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04 febrero, 2026

Rotterdam 2026 - Parte 2: Revoluciones

Llegamos al ecuador del Festival de Róterdam que se desarrolla hasta el 8 de febrero hablando de revoluciones y conflictos, uno de los temas habituales en la programación de una selección comprometida con las realidades que se viven en el mundo. Películas que abordan desde distintas perspectivas las consecuencias de la larga ocupación de Palestina, pero también de revoluciones fallidas en Portugal o frustradas en Siria. El Festival de Róterdam no es una muestra de estrellas de cine, pero entre sus invitados estuvo presente ayer la actriz Cate Blanchett, no solo para presentar la película Father Mother Sister Brother (Jim Jarmusch, 2025), que se proyecta en la sección Limelight que recoge películas relevantes del circuito de festivales, sino sobre todo en su faceta de Embajadora de Buena Voluntad de ACNUR, que junto al Hubert Balt Fund ha puesto en marcha el Displacement Film Fund (DFF), una iniciativa lanzada como programa piloto en el IFFR de 2025 y que supone la ayuda de 100.000 euros a cortometrajes realizados por cineastas desplazados. Se estrenaron en esta edición los cinco cortos subvencionados en la primera ronda, realizados por directores de Irán, Siria, Afganistán, Somalia y Ucrania, y se ha anunciado una segunda ronda de ayudas. El primer comité de selección ha estado formado por las actrices Cate Blanchett y Cynthia Erivo, la directora Agnieszka Holland, el realizador Jonas Poher Rasmussen y el solicitante de asilo LGBTQ+ Amin Nawabi (seudónimo), que inspiró su documental de animación Flee (Jonas Poher Rasmussen, 2021), la directora del Festival de Róterdam Vanja Kaludjercic, la directora Waad Al Kateab, que coridigió el documental Para Sama (Waad Al Kateab, Edward Watts, 2019) y la activista y refugiada Aisha Khurram.

Far from Maine

Roy Cohen

Francia, Italia, Hungría 2026 | 99' | Harbour | 

En un panorama que se ha degradado hasta la confrontación ideológica que no reconoce la incongruencia de responder a un ataque terrorista con una masacre genocida, cualquier propuesta que trate de construir un diálogo puede parecer un acto de rebeldía. El director Roy Cohen (1984, Israel) trata de hacerlo en un documental que está construido como un diálogo con su amigo Aseel Asleh, un joven palestino residente en Israel al que conoció en 1998 durante un campamento de la paz, llamado Seeds of Peace, que se celebró en la ciudad de Maine, en Estados Unidos, al que acudieron representando a la delegación israelí. Inmediatamente hubo una conexión entre ambos y se hicieron amigos, hasta que en 2000 Aseel Asleh fue asesinado por los soldados israelíes durante la Segunda Intifada. Far from Maine (Roy Cohen, 2026) hace referencia a ese momento de conocimiento personal, a partir del cual ambos regresaron a sus entornos familiares y llevaron vidas separadas. En el caso del director, comenzó años después una relación sentimental con un norteamericano y tuvieron una hija, pero el recuerdo de Aseel ha permanecido tan claramente que la estructura del documental se sostiene en un diálogo ficticio entre el Roy Cohen de la actualidad y el Aseel Asleh que no pudo traspasar la juventud. Esta conversación basada en cartas que se enviaron durante un tiempo es también una reflexión sobre cómo la sociedad israelí ha enfrentado todo lo que ha ocurrido desde el 7 de octubre de 2023, tras el ataque terrorista de Hamás que provocó la muerte de 1219 personas y el secuestro de 251, mayoritariamente civiles israelíes. Y una respuesta por parte de Israel en un genocidio que ha acabado con la vida de más de 72.000 gazatíes, entre ellos 20.000 niños, el desplazamiento de 1,9 millones de personas y la destrucción absoluta de Gaza, con un futuro controlado por Estados Unidos para reconvertirla en un resort de lujo. Pero la huella de la ocupación permanece inalterable, y el recorrido que efectúa Roy Cohen en su documental deja algunas cuestiones relevantes sobre los silencios y las mentiras. Él mismo es de origen árabe-israelí, pero nació en una ciudad de la que nunca supo, hasta que se hizo adulto, que había sido un asentamiento palestino ocupado por los israelíes. Quizás lo más relevante de documental es cómo expone una realidad impactante, especialmente cuando habla con una de sus hermanas, quien vivió en un kibutz cercano a la franja de Gaza, en el que hubo algunos conatos de ataques durante los atentados del 7 de octubre, y a quien se le ha ofrecido un terreno para volver a habitarlo. Entre los israelíes que apoyan las políticas genocidas de Benjamin Netanyahu y los que protestan en contra de ellas, hay una parte de ciudadanos mucho más numerosa, la de aquellos que prefieren mirar hacia otro lado y permanecer en silencio. Cuando Roy Cohen habla con una responsable de seleccionar a los jóvenes que formaron parte de la delegación israelí que fue al campamento Seeds of Peace, y le menciona el nombre de su amigo Aseel Asleh, ella también se niega a hablar de él. Desde el principio, nos cuenta el director en su narración, el joven Aseel mostraba cierta rebeldía, explicando su origen palestino y renunciando a cantar el himno de Israel. Lo que provocó que la delegación israelí se negara a volver a invitarle, mientras que la organización del campamento le invitó como representante individual. Incluso el idealismo de la convivencia pacífica que representaba el encuentro estaba envuelta en debates intensos y en algún insulto racista. 

Al mismo tiempo que establece el diálogo ficcionado con su amigo palestino, Roy Cohen conversa en Estados Unidos con algunos de los jóvenes del campamento con los que ha seguido manteniendo contacto, y que continúan participando en las manifestaciones contra el genocidio israelí. Aunque el documental no llega a capturar la persecución a la que han sido sometidos los representantes de las protestas palestinas y la desfinanciación a la que ha sometido la actual administración norteamericana a las universidades que se han alineado con la libertad de expresión. En la realidad que describe Far from Maine, antes del desembarco del fascismo, los Estados Unidos todavía eran un espacio donde expresar de manera libre y sin miedo a ser considerados terroristas por apoyar la solución de los dos Estados para el conflicto palestino-israelí. Pero lo más revelador de la película está en el interior de Israel, en el reflejo de la educación dirigida, en las huellas de las mentiras inoculadas en los jóvenes, en la permanencia del silencio y el desinterés: "No me interesa lo que está pasando allí. Apenas veo las noticias", dice la hermana de Roy Cohen, como si la invisibilidad o el negacionismo pudieran borrar la realidad. Es la indiferencia flagrante de muchos ciudadanos israelíes la que expresa con mayor profundidad los soportes en los que se sostiene la psicopatía de personajes como el ultraderechista Ministro del Interior Ben Gvir, a cuyo pasado también se hace referencia en la película. Far from Maine mezcla imágenes de archivo con las conversaciones y las reflexiones personales de Roy Cohen, que en algunos casos resulte difícil. Como cuando habla con Yousef Bashir, uno de los participantes en el campamento, quien ha guardado un libro con el casquillo de una bala incrustado en él, durante un ataque del ejército israelí a su casa, para recordarle la realidad a los que dudan sobre la violencia sistemática. "La retórica y el lenguaje que utilizan los medios israelíes es algo que no he visto nunca. Han hecho un trabajo increíble, extremadamente calculado, para asegurarse de que los israelíes piensen de una cierta manera". Entre los documentales que han hablado sobre el conflicto israelí-palestino desde que se produjo el ataque del 7 de octubre y el posterior genocidio, Far from Maine puede no resultar tan profundamente emocional como Coexistence, my ass! (Amber Fares, 2025), pero al menos ofrece una mirada desde el interior de Israel que expone claramente el grado de manipulación a la que se ha sometido a una población que seguramente también ha tenido su responsabilidad en dejarse someter. 

Palestine 36

Annemarie Jacir

Palestina, Reino Unido, Francia 2026 | 120' | Limelight | 

Oscar '26: Candidata palestina

TIFF '25: Lightbox - Premiere mundial


Desde sus cortometrajes Like twenty impossibles (2016) y Wajib (2017), seleccionados en dos ediciones consecutivas del Festival de Róterdam, la cineasta Annemarie Jacir (1974, Palestina) ha tratado diferentes aspectos de la realidad palestina y de su diáspora, pero sobre todo destacó su primer largometraje, La sal de este mar (2008), cuyo tratamiento del regreso de una mujer estadounidense-palestina que quiere residir en la ciudad de Ramallah, donde encuentra a algunos de sus habitantes esperando visas para poder salir de allí, conecta con los acontecimientos ocurridos en los últimos meses dentro del lejano camino que ha recorrido el conflicto entre árabes y sionistas. En una parte del comienzo de esa confrontación se centra su ambiciosa última película, Palestine 36 (Annemarie Jacir, 2025), que nos transporta hasta las primeras rebeldías de los habitantes árabes de una tierra que se encuentra bajo el protectorado de Gran Bretaña, quien decide poner parte de ellas al servicio del desplazamiento del pueblo judío, progresivamente expulsado de Europa en medio de un sentimiento creciente de antisemitismo que acabó derivando en una persecución cruel. El "problema judío" se desplazó hasta Jerusalén, y la solución que encuentran los diplomáticos británicos, encabezados por el Alto Comisionado Wauchope (Jeremy Irons) es dividir las tierras en dos partes sin consultar a los agricultores que las habitan, y dejando que los colonos judíos se apoderen de zonas rurales incluso de manera violenta. El anhelo de una tierra prometida en Jerusalén que ha usado el pueblo judío para justificar su ocupación no tuvo en cuenta que esa región situada entre el río Jordán y el mar Mediterráneo estaba habitada desde el paleolítico por los antecesores de los agricultores palestinos que comenzaron a expulsar. La película plantea que la ocupación de los territorios árabes fue impulsada por los propios funcionarios británicos que habían favorecido su expulsión de Europa por un antisemitismo creciente, hasta que la Comisión Peel tomó la decisión de apoyar la creación de un Estado de Israel que se asentaría en parte de las tierras árabes, lo que está planteado como la principal razón de las revueltas, aunque puede no ser históricamente correcto. Ha habido en los últimos meses algunas discusiones entre autores como Robert Cherry que niega el rigor histórico del relato, afirmando que la violencia contra los judíos fue anterior y que la directora no menciona algunas figuras clave como el líder árabe Gran Muftí Amin al-Husseini, "que instigó la violencia y eliminó a la comunidad judía del valle de Hebrón", mientras que otros autores como el periodista Jonathan Cook defienden la tesis de la historia contada por Annemarie Jacir. Ésta se centra principalmente en el joven árabe Yusuf (Karim Daoud Anaya), un granjero que mantiene una buena relación con la comunidad británica ayudando a Amir (Dhafer L'Abidine), un líder burgués que se alinea con la agenda sionista esperando mantener su estatus, y su esposa Khouloud (Yasmine Al Massri), una periodista radical que escribe bajo un seudónimo masculino. En la parte británica hay una cierta exposición más simplista: el Capitán Wingate (Robert Aramayo) es el retrato de un sionista que se refiere a los palestinos como animales, mientras que el Comisionado Thomas (Billy Howle) defiende la creación de un estado palestino libre e independiente. 

Uno de los aspectos más discutidos de la película, y también de los antecedentes históricos que propone, es el informe en el que la Comisión Peel aprobó un plan de partición en 1937 que establecía un Estado de Israel en parte del territorio árabe. Palestine 36 se centra principalmente en el período que transcurre entre la huelga general de los habitantes árabes que se desarrolló durante seis meses en 1936 y la masacre de la aldea palestina Al-Bassa que tuvo lugar en 1938. Parte del trasfondo de este acontecimiento protagonizado por las tropas británicas está representado a través de la figura de Kareem (Ward Helou) y el padre Boulos (Jalal Altawil), un sacerdote cristiano, quien enseña a su hijo el valor de la resistencia a través de un juego en el que ambos se muerden los puños: "El valor no está en quién tiene más fuerza, sino en quién es capaz de resistir más. Hay que perseverar para poder ganar". Con una cierta mirada hacia las producciones de David Lean en el retrato de una historia multifacética de personajes que se cruzan entre sí, como el trabajador portuario Khalid (Saleh Bakri), que se convierte en uno de los líderes de la revuelta, la directora Annemarie Jacir construye un reflejo histórico que se sostiene en las pequeñas experiencias de algunos de sus habitantes, una historia de resistencia y de insumisión a las  imposiciones coloniales. Puede ser a veces imprecisa y unidireccional, estableciendo a los árabes únicamente como víctimas de la violencia, no como instigadores de ella, e invisibilizando a la comunidad judía que prácticamente solo se menciona en las conversaciones, pero no tiene una representación física. En su relato que conecta con la realidad histórica, se introducen fragmentos de archivos que muestran la vida cotidiana en Palestina, donde se rodó la película, y referencias a la huelga y las revueltas que se organizaron en los años treinta. También se silencia a una parte de la población palestina que estaba de acuerdo con la partición que proponía la Comisión Peel, cuya recomendación era que la comunidad judía recibiera solo el 12% del territorio del Mandato Británico, y que la gran mayoría del resto se asignara a los habitantes árabes palestinos. Pero la candidata palestina a los Oscar, que consiguió pasar el corte de la preselección pero no ha sido nominada, en favor de la representante tunecina La voz de Hind (Kaouther Ben Hania, 2025), ofrece una perspectiva diferente al relato sionista habitual, que puede ser impreciso pero alimenta la reflexión sobre cómo el genocidio contra el pueblo palestino tiene su raíz en las consecuencias del colonialismo y el antisemitismo europeo. Y contiene dentro de su fuerte carácter de épica histórica una mirada profunda hacia el pasado como la fuente de los problemas del presente. 

© O Som e a Fúria, Tarántula

Projeto global

Ivo M. Ferreira

Portugal, Luxemburgo 2026 | Big Screen Competition | ★


Al ver la última película de Ivo Ferreira (1975, Portugal), director de títulos reconocidos como Cartas de la guerra (2016), es inevitable pensar en las incursiones que viene haciendo en los últimos años el cine brasileño en el pasado opresivo de sus dictaduras: Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024) y El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025). Ambientada en los años posteriores a la Revolución de los Claveles, se trata de una incursión en las soluciones sociales que planteaban las revoluciones socialistas, y la paranoia de la amenaza de un posible regreso de un sistema dictatorial, lo que en cierta manera actualiza su reflejo mirándose en el espejo de las sociedades actuales que se están contagiando de los discursos fascistas sin verlos realmente como una amenaza, e incluso justificándolos bajo eslóganes populistas. En 1980, la desilusión se había instalado en el rumbo que había tomado Portugal y lo que se percibía como el desmantelamiento de los logros de la revolución de abril: la reprivatización de las fábricas y el fin de la reforma agraria. Tras varios intentos de la extrema derecha por recuperar el poder (dos intentos de golpe de Estado en 1974 y 1975, y más de 600 atentados y acciones violentas entre 1975 y 1977), creció el temor al regreso del fascismo. En este clima de tensión, surge un grupo armado de extrema izquierda denominado Fuerzas Populares del 25 de abril (FP-25), que entre 1980 y 1986 convirtió al país en escenario de atentados con bombas, robos a mano armada y ejecuciones por motivos políticos. El FP-25 fue contemporáneo de otras organizaciones terroristas que actuaban en Europa, como la Baader-Meinhof, ETA, el IRA o Action Directe, pero sin una causa territorial o identitaria que los enmarcara, y causaron la muerte de al menos dieciocho personas, dejando a la sociedad portuguesa profundamente conmocionada. Ese idealismo fallido que encontró en la revolución armada un vehículo para tratar de remover la conciencia de la sociedad portuguesa es el contexto de una historia de amor de carácter triangular que forma el esqueleto principal de Projeto global (Ivo M. Ferreira, 2026), una interesante propuesta sobre las revoluciones frustradas. Como parte del FP-25, Rosa (Jani Zhao) y su pareja Jaime (Rodrigo Tomás) han iniciado un movimiento armado que intenta defender a los trabajadores y establecer una confrontación frente a los grupos de extrema derecha que han intentado hacerse con el poder. Pero es un proyecto revolucionario que no se sostiene sobre la paz de las flores colocadas en los cañones de los tanques, sino que pretende la destrucción de los sistemas autoritarios como un paso necesario para reforzar los cambios sociales que se han ido transformando en otra forma de imposición. Al mismo tiempo, Rosa mantiene una relación con Marlow (José Pimentão), un policía que pertenece precisamente al grupo que investiga las actividades criminales del FP-25, y que en algunas ocasiones consigue avisarla de las incursiones policiales contra la organización, pero sin renunciar a su intención de acabar con ella. Conforme las acciones del FP-25 se van haciendo más violentas, el trayecto de regreso resulta más difícil, y sus principales componentes, Rosa, Jaime y Queiroz (Isac Graça) deben continuar un camino sin retorno, con vidas clandestinas basadas en robos a bancos y atentados bajo la amenaza constante de la prisión o la muerte.

Projeto global no ofrece una crónica histórica sobre la organización FP-25, sino que prefiere construir un relato de ficción que pone de manifiesto la vulnerabilidad de las conexiones que se establecen entre sus miembros, y las discusiones que surgen dentro del seno de una respuesta armada en la que hay todavía una incertidumbre sobre si los mejores resultados provienen de la mayor violencia o por el contrario es aceptable algún tipo de negociación. De manera que Ivo Ferreira introduce al espectador directamente en la acción sin ofrecer un contexto histórico detallado, utilizando elementos de los thrillers de los años setenta para reforzar visualmente su propuesta. La intención es plantear un retrato de ese tipo de personajes ambivalentes que se encontraban en aquellas ficciones, filmando sin ofrecer un juicio sobre ellos y permitiendo que sea la duda la que se apodere del centro del relato, aportando al espectador elementos de reflexión. En esta incursión en los idealismos contaminados por la violencia, la cámara está en constante movimiento y acompaña a los protagonistas, con algunas secuencias logradas como el robo a un banco que termina con consecuencias devastadoras, que recuerda a los thrillers políticos italianos de de la década de los setenta y ochenta, siempre con  elementos realistas subrayando las secuencias de acción. El director se confiesa admirador de este tipo de cine, pero al mismo tiempo utiliza los clichés que les caracteriza para reconstruir una forma de acercarse a la realidad histórica desde una mirada ficcional. Lo que no consigue a veces es construir las relaciones entre los personajes de una manera que resulte lo suficientemente sólida. Funciona el trío amoroso y la dedicación del policía Jaime a terminar con la organización terrorista, aunque al mismo tiempo salvando a Rosa de sus consecuencias, pero en general éste resulta un personaje demasiado simple, envuelto en cierta levedad a pesar del dilema moral al que se enfrenta, que no beneficia a la solidez de la historia. Entre el humo de cigarrillos, la música de la época y las prostitutas que forman parte de la iconografía clásica del thriller político, hay una parte de la sociedad portuguesa que comparte sueños rotos y esperanzas inciertas.

Tell me what you feel

Łukasz Ronduda

Polonia 2026 | 100' | Big Screen Competition | 

En la esencia principal de esta película sobre el amor está la exposición de un tipo de relación que parece romper con las diferencias sociales y económicas de los amantes, pero únicamente como una ilusión de cierta normalidad que sin embargo no es real, porque las barreras permanecen para separar en cualquier momento. Habla el director Łukasz Ronduda (1976, Polonia), un habitual del Festival de Róterdam, en torno a la sobreterapia a la que se someten muchos jóvenes contemporáneos, que se representa en una mayor consciencia de las emociones y de la salud mental, pero que construye relaciones afectadas por esta percepción de la realidad. Esta historia romántica muestra simpatía por los personajes, pero al mismo tiempo ofrece una mirada crítica sobre el tipo de relación que se establece entre ellos, una conexión que se sostiene en la comprensión permanente de lo que sienten y de lo que piensan. En una escena de la película, Patryk (Jan Sałasiński) y Maria (Izabella Dudziak) intercambian sus ropas para sentirse en la piel del otro, creando una conexión emocional como si se tratara de una terapia. Él proviene de una familia de chatarreros pero se siente artista, aunque su intención de ingresar en la Academia de Arte de Varsovia es rechazada, mientras ella es una joven que ha huido de una familia adinerada pero con un padre esquizofrénico y que ha iniciado un proyecto artístico que consiste en recoger las lágrimas de personas desfavorecidas, pagándoles por el líquido acuoso y salado que fluye de sus glándulas lagrimales. Cuando Patryk pretende también ofrecer sus propias lágrimas, descubre que es incapaz de llorar. Este planteamiento puede parecer pretencioso, pero consigue resultar atractivo de manera sorprendente, envolviendo la historia en una relación peculiar que puede ser considerada romántica, pero que se sostiene en una especie de interpretación psicológica del amante, un anhelo de entender al otro desde una pretendida terapia personal que en realidad expone los propios traumas. Y también refleja una cierta masculinidad vulnerable, que está dispuesta a exponerse emocionalmente, que no recela de los sentimientos sino que los utiliza como herramienta para crear vínculos. Tell me what you feel (Łukasz Ronduda, 2026) es el nuevo largometraje de un director que generalmente suele hablar sobre la relación entre el arte y los sentimientos, en películas previas como Performer (Łukasz Ronduda, Maciej Sobieszczański, 2015) y en sus biografías inspiradas en artistas como A heart of love (2017) y All our fears (2021). El propio Łukasz Ronduda trabaja también como historiador de arte y programador de exposiciones en el Museo de Arte Contemporáneo de Varsovia, por lo que se mueve en terreno conocido. Pero en esta última propuesta hay una mayor exploración de la intimidad de los amantes, en encuentros que tienen lugar en el apartamento que comparte Patryk, rodeado de dibujos y pinturas que ocupan casi toda la pared, pero despersonalizado en el resto de una habitación casi vacía en la que los amantes se entregan a juegos sexuales que van derivando hacia inspiración artística. 

A través de esta relación Łukasz Ronduda refleja cómo se construyen las conexiones personales en una juventud que las percibe más como una forma de encontrarse a sí mismos que como una necesidad de establecer vínculos con otros, una mirada más interiorizada que un compromiso que se expone al exterior, lo que también muestra la debilidad real de esas conexiones.  A través de sus personajes, Tell me what you feel expone los conflictos y las aspiraciones de una generación que busca enfrentarse a sus vidas de una manera diferente, pero que a veces encuentra dificultades para descubrir nuevas formas de experimentar la comunicación entre ellos. De manera que construye un drama romántico que se mueve entre el romanticismo cursi del principio y la vulnerabilidad expuesta a lo largo de su desarrollo. La conexión con la pareja protagonista depende en buena medida de la cercanía que tenga el espectador con las inquietudes de la Generación Z, o con la tristeza existencial que caracteriza al joven Patryk. Pero su relación nunca se siente forzada, y la película se presenta como una historia de amor diferente en el que el director encuentra un equilibrio entre la descripción de los sentimientos de la pareja y la exposición de las ideas sobre el arte y la vida. 

Why do I see you in everything?

Rand Abou Fakher

Bélgica 2026 | 70' | Bright Future | 

Desafiando la imagen dominante de la masculinidad en la sociedad árabe, el debut de la directora Rand Abou Fakher (1995, Siria) tiene como protagonistas a dos amigos árabes que viven en el exilio. Nabil Altawil y Qusay Awad, también guionista, que han experimentado juntos la caída del antiguo régimen sirio de Assad y ahora están viviendo desde Alemania la destrucción de Gaza, comparten en un refugio momentos de intimidad y de cercanía, tocándose y acariciándose como no es habitual entre dos hombres dentro del contexto de las sociedades árabes. La directora admite querer romper con esa imagen de masculinidad que impera en ese mundo, ofreciendo no solo una mirada feminista sino también una perspectiva queer, y afirma compartir una reflexión de la artista siria Sulafa Hijazi: "Un cuerpo capaz de dar vida nunca puede decidir tomarla tan a la ligera", para intentar encontrar la explicación a la normalización de la violencia. La cercanía íntima de estos dos amigos contrasta con la perspectiva masculina que no encuentra distorsión en la imagen de un adolescente portando un arma, pero se conmociona cuando dos hombres se acarician y se tocan. Pero Why do I see you in everything? (Rand Abou Fakher, 2026) habla sobre todo del desarraigo que experimentan los dos protagonistas, comenzando con una imagen de olivos trasplantados en camiones que es una metáfora poderosa sobre el desplazamiento forzoso que han sufrido pueblos árabes como el sirio y el palestino. Los olivos aparecen como testigos de la violencia real sufrida mediante el desarraigo, el robo y la quema de árboles, mientras la ciudad de Berlín se convierte en un reflejo de Siria cuando una manifestación en contra del genocidio palestino acaba con la detención de Nabil, mientras la cámara de Qusay le sigue desde la lejanía, reproduciendo los ecos del pasado, cuando el propio Nabil fue arrestado durante seis meses en Siria cuando tenía 16 años. Hay una forma de represión que es común entre Alemania y Siria, a pesar de situarse en sociedades diferentes con protecciones legales distintas, pero solo establecer cierto paralelismo entre ambas, desde el punto de vista de quien la ha experimentado, ya supone un acto de rebeldía. Como documental híbrido, Why do I see you in everything? está rodeado de cierto aliento poético que sin embargo se dispersa en reflexiones ambiguas que parecen pretender una resonancia que no tienen, a través de frases que van desde lo personal hasta lo general sin que parezcan estar conectadas con la suficiente eficacia. De manera que se construye un relato lánguido y sinuoso que a veces tiene cierta tendencia a perderse en imágenes de pretendida profundidad metafórica que no terminan de funcionar con la relevancia que quieren transmitir. 

El regreso de Nabil a Siria se convierte en un encuentro frustrante en el que es testigo de cómo su ciudad, As-Suwayda, sufre un ataque sectario contra la comunidad drusa, un atentado que es mostrado a través de las cámaras de vigilancia silenciosas que convierten en más impactantes las imágenes que se muestran, una violencia explícita innecesaria a pesar de que la propuesta de Rand Abou Fakher quiera ser precisamente una reflexión sobre la violencia, como reconoce ella misma: "Mostrar el cuerpo de una víctima era lo último que me imaginé haciendo como cineasta", comenta en el dossier de prensa. Sin embargo, la falta de una contextualización provoca que la significación de las imágenes pierda fuerza, dando la impresión de que el planteamiento es más interesante desde una perspectiva intelectual que desde su propia propuesta visual. Why do I see you in everything? tiene los defectos del cine pretendidamente trascendente que sacrifica la comprensión en favor de la sucesión de mezclas dispersas entre imágenes de archivo, videos capturados por los propios protagonistas, reflejos de su intimidad personal y exposiciones de los efectos de las protestas ciudadanas. Quiere ser tan densa en su mirada poética que acaba resultando tediosa en su desarrollo, a lo que contribuye también una tonalidad etérea en las reflexiones personales. Conforme se acerca al final, la propuesta regresa a la idea de los olivos, que es la metáfora más interesante sobre la fortaleza de la tierra y sus raíces, cuando los dos amigos parecen haber encontrado un aliento de libertad compartiendo juntos la sombra de uno de esos olivos. 


El agente secreto se estrena en salas de cine el 20 de febrero.
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Películas mencionadas (disponibles en la fecha de publicación):

La sal de este mar y Cartas de la guerra se pueden ver en Filmin.
Aún estoy aquí se puede ver en Movistar Plus+. 

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