28 junio, 2007

¿Día del Orgullo?

Las celebraciones del Día de Orgullo Gay ponen al descubierto la falta de cohesión entre distintos sectores cuyos elementos comunes no consiguen esconder sus verdaderas divergencias.


El Europride, que iba a ser la gran celebración del Orgullo, se ha convertido en un rifi-rafe en el que hosteleros, asociaciones y organizadores de unas celebraciones que, al contrario de lo que se anunciaba, han puesto al descubierto la verdadera desunión del colectivo gay en nuestro país. Lo que se nos ha vendido como objetivo común es en realidad una falacia, y aquellos que de alguna forma lo viven desde dentro saben desde hace tiempo que las distintas asociaciones de gays y lesbianas no se soportan, que las publicaciones gays van más allá de su propia condición de competidoras o que los supuestos “representantes” del colectivo, la mayor parte de ellos tan politizados que acaban representando solo a quienes ideológicamente se sitúan en su ámbito político.

Pero ha sido necesario “vender” una solidaridad falsa que finalmente ha acabado explotando cuando las ayudas económicas de la Comunidad de Madrid (pirrias, por cierto) y la parafernalia mediática han hecho acto de presencia. Lo cual además pone al descubierto algo obvio pero pocas veces mostrado. La “comunidad gay” es un negocio del que están viviendo aquellos que se autoadjudican la condición de representantes de quienes o se sienten representados. No es casual que dos de los sectores enfrentados coincidan precisamente con las dos publicaciones “estrella” de la causa gay: Zero (a la que se acusa de venderse a la campaña electoral del PP cuando sacó en portada a Ruiz Gallardón justo antes de los comicios) y Shangay (que abandera parte de la chapucera organización del Europride 2007, lo que ha provocado esperpénticos abucheos en la lectura del pregón).

El cine de temática gay también es un negocio. Lo malo es que pocas películas han conseguido reflejar con cierta decencia al colectivo, labor difícil dada la heterogeneidad de la comunidad gay. Que subproductos como Another gay movie y tópicas “mariconadas” televisivas como Queer as Folk. acaben siendo piropeadas como el novamás de la representación cinematográfica de los homosexuales da vergüenza ajena. Y es que buena parte de cine gay hecho por gays es menos interesante que las últimas películas de Jean-Claude Van Damme.

Pronto llegará a las pantallas Chuecatown, una comedia negra de Juan Flahn, en cuyo curriculum como guionista se encuentra la serie Ana y los siete. Mal precedente para otra incursión en el mundo homosexual que ya veremos si consigue reflejar la más mínima parte de realidad. Pero seguro que los misterios, amenazas y sospechas que conformen la trama serán minucias comparadas con las pataletas, cabreos y puntapiés que está provocando el Día del Orgullo.

27 mayo, 2007

El submundo del séptimo ¿arte?

La industria del cine mantiene una subindustria poblada de directores frikies y oportunistas, como Uli Lommel, el último descubrimiento del cutrerío.


El mundo del cine depara numerosas sorpresas, algunas de ellas no especialmente agradables (nunca es agradable perder parte de tu tiempo viendo una película que no te interesa lo más mínimo). Pero en otras ocasiones la sorpresa, sin dejar de tener un regusto amargo, plantea interesantes reflexiones sobre los cineastas y, en este caso, sobre ese submundo de películas frikies, malas hasta decir "basta", incapaces de hacer creíble ni la intención de ser creíbles. Una subindustria que funciona bien, que se mantiene en el subsuelo del cine más cutre, y que contiene los momentos más idiotas de la historia del cine. Tim Burton lo retrató perfectamente en Ed Wood, retrato del director inepto convertido luego hasta en un clásico. Pero en la actualidad, por supuesto, ese cine de nulo talento sigue dando frutos, sobre todo en el mercado del DVD.

Todo esto viene a raíz de la edición de la película La dalia negra. No nos referimos, por supuesto, a la película de Brian DePalma, que también tiene sus dosis de cutrerío, todo hay que decirlo, sino a la oportunista película dirigida por el alemán (ahora afincado en Los Angeles) Uli Lommel. Curioso personaje éste desconocido hasta ahora para mí pero cuya filmografía (larga, comenzando ya en los años setenta) es un exabrupto detrás de otro, una desfachatez hecha cine (o, mejor dicho, video). La dalia negra de Uli Lommel toma como pretexto el asesinato brutal de la actriz así llamada en los años 40 (igual que en la película de De Palma), para trazar otra historia distinta. ¿Qué digo?, otra historia que no tiene nada que ver. Porque la película de Lommel, y ahí está su descaro, su poca vergüenza, pero también su astucia friki, no tiene nada que ver con el tema que vende en su carátula y en su sinopsis.

Se trata de una simple trama de tres cutre-asesinos que, en la actualidad, se dedican a despedazar a aspirantes a actrices que se presentan (solas) en un cásting onvocado en una antigua cárcel (que ya les vale a las aspirantes, porque el sitio es para salir corriendo). La película, por llamarla de alguna forma, es una sucesión de sanguinolentas escenas mal hechas, rodada en video, con actores que deberían haber sido despedazados en el cásting (éstos sí) antes de ponerse delante de las cámaras. Pero a Uli Lommel le importa poco. Él lo que quiere es sacar sangre a borbotones, pero con tan escaso presupuesto que no es capaz de crear escenas mínimamente repugnantes, por mucho que lo intente. Los cuerpos despedazados parecen más de juguete de lo que lo son en realidad. ¿Del famoso asesinato de la actriz? Poco o nada, solo una excusa más barata que la propia película.

Comentaba un internauta que a nadie se le ocurriera alquilar una película con el nombre de Uli Lommel en la carátula. Efectivamente, este director alemán tiene una filmografía para echarse a temblar, llena de oportunistas subidas al carro del éxito. Que estrenan en cines una película sobre el hombre del caso, pues él te hace otra sobre el hombre del saco (Satanás, el reflejo del mal (1980)); que estrenan Zodiac, pues él va y dirige Curse of the Zodiac (2007).

Eso sí, tiene más de 40 películas como director, extenso currículum que viene desempeñando desde los años setenta, en los que por cierto incluso colocó su segundo largometraje, La ternura de los lobos (1973) en la Sección Oficial del Festival de Berlín. Se trataba, ya por aquel entonces, de otra historia de psicópata asesino (una de sus obsesiones) que era gay, lo cual debió interesar bastante en su momento, y trasladaba los cuerpos de los jovencitos asesinados para que sus amigos pudieran devorarlos (el canibalismo es otro de sus temas recurrentes).

En la trayectoria de Uli Lommel incluso se encuentra una trilogía en la que adaptó textos de Edgar Allan Poe (ahí es nada). Por supuesto, las nuevas tecnologías han permitido a estos directores seguir desarrollando su faceta como cineastas de tres al cuarto que consiguen, como en su caso, distribuir sus películas incluso en el extranjero. Pero no se les puede negar desde luego cierta astucia para lograr mantener una profesión aunque sea a base de rodar rápido y sin el menor atisbo de talento.

Si conocéis otros ejemplos de representantes de estos submundos de la industria del cine, ahora es el momento de descubrirnoslos.

20 mayo, 2007

Repasando la actualidad

Un asesino en serie anda suelto por San Francisco, la SGAE tira la primera piedra en Sevilla justo la misma semana en la que se hace público el mayor varapalo judicial que ha recibido la entidad en mucho tiempo, y la película andaluza menos rentable de los últimos años se reestrena en julio. ¿Nos estamos volviendo locos?

Esta semana nos hemos reconciliado con David Fincher, un cineasta al que, como comentaba certeramente un colega, sólo le salen bien las películas impares. A saber: 1.Seven (excelente), 2.The game (tramposa), 3.El club de la lucha (interesante, aunque yo no pertenezco a ese grupo que la idolatra como gran obra), 4.La habitación del pánico (chusca), y 5.Zodiac, una apuesta que corre ciertos riesgos por no ser lo que aparenta, lo cual es su mayor virtud, pero provoca también el rechazo de ls espectadores.

De hecho, en el preestreno en el que la vimos, buena parte del público (que no tenía el perfil, todo hay que decirlo, del que podría valorar una propuesta como ésta) salió echando pestes de la película. Pero Zodiac no es, afortunadamente, una típica muestra de cine de psicópatas, y deja muy mal cuerpo, sobre todo porque transmite con certera precisión esa sensación de amenaza que vivió todo el país en los años setenta, cuando un asesino en serie sembró los alrededores de San Francisco de cadáveres.

Pero sobre todo porque David Fincher consigue, amparándose en grandes películas como Todos los hombres del presidente o La conversación, construir un perfecto homenaje a cierto estilo de hacer cine que contenía una especial capacidad para contar historias sin necesidad de juegos audiovisuales. Son dos horas y cuarenta minutos de sutil descripción de personajes, de cronométrica construcción narrativa.

Hablando de construcción, se ha colocado ya la primera piedra (con bastante retraso) del futuro auditorio-centro de producción de la SGAE en Sevilla, uno de esos macroproyectos a los que últimamente nos tiene tan acostumbrados el actual alcaldable. Así que la entidad, guardiana de los derechos de quienes pagan los diezmos escrupulosamente, tendrá una sede espectacular en nuestra ciudad, un auditorio junto a otro auditorio, el de Rocío Jurado, un centro de producción artística del que aún no se sabe mucho, y en definitiva un despilfarro más con el que justificar su devorador afán recaudatorio. Enhorabuena.

Lástima que se haya hecho justo la misma semana en la que se ha conocido la sentencia de un juez negando que la SGAE pueda cobrar derechos de autor por toda la música que se emite, no solo la de sus abonados, como viene haciendo hasta ahora. Por este concepto, la SGAE recaudó 69,1 millones de euros en 2005, aunque la entidad no suele decir nunca cuánto de este dinero va a parar a sus socios. Pero la protesta judicial de la Sala Beat de Tomelloso ha acabado en sentencia negativa para la SGAE, y el juez ha estimado que la gestora únicamente puede cobrar por la música que gestiona. Así que los locales que ponen música bajo licencia de Creative Commons, por ejemplo (licencias gratuitas), no estarían obligados a pagar a la SGAE. Afortunadamente, internet nos permite espacios como éste que se acogen a los derechos que también tenemos los autores de compartir sin pedir nada a cambio. Y licencias gratuitas como Creative Commons (bajo la que está suscrito este blog) salvaguardan esos derechos.


Un hecho inaudito se producirá este verano. A la distribuidora de la película ¿Por qué se frotan las patitas? se le ha ocurrido lanzar una nueva campaña para reestrenar este musical andaluz y tratar de cosechar el éxito que no obtuvo a finales del año pasado. Cuando debería estar ya editada en DVD (quizás un formato en el que podría conseguir más adeptos), ahora se anuncia un nuevo estreno para el 6 de julio, día en el que también se estrena The transformers, dos semanas después del estreno de Shrek Tercero, una semana después del estreno de 28 semanas después (valga la redundancia), y poco antes de que llegue Harry Potter y la Orden del Fénix. A eso se le llama tener tino. Desde luego, hay que alabar la confianza de la distribuidora Alta Films, pero si ¿Por qué se frotan las patitas? acaba siendo un éxito este verano, habrá que darle un Goya de Honor al creador de la nueca campaña. Por cierto, que parece más una campaña para un estreno de Cruz y Raya, porque no sé a quién coño le puede importar que a Fernando Tejero y Arturo Vals les guste la película (si es que la han visto).

30 abril, 2007

Una película de terror

Deliver us from evil es una historia de terror, que da mucho más pavor al saber que los protagonistas son reales y que el dolor inflingido es real.

La apariencia del padre O’Grady es amable. Su ligero acento irlandés y su especial sosiego mientras habla lo perfilan como alguien cercano, apacible, capaz de despertar confianza en cualquier persona, pero principalmente en quienes han sido educados con los preceptos del respeto a una institución eclesiástica que debe ser su guía espiritual. Esto lo reflejan algunas de las víctimas del padre O’Grady; sintieron confianza, le abrieron las puertas de sus casas, le acogieron como uno más de la familia.

Quizás es difícil ver esta buena predisposición en nuestro país, y quizás pequeñas poblaciones fervientemente católicas de los Estados Unidos sean un buen caldo de cultivo para estos lobos con piel de cordero.

Pero los primeros minutos del documental Deliver us from evil (Líbranos del mal), aún conociendo los actos delictivos de su protagonista, le hacen parecer como una persona arrepentida de sus “equivocaciones”, como él mismo define a los continuos abusos sexuales que profirió a niños, niñas y hasta madres durante más de una década. Poco a poco, los recuerdos dolorosos de las víctimas dibujan a un padre O’Grady con trazos cada vez más siniestros. Y este irlandés de apariencia amable, de especial sosiego al hablar, se va convirtiendo conforme avanza la película en un monstruo capaz de abusar de decenas de niños, algunos de los cuales sólo tenían meses de edad. Alguien violento, maquiavélico, que utilizaba siempre la misma táctica para acercarse, primero a los padres, y después a sus hijos (sus premeditadas víctimas).

Deliver us from evil es un documental nominado al Oscar y dirigido por Amy Berg, que utiliza su experiencia como productora en la CNN para conseguir algunos testimonios increíbles, grabaciones de los interrogatorios durante el juicio contra el pederasta católico y, sobre todo, las propias declaraciones del pedófilo, al que fue difícil de convencer para ser entrevistado, según nos cuentan. La labor de Amy Berg, sin embargo, no está exenta de polémica. Se dice que citó a O’Grady junto a un colegio sin que éste lo supiera para poder entrevistarlo con niños pasando por delante de él. Y se ha condenado la falta de ética para conseguir esta imagen, eso sí, poderosa y que produce escalofríos.

Porque estamos ante una auténtica película de terror, mucho más terrorífica al saber que sus protagonistas son reales y que el dolor inflingido es real. Y emocionante precisamente cuando una de las familias que había depositado su confianza en el párroco, confiesan su pavor cuando descubrieron que su hija había sufrido abusos desde los 5 hasta los 12 años. Pero no menos escalofriante es el nefasto papel que la iglesia católica norteamericana (y por extensión el propio Vaticano, cuando el ahora Papa Ratzinger ostentaba una posición directamente relacionada con la ética cristiana) jugó en el desarrollo de las constantes denuncias que los padres presentaban contra el cura.

Deliver us from evil te deja sentimientos de rabia frente a la impunidad de los acosadores (a su vez, víctimas de abusos sexuales en su niñez) y el menosprecio de la institución eclesiástica hacia las víctimas, pagando el silencio con planes de pensiones. Uno de los entrevistados compara la actuación de la iglesia norteamericana con las formas de actuar de la Cosa Nostra. El documental no deja dudas al respecto.

21 abril, 2007

Fenómenos extraños: prensa vs. cine

Las distribuidoras acusan a la prensa de copiar sus películas. Los spots sobre propiedad intelectual mienten a los espectadores. Soncinemad establece un canon económico para que los medios cubran el evento. ¿Qué está pasando entre la prensa y quienes pretenden encontrar espacios de publicidad gratuita en los medios?

Es curiosa la relación entre la prensa y los distribuidores, productores, organizadores de eventos... Por un lado, éstos quieren que sus productos aparezcan adecuadamente representados en las páginas de los periódicos, programas de radio, espacios de televisión... Por otro, los medios pretenden (pretendemos) llenar sus espacios de información detallada de aquello que les parece interesante. Hay un toma y daca constante, un tira y afloja que, al fin y al cabo, se podría resumir en una palabra: publicidad. La publicidad en prensa cuesta dinero, mucho dinero. Y las distribuidoras y promotores saben que tratar bien a la prensa supone disponer de mayor espacio en los medios. También la prensa sabe que si trata bien a una distribuidora, ésta le dará mayores facilidades para que determinados productos especialmente interesantes estén presentes.

Es un juego de poderes que, en mayor o menor medida, se establece entre los dos vértices de la promoción. Y existen contraprestaciones que unos y otros aceptan como parte del juego. Pero a veces ocurren fenómenos extraños.

Hay una cierta tendencia por parte de las distribuidoras de cine y DVD a acusar subrepticiamente a los medios de ser los propagadores de copias piratas de sus películas. Fenómeno curioso cuanto menos, ya que no conozco ningún caso en el que se pueda demostrar que de un pase de prensa o un DVD de promoción ha salido una copia pirata para internet o el top manta. Por lo contrario, sí son muchos los casos demostrables de copias que han salido del interior las propias distribuidoras y productoras. ¿Dónde hay que aumentar, entonces, las medidas de seguridad? Sin embargo, se siguen organizando las mismas humillaciones en determinados pases de prensa (se requisan móviles, se registran bolsos...).

Algunas distribuidoras de DVD ponen mucho énfasis en enviar discos de visionado que no solo incluyen el tan molesto código de tiempo (como si eso fuera un impedimento para colgar la copia en internet, por ejemplo), sino que se gastan más dinero en realizar copias especiales para prensa que si enviaran directamente la copia comercial. Pero hace poco hemos visto un caso curioso. La copia de visionado de la película The queen, amén de incluir el dichoso código de tiempo, amenaza a los profesionales con tomar medidas legales si se efectúan copias (ya estamos acusando), y deja bien claro que se trata de una copia para uso exclusivamente profesional. Muy bien. ¿Entonces por qué coño se incluyen dos trailers de próximos lanzamientos de la compañía? Si esa copia no es de uso comercial, no tiene sentido que incluyan trailers comerciales.

Lo de los spots sobre piratería que incluyen otras distribuidoras no tiene nombre. Entre otras cosas, porque están llenos de mentiras. Uno de ellos compara a un ladrón de coches con un usuario que descarga películas de internet. Sin embargo, compartir archivos a través de internet sigue siendo una práctica legal. ¿Por qué empeñarse entonces en llamar delincuentes a quienes actúan dentro de la legalidad? En otro spot del Ministerio de Cultura que se puede ver en los cines se nos dice que no se pueden robar las ideas. Pues bien, vayamos a la ley.

El artículo 2 del Tratado de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual sobre derecho de autor, concertado en la Conferencia Diplomática que se celebró en diciembre de 1996 establece que: “la protección del derecho de autor abarcará las expresiones, pero no las ideas, procedimientos, métodos de operación o conceptos matemáticos”.

El Tribunal Supremo manifestó en la Sentencia del 26 de octubre de 1992 que “es opinión común en la doctrina científica que no constituye objeto de la propiuedad intelectual ni las ideas que después se plasman an las obras, ni el estilo seguido o creado por el autor”.

Entonces, ¿por qué hacer un spot en el que se subraya que no se deben copiar las ideas, cuando las ideas no son objeto de propiedad intelectual? ¿por qué ese empeño en mentir a los espectadores?

Otros fenómenos extraños se producen en la relación entre la prensa y determinados eventos cinematográficos. Se ha puesto de moda entre algunos de estos eventos, por imitación con otras gigantescas celebraciones de cine (festivales de Cannes, Berlín o San Sebastián) la práctica de cobrar a los periodistas por cubrir la información. Lo cual no deja de ser curioso ciertamente.

Por ejemplo, en Soncinemad, el Festival Internacional de Música de Cine de Madrid, un periodista que quiera desempeñar su trabajo debe pagar su acreditación. Vamos, que prácticamente hacer publicidad gratuita del evento en un medio de comunicación viene a costar casi lo mismo que acreditarse como espectador y no tener que trabajar. La explicación es sencilla: limitaciones presupuestarias.

Ahora hagamos una odiosa comparación. Para asistir al Festival de Berlín también hay que pagar. Pero bastante menos. Y Berlín dura una semana (no tan solo un fin de semana como Soncinemad) y ofrece una programación de varios centenares de proyecciones. Los organizadores están en su derecho de cobrar, nadie les va a acusar de querer beneficiarse, porque nos consta que este tipo de actividades no solo no suponen beneficios económicos sino todo lo contrario. Pero algunas declaraciones nos sorprenden.

Dice Gorka Cornejo, jefe de prensa de Soncinemad, para justificar el coste de la acreditación: “Los conciertos sinfónicos del Teatro Monumental y los Cines Kinépolis son actividades extra en los que el periodista no puede actuar como tal: no hay posibilidad de fotografiar, grabar ni entrevistar a nadie.” Curiosa conclusión, especialmente viniendo de un periodista. Eso es como decir que las proyecciones de películas en un festival de cine son actividades extra (ya que no se puede fotografiar, ni grabar ni entrevistar a nadie), y que por tanto los periodistas deberían pagar su entrada para las mismas. Mala política de comunicación para un evento que ciertamente merece el apoyo de los medios de comunicación para promocionar su, todo hay que decirlo, interesantísima programación.

11 abril, 2007

El corazón de la tierra: menos es más

Hay en El corazón de la tierra aciertos (pocos) y desaciertos (demasiados). Antonio Cuadri sabe mover la cámara, la grúa y todo lo que haya que mover para ofrecer cine espectáculo. Pero la narración lastra los resultados.


Se estrenó por todo lo alto en Sevilla y Huelva la calificada como “gran superproducción andaluza”. O lo que es lo mismo, El corazón de la tierra, retrato de una página de la historia que quedó relegada al olvido hasta que el onubense Juan Cobos la rescató en su novela, gran éxito editorial y que ahora el también onubense, aunque sevillano de adopción, Antonio Cuadri la ha llevado al cine. En Sevilla, en el cine Cervantes, que también parece sacado de otra época, el estreno congregó a lo que se puede denominar como la vida social de la ciudad, que tampoco es gran cosa, y recibió el apoyo incondicional de la Junta de Andalucía, con la presencia del Presidente, Manuel Chaves, y de la Consejera de Cultura, Rosa Torres; de Canal Sur Televisión, con los de siempre; y hasta del Ministerio de Cultura, con la ministra Carmen Calvo como cabeza visible. Un apoyo institucional que pocas veces se ha visto en una producción realizada en Andalucía. ¿Por qué no apoyan igual al resto de películas (pocas) que se hacen en Andalucía cada año? Claro que Cuadri siempre ha sabido poner la zanahoria adecuada para atraer la atención de los políticos. Si tienes que darle un papelito al alcalde mediático (Monteseirín en Eres mi héroe), se lo das. Y si hay que incluir una referencia al socialismo como emblema de solidaridad patronal (en El corazón de la tierra la hay), pues se hace. Así a Carmencita y Manolito les asomará una sonrisa de satisfacción.

Escribir sobre una película que se vende y se promociona a sí misma como un “esfuerzo de producción de la industria cinematográfica andaluza”, es arriesgado. Sobre todo porque si se hace un comentario negativo parece que se está dinamitando el cine andaluz (lo de andaluz siempre entre comillas, claro, sobre todo en una producción “internacional” como ésta). El caso que las grandes producciones, los grandes esfuerzos nunca han salido bien en Andalucía. Ahí están las mediocres Belmonte, Yerma y Una pasión singular. Y tampoco el anterior trabajo estrenado en cines de Antonio Cuadri, Eres mi héroe, terminó de convencernos.

El corazón de la tierra se propone algo difícil. Un retrato con aires de cine espectacular (a destacar el trabajo musical de Fernando Ortí, que quizás rebasa en algunos momentos las imágenes de la película). Y consigue en ciertos momentos una entidad visual que resalta sin resultar pobre, todo lo contrario que en otras producciones de aparente espectacularidad (ahí está Alatriste, sin ir más lejos). Antonio Cuadri sabe mover la cámara, la grúa y todo lo que haya que mover para ofrecer esa imagen absorbente de unas Minas de Ríotinto en plena ebullición. Pero, como lamentablemente suele suceder en el último cine español, la traslación a la gran pantalla de la novela de Juan Cobos Wilkins queda lastrada por una narración torpe, apresurada, con personajes que aparecen (¿de dónde viene y cuáles son las motivaciones del activista cubano?) y desaparecen (¿dónde está el alcalde Jorge Perugorría en determinados momentos importantes de la película?) sin orden ni concierto, provocando el desconcierto, valga la redundancia, en una historia que tampoco termina de cuajar la relación a tres bandas entre las dos amigas protagonistas y el joven capataz extranjero.

Hay en El corazón de la tierra aciertos (pocos) y desaciertos (demasiados). Entre los primeros, la presencia de ese espléndido Bernard Hill al que le hubiera faltado un personaje más redondo. Entre los segundos, graves errores de cásting como el de la colombiana Catalina Sandino Moreno (perdida como solo puede perderse una actriz a la que interesa poco lo que se está contando) y un Fernando Ramallo al que, ya como actor adulto, se le nota demasiado su escasa capacidad para transmitir lo más mínimo. La británica Sienna Guillory y el norteamericano Philip Winchester al menos se esfuerzan, aunque no alcancen a moldear a sus personajes; Joaquim de Almeida está correcto como siempre; y Ana Fernández vuelve a poner esos mohínes de sufrimiento de los que ya estamos un poco hartos.

Antonio Cuadri ha visto, sin duda, Novecento y El padrino (y quizás hasta las ha revisitado mientras preparaba su película). De ahí que se nos antojen ciertos paralelismos pretendidos en algunos momentos. Eso sí, plantear un montaje paralelo entre un cuadro flamenco y una escena violenta (al arbitrio de los habituales montajes paralelos de Coppola), resulta algo ridículo. Sin duda, El corazón de la tierra consigue transmitir una imagen de cine hecho con medios (quizás menos de los que pudiera parecer) sin caer en la pobreza que evidenciaban otras películas españolas. Y logra ser, en imagen, lo que pretende. Pero su narración precipitada, sus incomprensibles errores de cásting y su cierta tendencia a la sobreactuación terminan por disolver su capacidad emotiva.

Una recomendación: evitar a toda costa la versión doblada en “jandalú”. No hay cosa más patética que esta manía estúpida (impulsada por la estupidez de nuestra clase política) de acentuar la identidad andaluza a base de modulaciones exageradas. Es una visión tan reduccionista de la tan traída “nacionalidad” que deberían poner una multa a sus responsables.