23 agosto, 2020

Sheffield Doc/Fest: Voces femeninas

Las producciones de Sheffield Doc Fest llegan casi al final de su segunda etapa, con la presencia de buena parte de los documentales seleccionados disponibles online para la industria y los medios de comunicación hasta finales de agosto. Esta programación formó parte de los visionados online disponibles durante el mes de junio y se cerrará con la celebración presencial el próximo mes de octubre. En nuestro blog seguimos repasando parte de esta programación, que está conformada por estrenos europeos y mundiales de algunas de las producciones documentales más interesantes de este año. Hoy nos detenemos en las voces femeninas, no a través del trabajo de mujeres directoras expresamente (su presencia es notable, y ha sido protagonista en los documentales que hemos ido comentando a lo largo de estas semanas), sino a través de los retratos de mujeres con una personalidad destacada en su trabajo y su vida personal. 

Una visión muy clara de esta presencia es el documental Shut up Sona (Deepti Gupta, 2019), que tiene como protagonista a la cantante india Sona Mohapatra, una de las artistas de más éxito en su país, pero que al mismo tiempo se ha convertido en una de las figuras más controvertidas por sus comentarios en torno al machismo dentro del mundo de la música, especialmente en Bollywood, y determinadas polémicas con líderes de la religión sufí por su forma de vestir en los videoclips y sus actuaciones. La directora acompaña a Sona Mohapatra en algunas de estas polémicas, y de hecho adopta incluso una postura nada objetiva, sino incluso cómplice. Lo que la cantante (y el documental) ponen de manifiesto es la dificultad que tienen las mujeres de ser consideradas como artistas dentro de una industria musical creada por hombres solo para hombres. 


Entre los momentos interesantes podemos asistir a algunas conversaciones entre la cantante y su marido, Ram Sampath, que también es cantante y forma parte de esa industria musical machista. En un momento, él replica a su esposa: "¿Quieres ser artista o quieres ser activista?". Es esa dicotomía la que se plantea firmemente como una división que resulta artificial y en cierto modo refleja ese machismo predominante. Por supuesto, se puede ser artista y activista al mismo tiempo, y de hecho Sona Mohapatra lo es. Shut up Sona refleja en su título ese sentimiento de prepotencia masculina: "canta y cállate la boca", vienen a decir los líderes sufíes que claman contra ella. Y no hay que negar que en la cantante también hay un rasgo de provocación, y también se refleja en la mirada de la directora esa sensación de que la artista de alguna manera sabotea su propia carrera con su incontinencia verbal. La triste realidad es que no callarse tenga esas posibles consecuencias. La música, al final, queda en segundo plano. 

Tras su película En realidad, nunca estuviste aquí (Lynne Ramsay, 2017), la directora escocesa realiza su último proyecto con el cortometraje documental Brigitte (Lynne Ramsay, 2019), un retrato de la fotógrafa francesa Brigitte Lacombe, cuya trayectoria está muy ligada al cine desde que conoció a Dustin Hoffman en el Festival de Cannes de 1975 y fue invitada para realizar fotografías del rodaje de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976). Desde ese momento, ha sido una artista habitual en el mundo de Hollywood, cuya carrera está ligada durante muchos años como colaboradora de la actriz Meryl Streep o del director Martin Scorsese. En realidad, de nada de esto se habla en el documental, que se centra en una conversación más o menos informal que solo escuchamos en off, y en la que la fotógrafa muestra determinadas reflexiones sobre su trabajo y su vida. Las imágenes nos enseñan su forma de trabajar mientras realiza algunas sesiones de fotografía para la marca de ropa Miu Miu, que de hecho es la productora del documental. Este mediometraje de 30 minutos parece más un spot publicitario que un retrato personal realmente elaborado, una especie de making of con cierto toque artístico, pero que aporta poco para conocer al personaje. 


Judy Rebick es una activista judía canadiense que se ha convertido en una de las voces más reconocidas de la resistencia social en su país. El documental Judy versus Capitalism (Mike Hoolboom, 2020) ofrece una visión cuasi experimental sobre la trayectoria política de esta veterana luchadora por los derechos civiles, que ha tenido entre sus acciones combativas la ilegalización del aborto, la lucha contra los extremismos o las injustas incursiones del Ejército israelí en Gaza. El director utiliza imágenes de archivo y alteraciones visuales mientras escuchamos la voz en off de la protagonista, siempre en un plano secundario en cuanto a la imagen, pero principal en cuanto al mensaje. Es un acercamiento diferente al perfil de un personaje, que quizás resulta algo agotador durante sesenta minutos, pero que encuentra algunos momentos de sosiego en determinados hechos puntuales de la trayectoria social de la protagonista, y al final resulta un retrato complejo y certero de  una mujer que ha dedicado toda su vida a la lucha por los derechos humanos.  

El mundo visto desde un espacio de escasos 2 metros. La vida delante de un quiosco de prensa, de esos que cada vez se ven menos en las grandes capitales y ya prácticamente no existen en las poblaciones más pequeñas. Esa es la propuesta de Le kiosque (Alexandra Pinelli, 2020), cuya directora ha conocido desde niña este espacio en el que han trabajado cuatro generaciones de su familia. Ya en la recta final de la vida laboral de su madre, Alexandra Pinelli decide convertirse en parte de ese espacio de 2 metros y ver el exterior desde ese punto de vista, a través de una pequeña cámara. Este quiosco se convierte en el espacio protagonista, por delante del que pasa la vida y a veces se detiene en forma de personajes singulares, de inmigrantes sin papeles, de ancianas cansadas, de indigentes que pierden constantemente su gato, de funcionarios machistas...


Le kiosque es un documental encantador, sencillo pero al mismo tiempo lleno de reflexiones sobre nuestra sociedad. Ese microcosmos habitado por algunos de sus clientes habituales, se ve obligado a afrontar el cambio decisivo de las nuevas formas de comunicación, con la bancarrota de la gran empresa de distribución de prensa en Francia. Ese lugar que ya solo puede mirar al pasado, porque el futuro no existe; el espacio de los periódicos en papel, de los coleccionables eternos, de las revistas del corazón, de las publicaciones pornográficas que se ocultan entre los suplementos... Es también un lugar habitado principalmente por mujeres: la madre, que después de veinticinco años necesita una retirada a tiempo; y la hija, convertida en directora de su propia historia. Y en el que se habla también de mujeres, de su papel en la sociedad, de su impronta fundamental en esa pequeña intrahistoria que se ha reproducido en los medios de comunicación.

Uno de los mejores retratos que hemos podido ver este año en torno a la mujer (y la dificultad de ser mujer) es Niña mamá (Andrea Testa, 2019), un excelente trabajo de conexión con una serie de madres adolescentes en Argentina, que comentamos en nuestra crónica de la 28ª Mostra de Films de Dones. Un doloroso retrato de la vulnerabilidad de la maternidad. 


El cortometraje Galena (Ezzatollah Parvazeh, 2019) se centra en una anciana que es la única habitante de un pequeño pueblo iraní que está situado junto a una mina de plomo. A pesar de los intentos de sus familiares, Tía Esmat se niega a abandonar el lugar donde ha vivido. Ella es la primera mujer jubilada en Irán, después de trabajar durante años en la mina, pero prefiere permanecer en su casa, sencilla, en medio de un desierto en el que solo florece una palmera, con los recuerdos colgados en la pared de su esposo y su hijo muertos, y con una muñeca de lana que es su única compañía. Es un retrato delicado, sutil, de la vida en soledad, de la existencia monótona pero plena de una mujer que vive de la memoria. Otro cortometraje, Wellspring (Fergus Haughton, 2019), es un doble retrato de dos mujeres a las que escuchamos y vemos ya en su vejez. Ellas también son heroínas anónimas de un proyecto que surgió en 1981 en Gloucester, Massachusetts, llamado Wellspring House, un lugar para familias sin hogar que permanece hasta nuestros días. Lo interesante de la propuesta es que los fundadores del proyecto han vivido también allí, compartiendo sus hogares con estas familias. Las dos protagonistas, Rosemary y Nancy, acogieron hasta 2008 a unas 500 familias. Es la heroicidad anónima de estas mujeres que reflexionan, durante los 14 escasos minutos del documental, sobre su experiencia y su vida plenamente completa. 

En el documental Sisters with transistors (Lisa Rovner, 2020) se hace una pregunta: "¿Por qué no hay grandes compositoras mujeres?". En cierto modo, la respuesta conecta con la temática de Shut up Sona (Deepti Gupta, 2019), porque la música en general siempre ha sido un coto reservado a los hombres. De hecho, la mayor parte de las mujeres de las que habla este documental están prácticamente olvidadas, a pesar de haber sido pioneras en la creación de música electrónica. La artista Laurie Anderson como narradora describe los perfiles de algunas de estas creadoras, desde Clara Rockmore (1928) o Daphne Oram (1949), hasta otros nombres más conocidos como Suzanne Ciani (1976), que fue la primera mujer en componer la banda sonora de una gran producción de Hollywood, La increíble mujer menguante (Joel Schumacher, 1981), o Laurie Spiegel (1986). 


Es un documental con forma tradicional, que mezcla imágenes de archivo con entrevistas, siguiendo un orden cronológico. Pero aporta una información imprescindible y radical en torno a la forma en que el trabajo de estas mujeres, que sentaron las bases de buena parte de la música electrónica que se hace en la actualidad, ha sido silenciado por la sociedad, más que en términos de ocultación, por una actitud de indiferencia hacia la trascendencia de su trabajo. Hay alguna entrevista en televisión de los años sesenta en la que podemos comprobar el aire de superioridad y de incredulidad que muestra el presentador. Sisters with transistors, dentro de su formalismo escasamente arriesgado, propone una mirada que resulta innovadora en su contenido y en la visibilidad de mujeres creadoras, experimentadoras y artistas cuya labor debería haber sido más reconocida. 


22 agosto, 2020

DokuFest 2020: Documentales desde los Balcanes

Entre los festivales de cine que han tomado la decisión de reconvertirse en un formato online se encuentra DokuFest, Festival Internacional de Documentales y Cortometrajes de Kosovo, que se viene celebrando del 7 al 25 de agosto, con una selección de películas destacadas en el panorama cinematográfico actual. DokuFest es el festival de cine más grande de la República de Kosovo y en su versión presencial proyecta una selección de 200 títulos en salas improvisadas en el centro de la ciudad de Prizren. Desde este año ha conseguido ser un festival calificado para los premios BAFTA, lo que quiere decir que los cortometrajes ganadores optan automáticamente a la preselección para las nominaciones de los galardones británicos. 


DokuFest nació en 2003, con la intención de revitalizar la vida cultural de la ciudad de Prizren, que está considerada como la ciudad más hermosa de Kosovo, muy cerca de la frontera con Albania (el 80% de su población es albanesa). El Festival desarrolló sus primeros años a través del trabajo de los voluntarios, sin apenas presupuesto institucional. Pero con el paso de las ediciones se ha ido convirtiendo en la muestra cinematográfica más grande de Kosovo, y llega con ésta a su decimonovena edición, la primera que se desarrolla en versión exclusivamente online. La programación de DokuFest es muy variada con secciones dedicadas a producciones de los Balcanes y documentales internacionales, cortometrajes y otras secciones temáticas, en las cuales encontramos algunos documentales que han pasado por otros festivales. 

En la Sección Green, dedicada a producciones en torno al medio ambiente, se pueden ver documentales como Journey to Utopia (Erlend Eirik Mo, 2020), que también se ha programado en Atlàntida Film Fest. Se trata de una historia contada en primera persona por el director, con su familia como protagonista, en torno a una decisión importante en sus vidas: dejar su apacible granja en Noruega para embarcarse en un proyecto de comunidad agrícola autosuficiente en Dinamarca. Pero este sueño que intenta ser una aportación a la lucha contra el cambio climático, acaba convirtiéndose en una pesadilla con retrasos en la construcción de las casas, dinero malgastado y una más que dudosa gestión financiera. Situación que también pone en quiebra la estabilidad familiar. El documental tiene un cierto sentido del humor escandinavo, jocoso pero con un trasfondo muy serio, y deja ver también algunos choques culturales en la comunidad. El protagonista, noruego, comenta: "Me han dicho que cuando hablo danés parezco un pervertido". 

Realmente no se entiende bien el empeño de la familia en mantenerse firme (con sus dudas) en su idílica utopía, quizás porque hay información que se oculta al espectador (se deja entrever, por ejemplo, que el matrimonio tiene que viajar constantemente desde su granja para poder ejercer su trabajo, lo que puede ser una razón de peso más decisiva que la utopía medioambiental). Pero sobre todo hay una sensación de artificialidad y de puesta en escena, de guionización que resta valor documental a la historia. 


En la Sección Human Rights encontramos películas que ya comentamos en su paso por el Krakow Film Festival: Higher love (Hasan Oswald, 2019) se desarrolla en una zona suburbial de Nueva Jersey y muestra una historia desgarradora sobre un hombre que trata de recuperar a su novia, adicta a las drogas. Y Sunless shadows (Mehrdad Oskouei, 2019), nos introduce en un Centro de Detenciones de Teherán, donde el director entrevista a algunas de las jóvenes que permanecen allí acusadas de violencia, y que retrata, en realidad, la indefensión de la mujer en la sociedad iraní. En la Sección Truth se ha programado el documental Vivos (Ai Weiwei, 2019), presente en Docsbarcelona, y centrado en un grupo de estudiantes desaparecidos en México con la complicidad de las autoridades. 

Los premios de DokuFest, que alcanza ya la recta final, se han dado a conocer hace unos días, y reconocen en la categoría de Mejor Documental Internacional a la película portuguesa A metamorfose dos pássaros (Catarina Vasconcelos, 2020) que, más que un documental, es una especie de ensayo autobiográfico. Seleccionado también en Sheffield Doc Fest, cuya programación estamos repasando este mes, la directora construye imágenes poéticas y recreaciones protagonizadas por algunos miembros de su familia para componer el puzzle en torno a la vida de sus abuelos. Un árbol genealógico que está marcado por dos hechos trágicos: la muerte temprana de su abuela Beatriz, y la muerte temprana de su propia madre, cuando ella solo tenía 17 años. Esta ausencia de las madres es la que define buena parte de la película que, de hecho, tiene una mirada esencialmente femenina. 


Catarina Vasconcelos construye este retrato familiar a través de las palabras esencialmente, de textos que recogen cartas escritas por el abuelo, un oficial naval cuyo trabajo en el mar le impidió estar presente en la educación y el crecimiento de sus seis hijos, y también de fragmentos creados por la propia directora. Se trata de una suerte de poesía de la realidad, pero que tiene más efectividad cuando se acerca a esta realidad, y acaba siendo más pedante cuando trata de conformar imágenes más o menos abstractas. Hay, a lo largo de la película, una melancolía muy portuguesa, pero que no ayuda especialmente a mantener la mirada hacia una historia que se va agotando entre frases elaboradas y desenfoques manieristas. 

En esta sección de Documentales Internacionales también encontramos películas que hemos comentado ya, como el espléndido Mon amour (David Teboul, 2020), otro ensayo pero que oculta reflexiones en torno al amor y la muerte mucho más diáfanas, que hemos podido visionar en Sheffield Doc Fest; El Father plays himself (Mo Scarpelli, 2019), un interesante retrato que muestra la difícil relación entre padre e hijo a través de la mirada cinematográfica; y Acasã, my home (Radu Ciorniciuc, 2019), magnífico retrato de una familia de gitanos que vive en el Delta de Bucarest, ganador del Premio al Mejor Documental en Krakow Film Festival. 

Por su parte, algunos programas especiales ofrecen interesantes muestras de cine documental temático, como Disorder: Music on Film, sección dedicada a las producciones con temática musical. Aquí encontramos títulos como Aznavour by Charles (Marc Di Domenico, 2019), un documental sobre Charles Aznavour que estuvo presente en D'A Film Festival, que realmente ofrece un acercamiento a la figura del cantante solo recomendable para aficionados a sus canciones; Bring down the walls (Phil Collins, 2019), que conecta el crecimiento de la música house con un sistema penitenciario en Estados Unidos que castiga a las minorías, propuesta interesante que forma parte también de la programación de Sheffield Doc Fest; o Pearl of the Desert (Pushpendra Singh, 2019), sobre la preservación de los ritos ancestrales de las voces infantiles en una comunidad musulmana, que fue premiado en Krakow Film Festival. 

En esta sección destacamos tres documentales: White riot (Rubika Shah, 2019) es un espléndido trabajo en torno a la música y su forma de luchar contra los extremismos. Se centra en los años setenta, cuando el Frente Nacional en Inglaterra comenzó a tener cierta atención por parte de determinados sectores. Y especialmente algunos nombres fundamentales de la música que luego se retractaron de sus palabras, pero que sentaron las bases de una respuesta radical. Eric Clapton, probablemente ebrio, lanzó en un concierto una arenga contra los extranjeros, mientras que David Bowie mostraba sus simpatías por un gobierno de índole fascista. Estas posiciones, después matizadas, promovieron como respuesta la creación de Rock Against Racism, una organización que trataba de demostrar que los artistas estaban en contra de las actitudes racistas. Es un documental de ritmo endiablado, que utiliza con inteligencia las imágenes de archivo junto a animaciones y entrevistas, y que en algunos momentos recuerda al estilo de Amy (Asif Kapadia, 2015). Pero sobre todo es un toque de atención en una época en la que los extremismos de derechas vuelven a ocupar posiciones en Europa, porque algunos discursos del National Front suenan a muy actuales. El documental se centra especialmente en la marcha que organizó Rock Against Racism en 1978, que culminó en un concierto multitudinario con The Clash como banda estelar. Al final, en las elecciones de 1979 el National Front obtuvo un 0'6% de votos; pero fue el Partido Conservador de Margaret Thatcher el que ganó las elecciones. Así que... 


Max Richter's Sleep (Natalie Johns, 2019) se estrena el próximo 8 de septiembre en Gran Bretaña. Se trata de un documental sobre el proyecto musical Sleep (2015, Deutsche Grammophon) que compuso Max Richter y que se concretó en una serie de conciertos que se desarrollaban durante toda una noche mientras los espectadores asistían, no sentados en una butaca sino acostados en una cama. Un proyecto singular que ha dado lugar a un documental que en cierto modo nada contracorriente, ya que no trata de atraparnos con un montaje frenético, sino todo lo contrario, busca llegar a ese estado de relajación que Max Richter pretendía con sus composiciones de más de ocho horas de duración. Es una propuesta interesante, sobre todo cuando se acerca a la intimidad de Max Richter y de su esposa, la artista audiovisual Yulia Mahr, que fue la que creó el concepto visual de los conciertos. Estos momentos de explicación del trabajo del músico, de su investigación sobre cómo recibe nuestra mente los sonidos musicales mientras estamos durmiendo, conforman una justificación esencial para un proyecto que en principio podría parecer algo absurdo. El documental, rodado con sensibilidad, consigue momentos de gran fuerza, como cuando vemos a Max Richter caminar lentamente entre los espectadores durmientes mientras los músicos siguen tocando las piezas musicales. Quizás resultan innecesarias, sin embargo, esas incursiones de la directora en las historias personales de algunos de los espectadores, porque aportan pocos elementos de interés (en algunos casos algo tópicos), y resultan más un estorbo que una ampliación del mensaje. 


Finalmente, Felix in Wonderland (Marie Losier, 2019), que se proyectó en Locarno 2019, es una producción de 50 minutos que se beneficia de la personalidad de su protagonista, el músico y performance conceptual alemán Felix Kubin, creador de sonoridades electrónicas singulares, pero al mismo tiempo dotado de un sentido el humor absurdo que convierten cada momento en una divertida parodia de la relación entre música y audiovisual. La directora se deja llevar por el personaje, pero al mismo tiempo estructura el documental de forma inteligente, introduciendo también ese carácter de investigación de los sonidos que, aunque en algunos momentos puede parecer irónico, en realidad esconde un proceso de creación menos disparatado de lo que pudiera parecer.


21 agosto, 2020

Atlàntida Film Fest: La encrucijada europea

Cuando nos acercamos a las últimas semanas del Atlàntida Film Fest, encontramos en su programación algunas visiones más bien pesimistas de Europa. El escritor sueco Stieg Larsson advertía sobre el peligro de los extremismos en un continente que ya había vivido el comienzo de dos guerras mundiales. Y a pesar de sus advertencias, la llegada de este populismo nacionalista, xenófobo (solo cuando les interesa) y homófobo se ha posicionado ya en algunos países, ya sea haciendo el ridículo como en España o sembrando discordia como en Polonia o Bielorrusia. Algunas de las películas que podemos encontrar en Atlàntida Film Festival se concentran en temáticas que muestran una Europa situada en una encrucijada compleja y peligrosa.

Generación

Si en Supernova (Bartosz Kruhlik, 2019), presente en la programación de Atlàntida Film Fest, se nos planteaba una especie de microcosmos en el que, a través de un accidente mortal se reconstruye la tendencia extremista de Polonia, Eastern (Piotr Adamski, 2019) también propone una fantasía conceptual, ésta más parecida a la de Canino (Yorgos Lanthimos, 2009) en la que las deudas de sangre se convierten en una persecución mortal entre familias, entre las que el entendimiento ya no es posible, envueltos en una espiral de violencia. Son, precisamente, las mujeres (las dos jóvenes protagonistas) las que tratan de romper esa espiral, aunque con resultados inesperados. Esa sociedad dividida en la que se están convirtiendo algunos países europeos, entre ellos España, surge de la confrontación directa frente a la puesta en común. 


Sin duda, el director consigue crear una película incómoda en su planteamiento, jugando con el suspense en una primera parte misteriosa, y estableciendo una estructura sencilla pero formalmente atractiva. El problema que surge es que la propuesta se queda a medio camino porque no termina de elaborar una construcción psicológica efectiva. Hay más interés en la forma que en el fondo, a pesar de que el fondo es precisamente lo que más nos interesa de la historia.

Memoria Histórica

En State funeral (Sergei Loznitsa, 2019), que se proyectó en la Mostra de Venecia Fuera de Concurso, el director ucraniano construye un documental de más de dos horas en torno al funeral de Estado tras la muerte de Joseph Stalin. Es un ejercicio que ya había realizado en otros acercamientos al documental histórico como The trial (Sergei Loznitsa, 2018), que mostraba también a través de imágenes de archivo un juicio contra ocho ingenieros que fueron acusados falsamente de conspirar contra el país, durante el régimen de Stalin. Esta representación por parte de un gobierno autoritario es también uno de los instrumentos de las dictaduras. 



La mirada de Sergei Loznitsa es cruda, en cierto modo aséptica, aunque manipulada a través de la incorporación de sonidos y música, pero muestra con acierto esa teatralidad del culto al hombre representado como una especie de prohombre. En este sentido, la visión de estos rostros compungidos dentro de su pobreza es también una representación de la tragedia. Los discursos grandilocuentes, el duelo nacional, la negación de la muerte de quien perdurará más allá del muerte, son instrumentos de control. No obstante, hay que decir que el director ucraniano parece tener una tendencia a la larga duración de sus obras, aunque éstas no lo necesiten. 

Truth and justice (Tanel Toom, 2019) es una película singular por varias razones: en primer lugar, se trata de una producción realizada en Estonia que se ha convertido en el mayor éxito cinematográfico en el país; es, además, una producción de gran presupuesto para el cine en Estonia (2 millones de euros) que se benefició de una convocatoria del gobierno para celebrar el centenario de su independencia. La historia es una crónica rural que tiene cierto aire a El manantial de las colinas (Claude Berri, 1986), y está basada en la primera de las cinco novelas escritas por Anton Hansen Tammsaare, una pentalogía que está considerada como una de las obras fundamentales de la literatura de Estonia. A lo largo de los cinco libros, el autor recorre buena parte de la evolución histórica de la sociedad estonia, desde 1870 hasta 1930. Curiosamente, el gran protagonista de toda la saga es el hijo de Andres, que es solo protagonista en la primera novela, la que ha sido llevada al cine. 


Truth and justice refleja, básicamente, la vida rural en un pequeño pueblo de Estonia, a través de dos personajes, Andres y Pearu, que se enfrentarán a lo largo de sus vidas. En la película, resulta más interesante la evolución del primero, desde cierta ingenuidad al principio hasta un profundo sentimiento religioso y una actitud maquiavélica motivada por años de vida rodeada de tragedia. La película está bellamente rodada, con un aspecto de gran producción y un ritmo bien dosificado, aunque en la segunda parte parecen precipitarse demasiado los acontecimientos. Pero sus casi tres horas de duración (la versión internacional es 16 minutos más corta que la estrenada en Estonia) no son un hándicap. El joven director, formado en Estados Unidos, sabe manejar los ritmos y saca buen partido de los actores. La historia es también una buena muestra de ese enfrentamiento constante en las sociedades del este de Europa, marcada por los autoritarismos (las novelas fueron escritas cuando nacía la Europa dictatorial de Mussolini, Hitler o Stalin). 

Controversia

Bird talk (Zawery Żuławski, 2019) es al mismo tiempo una película póstuma y un homenaje a su creador, Andrzej Żuławski. El proyecto estaba en marcha cuando murió en 2016, e iba a ser su primera película rodada en Polonia desde hacía veinte años, tras el intento frustrado de concluir On the silver globe (Andrzej Żuławski, 1988), cuyo material fue ordenado que se destruyera por el Ministro de Cultura polaco Janusz Wilhemi, aunque finalmente pudo estrenarse una versión incompleta en el Festival de Cannes. En Bird talk están presentes las preocupaciones principales del director, especialmente en torno a una peligrosa deriva de Polonia hacia la extrema derecha (casi premonitoria, dada la presencia actual del partido fascista PiS en el poder). 



La película se centra en dos profesores que se enfrentan a alumnos nacionalistas en su escuela. Y mientras el que se defiende es expulsado, el que soporta todo tipo de vejaciones permanece en el centro. Es quizás éste el que representa mejor esa sociedad polaca que calla, que acepta las algaradas de la extrema derecha, que mira hacia otro lado aunque esté siendo sometida. Dentro de su locura, de los excesos a veces insoportables de un trabajo de dirección caótico que pierde el control de sí mismo y de sus personajes, la película encuentra cierto equilibrio entre la exageración formal y la reflexiva mirada política. Pero resulta más interesante la propuesta cuando se toma un descanso, cuando el homenaje al padre, director de cine, se hace presente en el alter ego de Andrzej Żuławski, cuando los carteles de sus películas cubren las paredes del hogar, sus premios están en las repisas y su obra maestra La posesión (Andrzej Żuławski, 1982) es representada diegéticamente. 

Muros y Fronteras

Por su parte, Motherland (Tomas Vengris, 2019) habla sobre un regreso, el de una mujer que huyó de la antigua Unión Soviética y que vuelve a su hogar con su hijo en 1992, cuando se produjo el colapso económico del país. Su intención es recuperar la tierra de la que fueron expulsados sus padres por soldados rusos, que los enviaron a campos de trabajo de los que nunca volvieron, mientras ella, aún niña, se escondía en un granero. Pero la dura realidad de los que pensaban que con la debacle de la Unión Soviética las posesiones iban a volver a sus dueños es otra. Porque las tierras  ya tienen nuevos habitantes. Esta producción lituana reflexiona sobre esa visión idílica que tiene el principal protagonista, Kovas, el niño nacido en Estados Unidos del que su madre le ha contado maravillas sobre la vida tranquila en medio de la naturaleza. Pero lo que se encuentra es un país roto, pobre, gris y rodeado de belleza natural, ciertamente, pero en la que se esconden sentimientos de venganza y de violencia. 



Es interesante la mirada desde el punto de vista del niño (escuchamos las conversaciones de los adultos solo desde la distancia). Pero este distanciamiento es también del espectador, nos identificamos con el niño como observadores foráneos, y al mismo tiempo le resta cierta efectividad emocional a la película. Una historia en la que hay pocas sorpresas, por no decir ninguna, rodada con solvencia, con primeros planos que expresan la confusión y esa sensación de aislamiento que tiene el protagonista.



Atlàntida Film Fest se puede ver en Filmin hasta el 27 de agosto.

Canino, The trial y La posesión se pueden ver en Filmin.




20 agosto, 2020

John Williams en Viena: La música de cine regresa a sus raíces

Finalmente se ha editado la grabación de los conciertos que John Williams ofreció el pasado mes de enero en la Wiener Musikverein, dirigiendo a la Wiener Philharmoniker en su sede, algo insólito hasta ese momento en el templo de la música clásica. Deutsche Grammophon, por supuesto, no podía perder la oportunidad de convertir este hito en una operación de márketing, y de paso contentar a los miles de aficionados que no tuvimos la oportunidad de asistir a estos conciertos difícilmente repetibles (aunque John Williams afirmaba en posteriores entrevistas que le encantaría regresar). La edición en Blu-Ray del concierto incluye en su versión Deluxe el CD, lo cual es relevante: no se trata de un CD acompañado de una edición en Blu-Ray, sino al contrario. Lo que deja patente la importancia de las imágenes, de esa plasmación de un acontecimiento histórico. 

Podemos decir sin temor a equivocarnos que estamos ante el lanzamiento más importante de las últimas décadas en cuanto a música de cine. Primero porque no existen, curiosamente, demasiadas grabaciones de John Williams dirigiendo una orquesta, a pesar de su prolífica actividad concertística. Segundo, por ese aterrizaje de la música de cine en la Wiener Musikverein y en el repertorio de la Filarmónica de Viena, no especialmente abierto a composiciones contemporáneas en general y desde luego, de música cinematográfica. Se dice incluso que, cuando se anunciaron los conciertos que se iban a celebrar en 2018 (y que se cancelaron debido a una gripe del compositor), las opiniones en el seno de la Filarmónica eran dispares en cuanto a abrirse a esta posibilidad. Y ni qué decir tiene que los sectores tradicionales de la crítica musical vieneses lanzaron el grito en el cielo.

© Terry Link, 2020
Pero se trata también de un regreso de la música de cine a sus raíces. Porque algunos de los grandes compositores de bandas sonoras de la época dorada de Hollywood provenían del Imperio Austro-húngaro: Max Steiner, Erich Wolfgang Korngold o Miklós Rózsa. Y John Williams fue uno de los introductores en los años setenta de una recuperación de la tradición sinfónica de la música de cine bebiendo de las fuentes musicales de estos grandes creadores. Por tanto, es quizás el músico más adecuado para abrir las puertas de la impracticable Wiener Musikverein a las bandas sonoras. 

Hay algunas crónicas espléndidas de estos dos conciertos, entre las que recomendamos la muy minuciosa que realiza Marian Schedenig en la web Celluloid Tunes. Pero nuestro análisis en este caso se limita a la grabación en directo y a la edición en audio en CD y en plataformas digitales. En cierto sentido, se trata de la culminación lógica de una serie de ediciones que ha venido realizando Deutsche Grammophon en estos dos últimos años: Celebrating John Williams (2019), con Gustavo Dudamel dirigiendo a Los Angeles Philharmonic Orchestra en el Walt Disney Concert Hall, es una recopilación muy detallada de los temas más conocidos de la carrera de John Williams, bajo la dirección del que es posiblemente uno de los mejores directores de orquesta del momento, el venezolano Gustavo Dudamel, que sabe extraer toda la espectacularidad a la música de John Williams. 

Across the stars (2019) es la edición discográfica de la violinista alemana Anne-Sophie Mutter que recoge arreglos realizados por el propio John Williams de algunas de sus bandas sonoras. Personalmente, no soy muy fanático de las interpretaciones que realiza la violinista, demasiado recargadas, con cierta tendencia al exhibicionismo. Si comparamos sus versiones de Un horizonte muy lejano (Ron Howard, 1992) o Sabrina (Sydney Pollack, 1995) con las que podemos escuchar a cargo de Itzhak Perlman en el álbum Cinema Serenade (1997, Sony Classical), las de éste son mucho más limpias y mucho más fieles. Por eso la relevancia de Anne-Sophie Mutter (convertida en una especie de fan que postea en redes sociales todos sus encuentros con el compositor) en un acontecimiento como el concierto de Viena resulta algo innecesaria, pero quizás impuesta por las reglas del merchandising. 

Posiblemente por la proximidad de la edición discográfica de Across the stars (2019, Deutsche Grammophon) casi todas las piezas interpretadas por la violinista han desaparecido de la edición discográfica (aunque están presentes en la edición Deluxe), quedando tan solo el tema "Devil's dance" de la película Las brujas de Eastwick (George Miller, 1987), que no se incluye de hecho en Across the stars, y que por tanto se convierte en un complemento añadido a aquella. 

© Terry Link, 2020

La edición de John Williams in Vienna (2020) es una buena noticia para los aficionados a las bandas sonoras, porque de esta forma la música de cine recupera su relevancia en el horizonte de la música sinfónica. También es cierto que la música cinematográfica se ha relegado a sí misma a una suerte de ostracismo en los últimos años, reconvirtiendo los conciertos en acontecimientos que buscan una popularidad más a través de sus referencias cinematográficas, y dejando a la propia música en segundo plano. Así, encontramos "conciertos popurrí" en los que se mezclan todo tipo de bandas sonoras sin demasiada cohesión; festivales de música de cine que utilizan un presentador para dar paso a cada bloque musical; o esa terrible moda de incluir una pantalla en la que se proyectan imágenes arbitrarias de las películas mientras la orquesta interpreta su banda sonora. Esto seguramente ha ayudado a llevar a los espectadores a los conciertos, pero no ha contribuido a que la música de cine reciba la consideración de "música seria" que merece. 

© Deutsche Grammophon, 2020

Pero la presencia de John Williams en la catedral de la música clásica nos devuelve la música de cine en concierto en su forma precisa, como uno de los hitos fundamentales de la música contemporánea. La interpretación de la Wiener Philharmoniker es magnífica, aunque hubiera que repetir algunos temas después del concierto para la grabación, que tiene un sonido espléndido, adaptado al formato Dolby Atmos. Entre los temas más destacados por la excelencia de su interpretación podemos citar "The fight of Neverland" de la película Hook (Steven Spielberg, 1991), un comienzo memorable que nos introduce con su romántico sinfonismo en una aventura de casi dos horas. También "Adventures on Earth" de E.T. El extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), con ese diálogo entre las secciones de viento y cuerda que resulta complicado en su ejecución. Y el "Theme" de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), majestuoso, o la belleza de "Marion's Theme" de En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1982). Y por supuesto los dos últimos bises de los cuatro que se interpretaron: "Raider's March" e "Imperial March", de El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980), que según cuentan fue una petición expresa de los miembros de la sección de viento de la orquesta. 

John Williams in Vienna es sin duda la edición más relevante en la música de cine que se editado en los últimos años.  

© Terry Link, 2020





19 agosto, 2020

Sheffield Doc/Fest: Reconstruyendo músicas

El Festival de Documentales de Sheffield tiene una sección específica dedicada a aquellas producciones en las que confluyen la música con otras artes. Rhyme and Rhythm incluye una veintena de documentales que no están dedicados específicamente solo a la música, sino que reflexionan sobre la relación que las diferentes manifestaciones artísticas tienen entre sí. Hemos comentado ya algunas de estas películas en crónicas anteriores, por lo que nos dedicaremos en ésta a comentar algunos títulos destacados que tienen al mundo de la música como protagonista. Son documentales que ofrecen una visión más compleja de la representación musical, mucho menos tópica que la de los documentales tradicionales que se suelen estrenar en plataformas digitales. 

Una mirada íntima es la que ofrece la película Faith i Branko (Catherine Harte, 2020), estreno mundial en Sheffield que, más allá de la propia condición musical de sus protagonistas, cuenta una historia de amor que la directora ha rodado durante siete años. Esa es una de las virtudes de esta película, la capacidad de haber captado una mirada profundamente íntima de los dos protagonistas, mucho más que lo que resulta habitual en este tipo de producciones. La historia prácticamente comienza desde el momento en el que se conocen. En 2011 Faith, acordeonista inglesa, decide viajar a los Balcanes a empaparse de los ritmos de las comunidades gitanas, y allí conoce a Branko, violinista romaní que enseguida la seduce con su música pero también con ese aire entre ingenuo y divertido, y con el espíritu de comunidad de su familia. Son dos mundos completamente diferentes, pero que conectan desde el principio. 


A partir de ahí, la directora nos ofrece una historia que podría ser de ficción, una crónica del amor y el desamor desde su colaboración musical que pronto se convierte en relación personal y matrimonio. Es un trabajo minucioso de reconstrucción de cientos de horas de grabación a lo largo de siete años. Faith i Branko formaron un dúo musical que publicó su primer álbum jace cuatro años, Gypsy lover (2016, Riverboat Records). El traslado de Branko desde su pequeño pueblo en los Balcanes hasta Inglaterra es, al principio, emocionante, pero poco a poco se acaba convirtiendo en decepcionante. Y estos momentos de familiaridad, en los que también hay espacio para la infidelidad, se convierten en los mejores logros de este documental, quizás la visión más intimista que hemos visto en cine de una pareja musical. Es cierto que la directora se retrae algo a la hora de mostrar el machismo de la comunidad romaní, dulcificando también los problemas mentales que tienen algunos miembros de la familia de Branko, lo que resta eficacia al conjunto. Pero es un trabajo notable que va más allá del simple retrato musical. 

Por terrenos más convencionales se mueve Elder's corner (Siji Awoyinka, 2020), un proyecto en el que el director, nigeriano nacido en Londres, reúne a parte de los supervivientes de una época gloriosa de la música africana, a pesar de la intensa historia que ha vivido su país de origen en las últimas décadas: desde la colonización de los 60 hasta la guerra civil en los 70. Nigeria es un país inestable en el que nunca ha sido fácil expresarse a través de la música, ni siquiera ahora: hace unos días un tribunal musulmán en el Norte de Nigeria condenaba a un cantante a la horca por el contenido "blasfemo" de una de sus canciones. Por tanto, esta repaso a algunos de los representantes de la música nigeriana de hace varias décadas, que fue el germen del popular afrobeat, es plenamente actual. Y necesario, porque ellos son supervivientes ya ancianos que van desapareciendo lentamente: el trompetista EC Arinze falleció a los 82 años en 2015, el baterista Tony Allen murió a los 70 años el pasado mes de abril. Interesante desde el punto de vista musical, el documental sin embargo utiliza un camino convencional de entrevistas mezcladas con música e imágenes de archivo. Es un trabajo de arqueología musical más destacado en su contenido que en su forma. 

También desde su veteranía nos habla la pianista argentina Margarita Fernández en el espléndido documental Medium (Edgardo Cozarinsky, 2020), que se presentó en el pasado Festival de Berlín y ahora forma parte de la programación de Sheffield Doc/Fest. A sus 93 años, Margarita Fernández es una figura especialmente conocida en los círculos culturales argentinos, aunque para nosotros la principal referencia es su participación, interpretándose a sí misma, en la película La vendedora de fósforos (Alejo Moguillansky, 2017). Pero este documental es, sobre todo, una celebración de la música, de la sutil delicadeza de unas manos ya ajadas sobre las teclas de un piano. Por eso el director lo primero que muestra para captar la atención del espectador es una imagen de Margarita Fernández tocando una pieza de su admirado Johannes Brahms. Y lo consigue. Así pasan los primeros diez minutos de la película, y ya nos tiene atrapados. El siguiente plano, tras el título, es una imagen de la pianista casi centenaria sentada bajo un árbol que suponemos debe ser más que centenario.


A partir de ahí, el documental nos ofrece un retrato íntimo, delicado, en cierto modo algo triste, sobre la tercera edad enfrentada a sus recuerdos. Y poco a poco vamos viendo algunos de los logros artísticos de la pianista, sus trabajos experimentales o su participación en la obra conceptual La pieza de Franz (Alberto Fischerman, 1973). Se habla mucho de arte, de Brahms, de Debussy, de su admiración por Verdi a partir del descubrimiento de su ópera "Simon Boccanegra"..., también de cine, como sus recuerdos sobre La reina Cristina de Suecia (Rouben Mamoulian, 1933): "Siempre recuerdo una escena de esa película. La escena en que la reina reflexiona sobre su abdicación. Para mí, Greta Garbo parecía caminar sobre el agua". Se habla poco de política, de dictadura (quizás por no desviar la atención). Es un documental que se construye en torno a la protagonista, y que reflexiona sobre la expresión artística, que a veces lleva a la ausencia: "Estuve más de diez años sin acercarme al piano, transitando caminos que me llevaban a la música por otros puntos. En ese tiempo estudié alemán, escribí una reflexión sobre el comportamiento actoral de Greta Garbo, hice arroz con leche y flan de ocho huevos con fondo quemado para mi marido". La película es un hermoso diálogo entre la música y las palabras.

The Vasulka effect (Hrafnhildur Gunnarsdóttir, 2019) también es un documental sobre el arte y sus intersecciones, a través de las figuras de Steina y Woody Vasulka, un matrimonio formado por una islandesa y un checo que se conocieron en Praga y se trasladaron a Nueva York, donde iniciaron una trayectoria como pioneros del viodeoarte. Ellos fueron los artífices de un espacio artístico llamado The Kitchen que se convirtió en el lugar de encuentro de la eclosión artística de Nueva York en los años sesenta y setenta: allí dieron sus primeros conciertos Talking Heads, Beastie Boys o Laurie Anderson, allí realizó sus primeras exposiciones Robert Mapplethorpe cuando nadie quería mostrar sus obras. Sin embargo los Vasulkas estuvieron siempre en un plano secundario. 


Comenta la directora islandesa Hrafnhildur Gunnarsdóttir que, cuando comenzó su documental, encontró al matrimonio sin demasiados recursos económicos, y asistió a lo largo de varios años a la recuperación de su trabajo, cuando en Reikiavik les dedicaron una exposición retrospectiva que tuvo mucha resonancia internacional, y que les llevó a ser reconocidos también en Praga y en otras ciudades del mundo (en España se recuerda su visita a LOOP 2017, el Festival de la Imagen de Barcelona). A través de los ingentes archivos visuales de la pareja, la película ofrece la memoria artística de una época de explosión artística, y ayuda a reconocer el trabajo de difusión que realizaron, concluyendo con una mirada optimista. Aunque Woody Vasulka falleció el pasado mes de diciembre, al menos asistió en sus últimos años a la recuperación de su papel fundamental en esta eclosión. 

Esta ausencia de reconocimiento también está presente en King Rocker (Michael Cumming, 2020), que está dedicado a Robert Lloyd, líder de dos bandas de rock, The Prefect y The Nightingales que, a pesar de llevar actuando desde hace más de cuatro décadas, nunca ha tenido el reconocimiento de las listas de éxito. Este mismo año The Nightingales ha publicado su último álbum, Four against fate (2020, Tiny Global Productions). El conductor del documental es el cómico inglés Stewart Lee, también guionista, que básicamente se centra en una serie de encuentros informales con Robert Lloyd. En este sentido, la película se plantea como una especie de cara B de los habituales rockumentaries dedicados a la trayectoria de grandes bandas musicales. Pero aquí se nos ofrece la visión del fracaso, o al menos de la falta de reconocimiento, aderezada con el sentido del humor que despliegan los dos protagonistas, Stewart Lee y Robert Lloyd. Es un documental construido con ironía, pero al que le falta algo de profundidad. Parece más un divertimento que pretende trasladarnos la afición del cómico por el trabajo del músico, y se queda a medio camino sepultado bajo su efecto humorístico. 


Hasta Cuba nos lleva el cortometraje Uproar (Moe Najati, 2020), que se centra en una formación de mujeres llamadas Rumba Morena que tocan las percusiones en una sociedad en la que tradicionalmente la mujer tiene poco acceso a la música como artista. Imbuida por una mezcla de religiones, se concreta la particularidad de que los cubanos son casi los únicos en el mundo que pueden practicar varias religiones al mismo tiempo, siendo cristianos pero a la vez adorando a diferentes divinidades de origen africano como Obatalá, Babalú o Changó. Esta conexión con la religión precisamente es la que provoca ciertas creencias machistas, como la sociedad secreta Abakuá, a la que solamente pueden pertenecer hombres heterosexuales. También se dice que la mujer resta fuerza al tambor, que le extrae todo su poder musical. En medio de estas creencias, Rumba Morena se conforma como una formación que desafían esta tradición que relega lo no-masculino a la mera contemplación. Uproar se nos presenta como un documental que utiliza con inteligencia la música para hablar de un sentimiento profundo de machismo que se mantiene en determinados sectores de la sociedad cubana. 

Por último, Universe (Sam Osborn, Nicholas Capezzera, 2020) tiene como punto de partida una anécdota para construir el perfil sobre uno de los músicos más importantes del jazz, el trompetista Wallace Rooney (que falleció el pasado mes de marzo por complicaciones derivadas del COVID19). El documental se centra en los ensayos para un concierto que recuperaba una partitura inédita, "The Universe Compositions", escrita por Wayne Shorter para Miles Davis Quintet que nunca se interpretó porque la formación se separó. En 2017 la partitura fue recuperada con la intención de estrenarla finalmente sobre un escenario, con Wallace Rooney, que fue el protegido de Miles Davis durante años, como solista. 


Durante mucho tiempo, la sombra de Miles Davis ha perseguido a Wallace Rooney, al que cierta parte de la crítica consideraba un imitador, especialmente cuando las discográficas se empeñaron en impulsar su carrera tras la muerte del genio del jazz. El mismo Rooney confiesa en el documental que las compañías le llamaban, más que por su calidad como trompetista, por su conexión con Miles Davis. Hasta que demostró una personalidad propia que la crítica finalmente reconoció. Rodado en blanco y negro, que da al documental un efecto de clasicismo (con algunas inserciones en color cuando se muestran las portadas de los discos), Universe es básicamente un retrato íntimo y ciertamente logrado de una generación de músicos de jazz que revolucionaron el género. Al final, la figura de Miles Davis está ahí, siempre presente, pero es el propio Wallace Rooney el que cuenta anécdotas sobre él con admiración. Lo único que se echa de menos en el documental es la presencia de más música, y acaba siendo algo frustrante que, cuando se pasan casi 80 minutos hablando de "The Universe Compositions", no escuchemos nada del concierto.  




17 agosto, 2020

Atlàntida Film Fest: Abusos en una sociedad moderna

Hay diferentes formas de abuso. Es una circunstancia casi inherente al ser humano utilizar su posición privilegiada para conseguir de otros lo que necesita. Y en una sociedad en la que resulta difícil un avance en la escala social, estos abusos se convierten a veces en instrumentos de supervivencia. Hay otros abusos que tienen que ver con la satisfacción personal, pero tienen también esa condición de superioridad. La programación de Atlàntida Film Fest incluye bastantes películas que tratan, de una forma central o secundaria, la lacra de los abusos. Repasamos algunas de las más significativas.

En Dirty God (Sacha Polak, 2019) la protagonista ha sufrido la violencia de su expareja, que le ha arrojado ácido en la cara, una práctica que ha aumentado en los últimos años (en México, por ejemplo, los ataques con ácido no son delito). Las consecuencias del ataque sufrido han dejado evidentes secuelas físicas, pero sobre todo psicológicas y emocionales en la protagonista. La película se acerca por tanto a esta realidad desde la necesidad de la víctima de rehacer una vida que en cierta manera está deshecha por la violencia. Y para ello la directora desgrana una serie de circunstancias a las que se tiene que enfrentar: desde el rechazo de su hija pequeña hasta la necesidad de encontrar un nuevo camino en su sexualidad.


Hay también una cierta inmadurez en la protagonista, bien interpretada por la debutante Vicky Knight, cuyas cicatrices provocadas por un incendio cuando era niña conectan a su personaje con la realidad del cuerpo lesionado. En este sentido, se trata de una película que no habla específicamente de una situación de abuso, sino que eleva su mirada más allá del hecho concreto, y nos hace reflexionar sobre una sociedad obsesionada con la imagen. Pero en ese retrato de la herida psicológica que provoca el abuso, las guionistas Susie Farrell y Sacha Polak cargan demasiado las tintas en el camino trágico del personaje, sólo para terminar construyendo una conclusión más o menos esperanzadora.

El abuso al que están sometidas muchas mujeres es parte del mensaje que transmite la película colectiva Force of habit (Reetta Aalto, Alli Haapasalo, Anna Paavilainen, Kirsikka Saari, Miia Tervo, Elli Toivoniemi, Jenni Toivoniemi, 2019), que forma parte de un proyecto más amplio, One-Off Incident Project, una propuesta finlandesa que pretende hablar sobre las situaciones de abuso invisible a las que se enfrentan las mujeres todos los días. El proyecto está compuesto por una serie de cortometrajes, el largometraje que funciona como antología de estas historias cortas y una campaña de información. Como parte de él, esta película reúne los cortometrajes dirigidos por siete directoras, pero no se limita a acoplarlos como conjunto, sino que ofrece una representación de historias diversas que se van alternando, e incluso con escenas rodadas posteriormente para funcionar como nexos de unión. 


Dentro de la irregularidad de este tipo de propuestas, lo que plantean las historias es francamente preocupante: son relatos sobre una joven abusada silenciosamente en un autobús, sobre una mujer que es manoseada en un restaurante, sobre una amistad quebrada por el deseo sexual, sobre un abusador laboral, sobre una escena de violación innecesaria en un ensayo teatral... En todo caso, es más interesante el planteamiento que el resultado final, pero lo que realmente produce incomodidad no son solo las situaciones concretas, sino la pasividad de los que las rodean. Esta laxitud de una sociedad indolente frente a situaciones de abuso es lo que resulta alarmante. 

Una de las películas más interesantes de la programación del Atlàntida Film Fest proviene de Estonia. Scandinavian silence (Martti Helde, 2019) es una historia que está narrada con inteligencia, que encuentra en ese silencio del título, y en los paisajes nevados, solitarios, envueltos en un blanco que contrasta con la negrura del argumento, su principal capacidad para envolver al espectador. Como en el cortometraje Je te tiens (Sergio Caballero, 2019), el único escenario es el interior de un vehículo en el que viajan dos hermanos, uno de ellos recién salido de la cárcel por haber matado a su padre. A través de conversaciones que establecen un diálogo por separado, a través de monólogos que van desvelando los secretos de esta historia, el director nos muestra dos puntos de vista y una tercera vía que se sostiene en el silencio, pero que es quizás la más expresiva.


Los planos cenitales sobrevuelan los paisajes nevados: "Siento que nuestros padres nos están observando desde arriba", y esa losa emocional que provocan los progenitores, deja entrever situaciones de inquietud que han acabado desembocando en este viaje a ninguna parte. "...Sólo veo árboles negros. Árboles negros sobre un fondo blanco". La fotografía en blanco y negro, hermosa y al mismo tiempo llena de rincones oscuros, y el uso del color, espléndido, son instrumentos de expresividad intensos. El director maneja la información con sutileza, con un sentido del suspense que no necesita malabarismos visuales, aunque se vaya conformando a través de un juego de puntos de vista que van desgranando la historia como las piezas de una matrioska. Y esta repetición en tres movimientos se convierte en una sinfonía cinematográfica que nos seduce como espectadores. 

En Les éblouis (Sarah Suco, 2019) se plantea el abuso psicológico que impone una comunidad religiosa cerrada a una familia cuyos padres son lentamente abducidos. Esa sensación de falsa alegría que se vive en el interior de la comunidad esconde, sin embargo, una sutil captación que hace que las vidas de los componentes de esta familia sean cada vez más dependientes de la secta, pero encuentra un atisbo de rebeldía en la niña protagonista y su hermano pequeño, resistentes a ser moldeados bajo la amenaza de la condenación. La directora, la actriz Sarah Suco, que realiza su debut en el largometraje, propone una historia semi-autobiográfica, porque ella vivió realmente en una comunidad religiosa de similares características. 


Quizás por eso hay que tomar con cierta indulgencia el discutible camino que toma la historia en la segunda parte (no sabemos hasta qué punto ese camino corresponde con la realidad que vivió la directora, y por tanto está plenamente justificado). En todo caso, es una vía argumental fácil para terminar de condenar las prácticas de la secta. Porque resulta mucho más aterrador ese progresivo lavado de cerebro que se va ejerciendo sobre la madre, aislada por una infancia difícil, y el padre, seguidor ciego de los consejos de su esposa. La rebeldía de la niña es, también, una rebeldía de la conciencia, una rebeldía de la inteligencia. Y es en esos momentos en los que se logra una película realmente certera en su mirada a la violación psicológica de los extremismos.

El tema del abuso sexual es directamente tratado en La melodía del silencio (Zoltán Nagy, 2019), otro debut en el que el director húngaro plantea un acercamiento que tiene cierta ambigüedad. La confesión de una joven violonchelista a un compañero sobre los acercamientos poco apropiados de su profesor de música, será el punto de partida para el cultivo de ciertas dudas sobre la popular "amabilidad" del docente. Es un planteamiento parecido al intenso drama danés Accused (Jacob Thuesen, 2005), pero en aquella ocasión resultaba mucho más verosímil. El problema de esta ambigüedad planteada por la película es principalmente una escena en la que se nos muestra un cierto doble sentido en la actitud de la víctima, lo cual es discutible y hasta peligroso. Porque en el sentimiento de ser abusado no existe ningún tipo de ambigüedad. 


El cortometraje español Dona (Marga Melià, 2020) habla del silencio. La protagonista es una mujer que rompe su silencio por primera vez ante el doctor de la residencia en la que se encuentra. Esa ruptura es una catarsis emocional, y al mismo tiempo la confesión de una complicidad que ha permanecido durante años. Una complicidad que también tiene que ver con la dependencia (años después de su muerte, ella sigue preparando el plato preferido de su esposo). Es también la historia de las víctimas y de su silencio. Aunque resulta una visión algo dramática y artificial de la condición de mujer, abocada a la tragedia, se trata de una historia que habla de la pasividad, de la mirada a un lado que al final es parte del problema. 

En Let there be light (Mark Škop, 2019), ganador de una Mención Especial y el Premio al Mejor Actor en Karlovy Vary 2019 y seleccionado por Eslovaquia como su representante para los Oscar 2019, la figura del abusador es al mismo tiempo también una víctima. En este caso, un padre (perfecta transformación emocional del actor Milan Ondrik) regresa de Alemania donde ha estado trabajando para encontrarse con un hogar en el que el caldo de cultivo del extremismo comienza a asentarse. Su actitud optimista se oscurece cuando un joven se suicida por los abusos a los que es sometido debido a su supuesta condición de homosexual. Y su hijo mayor parece tener alguna relación con este maltrato. 


Es interesante el reflejo que muestra la película de una sociedad enferma, sometida a la ley del más fuerte, obsesionada con la tiranía de la guerra aunque no haya guerra. El padre esconde también, dentro de ese optimismo ennegrecido por la tragedia, una cierta adoración de la violencia, que se nos representa en su colección de armas de fuego. Y de esta forma es también la violencia la que parece ser el único instrumento para resolver los problemas. Es un poco pavoroso el retrato de la indiferencia, de la justificación de los daños colaterales, de la condenación del que no comulga con el despotismo. Y resulta interesante la confrontación entre los dos padres, el del posible abusador y el de la víctima, que por otro lado parece más interesado en saber si su hijo era realmente gay.  

También se centra en el abusador la película Tench (Patrice Toye, 2019), un retrato sin concesiones, que nos presenta el perfil psicológico de un joven pedófilo que, tras salir de la cárcel, inicia un proceso de adaptación a la sociedad. Se trata de una inteligente traslación al cine de una novela escrita por la psicóloga forense Inge Schilperoord en torno a un personaje atormentado por sus propios deseos. Porque un libro se puede permitir trasladar los pensamientos del protagonista, pero la película adopta una posición más distanciada. La ambivalencia de este personaje es una de las claves de la excelencia de esta película.


El pez del título, la tenca, representa ese lado bondadoso, su capacidad para empatizar con un ser vivo y evitar su muerte. La niña, por el otro lado, es su tentación, el acceso a un deseo prohibido. La escena del lago tiene algo de Frankenstein, que transmite al mismo tiempo un sentimiento de empatía, pero también una amenaza constante. Y en cierto modo, desde el momento en que establece una relación con su compañera de trabajo, una persona adulta como él, nos damos cuenta de que su intento de transformación es inútil. La película consigue introducirnos en la psicología de un personaje difícil (espléndido también el trabajo del actor Tijmen Govaerts) sin necesidad de verbalizar, sólo con una mirada sutil. 



Atlàntida Film Fest se puede ver en Filmin hasta el 27 de agosto.