14 agosto, 2023

Retrospectiva de Festivales: New Horizons - Parte 2

Nuestra segunda y última retrospectiva a algunos de los títulos que han formado parte de la programación de New Horizons Film Festival, que se celebró hasta el 6 de agosto en la localidad polaca de Breslavia, se detiene en películas que abordan la soledad y el aislamiento, de las adicciones y las relaciones tóxicas, del proceso de duelo y el placer de la observación. Nuestras próximas crónicas nos llevarán hasta la última edición del Festival de Locarno, que concluyó el pasado fin de semana. 

The curse

Maria Kaur Bedi, Satindar Singh Bedi, 2023 | Discoveries | ★★★★☆


Posiblemente una de las más expresivas revelaciones de la intimidad que se han visto últimamente es la película de Maria Kaur Bedi y Satindar Singh Bedi, una exploración de una relación amorosa marcada por la adicción al alcohol. A través de una representación poética de imágenes que muestran lo cuerpos borrosos para reflejar a seres humanos de perfil impreciso, y que se recrean en las sombras para expresar la confrontación entre las dos personalidades del adicto, este ensayo cinematográfico se sostiene en una conversación a dos voces entre Maria y Sati, como llama ella a su pareja, aunque a veces se introduce también la voz distorsionada de Satindar para mostrar su yo adicto, aquel que le empuja a la despreocupación, y que llega al enfrentamiento directo ("quiero morir" vs. "quiero vivir"). Esa maldición del título, Maria la relaciona con el día en que conoció a Sati durante una Masterclass en el Festival de Cine de Zurich, después de que el cortometraje Kamakshi (Satindar Singh Bedi, 2015) consiguió repercusión internacional en festivales como Berlín y Clermont-Ferrand. Ella confiesa que las primeras señales del alcoholismo ya estaban presentes poco después de conocerse: "Odio el alcohol. Odio lo que te hace". El paso del tiempo convierte la relación en un delirio del que ninguno de los dos consigue salir, el que provoca despertarse cada día sin saber si será una pesadilla o un sueño. Hay cierto síndrome del salvador en Maria, pero que se expresa a través del dolor que provoca el alcoholismo a aquellos que lo rodean, la impotencia de sentirse víctimas y una ligera esperanza de ser el impulso que conduzca a la desintoxicación. 

Pero The curse (Maria Kaur Bedi, Satindar Singh Bedi, 2023) es especialmente estremecedor cuando Satindar habla en primera persona sobre la vida que le llevó a envolverse en alcohol desde niño, recordando los momentos en los que bebía a la espalda de una sala de cine junto a su madre cuando tenía siete años. Él mismo vivió la experiencia de una madre alcohólica que acabó muriendo a los 32 años debido a la retención de líquido, y describe el recuerdo de su muerte con una mezcla de olores entre el incienso y el kajal que utilizaba su madre, y el desagradable desinfectante del hospital. A los once años, ya era huérfano de madre y alcohólico, dejaba de ir a la escuela durante mucho tiempo, hasta convertir la adicción en una forma de vida. "El adicto no piensa, ni justifica", comenta. Describe los procesos de desintoxicación como una especie de episodios aislados, que acaban inevitablemente en los perdones, las lamentaciones, la culpa y el arrepentimiento, mientras siguen escondidas las botellas de alcohol en el jardín, debajo de las plantas o dentro de un oso de peluche... "No me ames, porque ni siquiera yo me amo a mi mismo". El uso del sonido, en ausencia casi de música, utiliza la expresividad del ambiente, como los pasos de Sati en la nieve, perfilado solo como una sombra. The curse es una historia poderosa de amor intoxicado, un reflejo a veces repetitivo de dos tipos de adicciones: la del alcohol y la del sentimiento amoroso, un documental que está provisto de una innegable valentía para exponerse emocionalmente, pero al mismo tiempo se construye sobre una puesta en escena subyugante.  

Human flowers of flesh

Helene Wittmann, 2022 | International Competition | ★★★☆☆


En esa especie de fascinación que la directora Helena Wittmann (1982, Alemania) tiene por el mar, su segunda película continúa el enfoque de quietud que había marcado su debut, Drift (2017), de la que mantiene el protagonismo femenino y la mirada poética que adopta la cadencia del Mediterráneo para evocar un pasado colonial que todavía está presente. La protagonista es Ida (Angeliki Papoulia), una mujer griega que parece sentirse cómoda a lo largo de un camino constante, de la que no se relata ningún pasado pero que, cuando se sienta en un café en Marsella al principio de la película, rodeada de conversaciones en otras lenguas que ni siquiera entiende, transmite una sensación de bienestar dentro de su papel como observadora. En Human flowers of flesh (Helene Wittmann, 2022), que participó en la sección oficial del Festival de Locarno el año pasado, no hay apenas diálogos, y la mayor parte de los que se producen evocan las referencias al colonialismo. Las conversaciones sobre la Legión Extranjera Francesa, a partir de textos del libro Gourrama (1930, Ed. Ginger Ape Books and Films), de Friedrich Glauser,  despiertan la curiosidad de Ida, quien decide unirse a un grupo heterogéneo de hombres procedentes diferentes paíse como Portugal, Brasil, República Checa, Alemania y Argelia para visitar la ciudad de Sidi Bel Abbès, estrechamente ligada entre 1830 y 1962 a la Legión francesa, convirtiéndose en su centro de entrenamiento y sede principal. 

El trayecto por el Mediterráneo establece la conexión con Drift, a través de un ritmo sinuoso, lento y aburrido si se quiere, que se detiene en la observación y la fascinación por ese ecosistema en el que se conectan constantemente los organismos vivos con las huellas del pasado. Como una metáfora de esa fluidez que permanece constante en el mar, los cuerpos de los tripulantes del barco también parecen establecer una conexión con ese mundo, representada en algunas escenas evocadoras como cuando uno de ellos se queda dormido y a continuación se muestran imágenes de microorganismos, como si se tratara de un sueño. En otro momento, la imagen es borrosa y azulada mientras la cámara avanza lentamente para acabar descubriendo unos restos en el fondo del mar hasta terminar deteniéndose en un pequeño organismo que parece haberlos convertido en su propio hábitat. Estos insertos marítimos marcan la cadencia poética de la película, y necesitan que el espectador se deje arrastrar por las imágenes. En el barco, de nuevo se establecen referencias literarias cuando Mauro (Mauro Soares) lee fragmentos de El marinero de Gibraltar (1952, Ed. Cabaret Voltaire), de Marguerite Duras, en el que una mujer buscaba un amor imposible en el Mediterráneo, y que fue llevada al cine en la película El marinero de Gibraltar (Tony Richardson, 1966). Que Helena Wittmann sea la directora de fotografía y la editora de sus películas también indica la inquietud personal que las guía. 

Hay una reflexión interesante sobre la permanencia de la Legión Francesa como estructura militar y la idea de que el colonialismo francés sigue de alguna forma presente. La ciudad de Sidi Bel Abbès es un buen reflejo de esto, con ese pasado que la perpetúa como el centro de una huella colonial. El tercer acto se desarrolla en esta ciudad, donde Ida vuelve a encontrarse sola en una cafetería rodeada de conversaciones ajenas e ininteligibles, hasta descubre a Galoup (Denis Lavant), el mismo oficial de la película Buen trabajo (Claire Denis, 1999), estableciendo un vínculo con aquella historia sobre legionarios en la que la directora francesa se detenía en el transcurso de la vida en un cuartel. Es una escena que se siente como un espejismo, y la figura de este sargento que parece no haber abandonado nunca su función, se asemeja a la de un fantasma, estableciendo una conversación que también transmite esta sensación fantasmagórica, cuando Galoup afirma : "Estamos en todas partes". 

Love dog

Bianca Lucas, 2022 | Discoveries | ★★★★☆

Locarno FF '22: Mención Especial ÓPera Prima


Este proyecto nace a partir de una ruta por Estados Unidos en 2017 que llevó a la directora Bianca Lucas (1989, Suiza) a la ciudad de Natchez (Mississippi), que acabó convirtiéndose en el escenario de su debut en el largometraje. Y también del encuentro con John Dicks en un bar del que surgió la posibilidad de realizar un documental sobre él. La pandemia del Covid-19 acabó con Bianca Lucas y su directora de fotografía Józefina Gocman-Dicks atrapadas en Estados Unidos, de forma que la película acabó evolucionando hacia una historia de ficción que en cierto manera adopta las formas de una aproximación documental en la captación de la atmósfera grisácea y la soledad del personaje protagonista. Love dog (Bianca Lucas, 2022), que ganó una Mención Especial del Jurado en el Festival de Locarno de 2022, ha trascendido a la realidad porque, desde que se conocieron en 2020, Józefina Gocman-Dicks y John Dicks acabaron casándose y formando una familia en la actualidad. A través de una mirada evocadora y poética, la película aborda el duelo del protagonista tras la muerte de su novia Charlotte (Brooke Keel Bullock), a través de su solitaria cotidianeidad cuando regresa a Mississippi y comienza a trabajar como cuidador de una gran casa. 

Love dog es una película contemplativa que se detiene en los detalles desarrollando la evolución del dolor interno de John (John Dicks) a través de su jornada diaria llena de melancolía, marcada en una estructura de escenas episódicas de tono realista y algunos momentos de ensoñación en los que aparece la figura de Charlotte como un fantasma del pasado que nunca se desvanece. La composición visual de un atmósfera invernal de tonos pastel y grisáceos, la lluvia y la noche subrayan una cierta atmósfera onírica que en realidad refleja el estado de ánimo del personaje. John pasa los días bebiendo o utilizando su tablet para entablar conversaciones a través de la aplicación Chatroulette, que permite conectar de forma aleatoria con personas en todo el mundo. La webcam se convierte en una especie de liberación del protagonista, una ruleta de diálogos más o menos banales que le permiten escapar de su melancolía. Más cercanas son las conversaciones con TJ (Thomas Tarver), pero también en algunos momentos más dolorosas. Hay una construcción del entorno que es notable, no solo a través de la imagen, captada en una tonalidad realista por la directora de fotografía, sino en la creación de un contexto sonoro que transita entre los sonidos de la naturaleza, el río, el viento en las copas de los árboles, y la presencia constante de la radio mientras John conduce. El locutor (Ernie Schaffer, productor de la película) lee algunos mensajes de oyentes que cuentan experiencias traumáticas, que después se representan en canciones con una tonalidad triste. La película termina, de hecho, con la susurrante y nostálgica balada "Endgame" que la cantante norteamericana Angel Olsen incluyó en su cuarto álbum All mirrors (2019, Jagjaguwar).

La historia está trazada a partir de improvisaciones, sin un guión armado desde el punto de vista de los diálogos, lo que le da también un carácter más documental. Pero Bianca Lucas utiliza algunos recursos como hacer borrosas algunas partes del plano para centrar la atención del espectador, como en esos pequeños encuentros que tiene John con algunos personajes secundarios: una joven que quiere participar en el programa La Voz, o Becca (Becca Begnaud), una mujer que le habla del sentimiento de culpa que sintió cuando su padre se suicidó cuando ella era una niña. Con ellos comparte el sentimiento de pérdida, y en el caso de Becca, la pantalla se hace difusa alrededor de ella mientras cuenta su historia. Pero finalmente, como el propio título indica, es la conexión con un perro, Sam, la que establece la evolución del duelo. Al principio, John se deshace de él, tratando quizás de querer desconectarse de otra conexión emocional. Las circunstancias reales de nuevo interfieren en la propia ficción, y cuando la directora regresó a Natchez para rodar un nuevo final, dado que no estaba satisfecha con el que tenía, encontró que Sam había perdido una pata en un accidente. Pero esta representación de cómo el perro se ha acabado adaptando a la pérdida de un órgano tan importante, acaba siendo una metáfora hermosa y significativa sobre cómo John afronta la vida más allá del dolor. 

Piaffe

Ann Oren, 2022 | International Competition | ★★★★☆

Locarno FF '22: Premio Jurado Joven


Al comienzo de esta sugerente película, que a pesar de haber pasado por los Festivales de San Sebastián y Sitges tras su estreno en la sección competitiva del Festival de Locarno 2022 permanece inédita en España, se muestran imágenes de un Fotoplastikon, uno de los aparatos precursores del cinematógrafo que fue muy popular a finales del siglo XIX y principios del XX, y que permite una ilusión de movimiento en tres dimensiones. A través de una especie de binoculares, el espectador percibe esta tridimensionalidad que en realidad es un efecto ilusorio (en Varsovia se puede visitar uno de los pocos que existen en el mundo). La mirada a través de estos binoculares es una forma muy inteligente de presentar la historia como una fantasía, y establece la profunda relación que tiene con los orígenes del cine y de los resortes instrumentales que componen la imagen cinematográfica. Solo por este planteamiento, Piaffe (Ann Oren, 2022) es una película que capta nuestra atención, pero su complejidad es mayor. La historia se centra en el trabajo como artista de efectos de sala de Eva (Simone Bucio), que debe sustituir a su hermana Zara (Simon[e] Jaikiriuma Paetau), quien está ingresada debido a un ataque de nervios provocado por ese mismo trabajo. El proyecto que debe terminar es el de un anuncio de una droga llamada Equili, que más tarde descubrirá que tiene efectos secundarios muy graves. El anuncio muestra a una amazona ejecutando con su caballo un difícil ejercicio de doma que se denomina piaffe, pero las imágenes del spot publicitario parecen emular en su carácter repetitivo al experimento fotográfico The horse in motion (Eadweard Muybridge, 1887), que mostraba durante unos segundos una secuencia de fotografías de un caballo galopando.

Hay un contraste continuo en la película entre lo viejo y lo nuevo, que se extiende a las diferentes personalidades de las dos hermanas: Zara, a la que se asigna predominantemente el color rojo, es una persona no-binaria que acaba sufriendo las consecuencias de su trabajo, mientras que Eva, marcada por elementos principalmente azules, acaba sufriendo una transformación a lo largo de la película (física incluso) debido a su gradual identificación con el caballo. Humillada por el responsable del anuncio, quien considera que su trabajo no está a la altura del que hacía su hermana, Eva comienza a obsesionarse y a sentirse cada vez más cerca del animal que juega el papel de sumisión en la doma, pero que en realidad es quien tiene el control de la situación. En su debut como directora, la artista Ann Oren (Israel, 1979), afincada en Alemania, cuestiona estos roles de sumisión y dominación, como en el BDSM, en el que precisamente la sumisión es la herramienta principal del control. La relación que establece Eva (adoptando el color rojo de Zara) con el botánico Novak (Sebastian Rudolph) juega precisamente en el marco de la seducción a través de la reproducción de los helechos, que expulsan gametofitos que contienen tanto óvulos como espermatozoides. Como en el caso de la mayor parte de las plantas, no se puede hablar de la reproducción desde un punto de vista de la distinción entre sexos. 

Piaffe acaba siendo una sutil reflexión sobre el concepto de dominación y los roles sexuales, un tema que también se trataba en el cortometraje Passage (Ann Oren, 2020), una propuesta que anticipa esta historia en la que el protagonista no binario Simon[e] Jaikiriuma Paetau interpretaba a un artista de efectos de sala y su identificación con un caballo de doma. La evolución de Eva se hace física cuando, en uno de los momentos más surrealistas de la película, surge en su cuerpo una cola de caballo, una especie de extensión de su cabello negro, que acabará transformándose en una persona con mayor confianza y orgullo. Esta búsqueda constante de una sonoridad precisa acaba resultando una exploración de la sensualidad, especialmente en sus visitas a un club nocturno de Berlín, com música del artista alemán äbsvd, que de alguna manera también construye ilusiones electrónicas con instrumentos acústicos, como violonchelos, violines, grabaciones de campo y algunos instrumentos de viento como la tuba y el trombón. En una aproximación poco ortodoxa, el artista no utiliza sintetizadores ni sonidos basados en la electrónica. Lo que propone de nuevo una representación de lo que se aparenta frente a lo que realmente es. 

There is a stone

Tatsunari Ôta, 2022 | Discoveries | ★★★☆☆

Jeonju FF '22: Gran Premio del Jurado


He aquí una de esas películas que pueden catalogarse como "cine lento", pero que en su parsimonia narrativa acaba definiendo una mirada particularmente certera sobre las sociedades modernas y sus inquietudes. Definitivamente, hay algunas de estas comunidades occidentales que se parecen cada vez más a Japón (en España ya se estima que ha aumentado la edad de permanencia en casa de los padres hasta los 40 años). Hay un término japonés, Kodomo-beya Ojisan, que se utiliza para referirse a un adulto que sigue viviendo en la casa familiar, y en una encuesta realizada en 2021 por la revista Bengoshi se justificaba sobre todo por razones económicas. Otro término, Hikikomori (aislado), describe al cada vez mayor número de jóvenes japoneses (más de un millón) que no salen de su habitación durante largos períodos de tiempo, incluso durante décadas. Es una patología que en un artículo de la Revista de la Asociación Española de Neuropsicología se describe como el Síndrome del aislamiento social juvenil. There is a stone (Tatsunari Ôta, 2022) no aborda directamente este problema, pero tenerlo presente permite acercarse a la película de una manera mucho más abierta y comprensible. Porque, básicamente, la historia tiene como protagonista a una joven (An Ogawa) que se encuentra en la orilla empedrada de un río con un hombre (Tsuchi Kanô) con el que comparte una tarde paseando sin ningún objetivo concreto. Pero la relación de estos dos personajes de los que no tenemos mucha información (ella afirma que está allí por trabajo) define una especie de idealismo melancólico sobre la llegada a la edad adulta frente a la aparente despreocupación de la niñez. El ritmo lento de la edición de Keiko Okawa sugiere en los movimientos de los dos protagonistas una especie de representación de los cuerpos y sus oscilaciones, que la sitúan más cerca del arte escénico.

Cuando ella se encuentra casi al principio de la película con un grupo de niños que la invitan a participar en su juego, se define una de las referencias principales de la historia hacia este regreso a la diversión sencilla e indiferente. El encuentro casual entre los dos protagonistas acaba desembocando en un recorrido por el margen del río que a veces resulta incluso apático, mientras se separan en algún momento para reencontrarse después. El director no define la naturaleza de la relación entre ambos, pero en el joven se intuye que puede haber cierta atracción por ella, sobre todo cuando trata de robar algunos minutos más antes de que se despida, camino de la estación de tren. En todo caso, la sensación que se desprende sobre el simple placer de compartir una tarde de paseo, algunos juegos o la búsqueda de piedras con una forma determinada, contagia el a veces olvidado deleite de perder el tiempo, sin obligaciones ni responsabilidades. Hay en el último acto de esta película una mayor definición de los dos personajes, cuando él regresa a su casa y ella sigue deambulando por un pequeño pueblo hasta una agencia de viajes en la que carga su móvil y pasa la noche. Inspirada en un viaje realizado junto a un grupo de amigos, según el director Tatsunari Ôta (1989, Japón), There is stone participó en la sección Forum del pasado Festival de Berlín  y consiguió el Gran Premio del Jurado en el Festival Internacional de Jeonju (Corea del Sur). De alguna manera, consigue en su recorrido aparentemente apático una representación del aislamiento de la sociedad moderna a través de un regreso al placer, casi culpable, de pasar el tiempo sin hacer nada. La sonrisa de ella cuando ve a través de la ventanilla del tren al joven en el río define por sí misma la sanación mental que le ha provocado esa tarde ociosa.


Human flowers of flesh se puede ver en Filmin hasta el 24 de agosto.
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Películas mencionadas: 

Drift se puede ver en dafilms.com y Filmin.



11 agosto, 2023

Las series españolas de 2023: Parte 6

Las bajas audiencias que ha conseguido el estreno en abierto de la primera temporada de Días mejores (Telecinco, 2022-2023) parecen demostrar que no funciona bien la convivencia entre el streaming y la televisión convencional, aunque por otro lado los datos de Citas Barcelona (TV3, 2023) en el canal autonómico catalán, a pesar de coincidir con su emisión completa en Prime Video, han mantenido una cuota media de 15,5%, con una audiencia media de 295.000 espectadores. En total, la tercera temporada ha registrado 1.542.000 espectadores que han conectado con la serie en algún momento, alcanzando un máximo en el primer episodio de un 21,4%. Lo cual abre el debate sobre si las series no funcionan en la televisión convencional porque ya se han podido ver antes en una plataforma de streaming (Prime Video, que ha estrenado ambas, lidera el número de suscripciones en España), o porque no cuentan con el apoyo publicitario necesario. En el caso de Días mejores está claro que Mediaset no ha hecho demasiado esfuerzo por promocionarla, con el estreno en verano y en competencia con el regreso de Grand Prix (TVE, 2023-) que había debutado la semana anterior con un impresionante 26,1% de share (2.500.000 espectadores). Los dos primeros episodios de Días mejores fueron vistos por menos de 700.000 espectadores, situándose por debajo de los 400.000 en su segunda semana, sin que se haya producido ningún movimiento en la programación, lo cual es un indicativo de que la serie no es una apuesta clara para Mediaset, y que en realidad tampoco tiene una estrategia sólida en torno a sus ficciones. Tampoco le funcionó bien el experimento a RTVE con Los pacientes del doctor García (RTVE Play, 2023), con la emisión semanal en abierto al mismo tiempo que en Netflix se estrenaba completa, mientras que Atresmedia parece tener más clara la segmentación de su audiencia, enfocando la producción propia en atresplayer y manteniendo un perfil de telenovelas internacionales para Antena 3. Atresmedia tiene claro que el enfoque de su plataforma debe ser más progresista que el de su canal convencional, estrenando series como Veneno (atresplayer, 2020), Las noches de Tefía (atresplayer, 2023) o Zorras (atresplayer, 2022) en streaming sin mezclarlas con la audiencia de la televisión en abierto. Si esta es una estrategia rentable es algo que la opacidad de las empresas nos impide saber, pero aunque atresplayer es la OTT líder en España, alcanzando 5 millones de usuarios, como se anunciaba en el evento #atresplayerDAY en julio, el número de suscriptores premium, es decir, los que tienen acceso a las series de estreno, es de 539.700, una cifra por encima de sus competidoras, pero que trasladada a la medición de audiencias, no resulta demasiado alta. 

Los siguientes comentarios se basan exclusivamente en el visionado de las temporadas completas de las series comentadas y pueden contener información relevante sobre sus argumentos.

Las noches de Tefía

Ficción, 6x60' | atresplayer | ★★★☆☆ 

Creada por Miguel del Arco | Dirigida por Miguel del Arco, Rómulo Aguillaume

Nominaciones Premios Iris '23: Ficción, Producción, Guión, Actor (Patrick Criado)


Uno de los grandes valores de este proyecto del dramaturgo Miguel del Arco (1965, Madrid) es la relevancia de su mirada hacia las realidades olvidadas, como la existencia de campos de concentración en los que se recluía a los condenados por "causa de peligrosidad 2ª de la Ley de Vagos y Maleantes". Bajo una Orden Ministerial de 1954, homosexuales y transexuales fueron confinados en las llamadas "colonias agrícolas penitenciarias", que en el caso de Tefía, en Fuerteventura, era un eufemismo para describir el desierto canario. En su libro El látigo y la pluma (2004, Ed. Dos Bigotes), que se ha reeditado oportunamente este año, el periodista Fernando Olmeda hace un recorrido por la represión franquista contra los homosexuales, haciendo referencia a la existencia de estos campos de concentración que pretendían "reformar" a los presos, obligándoles a trabajos forzados extenuantes y sometidos a continuos maltratos. Pero también hay realidades más cercanas que la miniserie reivindica con total razón, situando una de las tramas principales en 2004, un año antes de que el gobierno socialista aprobara, no sin una resistencia firme por parte de grupos católicos y de la derecha, la reforma del Código Civil para incluir el matrimonio entre personas del mismo sexo "con los mismos efectos y requisitos". Pero lo más esclarecedor no es recordar la aprobación de esta reforma en 2005, sino las declaraciones del líder de la oposición, Mariano Rajoy, respecto a la derogación del matrimonio igualitario cuando estuviera en el poder, que se confirmó con el recurso ante el Tribunal Constitucional que promovió el Partido Popular en 2006, y que no se resolvió hasta 2012. El episodio Ilusiones (T1E6) recuerda estas declaraciones de forma acertada, actualizando el mensaje político frente a una derecha que ya se posiciona en otro sentido, pero al mismo tiempo abrazando la ideología represora de la extrema derecha. Por eso Las noches de Tefía (atresplayer, 2023), resulta más relevante en estos momentos. 

Para los que pudimos ver los primeros episodios hace unos meses, en el Foro Profesional de Séries Mania 2023, la serie prometía ser uno de los grandes títulos del año, aunque el visionado completo ha acabado evidenciando un desequilibrio progresivo entre las diferentes tramas de la propuesta. En una escena, el periodista que prepara un reportaje sobre el campo de concentración le dice a Airam (Jorge Perugorría) que le cuente menos fantasías sobre el Tindaya y se ajuste más a su experiencia en Tefía. Esa sensación de que el elemento de imaginación acaba siendo un estorbo para la historia central se hace gradualmente más palpable, sobre todo cuando la trama del Tindaya se convierte en una historia paralela, demasiado bufonesca a partir de la incorporación del personaje de Obdulia (Mari Paz Sayago) y de la introducción de una subtrama en la línea de Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009). La construcción de una fantasía que libera de la realidad se convierte así en un recurso que no complementa las tramas, sino que las perjudica, aunque a veces conecte emocionalmente con acierto, como en el Dueto entre Nisa (Carolina Yuste) y La Vespa (Patrick Criado). Hay un trabajo notable del compositor Arnau Vilà, conocido como director musical y profesor del concurso Tu cara me suena (Antena 3, 2011-), que a veces se pierde en anacronismos, justificados por el carácter fantasioso de la trama. Digamos que el Tindaya es más apropiado cuando se parece a La corte de Faraón (José Luis García Sánchez, 1985) que cuando adopta la pose de Cabaret (Bob Fosse, 1972), mucho menos cuando copia descaradamente a Amy Winehouse ("Mírame").  


La trama que se desarrolla en 2004, año en el que el Cabildo de Fuerteventura instaló una placa en Tefía en honor de los homosexuales recluidos en la colonia, lo que se utiliza como elemento narrativo para el regreso de Airam al antiguo campo de concentración, aborda las consecuencias de la ocultación, la necesidad de recuperar la memoria, pero también del reencuentro con el pasado a partir de la llegada del antiguo sargento al que llamaban La Viga (excelente Roberto Álamo). Pero esta trama, siendo importante en sus aspectos narrativos, resulta demasiado machacona en los mensajes, bordeando lo panfletario, con una necesidad de subrayar una reivindicación que ya está intrínseca en la historia. Todavía más cuando introduce una narrativa meta cinematográfica en la que aparece el propio Miguel del Arco, guionista y director de la serie. La mayor contundencia la aporta la trama situada en el campo de concentración, con Airam adoptando el sobrenombre de La Bambi (Marcos Ruiz), y un reparto sólido en el que destacan Miquel Fernández, que maneja perfectamente la ambigüedad del personaje de Charli, y sobre todo Patrick Criado como La Vespa, que asume la dificultad de adoptar un acento andaluz, bajar el tono de su voz y además introducir todos estos elementos en sus actuaciones musicales. Tefía, como Tindaya, proviene de los recuerdos de Airam, lo que justifica el contraste entre la representación en blanco y negro de la colonia frente a la vitalidad colorista de la fantasía musical, con un excelente trabajo de Jon Aguirresarobe, hijo de uno de los grandes directores de fotografía del cine español, Javier Aguirresarobe. 

Esta trama no puede evitar las comparaciones con La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), pero de alguna forma consigue dar profundidad al director de la prisión, Don Anselmo (Israel Elejalde), aunque la subtrama de la visita oficial que conforma la segunda mitad de la serie no resulte del todo satisfactoria. Hay algunas decisiones formales que no encajan con este nivel narrativo, como el abusivo uso de las tomas aéreas que distraen la atención, aunque en algún momento consiga ir más allá del simple recurso espectáculo, como el plano cenital de La Bambi al final de su trayecto en Tefía. Por el contrario, la descripción del sentido de comunidad entre los presos, los encuentros nocturnos en los primeros episodios para salir de la realidad e introducirse en la fantasía y las interacciones de los personajes reflejan con un gran sentido de la narración la dureza y el horror del trabajo en el campo de concentración. Pero no hacía falta recurrir a algunas escenas que parecen regocijarse en el sufrimiento, especialmente a través del personaje del guardia violador. En este sentido, Las noches de Tefía es la mejor serie española estrenada este año, pero no es la gran serie que parecía ser, porque resulta tan efectiva en su retrato de la represión, como demasiado discursiva en sus planteamientos ideológicos. Por fortuna, la sostienen algunas excelentes interpretaciones, una alta capacidad de riesgo y una voluntad de mantener en la memoria cuáles son las consecuencias de la falta de libertad.

Los artistas: primeros trazos

Ficción, 10x45' | ViX+ | ★★☆☆☆ 

Creada por María Dueñas | Dirigida por Joaquín Llamas, Oriol Ferrer, Manuel Sanabria

Entre las últimas producciones españolas para ViX Original, la única que por el momento ha sido anunciada para su próximo estreno en España, es esta primera incursión de la escritora María Dueñas (1964, Puertollano) en el guión original para el formato streaming, el primero de un acuerdo de acceso preferencial (first look) que ha firmado con ViX para desarrollar otros dos proyectos. Algunas de sus novelas han sido adaptadas como series, como El tiempo entre costuras (Atresmedia, 2013-2014) y La templanza (Atresmedia, 2021), pero en este caso la escritora ciudadrealeña ha abordado una historia original que se desarrolla en al actualidad, en torno al negocio del arte y en especial de las falsificaciones. Los artistas: Primeros trazos (Prime Video, 2023) reúne a la habitual pareja de delincuentes formada por dos personajes que aparentemente no tienen nada en común: Yago Vera (Maxi Iglesias) es el hijo del anticuario Juan Pedro Vera (Abel Folk), cuyo negocio familiar no pasa por su mejor momento, afrontando numerosas deudas., así que decide tomar la calle de enmedio y dedicarse a vender falsificaciones de cuadros a compradores poco avispados. Su encuentro casual con Catalina Guzmán (Ximena Romo) le hace pensar que es la compañera adecuada para llevar a cabo este negocio, dada su formación como experta en arte. Tras las primeras reticencias, ella se ve obligada también a unirse al negocio fraudulento para afrontar otra deuda que tiene su familia. A lo largo de los diez episodios de la serie, ambos tratarán con clientes, algunos menos incautos de lo que parecen, mientras el inspector Raúl Olazábal (Francesc Garrido) comienza a investigar sobre algunas recientes ventas de obras sospechosas. 

Los resortes de la historia son sencillos, construyendo una típica comedia más o menos sofisticada de ladrones de guante blanco que a veces resulta ingeniosa aunque en otras ocasiones cae en el más absoluto de los tópicos, especialmente en la representación de los personajes latinoamericanos, como Marta Margarita (Laura Ramos), la esposa de un acomodado hombre de negocios que acaba de separarse. La serie abusa demasiado de los chistes sobre acentos, como cuando en Ojo por ojo (T1E5) uno de los colaboradores de Yago, Lucio Romero (Manolo Caro) se hace pasar por un hacendado mexicano, e incluso algún personaje como la gestora bancaria Gabriella Romero (Natalia Verbeke) tiene acento argentino, no se sabe muy bien por qué, uniéndose a la incomprensible tendencia de actores y actrices españoles poniendo acentos latinos. Entre los directores de la serie se encuentran Joaquín Llamas, director de Sequía (RTVE Play, 2022), Oriol Ferrer, que ha dirigido episodios de Entrevías (Telecinco, 2021-) y El internado: Las cumbres (Atresmedia, 2021-2023) y Manuel Sanabria, responsable de series como No te puedes esconder (Netflix, 2019), que aportan un ritmo adecuado a la comedia, a veces demasiado en piloto automático. 

No hay mala química entre Maxi Iglesias y Ximena Romo, que ha sido recientemente una de las protagonistas de Señorita 89 (Starzplay, 2022-), otra de las series que permanecen inéditas en España, aunque también es cierto que el actor español no es especialmente habilidoso cuando se trata de interpretar situaciones de comedia, como cuando se tiene que disfrazar de otro personaje en el episodio Tregua (T1E6). Pero al menos los protagonistas están mejor perfilados que algunos de los secundarios, cuyas subtramas acaban desapareciendo a pesar de parecer que van a tener cierta importancia en el desarrollo de la historia, especialmente la que protagoniza Padrón (Óscar Santos), el dueño de un restaurante mexicano y antiguo jefe de Cata. O el propio inspector Raúl Olazábal, cuya historia pasada en relación con un antiguo falsificador de cuadros parece introducida de una forma demasiado forzada. Pero Los artistas: primeros trazos funciona como comedia entretenida sin grandes pretensiones, aunque sea utilizando recursos narrativos poco ingeniosos. La serie, que fue presentada en la pasada edición del FestVal de Vitoria, es una coproducción entre Isla Audiovisual, la productora de Historias para no dormir (Prime Video, 2021-), que también trabaja en el relanzamiento del concurso Un, dos, tres, responda otra vez (Twitch, 2023) a través de redes sociales, y 360 Powwow, que tiene sede en Miami. Ambas productoras también están desarrollando junto al canal colombiano Caracol TV la serie No llegaron solos, basada en la vida de Catalina de Erauso, conocida como La monja alférez. 

Volver a caer

Ficción, 6x45' | Movistar+ | ★★★☆☆ 

Escrita por Almudena Ocaña, Aurora Gracià Tortosa | Dirigida por Hari Sama

Otra de las producciones recientes estrenadas en ViX+ que ha llegado a España es este remake de la miniserie australiana The beautiful lie (ABC, 2015), producida por EndemolShine Australia, que se inspiraba en la clásica novela Anna Karénina (1878, Ed. Alba Editorial) escrita por Léon Tolstói (1828-1920, Rusia), actualizando la historia pero siguiendo la narración original y el arco de los personajes. Aunque se trata de una producción mexicana, las responsables de escribir el guión son las españolas Almudena Ocaña, que ha escrito para Las chicas del cable (Netflix, 2017-2020), Toy boy (Atresmedia, 2019-) o Élite (Netflix, 2018-) y Aurora Gracià Tortosa, una de las guionistas de Instinto (Movistar+, 2019) y Valeria (Netflix, 2020-2023). La serie sigue el argumento de la obra original construyendo tres historias de amor que se desarrollan de forma diferente, centrándose sobre todo en Anna Montes de Oca (Kate del Castillo), una popular saltadora de trampolín que triunfó ganando una medalla en los Juegos Olímpicos y ahora está retirada del deporte junto a su marido Jandro Álvarez (Rubén Zamora), presidente del Comité Olímpico de México. Sin embargo, el encuentro con Vico Arimendi (Maxi Iglesias) está marcado por el impacto de un atropello mortal, que también es un reflejo de la tragedia que acompañará a una relación por la que Anna lo sacrifica todo.

Como en la novela, la historia central está acompañada por otras dos tramas paralelas. La de Oscar (Martín Altomaro), el hermano de Anna, cuya infidelidad acaba desestabilizando su relación con Dolly (Edwarda Gurrola). Ambos intentan reconstruirla reconociendo que ya no existe la pasión de antes y probando alternativas como una relación abierta. Por otro lado, Kiti (Lucía Gómez-Robledo), abandonada por Vico, encuentra la estabilidad emocional con Levin (Daniel Tovar), que siempre ha estado enamorado de ella, pero defendiendo su relación sin estar marcada por el compromiso y el matrimonio. Es una propuesta interesante de tres relaciones amorosas "no convencionales" en el contexto de un país tan tradicional y machista como México. de alguna manera, Volver a caer (Movistar+, 2023) encuentra la forma de trasladar el impulso de la culpabilización de la mujer desde el San Petersburgo de 1870 hasta el México actual. Cuando Anna pierde un contrato importante con una marca de cosméticos, su conversación con la directora de marketing, que ha sido su amiga pero no ha hecho demasiado para defenderla, demuestra que la tendencia al juicio paralelo está arraigada en la sociedad, incluso entre las propias mujeres. Hay por supuesto una referencia a los ataques a través de las redes sociales, especialmente cuando se difunde un video que revela la relación entre Anna y Vico, como en Intimidad (Netflix, 2022), pero que no se desarrolla lo suficiente. 

Volver a caer no puede evitar cierto tono de telenovela, pero el director Hari Sama, responsable de la premiada película Esto no es Berlín (2020) y del interesante thriller Toda la sangre (Starzplay, 2022-), mantiene un pulso narrativo lo suficientemente sólido como para que no sobresalgan los elementos melodramáticos. Incluso en los últimos episodios, los que oscurecen el tono para adentrarse en las consecuencias de la depresión, y en el uso del agua como un elemento constante en la vida de Anna, una representación de su propia personalidad. Cuando habla con Vico y le explica de qué forma el fondo de la piscina es un lugar de silencio para ella, que la aísla de todo el ruido de alrededor, está marcando el camino de sus decisiones, pero también la profunda distancia que en realidad hay entre ellos. Kate del Castillo, también productora de la serie, tiene un personaje del que sabe sacar partido, mientras Maxi Iglesias cumple su función de amante seductor sin demasiada profundidad y Rubén Zamora aporta personalidad, aunque su transformación de marido comprensivo a divorciado rencoroso empeñado en quedarse con la custodia de su hijo frente a la madre, parece demasiado forzada. Volver a caer es una co-producción entre EndemolShine Boomdog, división mexicana de la productora propiedad de Banijai y Cholawood Productions, fundada por Kate del Castillo y con sede en Los Angeles. Se trata de una de las producciones surgidas de un acuerdo de desarrollo entre Cholawood y Endemol.  

Las invisibles

Ficción, 8x45' | SkyShowtime | ★★☆☆☆ 

Creada por Héctor Lozano | Dirigida por Menna Fité

Nominaciones Premios Iris '23: Actriz (Lolita Flores)

Esta es una de las series más esperadas de esta temporada, creada por Héctor Lozano (1974, Sabadell), responsable de la excelente Merlí (RTVE Play, 2015-2018) y su secuela Merlí. Sapere Aude (Netflix, 2019-2021), y que este año también ha estrenado Bojos per Molière (TV3, 2023-). Pero Las invisibles (SkyShowtime, 2023) se aleja de los ambientes académicos de aquellas propuestas para centrarse en las camareras de piso de un hotel de la Costa Brava, ligeramente inspirada en la iniciativa de las denominadas Las Kellys, que en 2014 se asociaron para reclamar que sus contratos se ajustaran al convenio laboral de hostelería. A pesar de constituir entre un 20% y un 30% de la plantilla de los hoteles en España, ha sido un sector invisibilizado durante años. La serie comienza con la muerte de Pilar (Elena Irureta) de un infarto mientras limpia la suite nupcial, y ella se convierte en la narradora omnisciente de la historia, introduciendo elementos de fantasía, como unas coreografías musicales que no terminan de funcionar dentro de la trama. Esta narración de un personaje que no está presente refuerza la idea de las invisibilidades, más allá del trabajo de las camareras de piso, porque  aborda temas relacionados con la feminidad, las clases sociales y las relaciones personales a través de protagonistas en un rango de edad que también suele ser invisible en las producciones de televisión. 

La serie por tanto reivindica la madurez, pero haciendo que las protagonistas se enfrenten a esa idea del conformismo para, cada una a su manera, alcanzar cierto grado de rebeldía. Espe (Lolita Flores) se siente atrapada en un matrimonio con Juan (Alfonso Lara) que solo se sostiene sobre el cuidado de su nieto, mientras su hija está encarcelada, y encuentra en la infidelidad con Diego (Oriol Tarrasón) una forma de liberación. Mientras que Isabel (María Pujalte) es una mujer indecisa con las relaciones, que nunca termina de dar un paso adelante, y que se rebela a través de las reivindicaciones como trabajadora del hotel. El desarrollo de estos dos personajes impulsa la serie, que se sostiene con dificultad en otros más planos como la sindicalista Gladys (Yoshira Escárrega), quien a pesar de tener una relación de pareja estable con Alicia (Eva Martín), una exitosa abogada, se empeña en trabajar como camarera de piso "por vocación", lo que de entrada ya resulta poco creíble. Pero Gladys parece tener una función de reflejo laboral de la reivindicaciones de Las Kellys (que sirvieron como asesoras en la serie), sin ser un personaje realmente consistente. 

Hay un desequilibrio sorprendente en Las invisibles como "drama con momentos de humor", como la define Héctor Lozano, porque no termina de funcionar ni en un sentido ni en el otro. Sus toques de comedia resultan sosos, mientras que el perfil dramático acaba resultando demasiado discursivo, aunque acierte en su enfoque sobre la dificultad de alcanzar los sueños posibles desde el entorno de determinadas clases sociales, bien retratado a través de Marisa (Paula del Río), el único de los personajes jóvenes que realmente tiene un desarrollo sólido. Y, como suele suceder en los guiones de Héctor Lozano, hay que alabar la intención de dar profundidad incluso a personajes que podrían acabar siendo monótonos, como el de la antagonista. La gobernanta Mapi (Yaël Belicha) tiene un trasfondo mucho más complejo, a través de su pasado como camarera de piso y su relación con las trabajadoras más veteranas, aunque el guión pierde la oportunidad de establecer un posible paralelismo con la evolución de Gladys, que sin embargo se apunta pero nunca se desarrolla del todo. Por otro lado, la política de SkyShowtime de alargar las emisiones de la mayor parte de sus series (porque no tiene un catálogo de estrenos lo suficientemente amplio), perjudica en este caso a Las invisibles, que en el formato de episodio semanal pierde fuerza progresivamente.

Un cuento perfecto

Ficción, 5x45' | Netflix | ★☆☆☆☆ 

Escrita por Marina Pérez | Dirigida por Chloé Wallace

La tercera producción de Netflix que adapta una novela de Elísabet Benavent (1984, Gandía) tras Valeria (Netflix, 2020-2023) y el largometraje Fuimos canciones (Juana Macías, 2021), parece consolidar la buena relación entre la escritora valenciana y la plataforma internacional. Digamos que las novelas de Benavent parecen escritas para encajar con el perfil que a Netflix le funciona tan bien, el de la comedia romántica básica pero simpática. Al menos hay que reconocerle a los responsables de las adaptaciones que consiguen hacer a los personajes tan sosos y las historias tan irrelevantes como lo son las propias novelas. Esta nueva producción de Plano a Plano, la productora de Valeria, es el último ejemplo, basada en el libro Un cuento perfecto (2021, Ed. Suma) del que mantiene la mayor parte de sus elementos. El argumento se centra en la relación amorosa entre una joven de buena familia, Margot (Ana Castillo) y un chico de clase media, David (Álvaro Mel) que coinciden tras la separación de sus respectivas parejas e inician un viaje a Grecia plagado de tópicos y lugares comunes. Como la historia resulta insípida y previsible, Elísabet Benavent se inventó dos posibles finales, aunque la idea de abordar las consecuencias de tomar una decisión u otra nos recuerda a otros ejemplos más interesantes como la película Dos vidas en un instante (Peter Howitt, 1998) o, en un terreno mucho más dramático, a la estupenda serie Una y otra vez (Filmin, 2022). Curiosamente, aunque la historia adopta un punto de vista femenino, la decisión que precipita cada posible futuro corresponde al personaje masculino. 

El principal problema de Un cuento perfecto (Netflix, 2023), al margen de que sus dos protagonistas son francamente insoportables, es que mientras el género romántico aborda reflexiones más o menos profundas sobre la naturaleza del amor, la idealización de la pareja o las tendencias obsesivas, esta historia no parece demasiado interesada en ir más allá de la estructura básica de las idas y venidas de dos enamorados que encuentran obstáculos para expresar sus sentimientos reales. Hay un planteamiento incluso demasiado superficial en la manera en que se refuerza la relevancia de la renuncia de Margot a su compromiso con Flippo (Mario Ermito) presentando a un personaje atractivo físicamente, en vez de perfilar un desarrollo con algo de profundidad. La propia novela de Elísabet Benavent se sostiene sobre los estereotipos (pobres alegres/ricos tristes), adoptando el punto de vista de los personajes femeninos, pero algunos de ellos son francamente ridículos en la serie, como cuando David invita a Margot a una fiesta en un pueblo. En su adaptación a la pantalla, escrita por Marina Pérez, guionista y productora ejecutiva de Valeria, la serie encuentra dificultades para sostenerse en interminables conversaciones entre Margot y David, especialmente en los episodios que se desarrollan en Grecia. Y aunque hacen un esfuerzo notable por transmitir simpatía, Anna Castillo y Álvaro Mel se envuelven en una falsa naturalidad que la directora debutante Chloé Wallace no parece saber cómo refrenar. Hay algunos recursos de dirección que resultan demasiado obvios, como las separaciones con primeros planos de las manos que se tocan sin querer despegarse, y en general la serie transmite una sensación de desgana que acaba siendo contagiosa.     

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Películas mencionadas: 

Malditos bastardos se puede ver en Historia y Actualidad, Movistar+, Netflix y SkyShowtime.
La corte de Faraón se puede ver en FlixOlé.
La lista de Schindler se puede ver en Filmin, Movistar+, Prime Video y SkyShowtime.
Esto no es Berlín se puede ver en Filmin.  

09 agosto, 2023

Retrospectiva de Festivales: New Horizons - Parte 1

En nuestro repaso a los festivales celebrados este verano, dedicamos dos reportajes al mBank New Horizons International Film Festival, que ha tenido lugar de forma presencial en la ciudad de Breslavia (Polonia), del 20 al 30 de julio, pero que en su formato online se extiende hasta el 6 de agosto. La muestra cinematográfica nació en 2001 y presta especial difusión a los cineastas independientes y las nuevas formas de expresión, pero también destaca su atención a los maestros del cine y la recuperación de sus películas, un aspecto que muchos festivales suelen olvidar, demasiado obsesionados con los estrenos de filmes premiados en los festivales de categoría A. De hecho, hay una sección específicamente llamada Maestros, que recupera películas clásicas de grandes directores de cine, y este año se han dedicado retrospectivas a nombres como Satyajit Ray (1921-1992, India) y Alain Robbe-Grillet (1992-2008, Francia), además de cineastas actuales como Wang Bing (1967, China) y Alice Diop (1979, Francia).

New Horizons FF se celebra en la hermosa y clásica localidad de Breslavia, que ha sido escenario de películas como Cenizas y diamantes (Andrzej Wajda, 1958), El cuchillo en el agua (Roman Polański, 1962), El manuscrito encontrado en Zaragoza (Wojciech Jerzy Has, 1965) y A lonely woman (Agnieszka Holland, 1987). Con una audiencia de casi 100.000 espectadores cada verano, el festival es uno de los más importantes que se celebran en el Este de Europa. 

Notas sobre un verano

Diego Llorente, 2023 | Discoveries | ★★★☆☆


La representación española en la sección oficial del Festival de Rotterdam supone el tercer largometraje del director Diego Llorente (1984, Pola de Siero, Asturias), tras su debut con Estos días (2014) y la película de no ficción Entrialgo (2018). A través de una historia sencilla, que narra con un tono minimalista, el realizador asturiano aborda esa sensación de no pertenencia que experimentan aquellos que viven a medio camino entre su ciudad de origen y el lugar donde han acabado desarrollando su vida cotidiana. Para Marta (Katia Borlado), el regreso a Gijón supone reencontrarse con sus amigos y con su familia, pero hay un cierto grado de alienación provocado por esa dicotomía entre Madrid, la ciudad que le permite una estabilidad económica y sentimental junto a su novio Leo (Antonio Araque), y Asturias, que le proporciona la tranquilidad y el deleite, representado en la historia por el encuentro con un amor del pasado, Pablo (Álvaro Quintana). Cuando comienza una relación con éste, que se basa principalmente en el placer sexual, mostrado de una forma natural por el director, se presenta lo carnal en contraste con lo sentimental, pero fuera del espacio íntimo se evidencian las diferencias entre los que se han quedado (Pablo vive con sus padres y tiene el mismo trabajo de siempre) frente a los que se han ido (Marta busca labrarse un futuro en Madrid). 

Cuenta el director que la primera idea era centrarse en esta historia triangular, porque como se puede predecir, Leo decidirá visitar por sorpresa a su novia, pero que conforme la desarrollaba estaba más interesado en reflejar ese estado de indecisión entre el deseo y la necesidad, esa sensación de que el tiempo se detiene cuando se produce el regreso momentáneo al lugar de origen, y que es tan característico, precisamente, de la época veraniega, en la que el espacio se vuelve más etéreo, las obligaciones desaparecen y se vive en un paréntesis del que hay cierta resistencia a concluir. Fiel a su estilo característico, Notas sobre un verano (Diego Lorente, 2023), que ha formado parte de la programación del D'A Film Festival y del Atlàntida Mallorca Film Fest, establece diálogos casi improvisados, en los que los actores ni siquiera necesitan estudiar el guión, marcando el ritmo a través de los gestos. El director planifica dejando espacio a las interpretaciones, lo que aporta una cierta naturalidad, pero también algo de banalidad en las interacciones, perdiendo una profundidad que hubiera sido bienvenida. 

Esta sensación de que todo lo que pasa en la película es superfluo, incluso la propia infidelidad de Marta, perjudica su desarrollo y la conexión con los personajes, perdiendo efectividad en una propuesta en la que se echa de menos una mirada mucho más acentuada como la que tenía Un verano en Córcega (Pascal Tagnati, 2021), ganadora del Premio Especial del Jurado en el Festival de Rotterdam, que también habla de la transformación del espacio y las relaciones en la época veraniega. Notas sobre un verano nos lleva por un camino circular en el que hay un pequeño atisbo de duda en Marta cuando se acerca el momento del regreso, una bien transmitida sensación de querer abandonar la lógica para desprenderse de las obligaciones. Una indecisión que, por otro lado, se refleja desde el principio, en el plano de apertura de la película que muestra de espaldas a la protagonista frente a una piscina, una representación muy lúcida del horizonte al que se tendrá que lanzar. 

After

Anthony Lapia, 2023 | Discoveries | ★★★★☆

New Horizons FF '23: Mención Especial del Jurado


Con una puesta en escena sugerente, el director francés Anthony Lapia presentó su primera película en la sección Panorama del pasado Festival de Berlín, una incursión en el mundo de los clubes de música electrónica en París que transmite con efectividad las sensaciones de éxtasis que provocan estos encuentros nocturnos. La cámara se centra principalmente en los rostros y en los cuerpos sudorosos tras horas de baile, de forma que el punto de vista que se adopta es parecido al de una incursión en el centro de la pista, donde no hay una panorámica amplia del espacio, sino una perspectiva que se circunscribe a un pequeño grupo de personas. La película comienza con una secuencia de seis minutos en la que solo vemos figuras bailando, la mayor parte de las cuales nunca tendrán nombre ni trasfondo vital, como no lo tiene la mayor parte de aquellos con los que se comparten las noches de fiesta. La música, que adopta un papel predominante en la película, está mezclada por Panzer, un DJ parisino que se hizo popular en 2022 cuando comenzó a trabajar como programador en Rorshar, un club ilegal que se ha consolidado como una de las visitas obligadas en la escena de la música electrónica en París. 

Este mundo underground de noches eternas bañadas en alcohol, esnifadas en coca y bailadas en sesiones duraderas de música es el centro de la película After (Anthony Lapia, 2023), que también se ha podido ver en la programación del Atlàntida Mallorca Film Fest. La representación de la noche que iguala clases sociales y orígenes, se detiene en algunas pausas en las que hay conversaciones más o menos triviales o pequeñas cabezadas de descanso, a veces en compañía de desconocidos, para volver seguidamente al frenesí de la música. Los únicos personajes que toman forma son Félicie (Louise Chevillotte) y Saïd (Majd Mastoura), quienes deciden pasar el "after" en el apartamento de ella. El estilo que adopta el director en estas secuencias es radicalmente distinto, la cámara se aleja y permite la intimidad entre los personajes, también se estabiliza para mostrar sus conversaciones, a través de las cuales descubrimos que Félicie trabaja como abogada defensora y tiene una marcada ideología política sobre la injusticia del sistema económico en el que vivimos, mientras que Saïd se gana la vida como conductor de Uber, uno de esos trabajos que ella considera que son el reflejo de una parte de la sociedad esclavizada. 

Los dos espacios conviven a lo largo de los setenta minutos de duración de la película, uno marcado por la música y la perspectiva casi documental de una cámara situada en medio de un club nocturno, y el otro marcado por la imagen estable y la atención a los detalles. Conforme se desarrolla la película, hay un marcado tono de melancolía en el que se modifican la tonalidad de la imagen y los cuerpos parecen mostrar el cansancio, el bajón después del éxtasis. Pero ambos espacios están rodeados de "ruido", las mezclas de sonoridades electrónicas en el primero, la conversación entre los dos recién conocidos en el segundo, reflejando la manera en que el silencio no parece tener un espacio propio en las vidas de estos personajes. Incluso cuando la fiesta y la noche acaban, el regreso a la vida cotidiana está subrayado por un murmullo de protestas que resuenan en las calles de París, como un recordatorio de que los problemas no han desaparecido, solo han estado callados durante la noche. El ruido es constante, por tanto, y esa es una de las principales aportaciones de una película que a veces resulta demasiado obvia en sus planteamientos políticos, pero que refleja con acierto un microespacio que funciona para aislarse de las problemáticas de la vida diaria. 

Princess

Roberto De Paolis, 2022 | Discoveries | ★★★★☆

El recorrido que ha hecho la segunda película de Roberto De Paolis (1980, Italia) por festivales desde que se estrenó en la sección Orizzonti de la Mostra de Venecia 2022 se siente algo inmerecido, y en cierta manera parece que algunas muestras cinematográficas de este año, como el Festival de Munich o New Horizons recuperan el interés por esta mirada hacia Europa desde la perspectiva de quienes buscan mejorar su vida. Princess (Roberto De Paolis, 2022) es el sobrenombre que usa a veces la protagonista, una joven nigeriana de 19 años que se dedica a la prostitución dentro de un bosque situado a las afueras de Roma porque, como ella misma afirma: "las blancas lo hacen en el centro y en las calles, y a nosotras nos dejan el bosque". Aunque intenta aprender italiano viendo películas de animación en su móvil, apenas domina el inglés, y esta dificultad de comunicación que se establece entre Princess (Kevin Glory) y sus clientes subraya el aislamiento y la incomprensión. Frente a cada uno de ellos adopta un nombre diferente, y en la mayor parte de los casos nunca consigue los 30 euros que pretende cobrar, aceptando con desgana, pero también con necesidad, solo 10 euros por una mamada. La película no plantea un debate sobre la prostitución, sino que la refleja a partir de la realidad: el bosque donde inmigrantes africanas la ejercen existe, y la propia protagonista Kevin Glory ha tenido una experiencia vital perfectamente trasladable a su personaje: estuvo encarcelada en Libia, sufrió violencia, cruzó el Mediterráneo en patera y en Italia parte del dinero que ganaba lo destinaba a pagar una deuda con una madame en Nigeria. 

Hay una estructura casi episódica en la película que se detiene en la relación de la protagonista con algunos clientes, la mayor parte de ellos sin nombre, como un hombre rico (Maurizio Lombardi) que le permite disfrutar de su Ferrari y hacerse selfies. La utilización de pelucas de llamativos colores y los cambios en su forma de peinarse permiten una transformación que subraya esa realidad paralela que construyen muchos inmigrantes, una especie de fantasía de cara al exterior que nada tiene que ver con su experiencia real. Lo que conecta con las propias tradiciones y creencias africanas, como cuando Princess parece convencida de que ella ocupa el cuerpo de una mujer que todavía vive en Nigeria sufriendo abusos. Su amiga Success (Sandra Osagie), sirve como apoyo de seguridad, ambas están conectadas a través del móvil y se avisan antes de estar con un cliente, por lo que pudiera pasar. Esta idea de la "princesa" deambulando por el bosque transmite la sensación de un cuento de hadas, mientras los clientes parecen depredadores que se cruzan en su camino. Incluso cuando establece una conexión no sexual con Corrado (Lino Musella), un hombre que afirma que "el ser humano es una equivocación de Dios", se construye otra fantasía que al final acaba en decepción, porque las pretensiones de Corrado también están impregnados del deseo, quizás no sexual pero sí físico, una especie de condescendencia hacia un mundo desconocido y atrayente. 

Con su anterior película, Corazón puro (2018), Roberto De Paolis logró una nominación al David di Donatello, y con Princess ha conseguido ser nominado también en la categoría de Mejor Producción, mientras la Mostra de Venecia acogerá de nuevo el estreno de su última película, El paraíso (2023). Dejándose llevar por la personalidad de Kevin Glory, ante cuyas improvisaciones se adaptaban los actores profesionales, el director arrastra al espectador hacia una historia que resulta divertida a veces, conmovedora otras, y que ofrece una perspectiva singular a partir de la mirada de una inmigrante sin papeles cuyo cuerpo se convierte en su única forma de ganar dinero. En sus trastabilladas conversaciones con los clientes, a veces se muestra sorprendida por estos personajes extraños que se le cruzan en el camino, que parecen incluso más solitarios que ella misma. Cuando una pareja de policías a caballo realiza una persecución en el bosque, justo después de que se le acerque una ONG para ofrecerle ayuda, se expresa la contradicción de una sociedad occidental que no es capaz de afrontar el problema de la inmigración. 

Lost country

Vladimir Perišić, 2023 | Discoveries | ★★★★☆

Semaine de la Critique '23: Rising Star Award (Jovan Ganić)

La historia que narra esta película se desarrolla durante las protestas que llevaron a las calles de Belgrado a cientos de miles de personas en 1996, tras el fraude electoral que mantuvo en el poder al presidente Slobodan Milošević, y que fueron constantes hasta 1997. El director Vladimir Perišić (1976, Serbia) vivió su juventud en estos años, pero con la tensión provocada por el hecho de que su madre era miembro del partido de Milošević, aunque afirma que en su casa no había presiones a pesar de que él mismo no estaba de acuerdo con la postura política de su familia y participó en las protestas. Pero alrededor de esos hechos biográficos ha construido el armazón narrativo de su última película Lost country (Vladimir Perišić, 2023), ganadora del Rising Star Award en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes. El protagonista es Stefan (Jovan Ganić), un adolescente cuya madre Marklena (Jasna Đuričić) casi no tiene tiempo para él porque trabaja como portavoz de comunicación de Slobodan Milošević, y es la responsable de organizar el proceso de obstrucción contra los resultados electorales. La película comienza con unas escenas de tranquilidad en la casa de campo del abuelo de Stefan, que le cuenta anécdotas sobre su pasado militar. Pero es un prólogo que sitúa a la familia en un entorno político determinado, y que acabará involucrando a la propia vida del adolescente. 

Las apariciones públicas de su madre,interpretada por la actriz Jasna Đuričić, ganadora del Premio EFA por su papel en Quo Vadis, Aida? (Jasmila Zbanić, 2021), hacen más doloroso el trayecto de Stefan por su escuela, donde los compañeros comienzan a darle la espalda. Hay una inexpresividad en el rostro del joven actor Jovan Ganić que sin embargo refleja acertadamente esa incertidumbre de la adolescencia, pero también propone un punto de partida inteligente para el proceso de rabia que acaba experimentando el protagonista. Que las escenas entre Marklena y Stefan estén marcadas por un cariño especial, como cuando ella llega a casa de los abuelos y su hijo la abraza con fuerza, subraya la contradicción emocional que sufre el protagonista a lo largo de la película. Pero el director de Ordinary people (2009), que también abordaba la violencia enraizada en la sociedad serbia, utiliza la composición de las escenas para mostrar el aislamiento del protagonista, muchas veces enmarcado en solitario frente al resto de los personajes, como en la casa de uno de sus amigos cuyo hermano ha sido detenido por la policía. O mostrando también la gradual separación entre la madre y el hijo, enfocados en un mismo plano pero cada uno de ellos en un espacio diferente de la casa. La película está marcada además por el tono que aporta a las imágenes el rodaje con cámara Super 16, con una excelente fotografía de Sara Blum y Louise Botkay, que aporta una textura de documental rodado a finales de los noventa.

A veces Lost country refuerza demasiado los simbolismos, que acaban siendo algo obvios, como el maquillaje del Joker que adopta Stefan, o sus visitas al oftalmólogo que revelan una cierta pérdida de visión. Cuando se encuentran comprando las gafas, Stefan adopta uno de sus primeros momentos de rebeldía, discutiendo con su madre sobre cuál es la más apropiada. La película funciona mejor cuando la incertidumbre y el dolor del joven se mantienen en el interior, pero la evolución del protagonista tiene una lógica en torno a las intenciones del director y su co-guionista Alice Winocour (1976, Francia), directora de películas como Próxima (2019) y Memorias de París (2022). Porque lo que pretende Lost country es diseccionar el arraigo de la violencia como un mal endémico en una sociedad que ha sido liderada por el autoritarismo de su clase política. Que en la escuela Vladislav Ribnikar (Belgrado), la misma en la que se rodó la película, se haya producido el pasado mes de mayo un tiroteo protagonizado por un adolescente de 13 años que mató a nueve estudiantes y un guardia de seguridad, siendo el primer ataque de estas características en la historia de Serbia, es un indicativo muy claro de la relevancia del mensaje que propone. 

La palisiada

Philip Sotnychenko, 2023 | International Competition | ★★★★☆

Festival de Rotterdam '23: Premio FIPRESCI


También transcurre en el año 1996 la primera película del director Philip Sotnychenko (1989, Ucrania), que se desarrolla cinco años después de la declaración de independencia de Ucrania en 1991, y cinco meses antes de que el gobierno firmara el Protocolo 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, que suponía la abolición de la pena de muerte, una imposición después de que Ucrania ingresara en el Consejo de Europa, pero que el gobierno ucraniano estuvo alargando durante años. Según un informe de Amnistía Internacional, sin embargo, la última ejecución por pena de muerte que se produjo en el país fue en 1997. Pero la película imagina el disparo a quemarropa de Bohdan Biliak (Oleksandr Parkhomenko) como el cierre de un paréntesis de cinco años en el que el país se había independizado pero todavía mantenía la esencia de la era postsoviética. La palisiada (Philip Sotnychenko, 2023), se terminó de rodar en 2021 dentro de la prisión de Bucha, la ciudad en la tuvo lugar una matanza en marzo de 2022, con casi quinientos ciudadanos ejecutados, que Rusia siempre ha atribuido a mensajes propagandistas, lo que también utilizó para condenar a ocho años de prisión al opositor ruso Ilia Yashin por negar la versión oficial sobre la falsedad de las imágenes difundidas. De forma que la película ha acabado adquiriendo un carácter aún más político en su representación de la violencia. 

Pero La palisiada conecta dos estallidos de esta misma violencia que se producen en diferentes momentos, y que posteriormente encuentran un vínculo. Los primeros veinte minutos transcurren en la actualidad y tienen como protagonistas a Aisel (Sana Shakhmuradova) y su pareja (Yarema Malashchuk), dos artistas que, tras una cena con los padres de ella, abordan una discusión con consecuencias trágicas. Más tarde sabremos que ellos son los hijos de los dos investigadores que tratan de encontrar al asesino de un oficial de la policía en el año 1996, en el que transcurre la mayor parte de la película. Oleksander (Andrii Zhurba) es un psiquiatra forense que colabora con el agente Ildar (Novruz Hikmet), debido a su amistad y la relación de cercanía que tienen con la viuda de la víctima. El director utiliza cámaras de la época, con la fotografía de Volodymyr Usyk, que aportan una textura de documental, lo que se refuerza con el estilo de dirección, principalmente apoyado en largos planos tomados desde la distancia, y con el uso constante de zooms lentos que acercan o alejan la cámara. La intención, según el director, es la de no interferir en el trabajo de los actores, muchos de ellos no profesionales, capturando cierta naturalidad en sus interpretaciones. Se consigue de esta forma una convivencia interesante entre el tono de realidad que tienen las imágenes y el carácter ficticio de la historia que cuenta. 

La escena de la ejecución transmite ese carácter documental predominante, porque sucede en unos pocos segundos, no hay más dramatismo que el del asesinato institucionalizado, sobre todo después de haber mostrado la investigación como una especie de venganza, del "ojo por ojo" amparado en un juicio rápido. El disparo del ejecutor es tan aséptico como el que se produce veinticinco años después en un dormitorio, porque la violencia ya está enraizada en la sociedad.


 
Notas sobre un verano se estrena en cines el 1 de septiembre.

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Películas mencionadas: 

Estos días, Entrialgo, Un verano en Córcega , Corazón puro y Quo Vadis, Aida? se pueden ver en Filmin.
Próxima se puede ver en HBO Max.
Memorias de París se puede ver en Movistar+.