15 febrero, 2022

Rotterdam 2022 - Parte 10: Miradas asiáticas

Esta semana repasamos las últimas películas visionadas en el Festival de Rotterdam, en tres crónicas con las que finalizamos nuestra cobertura de un certamen que tiene previsto en los próximos meses celebrar una edición presencial para el público que no ha podido acceder a los títulos seleccionados. Nuestro objetivo está puesto hoy principalmente en algunas de las producciones asiáticas que han formado parte de esta programación, y que ofrecen una visión muy particular de sociedades con visiones particulares del mundo y de la vida. 

BRIGHT FUTURE

Aunque la llegada de la pandemia fue aprovechada por el gobierno chino para estrangular más (prácticamente erradicar) las protestas en Hong-Kong en contra de la imposición de un sistema político y social que no concuerda con la personalidad de una isla eternamente colonizada, afortunadamente siguen llegando a los festivales de cine retratos de esa realidad oprimida que hemos ido conociendo principalmente a través de películas y cortometrajes dirigidos por los mismos estudiantes que han participado en las protestas, convertidos con el paso de los años en cineastas con ambiciones mayores. Es el caso de Chan Tze-woon (1987, Hong-Kong), que comenzó a filmar hace casi diez años, estrenando cortometrajes sobre las protestas como The aqueous truth (Chan Tze-woon, 2013) y consiguiendo su mayor relevancia con el documental Yellowing (Chan Tze-woon, 2016), que retrataba el Movimiento de los Paraguas surgido en 2014 entre los estudiantes, muchos de ellos sometidos en años posteriores a acoso y detenciones por parte del gobierno chino. Blue island (Chan Tze-woon, 2022) es su última película, que ofrece de nuevo una retrospectiva de la evolución de estos movimientos hasta las manifestaciones más recientes, las de 2019-2020 en contra de una propuesta de Ley de extradición a China de delincuentes y fugitivos que pretendía imponer el Consejo de gobierno de Hong-Kong, y que abría la posibilidad de someter a la excolonia británica al sistema legal chino. Las protestas consiguieron que la enmienda de ley fuera retirada, pero también consolidaron la desobediencia civil como un método de presión política. 


La película fue apoyada el año pasado con el Lightdox Award en el festival Visions du Réel, un premio de la Industria a documentales en desarrollo, y está presente estos días en el European Film Market del Festival de Berlín. Chan Tze-woon aborda este nuevo movimiento de protestas planteando una reflexión sobre la historia de Hong-Kong y su relación con China, y muestra una mayor madurez en cuanto a la representación cinematográfica, mezclando las imágenes documentales con recreaciones históricas. La intención es establecer el pasado de los movimientos civiles como un referente político que ha ido conformando la personalidad de sus habitantes: desde los disturbios de 1967 en Hong-Kong iniciados por disputas laborales en mitad de la Revolución Cultural en la China continental, hasta la brutal represión de las protestas que lideraron estudiantes chinos en la Plaza de Tiananmen en 1989. Para muchos hongkoneses, Tiananmen fue el punto de inflexión sobre la desconfianza en que las autoridades chinas cumplieran su compromiso de respetar la independencia de la excolonia, y se suelen celebrar vigilias en conmemoración de los asesinados cada 4 de junio. 

Esta apertura de la representación de Hong-Kong a través de la mirada al pasado, que se establece en una estructura de cuatro partes, consigue una mirada más compleja sobre la realidad de estos movimientos civiles y estudiantiles, aunque quizá no termina de profundizar demasiado. El director sitúa a participantes reales de algunas de estos acontecimientos históricos en mitad de las recreaciones de ficción, y conforma un híbrido interesante entre lo ficcional y lo documental, planteando preguntas a los jóvenes sobre cuál es su idea de Hong-Kong, que siempre tiene relación con al anhelo de una independencia y una democracia reales. En los minutos finales, una serie de "retratos" de líderes y participantes en estas protestas muestran a jóvenes con condenas de prisión o a la espera de juicio, como representantes de una represión que continúa.  

La película coreana Kim Min-Young of the report card (Jae-eun Lee, Jisum Lim, 2021) propone una historia de crecimiento, que también conlleva distanciamiento en las amistades. Jeong-hee (Kim Ju-a), Min-young (Lim Jong-min) y San-na (Yoon Seo-young) han formado un Club de poesía mientras cultivan su amistad en el instituto, pero la próxima llegada de los exámenes de acceso a la Universidad requiere un esfuerzo de atención mayor y deciden disolverlo, lo que será el primer paso de un distanciamiento cada vez mayor. Construida como una comedia juvenil minimalista, la película establece una visión de la juventud enfrentada a la decisión más importante de su vida, cuando el siguiente paso es la continuación de los estudios en la Universidad, como establece la sociedad, o un camino más personal y menos acomodaticio. La diferencia de perspectivas futuras de cada una de las amigas provoca precisamente este distanciamiento que no solo es emocional, sino también físico. Mientras San-na consigue una plaza en Harvard, reflejo de la idealización de la trayectoria formativa de las jóvenes estudiantes, Min-young decide pedir la transferencia de su Universidad regional a Seúl porque considera que sus compañeros de clase son "demasiado coreanos". Y Jeong-hee, sin embargo, no tiene intención de seguir la continuidad que se le supone, y trabaja en un club de tenis mientras reflexiona sobre qué futuro le espera. Aunque las tres amigas intentan mantener el contacto a través de las redes sociales e incluso retomar el club de poesía, las diferencias horarias y las responsabilidades hacen cada vez más difícil esta tarea. 


Las directoras consiguen una comedia que se sostiene en el uso de planos estáticos que componen cierta ironía minimalista e incluso el desorden en la narración contribuye a mostrar la incertidumbre de Jeong-hee, en la que se centra más claramente la película, la única que no toma el camino dispuesto por la sociedad coreana y su sistema educativo, puestos en tela de juicio en el establecimiento de una existencia cuadriculada. Y será cuando Jeong-hee visite a su amiga en Seúl después de haber perdido el trabajo cuando el distanciamiento entre ambas demostrará que no se trata solo de una cuestión de separación física, sino de una profunda diferencia de mentalidad. Aunque Min-young se traslada a Seúl porque considera que tiene una perspectiva vital más abierta, en realidad el apartamento en el que vive es desordenado y aburrido, como su propia vida, y se embarca en una lucha por mejorar unas calificaciones con las que no está de acuerdo. Pero incluso aunque al principio parezca que existe una conexión entre las dos amigas, con las primeras salidas y algunos juegos recreativos, poco a poco se irán haciendo cada vez más monótonos. En este sentido, las dos directoras coreanas consiguen un retrato generacional muy certero, marcado por un tono de comedia que funciona bien en su toque de ironía, y que es especialmente notable en el trabajo interpretativo de Kim Ju-a y de Lim Jong-min, especialmente dotadas para dar a sus personajes un cierto aire ridículo, pero al mismo tiempo hacerlos entrañables. 

HARBOUR

La juventud japonesa es retratada en Let me hear it barefoot (Riho Kudo, 2021) a través de dos chicos que establecen una conexión especial. Naomi (Shion Sasaki) es tímido y tiene ciertas dificultades para relacionarse socialmente, incluso dentro de su propia familia, estableciendo un cierto distanciamiento con su padre (Masahiro Komoto). El encuentro con Maki (Shuri Suwa), que trabaja en una piscina a la que él acude asiduamente, consigue de él una actitud más relajada y confiada. Maki vive con su abuela Midori (Jun Fabuki), una mujer ciega que, cuando debe ser trasladada a un hospital, decide dejarle a su nieto el dinero de sus ahorros para que él recorra el mundo y le haga llegar a través de cintas de audio los sonidos de sus viajes. No hay mucha explicación sobre la razón por la que Midori hace este encargo, y tampoco por qué Maki decide no hacer el viaje, pero éste es el punto de partida que marcará la relación entre los dos jóvenes protagonistas. Porque Maki pide ayuda a Naomi, un aficionado a los aparatos electrónicos antiguos, para que recree junto a él los sonidos de lugares de todo el mundo para hacer creer a su abuela que realmente está viajando. Así, recrean la gruta azul de Capri en la piscina, los campos de trigo de Canadá pisando cintas de video VHS, las arenas del desierto de Marruecos utilizando una pequeña caja... y construyen historias ficticias para la abuela de Maki. Estas sesiones de foley en las que se embarcan los dos protagonistas, y que para Naomi también son una forma huir de ese mundo real en el que no consigue adaptarse, establecen una mirada muy poética que alimenta el interés de la película. 


La joven directora Riho Kudo (1995, Japón) aborda su segundo filme como una reflexión sobre la sociedad japonesa y la dificultad de establecer conexiones emocionales claras entre las personas. Especialmente cuando se intuye una atracción entre Naomi y Maki, más perseverante en este último, que se representa en miradas, gestos y acercamientos que nunca llegan a su objetivo. Esta representación del deseo solo se hace más física a través de juegos de peleas entre ambos (que se repiten más de lo necesario a lo largo de la película), en los que hay un contacto físico que de alguna manera diluye el deseo homosexual. Pero no parece que la directora tenga la intención de mostrar a los dos jóvenes como personajes de tendencia gay, sino que está más interesada en reflejar la represión de los sentimientos en la sociedad japonesa. Curiosamente, es precisamente este distanciamiento el que evita que la película establezca de una forma clara sus objetivos, tan tímida como Naomi en el desarrollo de la historia, que acaba siendo un bucle de repeticiones en las que no hay una evolución clara de los personajes, y que desemboca en un final demasiado melodramático y poco verosímil. 

La sociedad japonesa y su dificultad para expresarse emocionalmente también está retratada en la extraña pero atractiva propuesta francesa Petit ami parfait (Kaori Kinoshita, Alain Della Negra, 2022) que aborda las relaciones digitales frente a las relaciones reales, pero sobre todo la idealización de lo femenino desde un punto de vista masculino. Al principio de la película, que mezcla documental y ficción, un hombre anciano habla a la cámara sobre cómo ha tratado a las mujeres a lo largo de su vida. Para él la mujer es como un diamante, debe tratarse de forma delicada, pero también está obligada a ocupar un lugar determinado en la sociedad: "una mujer diamante debe obedecer al hombre", y confiesa que decidió divorciarse de su primera esposa porque ésta no cumplía con esta representación, claramente machista. Hay por tanto una visión idealizada desde la masculinidad de lo femenino como algo hermoso pero también sumiso. Esta introducción nos hace entender el resto de la película, y en cierto modo también nos presenta una sociedad que no ha cambiado demasiado, aunque ahora no se exprese de una forma evidente como antes. Cuando uno de los protagonistas acude a un club masculino en el que sobre el escenario canta y baila un grupo de chicas a las que se puede solicitar un beso o una caricia previo pago en una máquina expendedora, se está presentando también una sexualización (con tendencia pedófila dado el vestuario de las jóvenes) de las mujeres, una mercantilización del deseo masculino. 


La película se centra sin embargo en cuatro jóvenes que comienzan a jugar en sus Gameboys con un juego llamado Loveplus en el que la protagonista Rinko se convierte en su novia virtual, una especie de tamagotchi con forma de jovencita que requiere la atención constante del usuario, que debe convertirse en el "novio ideal" (Petit ami parfait). Incluso se establecen escenas surrealistas, como cuando uno de estos jóvenes pide una habitación doble en un hotel para él y su novia Rinko. Pero el mayor conflicto se produce entre dos novios adolescentes, porque la novia real siente que su chico está más pendiente de su novia virtual que de ella. El joven experimenta una doble vida, tratando de compaginar la atención a su amor digital y la relación real, pero a lo largo de la película parecen claras sus prioridades. En este sentido, la pareja de colaboradores formada por  Kaori Kinoshita (Japón, 1970) y Alain Della Negra (1975, Francia) explora los límites entre lo virtual y lo verídico, pero reflexionando también sobre la diferencia entre lo soñado y lo desvelado, entre lo irreal y lo real. Esta dicotomía se establece de forma más explícita cuando la novia real se introduce en una especie de pasaje del terror tematizado con representaciones sexuales (una ensoñación de los deseos), o cuando la propia novia digital hace una reflexión lúcida: "¿Nuestros sentimientos no son creados artificialmente por nuestro cerebro? ¿Y si nuestro cerebro estuviera soñando entonces? ¿Estamos despiertos o estamos dormidos?".  

El concepto de tiempo y las consecuencias del pasado en el presente es abordado en la producción tailandesa Anatomy of time (Jakrawal Nilthamrong, 2021), que participó en la sección Orizzonti de la Mostra de Venecia. A través de dos líneas de tiempo diferentes la narración fragmentada parecen los recuerdos de Meam (Thaveeratana Leelanuja), que ha estado cuidando a su marido, un oficial del ejército al que nunca se nombra (Sorabodee Changsiri), hasta su muerte. Cuando ella encuentra una antigua bala en su muslo, en un cuerpo herido por la guerra y magullado por la enfermedad, la acción nos sitúa en los años sesenta, en el momento en que este soldado (Wanlop Rungkumjad) recibió el disparo en las incursiones del ejército en la selva. A partir de ahí, la narrativa se descompone en diferentes momentos de la vida de Meam joven (Prapamonton Eiamchan), quien ayuda a su padre en una tienda de reparación de relojes en un conflictivo pasado marcado por la dictadura militar, las incursiones de las guerrillas comunistas y los enfrentamientos políticos violentos. Esta idea del tiempo está presente a lo largo de toda la película, no solo por este desdoblamiento del pasado y el presente, sino también por una cierta filosofía budista sobre las consecuencias de los actos que se cometen a lo largo de una vida, que marcan el camino por el que ésta se irá desarrollando. 


La propia representación de los militares y la corrupción se extrapone a generaciones posteriores, mostrada cuando una enfermera contratada para el cuidado del anciano moribundo, le susurra en el oído que espera que tenga una muerte larga y dolorosa. Antes de este momento, que parece de una crueldad extrema, hemos visto fragmentos de la vida del soldado como un general que sufre el desprecio de sus vecinos, insultado por la calle, chivo expiatorio de la violencia y la opresión que los militares han ejercido en Tailandia, leve reflejo del oficial despiadado que fue en su juventud. También hay una omnipresencia de la naturaleza como un elemento vital, representada en escenas que remarcan el realismo que el director quiere imprimir a la historia, siempre atento a la transformación natural que rodea a los personajes, un entorno en el que inevitablemente el paso del tiempo sigue haciendo cambiante. Una idea también de origen budista, que ha ido permaneciendo en un país en el que el pensamiento comunista no ha conseguido enraizarse. Jakrawal Nilthamrong (1977, Tailandia), que ha visitado en numerosas ocasiones el Festival de Rotterdam y ganó el Tiger Award con su debut, Vanishing point (Jakrawal Nilthamrong, 2015) se inspiró para el retrato de la anciana Meam, que mantiene una fidelidad absoluta al hombre al que eligió en su juventud, aunque haya poco rastro de amor en la última parte de sus vidas, en su propia madre, que estuvo cuidando durante años a su padre enfermo. La estructura fragmentada que elige Jakrawal Nilthamrong aporta un cierto aire reflexivo a la película, sin conseguir imbricar todas las líneas temporales de una forma que construya una narración fluida, pero las reflexiones sobre la opresión y las consecuencias de los actos en el intervalo de nuestras vidas ofrecen una perspectiva sutil que no es exactamente política. 

Aunque estrenada a través de la plataforma Amazon prime Video en julio de 2021, Mālik (Mahesh Narayanan, 2021) se ha convertido en uno de los títulos más relevantes del cine Malayalam de la India, hasta el punto de ser incluido en la programación del Festival de Rotterdam, lo que nos da una oportunidad para comentarla. La película sufrió varios retrasos en su intento por estrenarse en salas pero los diferentes confinamientos por la pandemia provocaron que, como en otros casos, Mālik tuviera un estreno online a través de la plataforma que más espacio dedica al cine de Bollywood, aunque en España Amazon Prime Video no hace ningún esfuerzo por subtitular al español estas producciones. El director Mahesh Narayanan (1982, India) es uno de los representantes del cine en lengua malabar, especialmente tras el gran éxito de su debut, Take-off (2017), y aborda ahora su segunda película, una espectacular producción de dos horas y media que tiene como protagonista a Ahammadali Suleiman (Fahadh Faasil), el líder de una comunidad pesquera que se dedica al contrabando y que se enfrenta a políticos y policías corruptos en su defensa de los habitantes de esa aldea. Su historia se cuenta también con una narración no lineal en la que se mezclan diferentes momentos en la vida del protagonista, desde que comienza a darse a conocer con ingeniosas estrategias para evitar a la guardia costera hasta su arresto, ya anciano. En todas las etapas está interpretado por Fahadh Faasil, que realiza un trabajo notable tanto en la representación de la juventud como de la vejez del personaje. Hay, por supuesto, en este retrato de la mafia, ciertos paralelismos con la trayectoria de Michael Corleone, y de hecho alguna escena recuerda a El Padrino: Parte II (Francis Coppola, 1974), pero la película tiene un tono marcadamente indio. 


La virtud del director, que se ha encargado también del guión y el montaje, consiste en construir una historia llena de épica que involucra diferentes géneros con precisión sin que se noten forzados: hay drama familiar, acción, violencia, escenas de masas, incluso alguna incursión en el cine de catástrofes naturales, pero están todos enfocados a la descripción de una corrupción que parece involucrar a todos los estamentos de poder, tanto la policía, como la política y la religión. Hay también una lectura interesante sobre la difícil convivencia entre la religión musulmana y la cristiana. Suleiman está casado con una cristiana, pero también es traicionado por su mejor amigo, David Christudas (Vinay Forrt), que considera que su influencia musulmana divide a la comunidad. El trabajo de dirección tiene momentos destacados en los que Mahesh Narayanan demuestra su control técnico, como en los dos largos planos secuencia que marcan destacados momentos de la película: el del inicio que nos introduce en el liderazgo del protagonista, y una secuencia de acción que parece inspirarse en Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006). Es, por tanto, una película que conjuga perfectamente temas complejos que representan bien a la sociedad india, con una tonalidad épica que también está reforzada por la banda sonora compuesta por Sushin Shyam, un trabajo sobresaliente que tiene esa omnipresencia habitual en el cine indio pero que encuentra siempre una perfecta integración con las épocas que retrata la película, mezclando una gran orquesta con instrumentos autóctonos en melodías como el espectacular tema coral Sulaiman's demise. 


Vanishing point se puede ver en Filmin. 
Mālik y Hijos de los hombres se pueden ver en Prime Video. 
El Padrino. Parte II se puede ver en HBO Max. 


13 febrero, 2022

Premios Goya 2022: Preguntas sin respuesta

La ceremonia de entrega de los Premios Goya se desplazó a Valencia como homenaje al Centenario de Luis García Berlanga y como celebración de una vuelta a la normalidad más deseada que real. Los premios se repartieron siguiendo la lógica de que la película con más nominaciones de la historia tenía que ser la ganadora de las categorías principales, aunque El buen patrón (Fernando León de Aranoa, 2021) solo consiguió seis de las veinte nominaciones. En este sentido, casi se podría considerar más fructífera la cosecha (parafraseando a José Sacristán) recogida por Las leyes de la frontera (Daniel Monzón, 2021), que logró cinco de las seis nominaciones a las que optaba. Por su parte, Maixabel (Icíar Bollaín, 2021) se confirmó como un película de intérpretes, logrando las tres nominaciones a los actores y actrices, aunque supo a poco entre sus catorce nominaciones, y Mediterráneo (Marcel Barrena, 2021) se conformó con tres galardones, mientras que Libertad (Clara Roquet, 2021) con sus dos premios Goya confirmó a su directora, ya forjada como guionista en películas como 10.000 kms. (Carlo Marquet-Marcel, 2014) y Petra (Jaime Rosales, 2018) como un nuevo valor cinematográfico.


Merecido el premio Goya para Zeltia Montes por El buen patrón (Fernando León de Aranoa, 2021), que es el primero que consigue porque la consolida como una de las abanderadas de la composición musical para cine en España, aunque sus intervenciones en las ceremonias de premios no han sido muy afortunadas este año. En los Goya recogió el premio muy nerviosa, pero supo elaborar un discurso reivindicativo destinado a aquellos productores que piden bandas sonoras de Hollywood con un presupuesto muy ajustado. Pero las nominaciones también han reconocido a otra compositora destacada como la senegalesa Fatima Al Qadiri que realiza un excelente trabajo en La abuela (Paco Plaza, 2021), aunque es su primera colaboración con el cine español. La compositora, por cierto, tiene una página web muy original que imita la carpeta del Finder: fatimaalqadiri.com. La ceremonia, dirigida por Dani de la Torre, responsable de películas como El desconocido (Dani de la Torre, 2015) o La sombra de la ley (Dani de la Torre, 2018) tuvo sus más y sus menos, decisiones poco acertadas y una duración que parece más larga de lo que realmente fue, y nos ha planteado algunas de las preguntas que nos hacemos a continuación: 

¿POR QUÉ...

...estuvo tan poco presente el recuerdo a Luis García Berlanga en una gala que se celebraba en Valencia como culminación del Centenario Berlanga? 

...se decidió prescindir de la figura de un presentador/a, sustituyéndolo por sketches poco afortunados?

...nadie corrigió la interrupción del saludo familiar al actor marroquí Tarik Rmili, curiosamente precedido de un sketch en el que se ironizaba sobre el mal trato que da el cine español a los actores y actrices racializados?

...en varios artículos aparecidos en medios de comunicación se habla de una ceremonia que llegó a las cuatro horas, cuando duró tres horas y cuarto (aunque parecía más larga)?

...se siguen empeñando muchos comentaristas en el ninguneo de la Academia del Cine Español a Pedro Almodóvar a raíz del vacío de Madres paralelas (Pedro Almodóvar, 2021) cuando con su anterior película, Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019) consiguió siete premios Goya?

...Agustín Almodóvar se queja este año del proceso de selección de la Academia de Cine para las películas que representan a España en los Oscar, y no en las siete ocasiones en las que Pedro Almodóvar ha sido seleccionado? De ellas, dos consiguieron nominación, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) y Dolor y gloria (2019) y una logró el Oscar, Todo sobre mi madre (1999). Las tres recibieron el Goya a Mejor Película.

...Las leyes de la frontera (Daniel Monzón, 2021) no consiguió nominaciones en las principales categorías como Mejor Película o Director, y sin embargo se le concedieron cinco de los seis Goya a los que estaba nominada? 

...la guionista Marta González de la Vega ironizaba sobre la escasa presencia de las comedias en las nominaciones justamente el año en el que El buen patrón, la película con mayor número de nominaciones de la historia, es una comedia (y además consiguió el Goya a Mejor Guión original)? ¿Quizás esperaba que la hubieran nominado por el guión de Padre no hay más que uno 2: La llegada de la suegra (Santiago Segura, 2021)?

...se habla tanto de los Oscar en los Premios Goya?

...se ha creado un Goya internacional y sin embargo no se potencia la presencia de los directores de las películas europeas e iberoamericanas en la gala? Este año estaban nominadas películas de cineastas tan destacados como Albert Dupontel, Maria Schrader, Thomas Vinterberg y Emerald Fennell.

...no recogió el Goya por La cordillera de los sueños (Patricio Guzmán, 2019) el director, uno de los nombres fundamentales del cine documental iberoamericano?

...se incluyen los fragmentos de las películas europeas nominadas en versión doblada?

...la canción de apertura interpretada por Jedet, Cristina Castaño y Bebe parecía que no se había ensayado?

...Joaquín Sabina se parece cada vez más a Bob Dylan?

....no se hace un mayor esfuerzo de los organizadores de la ceremonia para recordar a los premiados que la gala es, ante todo, un programa de televisión que debe evitar los agradecimientos interminables?

...la Academia no ha investigado las graves acusaciones que parte del equipo de producción de la película Valentina (2021), Goya a la Mejor Película de Animación, sobre las modificaciones realizadas en los créditos de la película por parte de Chelo Loureiro, atribuyéndose un trabajo de dirección que presuntamente no hizo? Estas acusaciones se hicieron públicas el 11 de febrero, un día antes de la gala, por lo que debería haber supuesto una descalificación de la película. 

...el homenajeado José Sacristán es capaz de elaborar un discurso corto y ameno, y sin embargo el presidente de la Academia de Cine, Mariano Barroso, no?

...da la impresión de que se le dio más relevancia al Goya especial a Cate Blanchett que al Goya de Honor a José Sacristán?

...los realizadores de TVE no enfocaron la cara de Pedro Sánchez cuando subió al escenario a recoger el Goya a Mejor Película Jaume Roures, amigo de Pablo Iglesias e independentista catalán? Esa expresión hubiera sido mejor que la de incredulidad cuando Verónica Echegui le pidió que viera su cortometraje Tótem Loba (Verónica Echegui, 2020). 

...no se potencia más la variedad lingüística española en este tipo de ceremonias? Fue uno de los aspectos más positivos de una gala en la que se habló euskera, gallego, valenciano y catalán. 

...nadie le dijo a Fernando León de Aranoa que se quitara la mascarilla cuando recogió el Goya a Mejor Director?

...la gala terminó con un anticlímax en vez de con un fin de fiesta?

...el cine español se olvida de las reivindicaciones políticas cuando no hay un gobierno de derechas? 

Resulta especialmente significativo que no se hiciera ninguna referencia a la falta de apoyo a la cultura después de un 2021 en el que la taquilla de las películas españolas llegó a mínimos históricos, con películas nominadas que han tenido carreras comerciales desastrosas: Mediterráneo (76.502 espectadores), Las leyes de la frontera (100.279 espectadores), aunque se ha recuperado con los visionados en la plataforma Netflix, Libertad (12.974 espectadores)... Solo El buen patrón ha superado los 500.000 espectadores y Maixabel casi los ha alcanzado, según la base de datos del ICAA (12/02/2022). Es más, las buenas audiencias de la ceremonia de los Goya, un 22,9% de cuota de pantalla (2.777.000 de espectadores), están solo un poco por debajo de las cuotas conseguidas por las ediciones de 2019 y 2020, presentadas por Silvia Abril y Andreu Buenafuente. La gala fue vista por más televidentes que la suma de los espectadores que han visto las cinco películas nominadas en la categoría principal. 

En este sentido, resulta más entretenida la ceremonia de entrega de los premios César del francés, que se celebrará este año el 25 de febrero, porque suele ser mucho más reivindicativa y este año especialmente, dada la nefasta política cultural de Emmanuel Macron, cuya iniciativa estrella el año pasado fue la entrega de 300€ a 825.000 adolescentes para que se lo gastaran en cultura, que al final acabaron destinando a comprar cómics, según publicaba The New York Times en su artículo France gave teenagers 350$ for culture. They're buying Comic Books. 

Aquí se pueden ver las películas ganadoras de los Premios Goya:


Madres paralelas se estrena el 18 de febrero en Netflix.
Tres (Mejor Sonido) se estrena el 4 de marzo en Filmin.

Mediterráneo, Maixabel, Valentina (Mejor Película de Animación), Quién lo impide (Mejor Documental) y Tótem Loba (Mejor Cortometraje Ficción) se pueden ver en Movistar+.
Las leyes de la frontera se puede ver en Netflix.
Mama (Mejor Cortometraje Documental) se puede ver en RTVE Play.



12 febrero, 2022

Rotterdam 2022 - Parte 9: Aislamiento

Este fin de semana concluye la segunda fase del Festival de Rotterdam con la clausura de los visionados para la prensa de las películas que forman parte de su programación. Las cifras recogidas en esta edición han consolidado un notable aumento de la prensa internacional acreditada, respecto a los números habituales cuando se ha celebrado de forma exclusivamente presencial. En el Informe de 2019-2020, la organización del festival registraba 331 periodistas, de los cuales 110 eran nacionales y 221 internacionales. En la edición online de 2020 esta cifra creció notablemente, con 508 periodistas de los cuales 80 eran nacionales y 462, más del doble, internacionales, mientras que en esta última edición, también online, las cifras han aumentado relativamente, con un total de 550 acreditados, 88 nacionales y 462 internacionales. Esta cifras demuestran el impacto que el formato online está teniendo en los festivales cinematográficos y por tanto la necesidad de una actualización de la perspectiva tradicional de estos como simples encuentros de autores. De alguna forma, las ediciones online han dado mayor protagonismo a las películas, lo cual beneficia al objetivo potencial de un festival de cine como promotor de las obras artísticas. Curiosamente, el número de espectadores ha decrecido este año un 5% respecto al año pasado, con un total de 117.000 visitas a la plataforma online, que estaba geobloqueada solo para el territorio holandés. 

En nuestra crónica cerramos el repaso a la principal sección competitiva y nos acercamos a películas que tratan el aislamiento como alegoría de la pandemia vivida en los dos últimos años, pero también está presente en títulos clásicos que ya enfocaban su punto de vista en la soledad en medio de una sociedad depredadora.  

TIGER COMPETITION

Desde hace cuatro años el director Roee Rosen (1962, Israel) viene trabajando en un proyecto en torno a Kafka y la posibilidad de hacer una versión filmada de su novela La metamorfosis (1915 Ed. Akal), pero adaptada para la comprensión de los niños. Así surge la comedia musical Kafka for kids (Roee Rosen, 2022), una parodia de los programas infantiles de televisión en la que un contador de historias (Jeff Francis) trata de explicar a una niña (Hani Furstenberg) la historia de la transformación de Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis, un joven comerciante de telas que se despierta una mañana convertido en un insecto. En esta narración le acompañan objetos que hablan y cantan, como una mesa, una lámpara, un cuadro o un mueble, que funcionan como elementos de apoyo que recrean la puesta en escena de los típicos espacios televisivos dedicados a los niños. La historia, que introduce escenas de animación, también incluye anuncios, cada cual más surrealista. Pero surge un problema principal cuando se trata de mostrar al insecto en el que se transforma Gregor Samsa, porque el propio Franz Kafka envió una carta a la editorial que iba a publicar la primera edición del libro, Die verwandlung (1915) exigiendo que en la portada el ilustrador Ottomar Starke no incluyera ninguna representación del insecto: "El insecto en sí no puede ser dibujado. Ni siquiera puede mostrarse desde cierta distancia", decía Franz Kafka en esa carta. De hecho, aunque consiguió su propósito, las portadas de ediciones posteriores no han respetado el deseo del autor checo, mostrando muchas veces el dibujo de una cucaracha, aunque Kafka nunca describe a este insecto, sino que deja en su novela a la imaginación del lector la representación visual de la transformación. En el artículo ¿Sabías que Kafka no quería una cucaracha en el diseño de la portada de 'La Metamorfosis'?, publicado en Gráfica en 2017, Piu Martínez escribe un interesante artículo sobre las ilustraciones de la novela a lo largo de los años. 


La película tiene una dinámica estática que representa este supuesto programa de televisión, incluyendo canciones y números musicales, pero que también comienza a sufrir una metamorfosis. Poco a poco las pausas publicitarias se van haciendo cada vez más largas y más inquietantes, y la historia de Gregor Samsa empieza a colocarse en un segundo plano hasta que finalmente el programa se interrumpe y da paso a un giro radical. Es entonces cuando conecta con la pregunta principal que sobrevuela todo el tiempo: "¿Qué es un niño?". Y es entonces también cuando la película se convierte en otra cosa, y se introduce en una clase, esta compuesta por jóvenes estudiantes, que básicamente es el cortometraje Explaining the Law of Kwame (Roee Rosen, 2020), un monólogo que también está interpretado por la actriz Hani Furstenberg, en el que una abogada explica cómo en los territorios ocupados Israel trata de imponer su criterio sobre la mayoría de edad frente al criterio de las leyes palestinas. Para Israel, hasta los 16 años se sigue siendo un niño, pero para Palestina, la mayoría de edad se alcanza a los 12 años. Comenta el director que esta controversia se planteó en un juicio celebrado mientras él estaba escribiendo el guión de Kafka for kids, y que planteaba reflexiones parecidas a las que se encontraban en su propia historia, así que decidió rodar este monólogo de 20 minutos como parte de su película, pero que adquirió su propia independencia y se convirtió en un cortometraje. 

Estamos por tanto ante una película dividida en dos partes muy diferenciadas, pero muy complementarias en las que cierto toque de surrealismo se apodera de una puesta en escena imaginativa que empieza hablando de Kafka y termina proporcionando una lectura crítica sobre la política de opresión en los territorios ocupados. Una película extraña que se transforma en sí misma, que utiliza los resortes de la comedia musical para ir reflexionando sobre el concepto de niñez hasta que desemboca en una exposición de la forma en que la infancia se delimita legalmente en los territorios ocupados. 

BIG SCREEN COMPETITION

En la película Splendid isolation (Urszula Antoniak, 2022) las dos protagonistas están aisladas en una isla y monitorizadas por un dron del que no se dan muchas explicaciones. Cuando sabemos que una de ellas parece estar muy enferma, inmediatamente nuestro pensamiento se dirige a algún tipo de virus como la Covid-19, y en esta identificación apreciamos de qué forma la pandemia ha modificado nuestros referentes vitales en estos dos últimos años. La directora Urszula Antoniak (1968, Polonia) ha demostrado su especial sensibilidad en películas de repercusión internacional como Nada personal (2009), ganadora en Locarno, o Code blue (2011), seleccionada en Cannes, y aborda en esta ocasión la confrontación con la muerte, inspirándose en el fallecimiento de un amigo que la afectó especialmente. Pero la llegada de la pandemia ha introducido otros elementos que actualizan esta representación del duelo a través de la convivencia, que no necesita palabras, entre Hannah (Anneke Sluiters) y Anna (Khadija El Kharraz Alami) en un paisaje que en cierta manera anticipa en su desolación el desenlace. Hay en la película un sentimiento de vacío existencial que la conecta con el cine de Michelangelo Antonioni, la derrota de la capacidad de vivir, en mitad de una playa que se desnuda con la marea baja. Cuando ambas descubren una casa, ésta tiene unas formas desequilibradas y en ella es donde llevan a cabo su período de aislamiento. 


Cuenta Urszula Antoniak que su intención era escribir un thriller que luego se convirtió en una alegoría, en la que reflexiona sobre la convivencia entre su marido y ella durante el confinamiento. La película se va haciendo cada vez más oscura y desoladora, casi diríamos que sofocada por la propia propagación del virus, y los dos personajes se sienten cada vez más aislados en ese espacio abierto, constantemente vigiladas por el ojo del dron que provoca cierta sensación de peligro. La utilización de espejos, reflejos y bóvedas en el interior anguloso de la casa introduce cierta ambigüedad en la representación de la realidad. La llegada de un tercer personaje misterioso (Abke Haring) distorsiona el equilibrio de esta convivencia. Como en El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) la muerte tiene forma humana, aunque en este caso transgénero, con forma femenina pero voz masculina. El diseño de sonido de Mark Glynne y Tom Bijnen crea una atmósfera envolvente, utilizando la resonancia del viento y del mar, siempre presentes, en contraste con la selección musical de composiciones vocales como "Amen, Op. 35", una de las tres piezas corales que escribió Henryk Górecki entre 1972 y 1975 como tributo a los cantos eclesiásticos polacos. O el muy recurrente "What power art thou, who from below..." de la semi-ópera King Arthur (1691) de Henry Purcell, en la que las palabras del Genio Helado: "Let me, let me, freeze again to death" (Déjame, déjame congelar de nuevo hasta morir) marcan el paso hacia la eternidad.    

BRIGHT FUTURE

Otra película que aborda el confinamiento desde la propia experiencia de su director es Lucie perd son cheval (Claude Schmitz, 2021), que se estrenó en el pasado Festival de Bruselas. La génesis del proyecto proviene de una obra de teatro titulada Un royaume cuya premiere tuvo que posponerse hasta octubre de 2020, que ocupó los escenarios del Théâtre de Liège en Lieja (Bélgica) solo durante tres días, hasta que tuvo que cancelarse otra vez por un nuevo anuncio de confinamiento. De forma que se decidió realizar una adaptación de la obra, que era un híbrido en el que se mezclaban la representación teatral e imágenes grabadas en video, al formato cinematográfico, como la película que nos ocupa, y en la que también se reflexiona sobre el proceso de creación en medio del confinamiento. La historia combina dos perspectivas diferentes: por un lado, vemos a Lucie (Lucie Debay) junto a su abuela y su hija, que son los familiares reales de la actriz, Nao Wielemans Debay y Genevieve Debay, en un descanso antes de prepararse junto a otras dos actrices (Hélène Bressiant, Judith Wiliquet) para interpretar a tres caballeros en la obra de William Shakespeare El Rey Lear (1783). Las tres se encuentran en un paisaje abierto y bucólico, mientras Lucie repite la frase: "No pierdas el hilo", que parece una interlocución con el espectador a lo que está por venir. 


Porque, después de quedarse dormidas, casi como en una referencia a otra obra de Shakespeare, La tempestad (1611), nos encontramos en una sala de teatro cerrada en la que el director de escena enseña el trascenio a un joven ayudante. Las tres actrices se encuentran dormidas ahora en el escenario del teatro, y la película adopta una ambivalencia formal y narrativa a través de la representación de la propia representación. El director ha hecho referencia en alguna entrevista a Alicia en el país de las maravillas (1865) como una de las influencias de la película, y como una forma de que entendamos esos dos mundos paralelos que se desarrollan en ella. Es algo que abunda en la condición de juego de referentes en los que se siente cómoda esta propuesta híbrida, como esa referencia escondida a Perceval, uno de los caballeros de la mesa redonda, en el propio título original: Lucie perd son cheval. Se trata por tanto de una revisión del mundo de los sueños como el reflejo de la representación teatral, pero también aborda una reconstrucción de esa intranquilidad que los sucesivos confinamientos han ido provocando en el mundo de las artes. Parece ser que Claude Schmitz (1979, Bélgica) ya ha rodado una segunda parte con los mismos personajes protagonistas, por lo que su incursión en esta ensoñación artística, no del todo lograda pero atractiva en su conjunto, continuará pronto. 

HARBOUR

Estrenado en la sección Contrechamps del Festival de Animación Annecy 2021 y presentado hace una semana en el Auditorio Michel Laclotte del Museo del Louvre, la película de animación experimental Le mont Fuji vu d'un train en marche (Pierre Hébert, 2021) es una reflexión poética que rinde tributo al reconocido cortometraje Fuji (Robert Breer, 1974), una de las obras más importantes del dibujante norteamericano que se incluyó en 2002 en el Registro Nacional de Películas de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Robert Breer (1926-2011) desarrolló una carrera de unos cincuenta años en la que abordó numerosas técnicas de animación como la rotoscopia, que introdujo en este cortometraje antes de que comenzara a desarrollarse de una forma más ambiciosa. Poco después esta técnica se usaría en el cine comercial para las espadas láser de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) y por primera vez en un largometraje completo para El señor de los anillos (Ralph Bakshi, 1978). El planteamiento de Pierre Hébert (1944, Canadá) tiene como punto de partida también la representación de la imagen del Monte Fuji desde la perspectiva de un pasajero de tren, utilizando sobre todo en la primera parte de la película la técnica de animación scratch, que consiste en dibujar formas rayando directamente sobre el soporte fílmico, y que ha utilizado en otras obras como el cortometraje Memories of war (Pierre Hébert, 1982).


La génesis del proyecto proviene de dos viajes realizados por el director canadiense a Japón en 2003 y 2018, en los que grabó numerosas imágenes de sus trayectos por el país. También se incluyen en la película fragmentos del video Scratch (2018), una performance cinematográfica realizada junto al artista Yuichi Matsumoto en la Universidad de Arte de Tokio. Le mont Fuji vu d'un train en marche introduce elementos que se complementan como las animaciones en contraste con los sonidos grabados en lugares públicos, la sensación de extrañeza al escuchar un idioma que no se entiende, lo contemporáneo en contraste con lo tradicional, profundamente arraigado en Japón a través del teatro kabuki y de los templos. De hecho, esta visión de la representación artística que se fusiona también está representada a través de las coreografías del bailarín Teita Iwabushi, con el que Pierre Hébert ha realizado algunas actuaciones. Más que una historia lineal, la película expone una serie de sensaciones experimentadas por el director a lo largo de sus viajes por ciudades como Kagoshima, Mishima, Nagasaki, Tokio, Yokohama y la isla de Yakushima, y en cierta manera esta visión muy personal se convierte en la mayor virtud y el mayor defecto de la propuesta. 

Si bien en la primera parte el aspecto experimental de las imágenes puede resultar demasiado abstracto, poco a poco se introducen otras técnicas y elementos de grabaciones reales y animaciones que proponen reflexiones en torno al pasado y el presente, y es entonces cuando la película adquiere su mayor ímpetu emocional. En un principio el proyecto iba a formar parte de una serie de cortometrajes que Pierre Hébert comenzó en 2009 bajo el título genérico de Places and monuments: "En 2003 rodé algunas imágenes para el que iba a ser el tercer cortometraje de la serie. Pero el episodio no se terminó y el tercer lugar quedó vacío. En noviembre de 2018 volví a Japón y 'Places and Monuments 3' se convirtió en el fragmento número 11, así que quise titularlo 'Places and Monuments 3/11'", cuenta Pierre Hébert en la película. Pero se enteró de que 3/11 es la denominación que usan los japoneses para referirse a la triple catástrofe de marzo de 2011: el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de Fukushima. De forma que esta memoria del desastre también acaba formando parte de la película, y además se conecta con la bomba atómica de Nagasaki, estableciendo un nexo de unión trágico entre el pasado y el presente. Le mont Fuji vu d'un train en marche es una película compleja, viva y reflexiva que plantea muchas preguntas en torno a un país como Japón, y que utiliza el Monte Fuji, de nuevo en forma de tributo a Robert Breer, como un elemento de admiración y de evocación de una invisibilidad paradójica, cuando la vista desde el tren no deja vislumbrar la majestuosidad de la montaña de forma completa, y entonces surgen las imágenes de un Japón en la coyuntura entre el presente y el pasado.  

CINEMA REGAINED

Esta sección ofrece la oportunidad de echar una mirada al propio cine a través de películas que hablan de películas o de filmes restaurados como The lady from Constantinople (Judit Elek, 1969), uno de esos títulos que demuestran la vitalidad del cine de los países del Este de Europa en los años sesenta y setenta. El debut de Judit Elek (1937, Hungría) fue seleccionado en el Festival de San Sebastián, aunque ya había ganado el Premio Especial del Jurado en Locarno con el documental  Meddig él az ember? I-II (Judit Elek, 1968), y posteriormente desarrolló una carrera formada por dieciséis películas. Restaurada en 2021 por el Instituto Nacional de Cine de Hungría, el título internacional no hace demasiada justicia a la película, mucho más poético en su versión original: Sziget a szárazföldön se podría traducir como Una isla en el continente, y define más claramente el sentimiento de aislamiento y soledad de la protagonista. Una anciana (Manyi Kiss) es persuadida por sus vecinos para que cambie su apartamento de dos habitaciones por uno más pequeño, ya que vive sola, y todo el proceso de visitas a su casa y de búsqueda de otro lugar donde vivir de alguna manera consigue animar la solitaria existencia de la mujer. Al principio la vemos en una estación de tren, caminando por las calles de Budapest, y asistiendo a una conferencia sobre Turquía en la que ella interrumpe constantemente al conferenciante apuntando detalles sobre su propia experiencia cuando visitó Estambul. Es una mujer que parece necesitar el contacto social, lo que contrasta de forma melancólica con la soledad en la que vive. 


La restauración en 4K permite apreciar los detalles de la excelente puesta en escena, especialmente en el apartamento de la anciana, que muestran objetos relacionados con su padre que fue capitán de barco, pero también resaltan la soledad. Recientemente, un vecino ha fallecido, lo que provoca una mayor sensación de aislamiento en la protagonista, solo interrumpida brevemente cuando comienza a buscar un nuevo piso e invita a los posibles nuevos habitantes de su apartamento a visitarlo. Aparentemente, la historia es sencilla, pero funciona perfectamente como reflejo de una sociedad que parece cansada, rutinaria en una cotidianeidad que está reflejada con gran acierto en el retrato de esa comunidad de vecinos en la que habita la anciana. Hay que destacar el excelente trabajo de fotografía de Elemér Ragályi, que más tarde trabajaría en Miss Arizona (Pál Sándor, 1988), haría alguna incursión en el cine comercial de Hollywood con El fantasma de la ópera (Dwight H. Little, 1989) o Nunca hables con extraños (Peter Hall, 1995) y ganaría el premio Emmy por Rasputín, su verdadera historia (Uli Edel, 1996). 

Una de las escenas más notables es la que se desarrolla en una noche en la que la anciana recibe la visita de personas que están interesadas en su apartamento, y que se convierte en una fiesta con música y alcohol en la que la cámara está en constante movimiento, componiendo un plano secuencia de bailes y conversaciones breves al estilo del cine de Jacques Tati. Con un ritmo dinámico, marcado por la música al piano y por el movimiento de la cámara, la secuencia comienza siendo una especie de recuperación de la vida social para la anciana, que disfruta del encuentro, pero lentamente se va haciendo más claustrofóbica para ella, que tiene la necesidad de escapar de ese frenesí festivo. Y representa bien esa sociedad depredadora en la que, efectivamente, la anciana se siente como una isla en medio del estruendo. El nuevo apartamento es un resquicio de paz, pero también de nostalgia, y en cierta manera se transmite la sensación de que la protagonista vive la última parte de su vida como una especie de fantasma de sí misma, que va desapareciendo lentamente en unos recuerdos que ya solo están en su memoria. 


El séptimo sello se puede ver en Filmin y Movistar+. 
La guerra de las galaxias se puede ver en Disney+.
Nunca hables con extraños se puede ver en Filmin. 


10 febrero, 2022

Rotterdam 2022 - Parte 8: Visiones del futuro

Mientras continúan los visionados de las películas que forman parte de la programación del Festival de Rotterdam, con el comienzo de la Berlinale como otro de los principales festivales de los primeros meses del año, nos acercamos a las últimas crónicas de una selección heterogénea que, aunque no ha conseguido encontrar títulos especialmente contundentes, sí ha desgranado como de costumbre una muestra de los lenguajes cinematográficos más diversos. Después de algún problema técnico que ha tenido en mantenimiento durante un día entero a la plataforma Festival Scope en la que se visionan las películas del festival (no sabemos si ha sido un ataque de los hackers rusos o simplemente una bajada de tensión, porque no se ha facilitado ningún tipo de explicación al respecto), nos acercamos hoy a algunas propuestas visualmente deslumbrantes y a los últimos trabajos de dos directoras veteranas que han marcado su huella en el mundo del cine de las últimas décadas. 

TIGER COMPETITION

Una de las propuestas más singulares de la programación del Festival de Rotterdam es la película canadiense Le rêve et la radio (Renaud Després-Larose, Ana Tapia Rousiouk, 2022), también seleccionada para la Semana de la Crítica que se celebra estos días en paralelo al Festival de Berlín. Con un presupuesto de 10.000 dólares canadienses y un rodaje de tres años, esta representación híbrida sobre el arte y la revolución ofrece una especie de deconstrucción del cine tal como lo entendemos, a través de una mezcla de formatos y visiones casi ensoñadoras que forman parte de una historia contada desde la reflexión, más que desde la narración propiamente dicha. Básicamente, la historia está protagonizada por Constance Rousiouk (Ana Tapia Rousiouk), una joven que desde una emisora de radio independiente transmite pensamientos políticos. Ella vive con Eugène Larose (Renaud Després-Larose) un aspirante a escritor, y ambos reciben habitualmente a Béatrice Ackerman (Geneviève Ackerman), una joven sin hogar. La pérdida de un móvil que no es tan casual como parece, pone en contacto a Constance con Raoul Debord (Étienne Pilon), un hombre misterioso que aporta cierto suspense a la historia, y cuyas intenciones parecen relacionadas con la utilización de la plataforma radiofónica en la que trabaja Constance, para secuestrar las ondas de radio de la ciudad junto a la organización revolucionaria clandestina a la que pertenece. 


Pero Le rêve et la radio no es una película construida sobre un desarrollo convencional, sino que se envuelve en su condición de cine-ensayo que conecta claramente con la Nouvelle Vague y que devuelve a las imágenes su poder como transmisor político, su condición de instrumento de pensamiento que se representa en un despliegue sorprendente y fascinante de voces, textos y música de algunos de los nombres más preclaros de la cultura contemporánea, desde Félix Guattari hasta Henri Lefebvre, desde John Ford hasta Jean-Luc Godard, desde Guy Debord hasta Robert Kramer... Ana Tapia Rousiouk, quebequesa de origen ecuatoriano, y Renaud Després-Larose elaboran una propuesta compleja, demasiado intelectual si se quiere para los cánones cinematográficos actuales, para la que no consiguieron financiación y que quizás no tenga una trayectoria cinematográfica fácil, pero que tiene algo de hipnótico, y que utiliza un collage de fragmentos sonoros, visuales y literarios para elaborar un lenguaje propio que de alguna forma plantea una reconstrucción del arte cinematográfico. La película se convierte en una especie de representación soñadora de lo que puede hacer el arte por la revolución, en un mundo tecnológico en el que hay poco margen para la reflexión. En este sentido, es también una película moderna en cuanto a la superposición fragmentaria de las imágenes, pero sin embargo en ocasiones renuncia a esta cadena de representaciones para tomarse una pausa, con fundidos a negro en los que solo escuchamos una voz o secuencias presentadas como si se tratara de una película muda. Hay en Le rêve et la radio una condición asumida de militancia artística que se apoya en las voces más iconoclastas que plantean una (r)evolución de las ideas. Y ese es el gran acierto de una película que consigue ir más allá de su propia condición de obra cinematográfica.

HARBOUR

No menos reflexiva es Paixões recorrentes (Ana Carolina Teixeira Soares, 2022), la última película de una cineasta que ha sido uno de los nombres más destacados del cine brasileño de los años setenta, aunque también uno de los más desconocidos. Películas como Mar de rosas (1978), Das tripas coração (1982) y Sonho de valsa (1987) forman una trilogía sobre la hipocresía de las relaciones sociales. Y su última película, realizada ocho años después de A primeira missa (2014), aborda la cultura de las ideologías en un país como Brasil. La acción transcurre durante el 1 de septiembre de 1939, el mismo día en el que estalla la II Guerra Mundial, alrededor de una ciudad en ruinas donde se reúne un grupo de personas que discuten sobre la política y la sociedad, entre los que se encuentran la decadente actriz francesa Madame Arras (Thérèse Crémieux), el fascista argentino Chango (Luciano Cáceres), un empresario capitalista (Luiz Octávio Moraes) y el comunista Souza (Danilo Grangheia) quienes, mientras el resto del mundo de divide en dos, discuten sobre las bases de sus pensamientos ideológicos. "Desde 1937 Brasil vomita sucesivas ideologías y los que no tienen dónde agarrarse se agarran a ellas", comenta Ana Carolina. En este grupo heterogéneo que comparte espacio en una especie de ciudad fantasma, surgen los defensores de las dictaduras, de Franco, de Hitler y de Mussolini, y se formulan frases generales que muchos podrían suscribir: "Quien llega al poder es un canalla". Precisamente estos discursos sobre la sociedad y la política vacíos formulados por pensadores que no han vivido personalmente aquello sobre lo que hablan, es lo que acerca esta película al reflejo de los populismos actuales sin argumentos, los que solo pretenden mostrar un anhelo pero sin sostenerse en verdaderos razonamientos. Los populismos extremistas que han llevado a Bolsonaro a la presidencia de Brasil, por ejemplo, aunque no haya una referencia directa en la película. 


Ana Carolina (1949, Brasil) ofrece una representación que en cierta manera asume su condición teatral, aunque modifique los escenarios en ocasiones, que simboliza las reuniones que se celebraban en la Boca do Lixo, São Paulo, en las que "los intelectuales del cine sin un centavo se encontraban en el Bar Soberano para beber y discutir sobre política y cine". Los personajes lanzan soflamas como "Justicia para todos", que no solo están en ocasiones en contra de sus propias ideologías, sino que han perdido todo contenido, porque son frases que claman por una realidad que sabemos que es utópica. Ana Carolina parece decir que los discursos populistas esconden palabras huecas, que el pensamiento intelectual a veces puede llegar a hacer más daño si se formula a la deriva. Pero, aunque es una película en la que los personajes hablan mucho, el recurso formal se sostiene en una cámara que se mueve constantemente, que encuentra el ritmo interno de las escenas, casi como las olas del mar junto a las costas del Paraná en las que se desarrolla la historia. Es una película por tanto que extrae de las palabras vacías una profunda reflexión sobre la sociedad brasileña, de una forma que conecta directamente con el cine de la directora. 

El escritor y compositor Saul Stacey Williams (1972, New York) viene desarrollando desde los años noventa una trayectoria musical en la que mezcla poesía y hip-hop, protagonizando la película Slam (Marc Levin, 1998), que logró el Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance, participando en el musical de Broadway Holler if ya hear me (2014), basado en canciones de Tupac Shakur y recientemente también como protagonista del film Akilla's escape (Charles Officer, 2020). Ahora debuta como director con Neptune frost (Anisia Uzeyman, Saul Williams, 2021), para el que ha contado con la producción ejecutiva del recién nominado al Oscar Lin-Manuel Miranda, y que se desarrolla como una especie de musical afrofuturista que comienza en una mina de coltán, uno de los componentes esenciales para la fabricación de móviles de Ruanda. En cierta manera, esta propuesta, que fue en principio ideada como una novela gráfica, después se quiso producir como un musical y finalmente ha tomado forma cinematográfica, sigue la estructura del característico estilo de Saul Williams en sus álbumes, una mezcla de conceptos e ideas que conforman un conjunto heterogéneo y ambicioso. Quizás este planteamiento no juega en favor de una narración tradicional, pero encuentra su particular camino de expresión una vez que el espectador asume las líneas distorsionadas de su escritura. 


Seleccionada para la Quincena de Realizadores de Cannes 2021, también se ha podido ver en la sección Retueyos de Gijón 2021 y en la sección Spotlight de Sundance 2022, lo que demuestra su proyección internacional. La historia de Neptune frost se centra en Neptune, un hacker intersexual interpretado por Cheryl Isheja y Elvis Ngabo que a veces tiene aspecto masculino y otras veces adopta forma femenina, y que representa un planteamiento en torno a la identidad de género que se manifiesta a través del propio Saul Williams, que se define a sí mismo como queer. Neptune conecta con el espíritu cósmico de Matalusa (Bertrand Ninteretse), un minero de coltán que quiere provocar una revolución a través de un blackout tecnológico. Hay por tanto una pretensión anticapitalista en una historia que se desarrolla de forma desestructurada, con un lenguaje visual que resulta impactante por su imaginativo uso de las imágenes. Hay otras ideas, quizás muchas más de las que como espectadores somos capaces de captar, pero quien quiera ver este musical como una narración tradicional acabará decepcionado. Tiene, de hecho, una concepción visual que recuerda a aquella otra fantasía futurista africana que era Ar condicionado (Fadrique, 2020). 

Al margen de la propia música que estalla en sonoridades electrónicas y poéticas a través de las canciones de Saul Williams para algunos de sus últimos álbumes, especialmente el celebrado MartyrLoserKing (2016, FADER Label). Y hay que destacar especialmente el vestuario a cargo del artista ruandés Cedric Mizero que diseña espléndidos reflejos de una sociedad tecnologizada pero al mismo tiempo empobrecida, como los uniformes de los milicianos que están creados con chips y placas base, o las sencillas pero amenazadoras máscaras de los soldados represores. Hay muchos elementos absorbentes en esta película que quizás no consigue elaborar del todo sus discursos ideológicos, demasiado simples en algunas ocasiones. La propia visión que se nos ofrece del mundo de internet parece anacrónica, más cercana a los planteamientos de las películas de ciencia-ficción de los años noventa que a la actualidad. Pero las minas de coltán siguen existiendo, el 80% se encuentra en la República Democrática del Congo, aunque con notable influencia de Uganda y Ruanda, y la corrupción y la explotación sigue siendo el principal impulsor de la producción masiva de tecnología en el mundo occidental. Eso, desde luego, no es anacrónico.

BIG SCREEN COMPETITION

Tras el gran éxito internacional que obtuvo Las vidas de Marona (Anca Damian, 2019), la realizadora rumana presenta una nueva película que adapta libremente la novela de Daniel Defoe Robinson Crusoe (1719, Ed. Penguin Clásicos), en The island (Anca Damian, 2022) otra espléndida e imaginativa propuesta de animación surrealista, que tiene otros dos referentes principales: La obra teatral Ínsula (1979) del escritor rumano Gellu Naum, en la que también se basó la ópera The island (2011, Saphrane), del violinista rumano Alexander Balanescu y la cantante Ada Milea, que sirve como banda sonora de la película. Se podría decir que Anca Damian (1962, Rumanía) realiza una traslación a imágenes animadas del concierto aportando esa visión particular que en su anterior película quizás fuera más asequible para el público, y aquí regresa a esa perspectiva conceptual que reconstruye la historia en una narrativa no lineal. La película se realizó durante el confinamiento y en mitad del anuncio del Ministerio de Cultura rumano de que prácticamente cesaba en la financiación de películas durante la pandemia, lo que llevó a 160 cineastas a escribir una carta de protesta. En este caso, la novela original es modificada para introducir elementos que la conectan con la actualidad. Robinson Crusoe no es un marinero que ha naufragado en una isla, sino que es un hombre que ha elegido por propia voluntad aislarse de un mundo en el que no se siente integrado, mientras que Friday es representado como un superviviente de un barco de emigrantes que atravesaba el Mediterráneo para llegar a Italia. 


El estilo narrativo de la directora, que introduce una imaginativa mezcla de elementos visuales, llena la pantalla de colores y líneas distorsionadas, estableciendo un paralelismo entre el viaje que emprenden Robinson y Friday, uno de descubrimientos y de revelaciones, el otro de encierros y deserciones. Uno es épico y se adentra en las profundidades, el otro se enfrenta a campos de internamiento y el contrabando. En ambos está presente la figura de la madre, aquí representada en forma de iconografía religiosa. Mary es la madre de Robinson, pero también es la madre de Friday. The island es una película compleja, quizás excesivamente bizarra en su concepción visual, en la introducción de diálogos y espléndidas canciones que se mezclan y se superponen, construida como una comedia musical que estalla en su percepción imaginativa de la actualidad. Quizás todos necesitemos una isla para descubrir la verdadera naturaleza del ser humano. 


Las vidas de Marona se puede ver en Filmin. 
Air condicionado se puede ver en MUBI. 


08 febrero, 2022

Rotterdam 2022 - Parte 7: Cine a orillas del Mosa

Como en cualquier festival internacional, el apoyo a la producción local supone una importante proyección de cara al mercado internacional, y en esta crónica vamos a comentar algunas de las películas neerlandesas que más nos han interesado de las seleccionadas en el festival de este año, que tienen su propia sección llamada RTM en la que se han presentado producciones realizadas en el entorno de Rotterdam, pero también otros títulos han sido incluidos en secciones oficiales. 

TIGER COMPETITION

La única producción holandesa a competición es Met mes (Sam de Jong, 2022), que se estrenará en los Países Bajos en el mes de abril, y que supone el regreso del joven director a su país, después de coquetear con el cine independiente norteamericano en su anterior película, Goldie (Sam de Jong, 2019), en la que se acercaba al cine de John Cassavetes con una estética colorista que contrastaba con las calles del barrio del Bronx. Ahora, en su vuelta a Rotterdam, Sam de Jong (1986, Países Bajos) ofrece una estética mucho más radical, repleta de colores saturados y una cierta teatralidad exagerada en la interpretación de los actores. La historia se centra en una presentadora de televisión, Eveline (Hadewych Minis) que decide abandonar su trabajo en un famoso concurso y dedicarse a rodar documentales de realidad social. Pero en un parque en el que se encuentra con el adolescente Yousef (Shahine El-Hamus) su cámara es robada, y ella piensa que la conversación con el joven ha sido solo una distracción para que su cómplice Redouan (Oussama Ahammoud) cometa el hurto. 


Por una razón principal que descubriremos más tarde, Eveline dice en su denuncia a la policía que el autor del robo fue Yousef, quien la amenazó con un cuchillo. Y desde entonces la vida del joven se convierte en una pesadilla, acusado no solo de robo sino también de amenazas, lo que podría llevarle directamente a la cárcel. En clave de comedia, el director Sam de Jong aborda la estigmatización del adolescente, marcada aún más por su origen árabe (Shahine El-Hamus es un popular joven actor de origen egipcio, miembro de una familia de cineastas) y en cierta manera se posiciona más del lado de Yousef que del de Eveline, a la que retrata con un punto de vista más radical, pretendidamente kitsch en su entorno familiar. La propuesta visual de la película abunda en la representación del colorido saturado y los sonidos que recuerdan precisamente a los concursos televisivos, con planos colocados en posiciones extrañas, como en el interrogatorio de la policía a Eveline. Como decíamos, también es radical el trabajo actoral, marcado por movimientos exagerados y cierta infantilización, como en las expresiones de amor entre Yousef y su medio novio Laurens (Nils Verkooijen). Pero este planteamiento estético en cierta manera reduce la eficacia del contenido de la historia, que se construye también sobre una narrativa metacinematográfica en torno a la autoridad que una cámara otorga al cineasta para ofrecer una mirada que es siempre personal, aunque lo que se pretenda retratar sea la realidad. 

Es interesante la propuesta visual, aunque quizás demasiado radical para encontrar el perfil de espectador adecuado (resulta significativo que, a pesar de ser la única película holandesa a competición, no ha estado entre las principales puntuadas para el Premio del Público). Sobre todo porque lo visual acaba perjudicando al mensaje y al propio desarrollo de los personajes. 

MEDIOMETRAJES

Precisamente el poder que proporciona una cámara y la mirada que se refleja desde ella es el tema principal del documental Kumbuka (Petna Ndaliko Katondolo, 2022), que también está en la sección Forum Expanded de la Berlinale, en la que se incluyen propuestas que reflexionan sobre el medio cinematográfico. El origen está en la película Stop filming us (Joris Postema, 2020), una producción holandesa rodada en Goma (República Democrática del Congo) que proponía un diálogo con artistas de la ciudad sobre cómo recibían ellos la imagen que los documentales occidentales ofrecen del país en concreto y de África en general. Pero, después de la repercusión internacional que obtuvo esta producción, algunos de los participantes en Stop filming us se quejaron de que el documental ofrecía también la imagen distorsionada sobre la que intentaba reflexionar. Así que el director Joris Postema decidió darles las grabaciones en bruto para que ellos montaran la película desde su propia perspectiva. 


De esta forma, Kumbuka se plantea como una visión multidimensional que tiene como protagonistas a los participantes de una película que reflexionan sobre esa misma película, y que tienen la oportunidad de ofrecer su visión propia. "No me siento reconocida en las imágenes que veo", comenta una joven cineasta, planteando precisamente que el punto de vista eurocéntrico sobre África no beneficia a la realidad. Ella misma comenta que, después del estreno de Stop filming us, había quienes la llamaban por teléfono y le expresaban su preocupación sobre lo difícil que debía ser mujer y directora de cine en el Congo. "Pero eso no era lo que yo quería decir", se lamenta. Aparece entonces la reflexión sobre la autoridad que proporciona disponer de una cámara, especialmente cuando se trata de reflejar una supuesta realidad. Las elecciones del director sobre contar una u otra historia, el montaje  y la disección de las entrevistas, la propia estructura narrativa... Y también se reflexiona sobre la explotación de la imagen, que es también una forma de colonización. 

El director Petna Ndaliko Katondolo (1974, Congo) introduce imágenes de archivo de la época colonizadora, ofreciendo una perspectiva de cómo se impone una narrativa en el espectador. Pero la visión eurocéntrica actual es igual de perjudicial, distorsiona igualmente la realidad, cuenta la historia nuevamente desde la perspectiva del colonizador. Para contrarrestar este punto de vista, surge Ejo-Lobi, un pensamiento que proyecta una forma de filosofía indígena: "Ejo-Lobi! Si hoy es el pasado del futuro, podemos influir en el futuro. Y si hoy es el futuro del pasado, entonces ya vivimos en el futuro". Se impone la necesidad de independizarse nuevamente, de pensar en un pasado que conecte con las raíces, de participar en un renacimiento de los orígenes precoloniales y adaptar la sabiduría de los ancestros para crear un nuevo tipo de conocimiento. 

RTM

Una de las producciones incluidas en esta sección es la serie documental Mondig Zuid (EODocs, 2022) que se está emitiendo actualmente en la plataforma de documentales ZappDoc y que tiene como protagonistas a adolescentes inmigrantes que viven en la zona Sur de Rotterdam. El título, algo así como "Sur empoderado" señala ya la descripción de unos jóvenes que sienten sobre sus hombros la responsabilidad de tomar las riendas de su familia, como Darlin, un chico nacido en la isla de Curazao (uno de los pocos vestigios del colonialismo holandés en el Caribe) y criado en República Dominicana, que vivió en España durante un tiempo hasta trasladarse finalmente a Rotterdam. Al tener a su madre enferma busca la forma de encontrar un trabajo para mantenerla, a pesar de sus catorce años. Las otras dos principales protagonistas de la serie son Selena y Tamia, pero lo cierto es que Darlin consigue acaparar la atención por su simpatía y esa cierta inocencia que expresa su adolescencia. El director de documentales René van Zundert (1981, Países Bajos) propone un coming-of-age de jóvenes que abordan la madurez a través de su condición de inmigrantes en un país en el que la integración se pretende conseguir a base de multas. Desde hace años, Holanda establece exámenes para los inmigrantes que a los tres años deben responder una serie de preguntas sobre el país y el idioma neerlandés, y que si no se aprueba supone multas de hasta 1200€, pero muchas organizaciones critican un sistema que prefiere exigir en vez de realizar políticas que inviertan realmente en mejorar la integración. 


La serie está compuesta por cuatro episodios de 15 minutos, y aunque no parece profundizar demasiado en los personajes, tiene buen ritmo y propone una reflexión en torno a la aceptación en una sociedad diferente. Tamia por ejemplo quiere dedicarse a los monólogos, y se prepara una presentación en la que expresa su deseo de ser percibida como una ciudadana más: "Me llaman innecesaria, diferente".  Es, dentro de su aparente ligereza, una visión más profunda de unos jóvenes que buscan su espacio, cuya única aspiración es ser tratados como el resto. "Quiero terminar la escuela y no tener antecedentes criminales", expresa Darlin, indicando también una cierta aceptación de la forma en que Holanda (como muchos otros países) mira a los habitantes inmigrantes de una ciudad como Rotterdam en la que la población nacida en el extranjero alcanza altos porcentajes, pero en la que siguen existiendo notables desigualdades.  

Casi podríamos decir que Shabu (Shamira Raphäela, 2021) es hermana de Mondig Zuid en su retrato de la adolescencia en los barrios eminentemente inmigrantes de Rotterdam (de hecho, ambas están producidas por la misma productora, Tangerine Tree), en este caso más centrada en el llamado Peperklip (Pimentero, por su forma circular), un edificio construido en los años ochenta que se convirtió en el complejo de viviendas sociales más grande de los Países Bajos y que acoge principalmente a población inmigrante y desfavorecida. Incluso hay cierta similitud física entre Darlin y Shabu, que además coinciden en la edad de catorce años, aunque la complexión física de este último hace que parezca mayor. El documental, seleccionado para la sección Generation Kplus de la Berlinale que comienza mañana, observa al joven protagonista después de tener un accidente con el coche de su abuela que cogió a escondidas. Durante un verano, Shabu debe recaudar los 1.200 € que cuesta la reparación del coche, pero sus pensamientos están más puestos en la música. La directora de origen caribeño Shamira Raphäela (1982, Aruba), que es programadora en las secciones de cortometrajes del Festival de Rotterdam, aprovecha la simpatía de Shabu para construir una película llena de ritmo y de positividad, incluso en un entorno a veces difícil.


Pero el documental está más interesado en ofrecer una historia de crecimiento que muestre una visión optimista, simpatizando con algunas de las travesuras del joven. Los orígenes de Shabu provienen de la República caribeña de Surinam que, a pesar de ser independiente, ha mantenido el neerlandés como idioma oficial. La directora se apoya en la música, especialmente en las simpáticas composiciones de Michael Varekamp, para dotar de ritmo al documental, pero a veces abusa de ella, presente en casi todas las escenas. Poco a poco, el protagonista asume la necesidad de tener que trabajar para conseguir el dinero que necesita, pero nunca renuncia a su aspiración de convertirse en rapero, por lo que finalmente decide dar un concierto en su barrio cobrando una pequeña entrada. Con su escasa hora y cuarto de duración, la película traslada una conexión fácil con el joven, aunque también parece no encontrar el camino adecuado para desarrollar la historia, y da la impresión de que está más construida sobre anécdotas más o menos divertidas que sobre una intención de profundizar en el personaje (aunque vemos a su familia, realmente no se aporta demasiada información sobre ella). En cierto modo, parece que hay un interés, como en Mondig Zuid, de ofrecer una visión optimista de la inmigración, eliminando el drama y centrándose en el crecimiento (solo una escena en la que el protagonista y sus amigos encuentran un gran charco de sangre en uno de los ascensores del edificio nos devuelve a la realidad). Pero hubiera sido interesante una visión más compleja del personaje y su entorno.  

BRIGHT FUTURE

El director Alberto De Michele (1981, Italia) ganó el Premio al Mejor Cortometraje en Rotterdam con I lupi (2011), que mostraba con la voz en off de su padre la preparación de un robo a cargo de un grupo de ladrones de entre 40 y 70 años del Norte de Italia que se hacían llamar "Los lobos". Ahora presenta una especie de remake en formato largometraje de aquella historia, ampliando la presencia de los protagonistas y construyendo un thriller muy particular con The last ride of the wolves (Alberto De Michele, 2022), coproducida con los Países Bajos, que se estrena allí esta misma semana. El planteamiento es similar al del cortometraje, y se centra también en la preparación de un robo a un furgón que transporta 12 millones de euros. La curiosidad es que el director afirma que esta idea de cometer el robo es real, y el protagonista de la película, Pasquale De Michele, un ex-ladrón que perdió su dinero en el juego, es el propio padre del realizador, acompañado por otros miembros de la banda criminal que parece que también son personajes reales. La mirada hacia el mundo del crimen organizado se desmitifica a través de estos personajes y de la puesta en escena porque, de una forma parecida al documental/ficción The plains (David Easteal, 2022), casi toda la acción se desarrolla en el interior del vehículo que conduce el mismo Alberto De Michele (que tiene un parecido razonable con Scott Ryan, el protagonista de la serie Mr. Inbetween (FX, 2018-2021)), con su padre como copiloto hablando sobre la preparación del plan, mucho menos glamurosa de lo que suele presentarse en el cine. 


El director plantea su película como un híbrido en el que utiliza una historia supuestamente real para convertirla en ficción, y esta línea difusa entre lo documental y lo ficticio es un camino que a veces puede resultar resbaladizo, situándose en un término medio no del todo equilibrado. Aunque el personaje de Pasquale es una visión atractiva de la representación de un mafioso más melancólico de lo habitual, y su capacidad discursiva no se puede poner en duda, la ausencia de un guión estrictamente dicho quizás no es la mejor decisión, porque los diálogos improvisados a veces resultan artificiales y exagerados. La película, no obstante, consigue mantener un buen ritmo hasta el final, cubriendo sin muchos altibajos sus escasos 80 minutos de duración, y establece una mirada hacia los personajes que los humaniza sin por ello justificarlos, pero que también está impregnada de una cierta tristeza, de una representación de las trayectorias de unos ladrones que sueñan con dar el último gran golpe de unas vidas en cierto modo fracasadas. Alberto De Michele ofrece un guiño al final sobre la relación paterno-filial y abandona el estilo documental para abordar una forma estilística más tradicional, delimitando con astucia lo que está basado en la realidad de lo que es pura ficción. 

La sola existencia de una película como Freda (Gessica Généus, 2021) es casi un milagro, y en cierto modo se ha convertido en la representación más inteligente y clara de la caótica situación que vive desde hace muchas décadas un país como Haití, en buena parte provocada por la complicidad de la comunidad internacional, que está encabezada por Estados Unidos, con los gobiernos dictatoriales de los últimos años. La historia transcurre en 2018, durante una serie de protestas en contra del primer ministro Jovenal Moise, y el hecho de que éste fuera asesinado en el golpe de estado que se produjo en 2021 proporciona a la película una dosis de actualidad más contundente si cabe. La situación en Haití sigue siendo un caos, con recientes manifestaciones que piden la renuncia del actual primer ministro, Ariel Henry, que ha manifestado su intención de continuar en el cargo a pesar de que el mandato oficial de su antecesor terminaba esta misma semana. 


Gessica Généus (1985, Haití), actriz afincada en Francia que ahora debuta como directora, propone una mirada muy lúcida hacia la difícil situación de la juventud en su país de origen, y el impulso de Francis Ford Coppola como productor ejecutivo junto a la Mención Especial conseguida en el Festival de Cannes sin duda propiciará una distribución internacional a la película, que fue seleccionada como la representante de Haití a los Oscar, pero que no pasó la preselección. La directora establece en los diferentes miembros de la familia protagonista una representación de diferentes posicionamientos de los ciudadanos haitianos frente a la difícil situación de su país. Freda (Nehemie Bastien) es una joven estudiante que quiere seguir educándose y está comprometida con la reivindicación del papel de las mujeres en una nueva forma de hacer política. Ella parece tener dudas sobre si seguir en su país o finalmente escapar de una sociedad que se desmorona, especialmente cuando su novio Yeshua (Jen Jen), un artista que se trasladó a Santo Domingo después de que una bala perdida de unos manifestantes le alcanzara en el estómago mientras dormía, le propone irse a vivir con él. Su hermana Esther (Djanaina Frabcois) representa ese tipo de comportamiento que para Freda degrada a la mujer, usando  su belleza para seducir a hombres poderosos como única salida de la pobreza, e incluso aplicándose productos para que su piel no sea tan oscura. Finalmente, la madre Jeanette (Fabiola Remy) se ha refugiado en la religión y el conformismo, y su hermano Moses (Cantave Jerven) trapichea y vagabundea sin una conciencia real de su situación. 

Este retrato familiar compone una visión amplia del país, que se subraya con los debates entre estudiantes en la clase de antropología a la que asiste Freda que, sin llegar a tener un punto de vista estrictamente didáctico, ofrece una mirada política sobre los constantes vaivenes de Haití y la corrupción que llevó a determinados sectores de la sociedad a enriquecerse gracias a las ayudas internacionales que se recibieron tras el terremoto de 2010, ayudas que nunca llegaron a la población real. En este sentido, resulta demasiado insistente la introducción de imágenes reales de las manifestaciones ocurridas en 2018, que podrían ser perfectamente las que tienen lugar estos días, pero que en realidad son innecesarias porque ya la historia de ficción propone una visión lo suficientemente amplia y clara de la situación del país. Pero Freda funciona también como un drama complejo en el que los personajes están muy bien construidos, que aporta emoción y comprensión hacia las decisiones que toman, incluso en el caso de Esther, que pretende tener el control sobre su propia vida. Es también sobre todo una mirada muy femenina que tiene en las mujeres protagonistas el mejor reflejo del empoderamiento y la sororidad como única forma de resistir en medio del machismo y la corrupción, representada en ese plano final que provoca absoluta emoción. 


Shabu y Kumbuka se estrenan en la Berlinale el 12 de febrero. 

Mondig Zuid se puede ver en V.O. en la plataforma 2Doc.