ideales de 1968. Pero también parece una premonición de lo que vendrá después, del deterioro progresivo de la enfermedad de Kurt y de la inevitable necesidad de encontrar una mejor atención para él. 

Sin embargo, lo más interesante de A fading man (Welf Reinhart, 2026) es que la enfermedad no está descrita desde la perspectiva del tratamiento o sus efectos cognitivos, sino que se trata de un impulso para que Kurt y, sobre todo, la pareja formada por Bernd y Hanne, consigan regresar a un estado de ánimo que les libera de la habitual tranquilidad de la vejez, una forma de devolverles un espíritu joven y atrevido, incluso tomando decisiones drásticas que hasta ese momento no se habían atrevido a tomar para evitar afrontar riesgos. También permite a Hanne dejar a un lado la razón principal por la que se separó de Kurt, perdonar y reconciliarse con un ex-marido que ahora ha vuelto como si volviera a ser el joven rebelde del 68 con el que se casó, incluso con la sensación de que ella es capaz de amar y convivir con dos hombres. De manera que la película afronta la enfermedad desde una posición optimista que combina con una especial delicadeza en la mezcla del drama y la comedia, construyendo una historia otoñal, que no tiene miedo de revelar una relación románticamente utópica y reflejarse en el cine francés de los años sesenta como una referencia constante sobre conexiones idealizadas. Es absorbente comprobar cómo, a pesar de los vaivenes de una enfermedad cruel, que va difuminando los recuerdos, el trío protagonista consigue encontrar el equilibrio emocional para compartir momentos de su vida y recuperar ideales pasados. Lo que no significa que la película no aborde algunos de los problemas que surgen del alzheimer, especialmente cuando la memoria se deteriora sin remisión y el sueño de una vida ideal también se acaba, en una última parte melancólica y ligeramente triste, en el que la realidad se vuelve inevitable. Pero, aún así, está cargada de una sensibilidad emocionante, sobre todo respecto a la forma en que el personaje de Hanne enfrenta sus propias decisiones, aunque eso pueda tener consecuencias inesperadas. 

The history of sound

Oliver Hermanus

Estados Unidos 2025 | 118' | Limelight | 

Festival de Cannes '25: Sección Oficial

El Festival de Róterdam hace un repaso a las películas más destacadas del año dentro de su sección Limelight, recogiendo títulos que han pasado por otros festivales y se han estrenado en otros países. En el Festival de Cannes, buena parte de la crítica comparó The history of sound (Oliver Hermanus, 2025) con el romance vaquero de Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), pero conforme se aprecia la esencia melancólica de la última película de Oliver Hermanus (1983, Sudáfrica) se revela la distancia que separa a ambas historias, sobre todo en la forma de contarlas. El deseo entre los dos protagonistas de ésta se expresa a través de los silencios y de la admiración, envueltas en esa cierta tonalidad melancólica que les rodea. Lionel Worthing (Paul Mescal) es un estudiante de canto en el Conservatorio de Música de Boston cuando en un bar escucha a David White (Josh O'Connor) cantar "Across the Rocky Mountain", una canción que cantaba su padre (Raphael Sbarge) en la granja de las montañas de Kentucky donde se crió y que parece extraña en ese ambiente estudiantil de una ciudad moderna como Boston. Al principio de la película, la voz en off de un Lionel maduro (Chris Cooper) describe su capacidad para ver los sonidos, una cualidad sinestésica que le permite apreciar las notas musicales en forma de colores, y el primer encuentro entre los protagonistas se produce a través de su pasión por entonar canciones tradicionales que han ido aprendiendo. El romance entre ambos se produce de una forma silenciosa y podríamos decir que carente de una sensualidad física, entre gestos y acciones aparentemente banales; un amor romántico que es tan tímido como el carácter de Lionel, en contraposición con cierta picardía que define a David, una máscara para ocultar sus traumas de la infancia y otros que experimentará cuando es alistado en el ejército durante la Primera Guerra Mundial, la primera separación de ambos. Después de una experiencia que también mantendrá en secreto, David y Lionel se vuelven a reunir durante un invierno en el que recorren las zonas rurales de Maine capturando canciones populares, un encargo que David afirma que está financiado por la universidad, pero que se trata sobre todo de un reencuentro anhelado que ofrece los mejores momentos de la película. Un fonógrafo Edison y una colección de cilindros son sus instrumentos para dejar registro de las canciones que se han transmitido de forma oral de generación en generación, y uno de los momentos más evocadores es un encuentro en la isla de Málaga, una comunidad de antiguos esclavos, donde la joven Thankful Mary Swain (Briana Middleton) interpreta "Here in the vineyard", un tema tradicional sobre el trabajo y la fe que recientemente recuperaron las cantantes Anna & Elizabeth en su EP Hop High/Here in the vineyard (2017, Free Dirt Records). Es una canción de consuelo y resignación que en el contexto de la película tiene lugar poco antes de que los habitantes de Málaga sean desalojados por orden del gobernador, después de que la isla fuera comprada por 150 dólares. En la realidad, el desalojo se produjo en 1912, pero en The history of sound se traslada hasta 1920. 

La segunda separación de Lionel y David se produce justo después de ese viaje de liberación, llevando al primero por ciudades europeas como Roma y Oxford, donde encuentra buenos trabajos relacionados con la música y algún escarceo romántico más acorde con las normas sociales, pero al mismo tiempo escribiendo cartas que nunca son respondidas. Incluso a pesar de la distancia, el dolor de la ausencia es reflejado con un toque de melancolía silenciosa, sin referencias concretas, con un sentimiento interior que permanece en el ámbito privado, lo que conecta a Lionel con el oficinista William (Bill Nighy) de la anterior y celebrada película del director, Living (2022), que compartía el tono agridulce de las emociones contenidas. La propia fotografía de Alexander Dynan captura las tonalidades apagadas de los paisajes invernales de Maine sin apenas presencia de colores intensos, pero incluso cuando la trayectoria de Lionel le lleva a Venecia prevalecen los tonos ocres, siempre acompañado por esa melancolía silenciosa: "Estás en el coro más prestigioso de la ciudad más hermosa del mundo", le dice Vincent (Alessandro Bedetti), joven instrumentista y posiblemente amante cuando Lionel le comunica que siente apatía y quiere marcharse. El escritor Ben Shattuck ha adaptado uno de los relatos cortos que incluyó en su antología The history of sound: Stories (2024), en el que solo contaba la relación entre los dos personajes durante su viaje por Maine capturando las grabaciones de las canciones tradicionales. Quizás por eso una parte de la historia, durante la segunda separación, puede tener ciertos problemas para equilibrarse adecuadamente con el resto del relato. Respecto a la falta de sensualidad o de emoción en la relación entre Lionel y David, forma parte de la sobriedad narrativa que decide adoptar el director, una desnudez gramatical que expone la historia a través de cierta ausencia conflictual y que se expresa más a través de la melancolía de la ausencia que de la expresividad emocional de la presencia. Pero eso no supone un problema para transmitir la profundidad romántica y discreta de la historia, sobre todo a través de la búsqueda durante el tercer acto, que expone a Lionel como un personaje que atesora dos cualidades únicas: la sinestesia que le permite visualizar los sonidos y el sentimiento que le permite reconocer a David bajo una mirada diferente. 

A flock of rotations

Jung An Tagen

Austria 2026 | 11' | Cortos y Mediometrajes | 

Además de grabar durante dos décadas bajo diversos seudónimos (Stefan Kushima, Cruise Family, Alex Strelka, Bobby Lazar, Easy Rider, Lars Leerkörper), incluyendo colaboraciones con sellos como Editions Mego y Diagonal, el artista Stefan Juster (1985, Austria) es conocido por su incansable actividad en festivales como Unsound y Sonic Acts, así como por sus exploraciones de los límites del techno y la música informática disociativa. Su colaboración con el cineasta Rainer Kohlberger ha dado lugar a espectáculos audiovisuales que involucran la capacidad perceptiva del público, donde los límites del yo y del mundo se difuminan. Desde su actividad como cineasta, generalmente bajo el seudónimo de Jung An Tagen, trabaja en la tradición del cine conceptual-experimental abstracto, adaptando esta estética al siglo XXI mediante el uso de tecnología de vanguardia. Pero la parte visual de su obra, estéticamente cercana a su música, también recuerda al constructivismo ruso, trabajando con medios digitales y vídeo, donde formas reducidas, casi geométricas, se mueven sobre la pantalla en patrones aleatorios y forman una conexión sinestésica con el sonido. En esta línea se encuentra su último trabajo estrenado en el Festival de Róterdam, A flock of rotations (Jung An Tagen, 2026), una sucesión de formas cuadradas y tonos en constante descenso que parecen no tener fin. Pero la sensación que produce esta progresión de movimientos horizontales y progresiones transversales es la de reflejar cómo la perspectiva audiovisual depende en buena medida de la mirada personal, de manera que a veces no todo lo que vemos es realmente como lo vemos, ni todo lo que escuchamos es realmente como lo escuchamos. En la parte sonora, el artista austríaco utiliza el principio de los Tonos de Shepard, una ilusión auditiva, descubierta por el científico Roger Shepard (1929-2022, Estados Unidos), que produce la percepción de estar escuchando una sucesión de sonidos escalados que ascienden o descienden infinitamente, pero que en realidad es un tono inalterado, resultado de la hábil combinación de varias ondas sinusoidales, cada una separada por una octava. La conexión entre la imagen y el sonido nos hace creer como espectadores que estamos atrapados en una espiral descendente infinita, aunque en realidad se trata de una repetición en círculos. Lo que por un lado nos sumerge en una abstracción que cambia de movimientos horizontales a verticales, para provocar el sentido de nuestra percepción. La conclusión final después de terminar de visualizar esta sucesión hipnótica de once minutos creada y montada por Jung An Tagen es que lo que percibimos es diferente a lo que vemos, lo que finalmente se puede trasladar a una reflexión sobre nuestra propia sociedad y nuestra relación con los medios audiovisuales: ¿Es real todo lo que vemos? ¿Estamos percibiendo en realidad diferentes formas y sonidos dependiendo de nuestra propia psicología? ¿Otros espectadores han visto la misma película que la que nosotros hemos visto?  


The history of sound se estrena en salas de cine el 20 de febrero.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

La peor persona del mundo se puede ver en Filmin y RTVE Play.
Banda aparte se puede ver en Acontra+, Filmin, Run:time y Tivify.
Jules y Jim y Brokeback Mountain se pueden ver en Filmin. 
Living se puede ver en 3Cat y Filmin.