18 septiembre, 2008

La "solidaridad" de los famosos

¿Por qué los personajes populares se empeñan en demostrarnos lo solidarios que son, lo que les preocupa la pobreza, mientras despilfarran el dinero en caprichos inútiles.

Posiblemente uno de los momentos más sonrojantes del espectacular, milimetrado pero por eso mismo frío concierto de Madonna en Sevilla fue cuando se empeñó en darnos un mitin visual contrastado lo malo y lo bueno de este mundo. Ya se sabe: la pobreza, el hambre, las guerras... Bush y McCain contra Teresa de Calcuta (sic), Bono, Bob Geldof… Obama. Muy bien, ya nos hemos enterado de que Madonna apoya a Obama. Pero, ¿acaso nos importa que la “ambición rubia” tenga una u otra ideología política? ¿Por qué ese empeño en lanzar discursitos llenos de obviedades para decir banalidades?

Madonna ha escrito, producido y encima narrado en primera persona el documental I am because we are, dirigido por Nathan Rissman, presentado en el Festival de Tribeca, sobre la trágica situación de más de un millón de huérfanos en Malawi a causa de las muertes de sus padres por la pandemia del SIDA. Sin duda, se trata de una producción que despertará la conciencia sobre hasta qué punto el continente africano sigue dejándose morir ante la indiferencia occidental. En este sentido, obras cinematográficas o iniciativas culturales que de algún modo despierten la atención sobre determinados problemas son sin duda bienvenidas.

Pero uno tiene ciertos prejuicios ante alguien que muestra en un concierto su preocupación sobre la hambruna mundial y al mismo tiempo reserva una planta completa de un hotel en Sevilla cuyas habitaciones no bajan de los 600 euros diarios.

Por cierto, penosa la imagen que el servicio de seguridad del Hotel Alfonso XIII ha dejado ante todo el país, después de que trascendiera a los medios que algunos de sus “gorilas” agredieron a un reportero del programa CQC cuando intentaba “colarse” con un ramo de flores para Madonna. Deberían adiestrarles mejor para que supieran que, sin estar acompañado por una cámara, un reportero de televisión poco puede hacer, y en todo caso, que impedir que alguien entre en un recinto no pasa inevitablemente por agredirle.


01 septiembre, 2008

Unos roban y otros difunden la cultura

El fenómeno del bookcrossing nació en 2001, cuando al norteamericano Ron Hornbaker se le ocurrió la idea de iniciar una comunidad de lectores que compartían libros dejándolos en determinados lugares públicos. El fenómeno ha alcanzado la cifra de más de medio millón de seguidores en todo el mundo.

Hoy en día puedes caminar por la calle y encontrar un libro reposando en una parada de autobús, en un banco del parque o en una estación. La web del programa literario de TVE Página 2 invita a sus espectadores a participar de la iniciativa, y coloca cada semana en lugares emblemáticos de diferentes ciudades españolas ejemplares de los libros de los que se ha hablado en el último programa.

La propuesta que nació como un juego se ha convertido en todo un referente en el mundo de la literatura, y se habla de él como una singular forma de difundir la cultura en todo el mundo, "liberando" libros gratuitamente que otros lectores pueden recoger y leer. Sin duda, se trata de una excelente forma de acercarse a la literatura, mucho más efectiva que muchas campañas promocionales.

Hasta el momento, no he oído que ninguna editorial haya puesto el grito en el cielo contra esta forma de compartir sus ediciones, y ni siquiera la SGAE, tan dada a sacar tajada económica de todo lo que se mueva (incluso de un escupitajo) ha pedido que los libros tengan un canon especial por esta práctica. No han faltado sin embargo críticas a la iniciativa. Por ejemplo, la escritora de novelas de ciencia-ficción Jessica Adams considera que los libros son "devaluados" con esta práctica y que se vulneran los derechos de autor.

Pero son voces excepcionales. En general, el fenómeno del bookcrossing es visto con simpatía por la sociedad cultural mundial. Uno se pregunta qué diferencia real existe entre "compartir" libros en las calles de las grandes ciudades y "compartir" películas o música en internet. Poca o ninguna. Pero, mientras que nuestros mentores culturales se corren cada vez que encuentran un libro en una parada de autobús, a los usuarios que comparten otros bienes culturales en internet se les demoniza y equipara a ladronzuelos en spots falaces que son emitidos con la connivencia de nuestros legisladores, aunque ninguna ley establezca que compartir sea equiparable a robar.

Diferentes formas de ver lo mismo. ¿Qué ocurriría si en vez de libros se dejaran DVD en los bancos del parque? Seguramente a algún iluminado de la SGAE se le ocurriría la necesidad de pagar una entrada para poder acceder a los parques públicos.